Editorial
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La fragmentación del fuego


Rafael Toriz López*

A todos mis muertos
Si a la larga no consigues explicar a la gente lo que has
estado haciendo, el esfuerzo habrá sido inútil

ERWIN SCHRÖDINGER

 

Alguna vez, en la primavera de nuestra lengua, la palabra fue carne y juego. Aquellos encargados de transmitir el canto eran, en esencia, figuras de carnaval, divertimentos ocasionales. Al verbo lo habitaba la música, carácter lúdico a flor de piel. Los juglares, situados de acuerdo con Alatorre alrededor de los siglos XIII y XIV, eran el saber y el recreo de la gente, medio de comunicación masiva; músicos, poetas o comediantes de feria encargados de relatar, en verso, noticias nuevas y cosas de interés para el gran público; danza perpetua que transmitía el arte y el conocimiento desnudando entre maromas y artificios a la poesía de la vida1.
Siguiendo con la arqueología de la lengua, tiempo antes, probablemente entre los siglos X y XI de la España medieval, una práctica aislada devendría costumbre. Entre los pocos elegidos que tenían acceso a los libros se instauraba el hábito de glosar los textos latinos, es decir, algunos amanuenses con el afán de explicitar, traducir o descifrar alguna voz, comenzaron a escribir al pie de página y en lengua vernácula sus interpretaciones-traducciones con la finalidad de aclarar oscuros significados. En este sentido nos interesan especialmente las glosas del monasterio de San Millán y las del monasterio de Santo Domingo de Silos por dos razones2.
La primera es, como ya se ha mencionado, por su pretensión de hacer comprensibles ciertos textos que de otra manera hubieran sido insondables para las muchas personas de la época, que si bien desconocían el latín y algunas otras formas cultas en las cuales se encontraba el saber, hablaban, comían, soñaban y amaban en lengua romance, siendo sujetos, al igual que todos, susceptibles de conocer. Tenemos pues a los primeros divulgadores. Y la segunda es porque estas glosas estaban cifradas en español, constituyéndose como el primer manuscrito redactado en nuestra lengua. Estamos entonces frente a la primera fuente escrita del idioma, documento primigenio y vertebral del maremagno lingüístico que ahora hablamos y habitamos.
En la actualidad las cosas no operan así, se ha puesto de nuevo una pesada coraza sobre el verbo, se le ha robado el movimiento y el juego amarrándosele a la academia, a los libros y eruditos. Se le han impuesto condiciones que, avaladas por mecanismos del poder, seleccionan a los elegidos a través de discursos y filtros institucionales (por ejemplo grados académicos, abigarradas especializaciones o exámenes escolares). Se ha hecho del conocimiento un saber para pocos, únicamente para los capacitados que cuentan con un aval universitario. Esta cuestión resulta importante en tiempos que, como los de ahora, se habla de una distribución social del conocimiento, de democratización de los saberes y de libre acceso a la cultura. Verdaderamente vivimos una época de cambios drásticos en donde todos los días suceden incontables descubrimientos imposibles de abarcar. Tecnologías como la televisión y la Internet son un medio innegable de distribución del conocimiento, aunque debe acotarse que un saber a medias (léase tendencioso o ideologizante) es siempre peligroso. No obstante la información sigue llegando sólo a pocas manos, ya que además de existir problemas de fondo como analfabetismo práctico y funcional, muchos de estos conocimientos y herramientas jamás tocan a la gente. La situación de nuestro país es una incómoda y veraz radiografía. Podemos parlotear copiosamente sobre los alcances epistemológicos del saber, debatir sobre abstracciones filosóficas y artísticas o defender posturas intelectuales, pero mientras exista gente que sigue muriendo por no saber y no contar con antibióticos no podemos hablar de distribución social del conocimiento. Aunque poseamos los instrumentos, si éstos no se utilizan, si no cumplen su función, no se está haciendo divulgación; cuando más se estará difundiendo, por recurrir a la separación hecha por Luis Estrada, entre iguales, de científico a científico, de especialista a especialista. Penosamente aún en el siglo XXI el puente del castillo sigue estando levantado, la utopía comunicativa de Habermas en donde todos nos entenderíamos por disponer del mismo código sigue y seguirá siendo teórica. El saber permanece en monasterios, conteniendo a los afortunados entre sus muros, abandonando en su miseria a la populosa mayoría.
Antes de abarcar propiamente lo que es la divulgación de la ciencia conviene hacer una observación; la divulgación, al establecer contacto con el otro, es la cara humana o social de la ciencia. Entonces, en tanto acción social, la divulgación implica contacto, intercambio y relación; debe salir a la calle para hablar con lo ajeno: es necesario que el saber se despoje de actitudes arrogantes y quiebre así prejuicios excluyentes para que un mayor número de gente pueda beneficiarse. Desafortunadamente sabemos que eso a casi nadie gusta, los privilegios de clase son atrayentes y más si uno los detenta.
El término divulgar viene del latín divulgo, que significa hacer algo público, dar a conocer una cosa. Para cumplir este mandato el panteón griego contaba con Hermes3, mensajero de los dioses encargado de transmitir las palabras de éstos a los hombres, personaje de cuyo nombre se desprendería la palabra
hermenéutica (hermeneutike techné), disciplina que es en esencia el arte de la interpretación como transformación, pero que descansa, al menos etimológicamente, en la elucidación de los mensajes divinos dados a los hombres.
Creo que las notas anteriores nos permiten acercarnos a una definición de divulgación. Consiste en llevar el conocimiento científico a un público general a través de una interpretación, traslada esos mensajes o códigos indescifrables y los hace claros y fieles. La divulgación democratiza el saber y le da vida puesto que lo hace social.
Creo importante mencionar, sólo como dato ancilar, dos polémicas dentro de la divulgación de la ciencia. a) La divulgación científica no es una simple traducción. Esto se refiere a que no se trata de un simple cambio de codificación del discurso, no es un “hacerlo más fácil”, sino hacerlo diferente, una variante distinta para acceder a un determinado conocimiento, y b) La divulgación científica no es una actividad científica. Esta sentencia hace referencia a la postura que sostiene que únicamente la producción de conocimiento es válida, a que sólo la investigación es ciencia. Pierre Thuiller en El saber ventrílocuo menciona un concepto acuñado por Passmore, la aristociencia, que se define como el conocimiento más teórico, más complejo y más puro del saber que pretende ir a la parte última de las cosas, a lo más abstracto, en donde todo puede y debe ser matematizado. “El gran triunfo, en el fondo, es la página cubierta de ecuaciones complicadas, poniendo en relación cantidades a las cuales el profano es incapaz de atribuir el menor significado intuitivo4”.
Podemos señalar que si en efecto no existe la creación de un producto per se y una formalización lógica en los términos de las ciencias en la divulgación, si hay un intercambio intelectual, un discurrir de ideas. Luego sí es una actividad científica. Esta tendencia que considera la divulgación como algo baladío minúsculo es común entre los científicos, quienes sostienen que el saber es algo sublime y exquisito, y que para conseguirlo hay que sufrirlo padeciendo la enseñanza. Indudablemente existe un horror a la popularización, a que la masa se emancipe. Basta pensar en las constantes trabas que tienen los divulgadores, quienes generalmente son vistos como científicos de segunda o investigadores frustrados. Pese a sus excelentes trabajos Carl Sagan y Stephen Jay Gould contaron durante toda su vida con numerosos detractores. Los policías de la “alta cultura” luchan aguerridamente contra aquellos “arribistas” que pretenden rasgar las sombras y darle voz a los murmullos de conocimiento. En este sentido viene a tono el comentario de Gould “La popularización de la ciencia en algunos ambientes ha llegado a ser sinónimo de malo, simplista, trivial, banal y adulterado5”.
Incluso ahora para divulgar la ciencia se empiezan a exigir papeles. Ya no se podrá enfrentar como un amateur (amante que es lo que el término significa) a las ideas; se necesitarán papeles, currículas, publicaciones, congresos, cátedras y demás para expresar una opinión sólida.
Sigue imperando, aunque con mayor sutileza y elegancia, la prohibición del discurso. Sólo hablan los que están capacitados, los sometidos a la tutela del poder discursivo, a las pulimentadas formas de la lengua. La creación de licenciaturas como Ciencias del Hogar y Administración del tiempo libre corroboran la pesadilla del hombre moderno. No se podrá ser más un ama(o) de casa o planificar en familia las vacaciones, para portar un nombre y ejercer su función se exigirán las credenciales correspondientes.
Andando este camino que amordaza las voces, en algún futuro próximo sucederá lo que en las películas expresionistas: finalmente nos quedaremos mudos.
Para fortuna de todos nosotros aún subsisten bajo la sombra del juglar espíritus inquietos que desafían las convenciones, que retan y derrotan a los tornadizos rostros de la forma, que apuestan por los vasos comunicantes entre la ciencia y la cultura.
Creo que el ejemplo por antonomasia lo tenemos en el ya citado Stephen Jay Gould, ameno divulgador que a través de ensayos dignos de Montaigne conjunta amenidad y erudición, haciendo parte de sus dominios a la biología, el arte, la literatura, la paleontología, la historia, la filosofía de la ciencia, la cultura de masas y hasta el béisbol. Célebre por proponer junto con Eldredge la teoría del equilibrio punteado, Gould no perdió oportunidad de abarcar distintos campos del saber, dejándonos información de primera mano que aún para el más neófito en cuestiones evolutivas e histórico-científicas resultan amigables y comprensibles. Mucho de remarcable hay en su trabajo, sin embargo considero que los datos que consigue sobre Edgar Allan Poe y su relación con la ciencia merecen una mención.
La relación de Poe con la ciencia parecía limitarse a Eureka, un ensayo sobre el universo material y espiritual que se circunscribe en el campo de la astronomía, disciplina de la cual era estudioso y aficionado. En esta obra es frecuente encontrar referencias a Hume, Laplace, Newton, Kepler, Humbold, etc. Aparentemente esto era todo.
Sin embargo gracias a Gould sabemos (al menos yo) que el escritor de El Cuervo y de algunas de las narraciones más memorables de la literatura universal tuvo que ver con cuestiones como ¡el estudio de las conchas marinas! Aclaremos. En su libro Dinossauro No Palheiro, publicado por la Companhia das letras, Gould nos hace saber cual fue el único libro que se le reeditó mientras vivió: un manual escolar de malacología6 testácea, The conchologist first book, publicado por primera vez en 1839, reeditado en 1840 y por vez tercera en 1845. Mucho han especulado sus biógrafos sobre este libro, pero las certezas son discretas. Se ha comentado que este libro no es sino un plagio de una obra fundamental de entonces The conchologist’s text-book7 escrita por un famoso investigador inglés de la época llamado Thomas Brown. Se ha dicho también que Poe sólo fue un prestanombres y que en realidad el libro pertenecía a un tal Thomas Wyatt, se dijo a su vez (el mismo Poe en un diario) que era un libro hecho entre Wyatt, un fulano de nombre McMurtrie y el dipsómano de Boston, y que éste sólo escribió un breve prefacio y una introducción. Se afirmó que era algo irrelevante en su carrera literaria, que el trabajo de Poe se reducía a haber traducido del francés al inglés los relatos de animales de G. Cuvier, y que era, en definitiva, una mancha y desatino, mero error del que no vale la pena hablar y por lo tanto conocer. Gould niega tal juicio y revalora la importancia del manual, ya que considera que el trabajo es digno de encomio por los siguientes motivos: la obra en cuestión es un intento por estudiar no tan sólo la conquiliología (estudio de las conchas de los moluscos) sino también la malacología (estudios de los aspectos biológicos de dichos animales) para poder observar un estudio más completo de dichos organismos, y es a su vez un intento por dar un tratamiento más completo e innovador al análisis morfológico.


En cualquier caso el hecho importante radica en el interés palpable de un literato por el conocimiento científico, situación que no debería extrañarnos ni parecernos obtusa, ya que como señalaba el mismo Gould “No debería sorprendernos que personas célebres se destaquen en áreas distintas a las que les han dado fama”8, así sea en cosas aparentemente disímiles. El científico señala y ensalza al final de su ensayo la dualidad del escritor, pero dejemos que termine diciendo que Poe es ahora una suma; “Definitivamente unido en una alianza de contrarios; negro y blanco, ciencia y literatura. ¿Quién no aplaudiría tal yuxtaposición?”9
Sigamos ahora con otro popular divulgador que escribe literatura científica (que no ciencia ficción). Se trata del físico ucraniano George Gamow, creador del intrépido señor Tompkins, que en el transcurso de los relatos va intercalando temas adyacentes a la física. Ya sea que el señor Tompkins ande los parajes de la teoría de la relatividad, visite los bosques de la teoría cuántica o sueñe con la gravitación y la energía. Algunas de sus obras son En el país de las maravillas, Los hechos de la vida y Relatividad y cuantos. Por un camino parecido discurre un delicioso libro de Philippe Boulanger, se trata de Las mil y una noches de la ciencia, singular y precioso híbrido que conjunta la máxima de la literatura árabe y algunos de los conflictos más interesantes y coyunturales de la ciencia. Así tenemos que la narradora Sherezada va discurriendo a través de fabulaciones sobre las propiedades del número Pi, los fractales, las transformaciones del mundo, el talón de Aquiles, la teoría del caos, la velocidad de la luz, la inteligencia animal o la creación del mundo con el objeto de salvar su vida, para lo cual, en un determinado punto de la narración (cuando el alba la sorprende), discretamente callar en espera de la próxima velada. Instante en que volverá a enfrentarse de nuevo con la amenaza de muerte.
Otro que divulga a través de la literatura es el italiano Italo Calvino, que en su serie de cuentos Las cosmicómicas recurre a epígrafes e hipótesis científicas a partir de las cuales recrea el origen del universo. Conviene mencionar que Calvino no pretende tomar retazos de la ciencia para acorazar su discurso narrativo y que tampoco hace ciencia ficción, por el contrario, el aporte de su creación radica en que invierte el papel que ha desempeñado la literatura en la ciencia, esto es, tomar imágenes y recursos literarios (metáforas, símiles, metonimias) para explicar su funcionamiento.
Calvino lo hace al revés. A partir de sentencias planas y unívocas entresacadas de libros de ciencia origina follajes de fabulaciones que van desde el origen del universo, la formación de luz y estrellas, la condensación de la materia, el origen de la vida hasta la extinción de los dinosaurios, la evolución de los peces y la forma del espacio; relatos que consiguen aderezar finamente la historia del cosmos. Es algo así como ponerle poesía a la ciencia. Creo que el ejemplo del relato titulado “El tío acuático” es bastante claro para ilustrar el paso evolutivo de los peces a los anfibios y de estos a los reptiles. Pero sentemos contexto.


Hace 370 o 367 millones de años, a partir de peces con aletas lobuladas y pulmones se originaron y proliferaron los primeros anfibios e indirectamente todos los vertebrados terrestres. Al respecto el especialista en reptiles y dinosaurios Michel Benton señala en el apartado “Cuatro pies en el suelo” contenido en El libro de la vida que

Se dice con frecuencia que durante el
Carbonífero (hace 360-286 millones de años)
los anfibios “dominaron la tierra”, sea cual sea
el significado de tal afirmación. Lo cierto es que
se extendieron y diversificaron durante aquella
é poca, y que fue entonces cuando se
establecieron las líneas maestras de la evolución
posterior de los tetrápodos10.

En el cuento “El tío acuático” presenciamos este gran salto evolutivo. Calvino emprende la empresa de describir el paso de los organismos del agua a la tierra. El personaje Qfwfq dará cuenta de la evolución a través de su simpático tío-pez N’ ba N’ ga11.

Ahora estaba claro que los tiempos del agua ya habían pasado
–recordó el viejo Qfwfq– , los que se decidían a dar el gran paso eran
cada vez más numerosos, no había familia que no tuviera alguno de
los suyos en lugar seco, todos contaban cosas extraordinarias de lo
que se podía hacer en tierra firme y llamaban a los parientes.
Entonces a los peces jóvenes no había quien los contuviera, agitaban
las aletas en las orillas de barro para ver si funcionaban como
patas, como les había sucedido a los más dotados. Pero justamente
en aquellos tiempos se acentuaban las diferencias entre nosotros:
había familia que vivía en tierra desde varias generaciones atrás,
y cuyos jóvenes ostentaban maneras que no eran ni siquiera de
anfibios sino casi de reptiles; y había quien se demoraba todavía en
su condición de pez, y hasta se volvía más pez de lo que había sido
pez en otros tiempos12.

Sin lugar a dudas estamos situados en el período Carbonífero dentro de la era Paleozoica, periodo en el que surgen los Apalaches, prosperan los bosques que dejarán grandes sedimentos de carbón y aparecerán los reptiles.
Históricamente podemos intentar identificar la especie a la que pertenecen los personajes según los registros fósiles. Con los datos dados por Calvino y acorde con Michel Benton, posiblemente Qfwfq y su familia serían (más probablemente sus abuelos) ejemplares del Ichthyostega del Devónico tardío, uno de los primeros tetrápodos. En este periodo aparecen también los primeros reptiles, conocidos según Claude Villee como tronco de los reptiles, semejantes a sus antecesores anfibios. En este punto se inscribe el Seymouria, considerado por los biólogos como un anfibio a punto de convertirse en reptil o como reptil que ha dejado de ser anfibio y que se identifica con Qfwfq, personaje principal a medio camino entre los peces, los anfibios y los reptiles.
La narración de Calvino ha sido tomada para explicar, desde una perspectiva artística, el cambio evolutivo de entonces. Probablemente una mezcla entre Benton, Calvino y Villee daría excelentes resultados.
Estos ejemplos avalan sin duda la relación existente entre ciencia y poesía, después de todo las palabras no olvidan cuando eran una misma cosa en juego y verdad, fórmula que Hans Magnus Enzensberger ha llevado hasta niveles insospechados en Los elixires de la ciencia, donde entrevera poesía y ciencia, considerando a la poética de la ciencia como un vehículo para comprender las matemáticas, la química, la física y muchas otras disciplinas desde una perspectiva sensual y placentera. La ciencia necesita poesía yé sta ciencia para estar completas, para ser cabales.
A este respecto me gustaría rescatar la interpretación de José Ortega y Gasset en su ensayo Las dos grandes metáforas en el que dice lo siguiente: “Cuando un escritor censura el uso de metáforas en filosofía, revela simplemente su desconocimiento de lo que es filosofía y de lo que es metáfora (…) La metáfora es un instrumento mental imprescindible, es una forma del pensamiento científico (…) La poesía es metáfora; la ciencia usa de ella nada más. También podía decirse nada menos”.
Creo que es bastante claro, basta pensar en expresiones como agujeros negros, hoyos de gusano, fractales, moluscos radiados o abismo sideral. La poesía está al servicio de la ciencia, intenta explicitar fenómenos o conceptos novedosos para los cuales no existe nombre, de ahí el echar mano del lenguaje cotidiano, expresiones con una significación previamente establecida que permiten o facilitan no tan sólo una nomenclatura novedosa, sino también el proceso de intelección, de pensar y comprender un objeto. Por esa razón Ortega asegura que la metáfora es una verdad, un conocimiento de realidades a un punto tal que en algunas ocasiones –las más– el fenómeno referido no puede sino pensarse en función de la metáfora, ésta deja de ser ropaje para presentar la desnudez, la carne del pensamiento. Ejemplo de ello es la catacresis, figura retórica que a fuerza del uso constante ha dejado de serlo, es decir, la metáfora no lo es más puesto que se ha hecho habitual y se ha integrado como una expresión común: cuello de botella, hoyos negros, nebulosa celeste, brazo de guitarra, vía láctea, etcétera.
Realmente nuestros conocimientos no son sino una y la misma cosa: palabras con sentido (matema y poema en unión como querían los griegos), fuertes como pilares de hierro y fugaces como el verbo en el aire y el instante.
Es necesario que el discurso científico se integre a la cultura, al devenir cotidiano para aspirar a una comunión con él. La ciencia debe regresar al hombre, reconocer a los sujetos como teleología de su progreso. Creo que la divulgación podrá acortar esas distancias.
Para esta inmersión del hombre en la ciencia nada mejor que las recomendaciones de Schrödinger en el libro Ciencia y humanismo: “No perder nunca de vista el papel que desempeña la disciplina que se imparte dentro del gran espectáculo tragicómico de la vida humana; mantenerse en contacto con la vida no tanto con la vida práctica, sino más bien con el trasfondo idealista de la vida, que es aún mucho más importante. Mantener la vida en contacto contigo”. Y él mismo concluye “Parece claro y evidente, pero hay que decirlo: el saber aislado, conseguido por un grupo de especialistas en un campo limitado, no tiene ningún valor, únicamente su síntesis con el resto del saber”. Esta síntesis, esta conjunción de aprendizaje y necesidad, de conocimiento y decisión no tiene otro objetivo que el de explicarnos a nosotros mismos, percibirnos en nuestra simpleza o complejidad, no tan sólo pensar sino también pensar-se, erigir un saber que nos contenga e intentar con esto hacer la existencia un poco menos triste.
En el título de este ensayo se habla de la fragmentación del fuego, haciendo referencia al mito del titán Prometeo, quien por orden de Júpiter creo la figura del hombre con barro y agua a la cual Minerva infundió vida. Pero los hombres pasaban frío, estaban abandonados en su desgracia. Viendo esto el titán resolvió darles el fuego, compartir con ellos el privilegio de los dioses. Robó entonces una chispa a Vulcano y le dio a su creación la luz y el calor, la llama hechicera, flamígera sustancia que esculpiría las armas y cocería los alimentos. Su amor por el hombre fue cobrado con creces. Júpiter ordenó a Vulcano que encadenara a Prometeo en la cima de las montañas del Cáucaso en donde todos los días un águila impertérrita le devoraría un hígado que se regeneraría por la noche. Así era castigada la bonanza de los hombres.
Existe también una leyenda poco conocida al respecto entre los pueblos prehispánicos. Se trata de la leyenda del tlacuache. La historia cuenta que este pequeño animal endémico del continente robó un poco de fuego y lo guardó en su bolsa13, convirtiéndose así en el proveedor de la lumbre de los primeros pobladores de estas tierras. El ladrón no podía quedar impune, el castigo fue quemarse la cola como una rata vieja. En agradecimiento por el favor humilde y comedido el animal aparece de vez en cuando en canciones y leyendas, ambas cálidas guaridas.
Efectivamente ahora poseemos el fuego, pero sigue estando enterrado, unido y solitario, estático en inalcanzable antorcha. Es preciso fragmentarlo, hacer que su lengua de flama toque a todos los mortales, dividirlo en esquirlas infinitas que calcinen el velo de las tinieblas.
Tal vez entonces vivamos más felices o satisfechos, tal vez entonces comprendamos el por qué, pese a todo, hubo quien escribió la comedia y no la tragedia humana, tal vez entonces regrese la carne a la palabra, el juego al pensamiento. Y podamos escuchar, como hizo Eliot, el crepitar perpetuo en su melódico murmullo, canto de brasa, sermón del fuego.

Para el lector interesado
Alatorre, Antonio. (2000). Los 1,001 años de la lengua española. FCE. COLMEX, México.
Boulanger, Philippe. (2001). Las mil y una noches de la ciencia, Barcelona.
Robinbook. Manon Tropo.
Enzensberger, H. (2002). Los elíxires de la ciencia. Anagrama, Barcelona.
Ferraris, Maurizio. (1999). La hermenéutica. Taurus, México.
Gould, Stephen Jay. (1996). La sonrisa del flamenco. Crítica, Madrid.
Gould, Stephen Jay. (1997). Dinossauro no palheiro. Reflexoes sobre
história natural
. Companhia das letras, Sao Paulo.
Gould, Stephen Jay, et al. (1999). El libro de la vida. Crítica, Barcelona.
Calvino, Italo. (1999). Las cosmicómicas. Minotauro, Barcelona.
Ortega y Gasset, José. (1967) Ensayos escogidos. Aguilar, Madrid.
Schrödinger, Erwin. (1998). Ciencia y humanismo. Tusquets, Barcelona.
Thuillier, Pierre (1995). El saber ventrílocuo. FCE, México.
Villee, Claude. (1968). Biología. Interamericana, México.

* Primer lugar en la categoría de Ensayo Científico. Estudiante
de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánica,
4o. semestre, Universidad Veracruzana.
1 Conviene mencionar que la labor de los juglares consistía en
referir las gestas heroicas de los guerreros, se trataba de canciones
o poemas de carácter épico que propagaban leyendas
urbanas. Los juglares eran los difusores por excelencia. El
conocido Cantar de mio Cid, piedra de toque de la literatura
castellana, fue divulgado por estos personajes.
2 El manuscrito de San Millán contiene homilías y sermones
de San Agustín, y el de Silos un penitencial para los distintos
tipos y grados del pecado
3 Hermes equivale dentro de la mitología egipcia a Thoth, creador de la escritura y
al Mercurio romano, deidad de los intercambios y el comercio (Ferraris 1999).
4 PierreThuillier. El saber ventrílocuo.

5 Stephen Jay, Gould. La sonrisa del flamenco.
6 Estudio de los aspectos biológicos de los moluscos.
7 Gould nos dirá que en efecto cerca de tres párrafos revelan préstamos, así como algunas láminas del libro de Brown, dispuestas en orden inverso. Sin embargo como él mismo señala él no va a juzgar ni a exonerar a Poe
.
8 Nao deveríamos nos surpreender quando alguna pessoa célebrese destaca em áreas distantes daquelas que originaram a sua fama.
9 Definitivamente unido numa alianÇa de contrários; preto e branco, ciência e
literatura, naturaza e cultura. Quem nao aplaudiria tal justaposiÇao?”
10 Stephen Jay Gould, et al. El libro de la vida.
11 Cabe destacar que los peces evolucionaron grandemente durante el periodo Devónico, razón por la cual se le conoce como la edad de los peces.
12Italo Calvino. Las cosmicómicas.
13El tlacuache es un marsupial, o sea, un mamífero que se
caracteriza por contar, la hembra, con una bolsa donde alberga y amamanta a sus crías durante el desarrollo. Actualmente este orden, marsupial, sólo se encuentra en América y Australia
.