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LA POSTEDUCACION Y SUS EXITOS EN EL CAMPO DE LOS "VALORES"

Angel Rodríguez Kauth1

El planeta, después de la guerra fría, ha entrado no sólo en el calentamiento planetario sino también en una original vertiente de pensamiento lateral: es la del fenómeno del posmodernismo. Esto se observa en diferentes ámbitos de la vida cotidiana; así, se transitan los caminos del poscomunismo bajo formas light de reparación y recuperación de la plusvalía; el de las postutopías; el del pospsicoanálisis, con flores de Bach incluidas; los de un poscapitalismo que no es otra cosa que una versión al estilo “sálvese quien pueda” que nada tiene que ver con el modelo original concebido por Adam Smith, y otra pléyade de “post” que no vale la pena enumerar aquí para no cansar al lector con antiguallas diletantes del modernismo tan despreciado en el aquí y ahora respecto a quienes tienen la fea costumbre de pensar diferente de los cánones actuales.

Sí, en cambio, vale recuperar para este escrito un “post” que está presente en el quehacer diario de cualquier docente del nivel que sea, y que no es otro que el de la posteducación. Es que aquella pretendida filosofía posmoderna no ha dejado resquicio sin invadir y —como no podía ser de otro modo— también lo ha hecho en los espacios áulicos para penetrar en ellos con sus propuestas pacifistas, solidarias, humanitarias y de respeto mutuo en la convivencia, la no violencia, la exaltación del amor al conocimiento y a la sabiduría por sí mismas y sin intereses espurios, etc. Todos ellos fueron valores de una modernidad devaluada para lograr idénticos objetivos que los modernistas, pero por medios más eficaces y eficientes, sobre todo esto último, ya que supone una menor inversión con igual rédito por parte de los enseñantes y de los estados nacionales, que cada día se corren un paso más allá para con sus obligaciones educativas en los países eufemísticamente llamados “en vías de desarrollo”, por no hablar de ellos simplemente como pobres.

Pues bien, la Biblia —libro sabio si los hay— dice en algún versículo algo así como que “por los frutos conoceréis al árbol”, lo cual la dialéctica marxista modernizó observando que se puede conocer al árbol por los frutos que de éste cuelgan. Pero no se trata de meternos en el tema de si Biblia sí, marxismo no, o viceversa, sino que es la hora de atender a los frutos y al árbol simultáneamente para ver el alcance “fructuoso” que han tenido las propuestas del posmodernismo en materia tan poco interesante para los gobiernos como es la educación de sus párvulos, adolescentes (a los que se les define como el futuro de la patria) y de los adultos que, cuando son analfabetos, no se les considera en el presente.

De la violencia y su par asociado, la paz, qué se puede señalar en este escrito que un mortal común y corriente no haya advertido a la fecha. Niños(as)2 que asisten a las aulas provistos de inofensivas navajas y otras armas blancas, como así también algún(a) osado(a) aventurero(a) que acude a los sacrosantos ámbitos del saber armado con algún revólver o pistola escondido entre sus pertenencias, cuando no lo hacen con otras armas más largas, como rifles y ametralladoras. Solamente falta que lo hagan artillados con un misil-tierra para completar el panorama alentador de bonanza y sano esparcimiento juvenil. El resultado de todas estas armaduras, más propias de boinas verdes que de escolares que aún juegan a la pelota o con muñecas, son inofensivos compañeros que no supieron desenfundar su pistola a tiempo y terminan baleados o marcados en el rostro por aquellos que sí hicieron bien el aprendizaje de Pistola I o Cuchillo III. A todo esto, los directivos de la escuela, universidad o institución educativa que sea, miran para otro lado, como si ese no fuera un problema de ellos. Eso sí, luego de sucesivos episodios de tal naturaleza bélica en los recoletos espacios áulicos, entonces las autoridades nacionales en la materia educativa resuelven convocar a pomposos y grandilocuentes simposios, congresos y demás reuniones semejantes, en los cuales se gastan montañas de dinero del escaso presupuesto educativo existente, con el fin de tratar el tema que los inquieta... porque en cualquier momento podrán ser ellos mismos los blancos —o negros, o judíos, o lo que sea— de los desaforados alumnos aprendices de delincuente que terminarán con sus huesos en alguna cárcel, o que serán usados como carne de cañón de algún prestigioso “escuadrón de la muerte”, que pretende hacer justicia por sus manos, o que vieron el negocio de la “seguridad” y cobran a comerciantes e industriales ingentes sumas de dinero para hacer la tarea sucia que les han encomendado.

Pero, a efecto de no ser tan simplemente reduccionistas con la pedagogía posmodernista, señalemos que, normalmente en los eventos nombrados en el párrafo anterior, se suele “sacar la pelota de la cancha para hacer tiempo” (usando un lenguaje futbolístico tan caro a la actualidad deportiva), y los talentosos sabihondos asistentes emiten un comunicado echándole la culpa de lo que está ocurriendo con la violencia juvenil a la televisión, a los padres que no se ocupan de criar adecuadamente a sus hijos, al clima de violencia generalizada que se vive en la sociedad contemporánea o a alguna nave interestelar que algún gurú anticipó que va a invadirnos. Y no se equivocan en mucho. Es que el posmodernismo ha inficionado de manera sutil a todas las instituciones sociales de un modo sustancial; pero el error del diagnóstico está en no reconocer la parte de culpa de la que deben hacerse responsables ellos mismos y de la cual los humanos somos propensos a evitar para no ser condenados a la hoguera infamante del séptimo círculo dantesco.

Nada se dice, por ejemplo, respecto de cuestionar las modernas tecnologías de la didáctica o de la metodología de la enseñanza, que pretenden convertir en divertido y ameno aquello que es de suyo árido para cualquiera que haya pasado por una escuela. De esta suerte, no solamente se debe aprender a borrar la pizarra —lo que debe ser hecho de arriba hacia abajo para no llenar el aula con el polvo de la tiza—, sino que, por ejemplo, se debe trabajar en la elaboración de los temas tratados en pequeños grupos de estudio en el espacio del aula. Este recurso resulta altamente saludable para los docentes, ya que mientras los alumnos leen alguna fotocopia que él(ella) “preparó” para ser analizada por los susodichos, ellos pueden dedicar el tiempo a leer alguna revista de pasatiempos, tejer calceta o rascarse la oreja. Ni qué decir de las más modernas y sofisticadas tecnologías que recurren a los proyectores de imágenes, las transmisiones en vivo de cursos o conferencias que se ofrecen a miles de kilómetros de distancia y donde se puede ver a alguien que explica algo, y que a quienes se les debe explicar no pueden participar activamente del debate de ideas porque —si bien está previsto que se haga— la reunión se convertiría en un pandemonio con miles de alumnos pidiendo intervenir para acotar sus reparos, observaciones o aclaraciones sobre lo que no les quedó claro del discurso. Y la última es el cañón de imágenes, aparatejo que es de suma utilidad para que el docente pierda largas horas de su tiempo preparando las ilustraciones con que amenizará la clase próxima y en donde aparece... lo mismo que estará diciendo en ella.

En el aspecto ya considerado de los valores de la no violencia y de la paz, el objetivo propuesto ha sido plenamente logrado por la educación “pospedagógica”, que todo lo permite y para la cual no existen límites a la libre expresión de los jóvenes, que deben aprender a testimoniar sus sentimientos sin represiones de ningún tipo que los vayan a traumar en el futuro cercano o lejano. Es verdad, no todo es responsabilidad de tal pospedagogía. Estamos viviendo en un mundo violento cuyos líderes hablan de paz mientras hacen la guerra en cualquier lado y a su capricho; con un dirigente ecuménico —Bush— que solamente encuentra en la represión bélica la satisfacción de sus pulsiones tanáticas en las que impera la venganza y donde la razón de la fuerza se ha impuesto por sobre la fuerza de la razón. Ante tal estado de cosas, de fundamentalismos de un lado y de otro, es poco menos que imposible que la institución educativa pueda quedar al margen de tan nefandas influencias.

En cuanto hace al respeto mutuo en la convivencia, tampoco la posteducación obtiene una satisfactoria calificación. Resulta por demás enojoso a quienes peinamos canas —o a los que ya no tenemos nada que peinar sobre nuestras hoy calvas pero antaño testas pilosas— la falta de respeto de los jóvenes para con los mayores e, incluso, para con sus iguales. Se trata de lo que nuestros abuelos y padres llamaban “buenos modales”, los cuales se han perdido en la lejanía de un pasado al que sólo se le encuentra en la literatura démodé o en alguna película costumbrista de épocas no tan remotas de la primera mitad del último siglo del milenio anterior. Entrar a un comercio, a una oficina pública o lo que fuera, y que los empleados lo atiendan a uno con un tuteo familiar no es una rareza; lo extraño es que se nos trate de “usted”, o de “señor”, “señora” o “señorita”, según sea el caso. Normalmente, cuando me ocurren estos episodios enojosos, suelo responderle al sujeto o sujeta de marras con algo así como: “No recuerdo que anoche hayamos dormido en el mismo lecho”.

Esto los desconcierta. Su cerebro —de una virginidad más requerida por otras partes corpóreas— no alcanza siquiera a recordar con quién durmieron la pasada noche. Lo que para ellos es una forma normal de presentarse e interrogar, escapa al vetusto y sensato aprendizaje de los “buenos modales”, de los que debía haberse ocupado la escuela, la familia o el club en que practican algún deporte. No se trata de que con estos dichos esté protegiendo la pacatería ni los formalismos obsecuentes; sólo estoy refiriéndome a ciertos rasgos de urbanidad que, aunque parezca paradójico el juego polisémico, se conservan aún en las zonas rurales de cualquier país latinoamericano y que sirven para facilitar que la vida cotidiana sea más considerada.

Tales formas de comunicación destempladas, que no solamente no respetan a los mayores sino que entre los propios jóvenes se traducen como insultos del más variado tenor a manera de expresión de confianza, permiten que la brutalización de los humanos se produzca más rápidamente. Esto es, parece ser algo así como que el proceso de hominización hubiese llegado a su cúspide en cuanto al respeto mutuo concertado por el contrato social al cual se refirieron de diferentes formas tanto los sofistas griegos como Hobbes y Rousseau, entre muchos otros personajes que tuvieron la rara costumbre de pensar, por lo que quizá se esté recorriendo un proceso involutivo que nos lleve inexorablemente a un retorno a las cavernas. En esta tarea no se encuentra aislada la educación formal pospedagógica. Ella está muy bien acompañada por las formas contemporáneas adoptadas por el posperiodismo, el que utiliza a los posmedios de comunicación masiva contaminando con groserías verbales y visuales todo lo que está a su alcance. Lo vulgar y lo obsceno han reemplazado a la fina ironía y a lo no dicho, que se solía dejar en puntos suspensivos para que el libre criterio del oyente o espectador lo completara, pero que ahora está dicho de manera explícita y sin recurrir a tropos lingüísticos como la metáfora, la metonimia y la retórica.

En cuanto hace a los valores de la solidaridad y el humanitarismo, los mismos brillan por su ausencia. Se podrá argüir que el mundo está plagado de ONG que apuntan en favor de esa dirección, pero solamente baste recordar que si las mismas cumplieran plenamente con su tarea, ya se hubiera terminado con el flagelo de la pobreza y las enfermedades infectocontagiosas. La verdad es que —y disculpen el pesi-mismo que me embarga— la gran mayoría de esas organizaciones funcionan como “lavaderos de dinero” dentro de un sistema capitalista en que “hecha la ley, hecha la trampa”. Lo que verdaderamente existe es una falta de interés por el Otro; en efecto, priva la indiferencia hacia aquel Otro que atraviesa situaciones complejas desesperantes. Eso sí, la sensibilidad de la lágrima fácil ante estos hechos no se ha perdido y es la representación de la hipocresía humana en su mejor testimonio. Del amor al conocimiento y a la sabiduría mejor no hablar.

Es inexistente dentro del mercado de valores educativos. A los jóvenes solamente les interesan conocimientos específicos, casi tecnológicos, para salir a ganarse la vida en un mundo cruelmente competitivo en el que sólo es valorada la posesión de una especialidad específica, aunque eso sea uno de los tantos ejemplos olímpicos de ausencia de cultura universal. Literatura, música, artes plásticas, historia, geografía y demás son producciones que no ocupan lugar en el planisferio cerebral que los jóvenes transportan adentro de sus cráneos, que sólo están capacitados para reaccionar rápidamente ante la demanda de un video-juego o de un quehacer profesional o laboral para el que se entrenaron en la escuelas e, incluso, en las universidades.

Es curioso: estas últimas perdieron el carácter de universitas con que fueron pensadas originalmente, tanto por el Medioevo, la época napoleónica o la Reforma latinoamericana, que sembró desde 1918 con su fuego pasional una forma más democrática y totalizadora de concebirlas. A modo de resumen de lo anterior, me atrevo a afirmar sin temor a equivocarme que la posteducación ha alcanzado sus metas. Cada día somos más brutos, no sólo los jóvenes, sino también los viejos que nos adherimos al facilismo cómodo de no pensar y cuestionar aquello que se nos vende como el fast food de la educación y el conocimiento. Quien haya llegado hasta el final de estas reflexiones, queda exonerado de tal acusación, siempre y cuando haya hecho una lectura crítica de las mismas.

Dibujos de Calvin Burton


1 Proyecto de Investigación “Psicología Política” en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de San Luis, Argentina, Casilla de Correo 272, correo electrónico: akauth@unsl.edu.ar.

2 La aclaración de género no tiene el objetivo de quedar bien con el feminismo ingenuo imperante, sino que sirve para indicar que son precisamente tanto los unos como las otras.