Editorial
      La ciencia en México
y El Colegio Nacional
     
      La posteducación y sus éxitos en el campo de los valores
     
      Un efecto pernicioso de la fuerza de gravedad
     
      ¿Determinismo, azar o probabilidad?
      La ciencia de lo humano
     
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      ENTREVISTA /
      Ernesto Rodríguez Luna
       
      CIENCIA TECNOLOGÍA Y SOCIEDAD /
       
      Construcción de una cultura científica
     
      La mercadotecnia de la ciencia
       
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
       
      Saber de perros
       
      Cepillo de dientes: el mejor invento en la historia de EU
       
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EDITORIAL

 

“Divulgar”, en su sentido más plano, significa hacer del conocimiento popular un determinado hecho o conocimiento. La palabra clave, aquí, parece ser “popular”. En efecto, muchos hechos o conocimientos son propios —materia, se diría— de públicos especializados, profesionales, y se difunden en los círculos apropiados. A eso le llamaríamos “difusión”; es decir, el conocimiento se difunde en el mismo plano de expertos, a la manera de las ondas que la caída de un guijarro produce en un estanque. Las revistas de numerosas ciencias y disciplinas (medicina, antropología, química...) son ejemplos de cómo se realiza esa difusión y de quiénes son sus destinatarios. Así, los físicos o los ingenieros leen revistas propias de su campo de estudio que difícilmente serían comprendidas por el hombre de la calle, por el lector común y corriente. El especialista que escribe para sus pares da por supuesto que estos comparten con él conocimientos similares y una jerga común, esto es, raramente tiene necesidad de explicar detalladamente una terminología o el conjunto de conceptos que utiliza; si un químico escribe sobre los halógenos en una revista, no tendrá necesidad alguna de explicar a sus colegas lo que ese concepto implica, ni tampoco lo hará el genetista que aborda los procedimientos conocidos de clonación.

A su vez, la divulgación entraña llevar esos conocimientos especializados a un nivel popular, de modo que un lector ayuno en tales tópicos pueda entender aquello que de otro modo le estaría vedado. Por ende, el divulgador encara, ciertamente, una tarea nada fácil; además de poseer los conocimientos especializados necesarios, debe también “ponerse en los zapatos” del lego, y, por último, expresar esos conocimientos de un modo tal que sean comprendidos fácilmente. En otras palabras, abandonar su castillo de marfil y “bajar”, por decirlo así, a un nivel inferior, como si fuera un nuevo Prometeo que lleva el fuego del conocimiento a los hombres.

El divulgador científico, pues, no puede informar de lo que no sabe, o de lo que conoce solamente a medias. Antes bien, debe ser un experto en el campo de lo que desea divulgar. No basta con que tenga un conocimiento somero de dicha área; por el contrario, precisa de estar absolutamente empapado de los más recientes avances en el mismo, pues las deficiencias y los errores de sus escritos serán tomadas como verdades indiscutibles por sus lectores, quienes carecen de los medios para detectarlos, lo que provocará lo inverso de lo que pretende, o sea, contribuirá a perpetuar la confusión.

Además, si el divulgador no penetra en las necesidades de información que requieren los lectores ni en las formas de comunicación que les son usuales, será punto menos que inútil en la tarea que se ha propuesto. Los asuntos que aborde habrán de ser actuales para que los conocimientos que se generan cotidianamente en las áreas de la ciencia y la tecnología lleguen a esos lectores con la prontitud necesaria. En efecto, cuando el hombre de la calle oye sobre las alteraciones de la capa de ozono o los viajes espaciales, quisiera que alguien que sabe de ello se lo explicara comprensiblemente y con la celeridad pertinente.

Por último, el divulgador debe ser ameno, claro y preciso en los temas que desea divulgar. Nada hay que obre más en contra de la divulgación que la oscuridad, el juego de palabras, la densidad en la información que se brinda, todo lo cual aleja al lector de una fuente potencial de conocimientos.

Pues bien, La Ciencia y el Hombre tiene desde largo tiempo ha esa pretensión. Pese a ello, debemos todavía de ganar mil y una batallas para lograr tal objetivo, y nuestros generosos colaboradores habrán de olvidar las expresiones especializadas que les son propias si desean ser leídos y gustados por nuestro público. Paulatinamente, no obstante, hemos ido alcanzando esa meta. Son cada vez más frecuentes las colaboraciones elaboradas con un lenguaje fluido y jovial, en tanto que los tópicos cuyo análisis se emprende son, asimismo, más apropiados al interés general.

Nuestras páginas, consecuentemente, se han ido convirtiendo en un vehículo idóneo para que los lectores que nos honran abriéndolas encuentren la información que reclaman. Y en este quehacer persistiremos, sin duda alguna.