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LA CIENCIA EN MEXICO Y EL COLEGIO NACIONAL

Ruy Pérez Tamayo1


Voy a limitar mis comentarios a un punto que considero de cierto interés. Me refiero a la presencia de científicos entre los miembros de El Colegio Nacional. A primera vista, el tema no parece merecer mayor atención: siempre los ha habido, desde la fundación de El Colegio, hace ya poco menos de 60 años. Entre sus fundadores estuvieron Alfonso Caso, arqueólogo; Ignacio Chávez, médico cardiólogo; Isaac Ochoterena, biólogo; Ezequiel Ordóñez, ingeniero geólogo; Manuel Sandoval Vallarta, físico, y Manuel Uribe Troncoso, médico oftalmólogo, o sea, 6 de sus 15 miembros iniciales eran científicos, y a lo largo de toda la existencia de El Colegio, de los 84 miembros que ha tenido, contando a los 40 actuales, 35 han sido o somos científicos, o sea 40%.

Debo aclarar que en nuestra corporación no hay un número fijo preasignado a las distintas áreas de la cultura, y aunque siempre se ha tenido la intención de conservar cierto equilibrio entre las ciencias, las humanidades y las artes, a veces no ha sido fácil lograrlo. Pero la presencia de científicos en El Colegio Nacional, una institución dedicada a la difusion de la cultura en el país, plantea la pregunta: ¿es la ciencia parte de la cultura?

Creo que todos hemos considerado la pregunta como superflua y la respuesta como obvia. Pero hay otros círculos en donde las cosas funcionan de otra manera; por ejemplo, a nivel internacional, la UNESCO, una de las agencias especializadas de la Naciones Unidas y que debe sus siglas a su nombre in extenso en inglés, que es United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization, que en español es Organización Educativa, Científica y Cultural de las Naciones Unidas, es decir, que incluye tres áreas consideradas distintas porque se mencionan en forma separada: la educación, la ciencia y la cultura; a nivel nacional, el Consejo Nacional para Cultura y las Artes, CONACULTA, que abarca dos espacios diferentes: la cultura y las artes, y desde luego no incluye a la ciencia, que es atendida junto con la tecnología por el CONACyT.

Podría pensarse que el problema fuera parcialmente semántico, que se debiera a la forma como se entienden los términos “ciencia” y “cultura”. El Diccionario de la Real Academia Española los define como sigue: Ciencia: conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios o leyes generales. Cultura: conjunto de conocimientos que le permite a alguien desarrollar su juicio crítico; conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en un época, grupo social, etc.; conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo.

Es claro que, según estas definiciones, la ciencia sí es parte de la cultura; de hecho, la explicación misma del término cultura incluye al “desarrollo científico”. De manera que la reticiencia de ciertas instituciones para considerar a la ciencia como parte de la cultura no se debe a un purismo en el uso del castellano, sino probablemente a otros factores. Uno de ellos es la separación tradicional entre las ciencias y las humanidades, cuyos orígenes ideológicos se remontan a la Edad Media y alcanzaron su expresión más clásica con la condena de Galileo por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, porque sus teorías iban en contra del contenido de las Sagradas Escrituras, o sea, que la ciencia podía ser subversiva y peligrosa para la hegemonía religiosa.

En cambio, las humanidades (literatura, poesía, filosofía, leyes, filología, etc.), mientras no rebasaran sus propios límites estéticos y de contenido, podían desarrollarse libremente. En uno de los países europeos que adoptaron la Revolución Industrial con mayor precocidad y la desarrollaron más vigorosamente a partir del siglo XVII (lo que requería un crecimiento simultáneo de la ciencia y la tecnología contemporáneas), Inglaterra, hace más de 50 años un físico metido a novelista, C.P. Snow, armó un escándalo cuando habló de las “dos culturas”, refiriéndose a los científicos (más bien a los físicos) por un lado, y a los humanistas (más bien a los escritores) por el otro. Snow se lamentaba de que los literatos no supieran ni les importara qué es la segunda ley de la termodinámica, mientras que los físicos no habían leído ni sabían quién era Shakespeare. Lo que hoy nos parece una típica anécdota británica, probablemente ilustra uno de los orígenes de la exclusión de la ciencia del campo de la cultura, que según sus defensores se identifica con el humanismo. Entre los poetas hubo uno que dijo:

"Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan, mi plumaje es de esos… "

Esto sugiere que los humanistas son personajes blancos y etéreos, limpios de cuerpo y puros de espíritu, ocupados en disquisiciones exclusivamente académicas de los clásicos y de su propia creatividad metafísica.

En cambio, los científicos serían sujetos rudos y realistas, con la camisa arremangada y con las manos sucias, interesados en resolver problemas prácticos de la vida cotidiana y sin mayores aspiraciones creativas. Noli me tangere, le dice con suavidad, pero también con aversión, el límpido poeta al ingeniero de las manos sucias; momentos después, el poeta consulta su reloj, hace una llamada con su teléfono celular, se disculpa ante los miles de televidentes que lo están contemplando en sus respectiva pantallas, toma un taxi y se dirige al aeropuerto a abordar el vuelo trasatlántico. Viendo hasta dónde la elevada vida espiritual del poeta depende de los burdos y despreciables productos materiales de la ciencia y la tecnología, el ingeniero de las manos sucias sonríe divertido.

Los estereotipos simplifican la realidad del conflicto pero no la sustituyen y mucho menos la resuelven, sino que más bien tienden a complicarla. Si bien es cierto que la ciencia disfruta de su bien merecido prestigio en medios académicos, en otros círculos de la sociedad esto no ocurre, y cabe preguntarse por qué. Lo que necesitamos conocer son las razones por las que los valores positivos de la ciencia no han penetrado en la conciencia de muchos mexicanos, como por ejemplo los políticos, los empresarios, los comerciantes, el ejército, las amas de casa y el pueblo en general. El problema es complejo, por lo que las respuestas no pueden ser ni fáciles ni simples, pero es importante examinarlo, aunque sólo sea en términos muy generales.



Hace mucho años, la famosa María Curie (1867-1934) señaló: “La ciencia se ocupa de cosas, no de gente”, es decir, que el interés y el campo de trabajo de la ciencia está limitado a la realidad exterior, mientras que el mundo interior o subjetivo pertenece a otras disciplinas. Esta opinión de la única ganadora de dos premios Nobel, uno en física y otro en química, pertenece a su tiempo, que fue principios del siglo pasado. En la actualidad, según Richards: “…la ciencia trata con y de la gente, no sólo indirecta sino también directamente, aunque existe el peligro de que trate a las personas como si éstas fueran únicamente cosas”. Creo que el escaso prestigio de la ciencia en ciertos sectores de la sociedad se basa en ese concepto anacrónico y erróneo de sus verdaderos intereses. Corresponde a la imagen del científico como un individuo deshumanizado, absorto en sus problemas y totalmente divorciado de la realidad, a la caricatura del científico como el “sabio distraído”, incapaz de amar, de escribir poesía y hasta de disfrutar del talento artístico y de la imaginación de sus congéneres. O sea, que se piensa que el trabajo científico requiere de la hipertrofia de la capacidad lógica y del análisis objetivo, así como de la atrofia de todas las otras características subjetivas y emocionales que hacen del hombre un ser humano.

Este punto de vista es tan grotesco y se aleja tanto de la realidad que resulta ocioso argumentar en su contra, pero debe reconocerse que su popularidad no es despreciable. Otra causa de la falta de prestigio de la ciencia en ciertos grupos sociales es la confusión que existe sobre sus posibilidades y sus limitaciones. Hay muchos aspectos importantes de la vida del hombre que no caen dentro de la ciencia, sea porque todavía no se sabe lo suficiente para enfrentarse a ellos o porque de plano no forman parte de la disciplina científica. Un ejemplo de los primeros es la delimitación de los factores genéticos y culturales que determinan ciertas formas de comportamiento humano, como la agresividad o el altruismo, mientras que un ejemplo de los segundos sería la pregunta: “¿existe algún propósito en el Universo?”.

Finalmente, otra causa más de la falta de prestigio de la ciencia en ciertos sectores de la sociedad es, paradójicamente, su éxito fenomenal como fuerza para transformarla. Junto con todas las ventajas humanas que ha traído la revolución científica en prácticamente todos los campos de la actividad personal y social, la ciencia también ha traído problemas, empezando por el enorme aumento en la complejidad de la vida cotidiana. Junto con la mayor facilidad y rapidez de las comunicaciones han surgido los accidentes de tránsito, tanto vial como aéreo, la multiplicación del ruido y de los pésimos programas de televisión; junto con el acceso fácil de millones de seres humanos al libro, también se ha inundado al mundo con pornografía; junto con la electrificación generalizada, que permite no sólo el crecimiento industrial sino también la mejor iluminación en el hogar (cuando no se va la luz), surgió la silla eléctrica y los incendios debidos a cortocircuitos, etc. Los ejemplos podrían multiplicarse pero el principio es claro: el progreso científico tiene un precio y hay sectores de la sociedad a los que le parece caro. Es natural que aquellos que sólo ven los problemas derivados de la civilización basada en la ciencia no la consideren digna de mayor prestigio. Pero todas las monedas tienen dos caras y el mundo ha tenido que aprender que no hay beneficio sin riesgo. Naturalmente, también hay monedas con la misma cara en los dos lados, pero son falsas.

Todo lo anterior es pertinente porque subraya la legitimidad y la función de la presencia de la ciencia en El Colegio Nacional. Como institución creada por decreto para divulgar la cultura, desde luego la incluye, junto con las humanidades y las artes, y con el mismo peso y la misma importancia que ellas. Pero además, El Colegio Nacional es una de las pocas instituciones del país en donde la ciencia se reconoce como una actividad valiosa por su función como generadora de nuevos conocimientos, en donde la labor científica se aprecia por su contribución al desarrollo cultural de la sociedad, y no sólo por su conexión con la tecnología y el crecimiento económico. Los otros centros en donde esto ocurre (o debería ocurrir) son las universidades públicas, como la Universidad Veracruzana y otras instituciones de educacion superior.

En una sociedad como la nuestra, atrapada hasta la coronilla en una globalización política y económica dirigida casi en su totalidad por consorcios internacionales con intereses exclusivamente financieros, la moda es tratar a la ciencia nada más como generadora de tecnologías competitivas en el mercado mundial. Los representantes de la cultura, los humanistas, los científicos y los artistas, los reunidos en El Colegio Nacional y en las instituciones de educación superior, tenemos la responsabilidad de evitar que la economía del libre mercado y la mercadotecnia internacional, cuya existencia ya es un hecho a principios del siglo XXI, invadan y reemplacen los valores culturales que distinguen al Homo sapiens de otras especies.

1 Profesor emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México, miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua.