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La ciencia de lo humano

Mario David Salcedo González1

Era domingo cuando abrí el suplemento especial de un periódico que mi tío había traído de Tampico. En la página 3 había un artículo que me puso a reflexionar vivamente. Se trataba de un experimento realizado con bebés para comprobar si las matemáticas son innatas o no. En esta prueba se les hacía relacionar la aparición de dos marionetas por separado a los niños con la suma de 1 + 1 = 2, y posteriormente se les presentaban como opciones a una marioneta sola, a una pareja y a un trío. Al medir el tiempo que el niño mantenía la vista fija en cada una de las alternativas, los investigadores concluyeron que en la mayoría de los casos “elegían” el par; por ende, concluyeron los psicólogos (de la Universidad de Arizona, por cierto) que los niños ya poseían habilidades matemáticas desde antes de su nacimiento. Yo pienso que esta es una hipótesis bastante dudosa por varios motivos.

En primer lugar, y esto es muy importante, se ha postulado la acción de un sistema, que no es ni racional ni mucho menos matemático, sobre la elección del bebé: el analógico. Éste se basa en la comparación entre cantidades. Tal vez —y sólo es una sugerencia — el niño, al ver pocas figuras al principio (2), no se inclinará por preferir una opción con demasiadas figuras (5 o 6); sin embargo, es muy dificil asegurar que notará con facilidad una diferencia entre 2 y 3, tan cercanos. En segundo lugar, se empieza a vislumbrar el aporte que puede tener el sistema límbico (situado debajo de lo que comúnmente se nombra corteza cerebral) en la decisión de aceptar, revisar o rechazar un resultado fundamentándose en el efecto de las emociones sobre la mente. Todo esto sé que es complicado comprenderlo ya que no se conoce íntegramente cómo se interrelacionan las distintas regiones de nuestro órgano más evolucionado. Cada vez es más arduo poder separar lo racional de lo sentimental, lo lógico de lo intuitivo, lo puramente abstracto de las sensaciones más vívidas.

* Tercer lugar en el IV Premio al Estudiante Universitario
" Francisco Díaz Covarrubias—, categoría ensayo científico.

Espero que un ejemplo relacionado con la inteligencia, la memoria y el aprendizaje, aclare este meollo: imagínese una secundaria, de esas totalmente saturadas, con grafitis, donde no alcanzan las bancas ni los maestros. Está en clase el segundo E. Matemáticas, para variar. De pronto el profesor pregunta al estudiante S cuál es la raíz cuadrada de 169.

Lo primero que tratará de hacer este joven será razonar qué clase de operación es (aquí participa el hemisferio cerebral izquierdo, encargado de la comprensión del idioma y el cálculo), recordar el procedimiento que le fue enseñado (entra en juego la memoria procesal a largo plazo, función compartida entre el hipocampo, estructura que también es parte del sistema límbico, y la corteza frontal), e intentará solucionar el ejercicio (función del hemisferio izquierdo). Nótese que hasta este momento sólo se ha hablado de funciones para el manejo del conocimiento (cognoscitivas). El pupilo (al que no debemos considerar inteligente en exceso) contesta: 23. La reacción de algunos de sus compañeros será negar el resultado, aunque la mayoría no sepa cuál es el correcto (he aquí la aparición del sistema analógico: si 20 x 20 son 400, 23 x 23 no pueden ser menos de esa cantidad), otros se burlarán y habrá quienes se quedarán callados para evitar el ridículo. Este es el punto en que se entrometen las emociones.

La forma en que actúe el interrogado S ante ese rechazo puede “aguijonearle” a buscar la respuesta correcta (siendo útil el sentimiento de vergüenza en este caso), a volver a equivocarse (la frustración será fruto de otro fallo) o de plano a darse por vencido (donde la presión habrá sido lo suficientemente extrema como para bloquear el análisis de la razón). A estas alturas el sistema límbico es el que toma las decisiones, pero no lo hace independientemente. Durante todo este proceso ha sido acompañado del neocórtex, el lugar del cerebro donde residen las funciones del intelecto. Gracias a él, el alumno del ejemplo puede valorar la situación (“si me equivoco no pasa nada” o “si fallo ya valí”), determinar el momento en que se sienta más seguro para responder (“¿será 23 o 13?”), llegando a pedir, si el lóbulo prefrontal (responsable de dar alternativas racionales) lo considera necesario, un poco más de tiempo para pensar (“Aguánteme tantito, maestro”). Acertar a la segunda oportunidad (“es 13”) incrementará la seguridadd del muchacho y puede Ilevarle, incluso, a saber sobrellevar sus emociones, conociéndolas, controlándolas o utilizándolas como aliciente en próximas experiencias.

Esto es lo que actualmente se conoce como inteligencia emocional, que está de moda. No creo que haya mejor ejemplo en que colaboren juntos razonamiento y afectividad como en la ciencia. Sé que lo que estoy diciendo puede parecer contradictorio, porque la afectividad siempre ha sido relacionada a la subjetividad y a la pasión, pero eso no quiere decir que la ciencia carezca o deba suprimir las emociones. Grandes científicos se han sentido inspirados o motivados por sus sentimientos. Hubo personas, como Arquímides, Galileo, Kepler , Newton, Lavoisier, Herschel, Mendeleiev, Darwin, Maxwell, Rutherford, los Curie, Einstein, Sanger, Watson, Crick, Sagan, Hawking o Penrose, que convirtieron a la ciencia en su pasión y sintieron la emoción que trae consigo conocer, comprender y descubrir.

No fueron el dinero, ni la fama, ni el poder los que sostuvieron a los grandes cuando fueron rechazados, ignorados o insultados, sino ese afán de hallar, de alcanzar y de explicar algo. Quizás para el grueso de la gente no sea entendible el porqué de esa “obsesión” de estar parados durante horas en los laboratorios, concentrados días y días en ecuaciones, sufriendo atrozmente por tratar de fundamentar una teoría que en cualquier momento puede llegar a ser desechada, haciendo vastos y aburridísimos estudios de campo, realizando estadísticas que parecen sacadas de las peores pesadillas de un psicópata, o recopilando datos y datos que no parecen interesantes.

Pero después veo los resultados, la obra de arte culminada (nunca totalmente, pues siempre hay nuevos artistas dispuestos a quitarle o ponerle alguna cosa) y me estremece un sentimiento de alegría muy grande. Recuerdo a un joven concursante rumano en una Olimpiada de Matemáticas al que pidieron su opinión acerca de los aterradores problemas con los que iba a batallar: “¿Por qué habría de temer? Todo aquí es creativo, fantástico, bello”. A los científicos (ya me incluyo) nos falta mucho por hacer para lograr hacer sentir esa emoción.

Este sencillo ensayo intenta estimular el interés en varios aspectos de la mente, sobre todo en la relación sentir-pensar. Y como iniciamos con niños, con niños seguimos. Aún no se sabe con certeza cómo es que los recién nacidos pueden recordar las melodías que escuchaban en el seno materno, pero se le ha relacionado con la función del hemisferio cerebral derecho. Realmente es complicado explicar este fenómeno sin ligarlo de algún modo con el sistema límbico.

Se sabe que en él residen las estructuras que permiten fijar y evocar anteriores experiencias, mas no se puede definir el momento exacto en que un ser humano puede empezar a rememorar basándose en su función, pues está íntimamente vinculado con el incremento de las interconexiones específicas de neuronas o sinapsis (algo que fue explorado muy a fondo por el fisiólogo Ramón y Cajal) ocurridas en cuanto se desarrolla, a partir de la mitad de la gestación, la corteza cerebral. Tanto los sonidos e imágenes como los sucesos y conocimientos son distribuidos en distintos lóbulos del neocórtex, de una manera que si, por ejemplo, un hombre fuera lastimado en el lóbulo temporal derecho no podría distinguir lo que viera, llegando a confundir un perro con un gato o el rostro de un hombre con el de una mujer, pero seguiría poseyendo la habilidad para saber cuándo se deben usar los verbos ser y existir (lóbulo temporal izquierdo).

Esto puede llevar a considerar que el hombre ha evolucionado de un cerebro con almacenaje en un punto específico a otro con las diversas funciones repartidas por todo el órgano. Esto no es así. Los límites de información que puede guardar el cerebro humano son enormes, más grandes que los de cualquier computadora inventada, y la mente no es capaz de alojar toda esa multitud de datos en un sólo punto, por lo que se ve obligada a reubicarlos. Tal acomodo no separa nunca esos archivos por completo. De esta forma, un bebé puede recordar la voz de su madre al mismo tiempo que su olor (incorporado en gran medida a la corteza olfativa, cimiento de lo que sería después el sistema límbico) o sus ojos, hasta relacionar su presencia con tranquilidad o bienestar. Hay algo interesante con respecto a dicho fenómeno, sólo que en este caso interviene el tacto. Científicos del Instituto Investigador del Tacto (en Miami) han verificado que los niños a los que se les negaba el contacto fisico presentaban un pobre desarrollo de las partes que controlan su sistema emocional, llegando a mostrar dificultades fisiológicas y sociales al crecer.

Dicho suceso da constancia del apoyo existente entre las estructuras límbicas, consideradas como las rectoras de los cambios de la conducta condicionada, y corticales, engendradoras de los sentimientos complejos como el cariño o el odio, en el moldeo de la personalidad. ¿Qué es la personalidad, neurológicamente hablando? Todavía no se puede dar una respuesta concreta, aunque sabemos que los factores genéticos tienen un rol muy importante en su conformación, y que pueden llevar a desarrollar ciertas pautas individuales.

Este es el caso de aquellas personas que son muy arriesgadas, pues presentan un gen más largo en el cromosoma 11, el cual libera una cantidad mayor de dopamina en las neuronas, excitándolas a buscar emociones fuertes, así como un buen tanto de endorfinas, menguadoras del dolor, que no les hacen sentir ni el peligro ni los golpes o heridas hasta después de un considerable tiempo; debido a eso, esta gente elige actividades más peligrosas como el automovilismo y los deportes extremos. Se ha observado otro fenómeno de la personalidad en niños autistas. Hay varios casos de infantes muy inteligentes, con serias dificultades para relacionarse socialmente, ordenados, serios, autosuficientes y con una fuerte tendencia a la soledad, que varios científicos relacionan con un subdesarrollo de la amígdala (encargada de las emociones intensas, implicada en la preferencia al riesgo que tienen los jóvenes) y una falta de estimulación de la corteza prefrontal (importante en procesos de socialización). Sin embargo, esto no puede llevar a concluir que cualquier persona que presente tales diferencias será un solitario antisocial.

Existen factores cerebrales todavía no estudiados que pueden inducir a una determinada forma de ser. Los estudios en gemelos separados desde pequeños han demostrado que, aunque tienen predominancia hacia un cierto tipo de personalidad, tienen diferencias claves que los hacen ser individuales. Esto parece constatar la originalidad de la naturaleza humana. Si Shakespeare hubiera tenido un hermano gemelo, tal vez habrían dejado —los dos— obras inmortales, pero estoy seguro que distintas.

Aunque no es muy estudiada, la estimulación táctil se ha reconocido como importante en los procesos de psiconeuroinmunología, al reforzar los sentimientos de confianza, aprecio y consuelo. Esta rama de la ciencia médica surgió por la observación de que los pacientes optimistas y entusiastas sobrevivían y se recuperaban con mayor facilidad de las enfermedades. Al principio se creyó que tenía una base puramente psicológica, en la que las personas “autoengañaban” a su organismo para sentirse mejor, pero más tarde se descubrió que el hipotálamo, responsable de las emociones placenteras, influenciaba al organismo a producir defensas y erradicar microorganismos nocivos por medio del sistema neurovegetativo (encargado de las funciones automáticas) y uno que apenas se está tomando en cuenta: el neuroendócrino.

El sistema neuroendócrino es el que rige las secreciones de las distintas hormonas y tiene un importante papel en la bioquímica corporal. Un destacado neurólogo sueco, Holger Hyden, daría pie, sin quererlo, a un estudio más amplio de las hormonas en el cerebro, al efectuar experimentos que medían el ARN (la molécula que copia el código genético) producido en las células cerebrales de ratas obligadas a aprender algunas proezas, con lo que se vio que esta molécula se incrementaba. Hyden supuso que eso se debía a la formación de proteínas que auxiliaban a la memoria. De entre ellas, una hormona, la vasopresina, demostró estas cualidades. Años más tarde se encontró que la memoria a corto plazo, en la que está implicada la corteza del hipocampo, podía ser bloqueada mediante un inhibidor de la síntesis de proteínas. La grave consecuencia de este problema en humanos es el olvido de lo que se ha hecho a los pocos minutos de haber sucedido. Un hombre que lo padeciera viviría en un presente continuo, sin diferencias entre el antes y el ahora. Regresemos al asunto de las hormonas. Novísimas investigaciones en los tratamientos antienvejecimiento han llevado a confirmar que hormonas como la progesterona tienen un efecto antidepresivo en las mujeres al estimular los centros de placer cerebral. En contraparte, la testosterona, la de los machos, ha provocado un reacio debate acerca de si tiene o no acción sobre la depresión. Lo que sí se conoce a la perfección es su poder como “motivador sexual”, en donde también trabajan el hipotálamo y la amígdala. Algunos doctores ven en estas teorías la explicación de muchos fenómenos: la depresión de la menopausia, el entusiasmo de los jóvenes al tener sus hormonas a tope, la mayor cantidad de suicidios masculinos, la mayor o menor acción de los medicamentos durante los periodos del ciclo menstrual.

Estoy seguro que las hormonas colaboran en una buena medida con las estructuras cerebrales, pero la pregunta es qué tan peligroso puede ser un imprudente empleo de ellas. La respuesta puede empezar a verse en una mayor incidencia de cáncer. El conseguir mejorar el estado de ánimo, la salud, el vigor muscular y la potencia sexual son deseos tan vehementes en los seres humanos que ningún precio, económico o físico, parece mucho para pagarlos. El lucro es una tentación poderosa para todos aquellos comerciantes, doctores, especialistas y científicos que ven en las hormonas la llave para conquistar el mercado de la gente madura. Es necesario analizar y valorar su uso, evitando caer en los excesos que predican continuamente los medios de comunicación, como los de las vitaminas y los de medicamentos ricos en calcio, pues la publicidad es, frecuentemente, la madre de todas las catástrofes. El psicoanálisis da sus últimas patadas de ahogado. Cada vez menos pacientes asisten para que un tipo —con o sin barba, con o sin sofá— les haga recitar la historia de sus vidas para terminar achacándole todo a su infancia después de tres o cuatro años de terapia. Marylin Monroe fue una de las tantas personas desilusionadas de Freud y sus discípulos. Y la verdad es que nunca como ahora han contado con competidores tan fuertes, pues los psicofármacos han desplazado a cualquier otro tratamiento en la curación de la mente.

El grito de hoy es: ¡Pastillas sí, psicólogos no! La depresión y la ansiedad que predominan en la población mundial son una de las consecuencias más de los serios problemas familiares, sociales y económicos que proliferan en estos días. La depresión se ha convertido en una plaga cada vez más extendida y modernizada, a la que ya sólo parece que el Prozac (que eleva los niveles de serotonina, transmisor cerebral implicado en el sueño y el dolor) y el Effesor (que hace lo propio con la noradrenalina, otro transmisor, relacionado con la secreción de hormonas) pueden hacer frente. Las benzodiazepinas, por su parte, se encargan adecuadamente de la ansiedad. Lo mejor de todo es que no hay efectos secundarios, y así ya no hay obstáculos que impidan la paz o la alegría. ¡Ojalá todo fuera cuestíón de tomar una dosis de felicidad! Estos fármacos, junto con los tranquilizantes, son potencialmente drogas adictivas para personas que no saben hacer frente a sus emociones u optan por disfrazarlas por un rato.

No pongo en tela de juicio el buen uso que se le puede dar a estos medicamentos; sé que son una excelente ayuda para gente con crisis severas, pero no puedo evitar el pensar que no solucionan el conflicto de fondo: los errores de una sociedad que, en vez de buscar solución a los problemas causantes de depresión y ansiedad, maquilla las situaciones temporalmente. Para nadie es un secreto que el estrés, las peleas de matrimonios, la frustración económica y la indiferencia entre padres e hijos son antecedentes que conducen a consumir pastillas.

Dibujos de Calvin Burton

Lamento haber tenido que ser tan pesimista; a veces es la única alternativa ante la exagerada dependencia de los fármacos. Además, el número de drogas utilizables con fines no terapéuticos es creciente. Lo que sucede en el cerebro al recibir la psilocibina, el LSD, las morfinas y todos sus derivados, la mezcalina, la cocaína, la marihuana (que aunque se ha reconocido como un narcótico débil, tampoco es recomendable en exceso) y cientos y cientos de sustancias naturales o artificiales, baratas o caras, liberan un verdadero diluvio de sustancias estimuladoras de los dos hemisferios y de los tres elementos que conforman el cerebro humano (complejo reptílico, sistema límbico y neocórtex, división hecha por el neurólogo Mac Lean) y de millones de neuronas.

Lo mismo se valen de la dopamina que de la serotonina, la adrenalina o la acetilcolina para derribar los muros neuronales y encontrar sensaciones prohibidas. Comparar su acción con una ciudad en llamas es demasiado leve. Basta con saber que la esquizofrenia, con sus alucinaciones y poder destructivo, es hermana gemela de sus efectos. No quiero acabar esta disertación con un frívolo consejo (pedir que se implemente en una campaña antidrogas, en la que el exceso de alcohol y cigarro no sean mal vistos, es una paradoja). Esta es una crítica, y la crítica es un recurso para intentar abrir los ojos. A veces hay que preguntarse si el placer vale tanto como para perder lo más valioso que tiene cada hombre: la salud de su mente.

1 Facultad de Químico Farmacéutica Biológica, Xalapa.