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La investigación de la
adherencia
terapéutica como un problema
de la psicología de la salud
The study of therapeutic
adherence as a problem
of Health Psychology
Libertad
Martín Alfonso
y Jorge A. Grau Abalo
RESUMEN
En los momentos actuales, el
tema del cumplimiento de las indicaciones mé-dicas tiene gran trascendencia
por sus implicaciones médicas, sociales y fa-miliares para los pacientes
―sobre todo de los que padecen enfermedades crónicas― y porque incide en el
aumento del costo de la asistencia sanitaria. En este trabajo se lleva a
cabo un análisis de la adherencia terapéutica como categoría de la
psicología de la salud y como un componente fundamental de los aspectos
subjetivos y comportamentales a tenerse en cuenta en el curso y evolución de
la enfermedad. Se destaca el carácter complejo, multidimen-sional y
multifactorial de este fenómeno, y se exponen algunas reflexiones acerca de
los principales problemas teóricos y metodológicos a los que se enfrenta el
investigador que intente abordar con rigor y seriedad el tema. Finalmente,
se plantea la necesidad de investigarlo para mejorar la com-prensión del
papel del comportamiento humano en el proceso de salud-en-fermedad y el
perfeccionamiento de la práctica médica, a la vez que puede convertirse en
una contribución importante al desarrollo de este campo.
Palabras clave:
Adherencia terapéutica; Cumplimiento de prescripciones
médi-cas; Cooperación en el tratamiento.
ABSTRACT
Nowadays, the topic of the
fullfillness of the medical indications has a great trascendence due to the
medical, social and familiar implications for the pa-tients ―specifically
those who suffer from chronic illness―, and because it in-fluences the
rising of health care costs. In this paper, the authors analyze the
therapeutic adherence as a category of Health Psychology as a fundamental
component of the subjective and behavioral aspects to take into account on
the course and evolution of the illness.
The multidimensional and multi-factorial
character of this phenomenon is highlightened, and some reflections about
the main theoretical and methodological problems that the researcher has to
deal with on the topic in a very serious and restricted way, are ex-posed.
Finally, the need for research is stated in order to improve the com-prenhension
of the role of the human behaviour in the health-ilness process and the
improvement of the medical practice, and at the same time it might become an
important contribution to the development of Health Psychology.
Key words: Therapeutic
adherence; Compliance with medical prescriptions; Cooperation in the medical
treatment
INTRODUCCIÓN
El comportamiento y los modos de
afrontamiento de las personas a la enfermedad pueden desempeñar un papel
importante en su curso y, en este contexto, el hecho de que un paciente
cumpla o no con las prescripciones médicas juega un papel primordial. Podrán
alcanzar un mejor control de la enfermedad e incrementar o preservar su
calidad de vida aquellas personas que logren adherirse adecuadamente a los
tratamientos y regímenes conductuales que cada una de las enfermedades exige
para su buena evolución.
En la práctica médica, una gran
parte de los tratamientos quedan bajo la responsabilidad del pa-ciente, y
éste tiene una autonomía considerable en su manejo, lo cual constituye un
serio problema. Los fallos al seguir las prescripciones exacerban los
problemas de salud y favorecen la progresión de las enfermedades, haciendo
imposible estimar los efectos y el valor de un tratamiento, dificultando que
se realice un buen diagnóstico y provocando un aumento innecesario del costo
de la atención sanitaria.
Se estima que un 40% de los
pacientes no cumple con las recomendaciones terapéuticas; en el caso de las
enfermedades agudas, la tasa de incumplimiento llega aproximadamente al 20%,
mientras que en las enfermedades crónicas alcanza el 45%; cuando los
regímenes terapéuticos consisten en cambios de hábitos o estilos de vida, la
tasa de cumplimiento es incluso más elevada (Rodríguez-Marín, 1995). Se ha
considerado que estos porcentajes subestiman el fenómeno, pues los estudios
se suelen hacer con los reportes de los pacientes cuyo acatamiento puede ser
parcial y que no se perciben a sí mismos como incumplidores. Dunbar y Agras
(1980) informan que en el caso de las prescripciones de ingestión de
medicamentos, entre el 33 y el 82% de los pacientes no sigue o comete
errores en el seguimiento del régimen; en el caso del infarto del miocardio,
se ha planteado que el 49% de los enfermos abandona durante el primer año la
instrucción de llevar a cabo los ejercicios físicos del programa de
rehabilitación, y que entre el 40 y el 50% de los pacientes no acude a la
consulta médica para recibir el tratamiento curativo una vez que se ha
diagnosticado la enfermedad (Peck y King, 1985).
En los momentos actuales, este
tema tiene gran trascendencia, sobre todo en las enfermedades crónicas, toda
vez que el incumplimiento no sólo es grave porque hace ineficaz el
tratamiento prescrito, lo que produce un aumento de la morbilidad y la
mortalidad, sino también porque aumenta los costos de la asistencia
sanitaria. Un in-forme de la Organización Mundial de la Salud (OMS) señala
que el incumplimiento a largo plazo de los tratamientos en enfermedades como
las cardiovasculares, la diabetes y el cáncer, así como en el sida o la
depresión, se ha convertido en un problema no sólo sanitario sino económico;
únicamente el 50% de los enfermos crónicos cumple con el tratamiento en los
países desarrollados, situación que se agrava en los países pobres, donde el
acceso a los medicamentos está limitado por la falta de recursos (OMS,
2003). En investigaciones realizadas en Cuba, se encontró, en una muestra de
pacientes hipertensos, una frecuencia de cumplimiento de 52.4%, similar a la
media reportada por la literatura internacional (Martín, Sairo y Bayarre,
2003).
La falta de apego al tratamiento
genera grandes pérdidas en lo personal, lo familiar y lo social, lo que
afecta la calidad de vida del enfermo y de quienes están a su alrededor. En
lo personal, el paciente puede tener complicaciones y secuelas que traen
consigo un gran sufrimiento, así como limitaciones incontrolables y
progresivas. En lo familiar, provoca alteraciones en el funcionamiento
familiar, generando crisis. En lo social, significa un enorme costo para las
instituciones de salud el proporcionar servicios que son utilizados de forma
inadecuada; además, se prolongan innecesariamente los tratamientos y se
presentan recaídas y readmisiones que podrían evitarse (Ginarte, 2001;
Martín y Grau, 1994).
El tema del cumplimiento de las
prescripciones médicas, en tanto comportamiento humano y conducta de salud,
ha sido objeto de constante atención por la psicología, y ya en la década de
los setenta aparecieron las primeras revisiones generales de los trabajos
realizados durante este período (Rodríguez-Marín, 1995). Por las dimensiones
del problema y su naturaleza compleja, en que los factores subjetivos y
comportamentales tienen un importante papel, se considera a la adherencia al
tratamiento como un problema aún no resuelto. Su definición e incidencia, la
identificación y caracterización de los factores que la afectan y la
determinación de los procedimientos para su evaluación y para conformar
estrategias de intervención lo definen como una de las líneas actuales de
investigación en el campo de la psicología de la salud (Macía y Méndez,
1999).
Hay pocos estudios que
fundamenten científicamente el comportamiento de este fenómeno y que aporten
a los sistemas de salud y a la práctica médica las herramientas necesarias
para comprender las causas de la falta de adhesión a los tratamientos y para
contribuir a disminuirlas. De modo empírico y anecdótico, se reconoce la
existencia de grandes dificultades en este proceso por parte de la mayoría
de los profesionales de la salud, situación que se corrobora también en los
resultados de las exploraciones realizadas sobre el tema, lo que avala la
necesidad de proyectar trabajos de investigación en dicha dirección.
En este trabajo se lleva a cabo
un análisis de la adherencia terapéutica como categoría de la psicología de
la salud, destacando su inserción en su marco conceptual y como un
componente fundamental de los aspectos subjetivos y comportamentales a
tenerse en cuenta en el curso y evolución de la enfermedad, así como en el
proceso de salud-enfermedad. También se exponen los principales problemas
teóricos y metodológicos a los que se enfrenta el investigador que pretenda
abordar con rigor y seriedad este tema.
DESARROLLO
La
adherencia terapéutica en el marco de la psicología de la salud
La adherencia terapéutica
es un fenómeno complejo que está condicionado por múltiples factores de
diversa naturaleza. En esencia, es un comportamiento humano (o, más bien, un
repertorio comportamental) modulado por componentes subjetivos, y en esta
dimensión debe ser esencialmente comprendido, abordado e investigado. En
opinión de los presentes autores, es una categoría que refleja
fehacientemente el objeto de estudio de la psicología de la salud.
La conducta de cumplir el
tratamiento médico está mediada, entre otras cosas, por el sistema de
conocimientos y creencias que el paciente tenga acerca de su enfermedad, su
motivación para recuperar la salud o por adaptarse adecuadamente a su
condición de enfermo, sus actitudes y el desarrollo de los procesos
volitivos. El padecimiento de una enfermedad ya implica de suyo una carga
estresante en el desenvolvimiento de la vida de las personas, a la que se
añade el cumplimiento riguroso de un régimen de indicaciones que implica la
realización de esfuerzos encaminados a garantizar el cumplimiento de
aquéllas. Se describen como conductas que reflejan los problemas en la
adherencia al tratamiento las siguientes: dificultades para comenzarlo;
suspensión prematura; cumplimiento incompleto o deficiente de las
indicaciones, que se expresan en errores de omisión, de dosis, de tiempo o
de propósito (equivocación en el uso de uno u otro medicamento); ausencias a
consultas e interconsultas, y rigidez de hábitos y estilos de vida
necesarios para el mejoramiento de la enfermedad; se destaca también la
práctica de la automedicación (Ferrer, 1995; Puente, 1984).
Además de los problemas físicos
derivados de la enfermedad, de su tratamiento y rehabilitación, de las
dificultades que muchas enfermedades generan en la autoimagen y la
autoestima, de los miedos ante una posible amenaza vital y la muerte, la
repercusión estresante de la mayoría de las enfermedades se pone de
manifiesto en la esfera de la reorientación vocacional y laboral al tener el
paciente que reajustar metas y propósitos; se ve afectada su vida económica
y la comunicación con las otras personas, y se producen cambios en los roles
habituales y en las responsabilidades de la familia, aumentando así el
sufrimiento de los allegados (Friedman y DiMatteo, 1989; Grau, 2002; Martín
y Grau, 1993; Martín y cols., 1993).
La adherencia al tratamiento
comienza a desempeñar su papel en el momento posterior al diagnóstico de la
enfermedad, cuando suele producirse una diferenciación subjetiva entre su
caracterización nosológica (etiología, pronóstico y tratamiento) y la forma
en que la percibe quien la padece, el significado que le confiere. La
enfermedad puede percibirse como un evento altamente estresante, como un
reto, una amenaza, una pérdida, un castigo, un beneficio o, incluso, como un
alivio a responsabilidades, situaciones personales y demás. En función de
ello, el paciente adopta su rol de enfermo.
La aceptación del hecho de estar
enfermo, las consecuencias del rol y los deberes del mismo son aspectos
psicológicos muy importantes para la adherencia, la cual podemos considerar
como un contenido del rol de enfermo, un repertorio de conductas que se
adoptan después de que la persona asume su condición de enfermedad. Sin
embargo, no por esto deja de tener un papel protector, pues sin lugar a
dudas contribuye a que no progrese la enfermedad, favorece su control, evita
las complicaciones, prolonga la vida y tiende hacia la salud. Así, este
componente del proceso de enfermar puede adquirir, a su vez, un carácter
salutogénico.
La adherencia se ha analizado a
partir de modelos clásicos propuestos para explicar otras conductas de salud
en el marco conceptual de la psicología de la salud. Inicialmente, se
intentó explicarla a partir de hipótesis situacionales o de personalidad, al
considerarla una tendencia de la personalidad y, por tanto, algo
relativamente estable y difícil de modificar. Dicho punto de vista resultó
inadecuado, por lo que más tarde se trató una explicación desde modelos
operantes, focalizados en los estímulos ambientales para elicitar la acción;
aunque más adecuado, tal enfoque resultó insuficiente. Esta insuficiencia
llevó a recurrir a los modelos cognitivo-conductuales (Friedman y Di Matteo,
1989; Leventhal, 1993). De esta forma, surgieron explicaciones basadas en
los modelos de comunicación, de aprendizaje social y cognitivos de decisión,
entre los que se incluyen los modelos de creencias en salud, y la teoría de
la acción razonada, que son los más empleados para explicar el origen y
mantenimiento de la adherencia (Bandura, 1977, 1978, 1982, 1986, 1989;
Becker, 1974; Leventhal, 1993; Rosenstock, 1974, 1985; Rosenstock y Kirscht,
1982). Tales modelos teóricos constituyen intentos valiosos pero aún
insuficientes para explicar en toda su magnitud la complejidad de este
fenómeno psicosocial relacionado con la salud. Aun siendo el modelo de
creencias de salud uno de los más utilizados en la investigación y el
trabajo de intervención en el tema de la adherencia terapéutica, se le
señalan importantes problemas metodológicos, así como limitaciones teóricas
en su concepción (Vargas y Robles, 1996).
Ha sido de gran interés en las
ciencias de la salud encontrar los móviles que llevan a las personas a
incumplir los regímenes terapéuticos; no obstante, no existe aún una
respuesta acabada acerca del modo en que se pueda explicar dicha situación.
Los resultados de las investigaciones no apuntan hacia una sola dirección, y
los factores que se consideran influyentes o determinantes son múltiples y
de diversa naturaleza.
Problemas
teóricos al enfrentar la investigación de la adherencia terapéutica
El investigador que decida
emprender el estudio de esta significativa cuestión se habrá de encontrar
con un primer problema: la definición del concepto. En otras palabras: ¿qué
se debe entender por adherencia terapéutica? En la bibliografía suelen
emplearse diversos términos para referirse a un mismo fenómeno, algunos de
los cuales aportan matices diferentes, pero sin llegar a un concepto que sea
aceptado por todos y empleado de forma habitual por los investigadores y
profesionales interesados en el tema. Los más utilizados son el de
“cumplimiento” (compliance) y “adherencia” (adherence), aunque
se han propuesto muchos otros, como cooperación, colaboración, obediencia,
observancia, alianza terapéutica, seguimiento, adhesión y concordancia (Basterra,
1999).
Con respecto al término
“cumplimiento”, si bien no existe un consenso general en su definición, la
que tiene mayor aceptación es la propuesta por Haynes (1979): “el grado en
que la conducta de un paciente, en relación con la toma de medicación, el
seguimiento de una dieta o la modificación de hábitos de vida, coincide con
las instrucciones proporcionadas por el médico o personal sanitario”. En la
práctica médica, este concepto suele circunscribirse casi exclusivamente al
uso de los medicamentos de una forma determinada por parte del paciente (Basterra,
1999), sin incluir aspectos higiénico-sanitarios, como seguir una dieta, no
fu-mar, realizar ejercicios físicos regulares, evitar el estrés, llevar a
cabo visitas médicas periódicas o cumplir con las programadas para el
seguimiento.
Dicho término ha generado
grandes polémicas, y sobre todo se señala su alcance restringido en cuanto a
la complejidad del fenómeno que pretende abarcar, pues se considera que
suele emplearse para hacer referencia a la obediencia del paciente a seguir
las instrucciones y recomendaciones del profesional de la salud, con lo que
asume el pa-ciente un rol pasivo y sumiso; así, el enfermo sería incapaz de
tomar sus propias decisiones al seguir fielmente las recomendaciones que se
le proponen (Ferrer, 1995). También se ha señalado que se trata de una
definición con importantes deficiencias (Karoly, 1993), en el sentido de que
tiende a ser unidimensional. Las personas son “cumplidoras” o “no
cumplidoras”, pese a las múltiples posibilidades que puede haber en relación
con dicho cumplimiento. Está centrada en el profesional de la salud y en un
modelo de salud básicamente autoritario, con tendencia a lograr una
estabilidad en la conducta de cumplimiento. Además, es reduccionista, pues
sólo toma en cuenta el aspecto relacional e ignora aspectos subjetivos de
otro orden, como las creencias y motivaciones del paciente, por ejemplo.
Con el fin de superar esas
limitaciones, se han introducido otros términos, como “adherencia” o
“alianza terapéutica”, para expresar una relación más interactiva entre el
profesional sanitario y el paciente (Basterra, 1999); de este modo, se le
confiere indiscutiblemente un papel al profesional que da la indicación, del
cual se haría depender la conducta del paciente; se tendría en cuenta no
sólo su propia responsabilidad, sino también las acciones efectuadas por el
médico en cuanto a la claridad de las indicaciones y el uso adecuado de los
recursos de la comunicación.
El término “adherence” se
define como “una implicación activa y voluntaria del paciente en un curso de
comportamiento aceptado de mutuo acuerdo, cuyo fin es producir un resultado
terapéutico deseado” (DiMatteo y DiNicola, 1982), y representa un
significativo avance en la compresión de la naturaleza psicológica del
problema discutido. Los vocablos “alianza”, “colaboración”, “cooperación” y
“adherencia” parecen permitir una mayor participación del paciente en la
toma de decisiones que afectan a su propia salud. Se supone que el paciente
se adhiere a un plan con el que está de acuerdo y en cuya elaboración ha
podido contribuir, o al menos que ha aceptado la importancia de realizar
acciones concretas que se incluyen en el programa a poner en práctica. De
ese modo, implicaría un papel activo de la persona.
Los autores interesados en este
tema optan por uno u otro término. Friedman y DiMatteo (1989), por ejemplo,
prefieren hablar de “cooperación” para enfatizar la naturaleza bilateral de
las interacciones profesional de la salud-enfermo; sin embargo, los términos
“cumplimiento” o “incumplimiento” siguen siendo los más utilizados en la
práctica médico-farmacéutica (Basterra, 1999). Es también muy frecuente el
uso de “cumplimiento” y “adherencia” indistintamente y empleados como
sinónimos (Ferrer, 1995). Epstein y Cluss (1982), a su vez, definen
“adhesión” o “cumplimiento de las prescripciones médicas” como la
coincidencia entre el comportamiento de una persona y los consejos sobre su
salud o prescripciones que ha recibido. Sin embargo, Meichembaum y Turk
(1987) distinguen entre el “cumplimiento” y la “adhesión”; el primero de
tales términos coincide con la definición de Epstein y Cluss (1982),
mientras que al segundo le otorgan una implicación más activa y colaborativa
del paciente. Según Ferrer (1995), en el idioma español ninguno de estos
términos parece recoger exactamente el sentido que se pretende en cuanto a
un ajuste a las prescripciones del profesional de la salud y,
simultáneamente, una involucración activa del paciente en ellas.
No menos importante resulta el
hecho de que la adhesión al tratamiento depende de la conducta del paciente,
pero también se relaciona estrechamente con la conducta del médico, al menos
en la medida en que éste ofrezca verbalmente las instrucciones con la
claridad requerida, se asegure de la comprensión por su paciente y dedique a
este proceso el tiempo necesario. Como puede inferirse, estamos ante un
fenómeno muy complejo por su carácter multidimensional y multifactorial, y
esto constituye un reto cardinal para su estudio.
La adherencia terapéutica no
hace referencia a una sola conducta sino a un conjunto, a un repertorio de
conductas, entre las que se incluyen, a saber: aceptar formar parte de un
plan o programa de tratamiento, poner en práctica de manera continuada sus
indicaciones, evitar comportamientos de riesgo e incorporar al estilo de
vida conductas saludables (Zaldívar, 2003); estas conductas se desarrollan
básicamente a partir de la interacción del enfermo y los agentes de salud,
aunque no existe consenso respecto de los componentes de las conductas
mencionadas ni sobre las condiciones que las explican (Amigó, Fernández y
Pérez, 1998). El adecuado cumplimiento de cualquier prescripción terapéutica
comprende el realizar una serie de tareas que requieren saber qué hacer,
cómo hacer y cuándo hacer. El paciente debe disponer de una serie de
habilidades con diferente grado de complejidad (Amigó y cols., 1998). Por
otro lado, es importante lograr que los pacientes adquieran y mantengan a lo
largo del tiempo un hábito de adhesión estricta a los medicamentos y al
cumplimiento de todas las indicaciones (Bayés, 2000).
Puede suponerse entonces que se
trata de una conducta que debe ser entendida a partir de diversas
dimensiones, desde los aspectos propiamente conductuales, mediados por
elementos cognitivos, motivacionales y volitivos, unidos a cuestiones
relacionales, donde interviene la comunicación con el profesional de salud,
la relación del paciente con el entorno social y familiar, hasta el papel de
la organización de los servicios de salud.
Por otro lado, una gran cantidad
de autores (Amigó y cols., 1998; Barra, 2003; Basterra, 1999; Duque y Ortiz,
2002; Ferrer, 1995; Macía y Méndez, 1999; Sarró y Pomarol, 2003; Zaldívar,
2003) plantean la existencia de un amplio grupo de factores que influyen en
la conducta de cumplimiento o incumplimiento del tratamiento médico,
involucrando asimismo elementos de naturaleza psicosocial, médica, de
relación médico-paciente y de corte gerencial.
Un primer grupo de factores
determinantes está constituido por variables propias de la interacción
con el profesional sanitario, donde se hallan la satisfacción del
paciente en el proceso de interacción con los profesionales de salud y
las características de la comunicación que éste establece con su
médico. La satisfacción del paciente consiste en un conjunto de evaluaciones
de las diferentes dimensiones del cuidado del profesional sanitario, en la
cual se distinguen la satisfacción específica y la global, la primera
determinada por la percepción de las características específicas del
profesional de salud y la segunda como una apreciación más general que
establece el paciente. Parece ser que los pacientes más insatisfechos tienen
mayores probabilidades de no llevar a cabo las instrucciones de tratamiento
(Macía y Méndez, 1999). La comunicación permite al paciente comprender la
información que se está dando sobre la prescripción o recomendación, lo cual
supone un primer paso para que pueda aceptarla y recordarla
(Rodríguez-Marín, 1995).
Morales (1999) señala la
importancia de los siguientes factores: la comunicación, el reconocimiento
de la individualidad del paciente, la calificación profesional percibida y
las características del lugar en que se produce la atención. Además, la
satisfacción se relaciona básicamente con el nivel de expectativas del
paciente respecto del servicio que aspira recibir. Según diversos autores,
la satisfacción es en mayor medida “calidad sentida” y constituye el
espectro de los aspectos subjetivos de las características de la atención.
El segundo grupo de factores
tiene un carácter básicamente médico y está relacionado con las
características del régimen terapéutico, entre las cuales se distingue,
en primer lugar, la complejidad del tratamiento, que se refiere al
grado de cambio comportamental requerido ―cuando implica cambio en los
hábitos o exige pautas nuevas― y que produce una tasa de cumplimiento baja
(Rodríguez-Marín, 1995). El número de medicamentos consumibles, la
frecuencia del consumo, la combinación de distintos tipos de intervención y
especialmente la duración del tratamiento, son todas ellas variables
relacionadas con la complejidad (Macía y Méndez, 1999). Peck y King (1985)
apuntan a que entre el 20 y el 30% de los pacientes sometidos a tratamientos
breves falla en cumplirlos, y que fracasa entre el 30 y 40% de los sujetos
cuando son cortos y de naturaleza preventiva; las prescripciones que
requieren un plazo largo no son seguidas por el 50% de los enfermos al
momento de comenzarlas, y tal incumplimiento va incrementándose a medida que
pasa el tiempo. También la relación costo-beneficio del régimen de
tratamiento puede resultar relevante, ya que los costos pueden ser
diversos (económicos, sociales, laborales, familiares, emocionales…),
mientras que los beneficios se dirigen a la convicción de que las
enfermedades se han curado. La presencia de efectos secundarios se
refiere a que los regímenes terapéuticos que provocan efectos secundarios
afectan las tasas de adherencia porque pueden llegar a ser más perturbadores
que los síntomas de la enfermedad; los posibles efectos colaterales de los
medicamentos pueden actuar como estímulos aversivos y producir así un
descenso en la adherencia (Macía y Méndez, 1999).
Un tercer grupo está referido a
la naturaleza de la enfermedad. Se ha reportado que las enfermedades
agudas con síntomas de dolor o incomodidad producen mayor tasa de
cumplimiento, pero ésta es menor en las enfermedades crónicas, y sobre todo
en las asintómaticas, cuando los síntomas constantes facilitan la adaptación
o cuando los propios síntomas dificultan el cumplimiento de las
prescripciones (Amigó y cols., 1998; Friedman y Di Matteo, 1989). Parece
resultar más difícil seguir recomendaciones profilácticas que terapéuticas
cuando los síntomas están produciendo malestar (Macía y Méndez, 1999).
El cuarto grupo de determinantes
está constituido por un amplio conjunto de factores convencionalmente
llamados psicosociales, y se relaciona en primer lugar con las
creencias del paciente asociadas a la percepción de severidad de la
enfermedad y la estimación del riesgo de enfermar, o vulnerabilidad
percibida (Becker, 1974; Rosenstock, 1974, 1985; Rosenstock y Kirscht,
1982); en segundo término, con la creencia de la persona de que puede
ejecutar la respuesta necesaria (autoeficacia percibida) (Bandura, 1977,
1978, 1982, 1986, 1989), y, por último, con la creencia de que la respuesta
será más eficaz que los costos ocasionados por la conducta (utilidad
percibida). Se supone que la autoeficacia percibida para cumplir los
regímenes médicos podría ser una variable determinante del grado de su
cumplimiento. Kaplan, Atkins y Reinsch (1984), por ejemplo, quienes
aplicaron tres procedimientos psicológicos a sesenta pacientes con
enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) para involucrarlos en un
programa de ejercicios físicos, comprobaron que la autoeficacia incrementada
por una técnica cognitiva predijo significativamente el grado de
cumplimiento durante el seguimiento.
El apoyo social y familiar
también puede contribuir a incrementar la ejecución de las prescripciones al
animar al paciente a mantener el régimen médico; de igual manera, el
refuerzo de la familia y otras personas significativas puede facilitarlo.
Cuando las recomendaciones incluyan cambios en los estilos de vida y el
apoyo de otros, puede ser especialmente necesario ese refuerzo de los
allegados para iniciar y mantener los cambios (Barra, 2003; Ferrer, 1995;
Rodríguez-Marín, 1995).
Reconocer tal diversidad de
factores presupone tenerlos en cuenta al explicar por qué las personas
siguen o no una conducta de cumplimiento. Sin embargo, su incidencia no
ocurre de manera lineal; entre ellos se deben producir complejas
interacciones e integraciones que hacen muy difícil la interpretación de los
resultados de una investigación. Dichas interacciones e integraciones deben
ser asimismo objeto de investigación.
Problemas
metodológicos para enfrentar la investigación de la adherencia terapéutica
Los problemas de orden teórico
conducen casi inevitablemente a generar dificultades en el terreno
metodológico. Estas aparecen, en primer lugar, a la hora de elaborar diseños
para su análisis, cuando el investigador debe abordar un problema tan
complejo a través de un proyecto de trabajo que satisfaga esa condición y en
un terreno donde concurren tantas interrogantes aún no resueltas. Se
presenta entonces la disyuntiva de llevar a cabo un estudio cuantitativo que
determine niveles de prevalencia de adherencia al tratamiento o que
cuantifique los factores influyentes, o el uso de metodologías cualitativas
que caractericen las configuraciones personológicas predisponentes a la no
adherencia; puede ocurrir, no obstante, que se requiera la combinación de
ambos enfoques. Otra cuestión sería el problema del uso de estudios
transversales o longitudinales al tener en cuenta las variaciones en el
tiempo que puede mostrar este fenómeno, sin olvidar la necesidad de realizar
trabajos de intervención que propongan metodologías para elevar los niveles
de adherencia.
Una vez que se cuente con un
diseño supuestamente adecuado, surge el problema de cómo realizar la
medición de la adherencia. En la literatura se han propuesto diversos
sistemas de métodos, como por ejemplo los autoinformes de los pacientes, los
autorregistros, la medición del consumo de medicamentos, el conteo de
píldoras y las mediciones bioquímicas (Amigó y cols., 1998; Basterra, 1999;
Ferrer, 1995; Vargas y Robles, 1996).
Se piensa que ninguno de estos
métodos en sí mismo proporciona una información lo suficientemente fiable,
por lo que se sugiere recurrir a más de uno (Ferrer, 1995); empero, tampoco
son vías que permitan explorar la verdadera esencia del fenómeno que se
investiga, al menos en su dimensión psicológica y comportamental. Esas
técnicas evalúan exclusivamente el cumplimiento del tratamiento y su
componente medicamentoso, no aquellas indicaciones que se refieren a cambios
de hábitos o estilos de vida. Cabría señalar que son procedimientos
complicados, poco prácticos y costosos.
Lo anterior plantea la necesidad
de elaborar instrumentos de medición que hagan posible obtener información
confiable y válida que aumente el conocimiento científico del problema que
se trata. Los instrumentos que más se han utilizado son los llamados
“indirectos” (Macía y Méndez, 1996), como la entrevista y la estimación a
partir de resultados clínicos; pese a ello, como ya se ha dicho, muchos
estudios realizados apuntan a la escasa fiabilidad de los datos reportados
cuando se comparan con los obtenidos a través de estrategias de medida más
“objetivas” (Epstein y Cluss, 1982; Macía y Méndez, 1999), como en el conteo
de pastillas que quedan en los frascos en el momento de la entrevista.
Con el fin de verificar la
información recogida a través de autorreportes, Epstein y Cluss (1982) han
propuesto “técnicas de marcador”, que consisten en incluir marcadores falsos
o inactivos en los paquetes de tratamiento, como tiras falsas de evaluación
de la hemoglobina para evaluar los niveles de glucosa, placebos para el
análisis de orina, tabletas con distintos sabores, agentes decolorantes de
la orina en la medicación y otros, pidiéndole al paciente que registre la
frecuencia con que, por ejemplo, las tiras o pastillas placebo han producido
el resultado designado, o que registre e informe sobre cuándo se toma las
tabletas con diferentes sabores, o, en el caso de la orina, cuándo tiene
lugar la decoloración. Como se supone que sólo el médico que impone el
tratamiento conoce la secuencia real establecida, el número y patrón de
respuestas correctas que ofrece el paciente se constituyen en un indicador
de la adherencia del sujeto.
Otra forma de controlar la
conducta real de adherencia sería utilizando “medidas ocultas”, como un
sistema microelectrónico en la grabadora empleada para el aprendizaje y
práctica de la relajación, dispositivo que permitiría medir el tiempo que
fue utilizada la cinta (Hoelscher, Lichstein y Rosenthal, 1986; Taylor,
1993). Estas técnicas han permitido conocer que existen porcentajes muy
elevados de sobrestimación de los autoinformes. Todos los métodos citados,
además de costosos, involucran riesgos de carácter ético.
La simple estimación subjetiva
por parte del terapeuta ha sido, junto con la entrevista, el procedimiento
más empleado para comprobar si el paciente cumple o no con las
prescripciones. Esa estimación se realiza según los resultados terapéuticos,
evaluando de forma indirecta la adherencia al considerar que la desaparición
o mantenimiento de los síntomas constituye su indicador. Es interesante
resaltar que se ha comprobado que un seguimiento inferior al 100% podría
bastar para producir los efectos de salud deseados; por ejemplo, el 80% del
régimen medicamentoso en la hipertensión (Lusher, Vetter, Siegenthaler y
Vetter, 1985). Además de la entrevista, el autorreporte y las medidas
directas “encubiertas” o de “marcadores”, se han utilizado otros
procedimientos directos, tales como la observación por terceros y la
evaluación bioquímica (Macía y Méndez, 1999). Cuando terceras personas
observan el cumplimiento (familiares, compañeros de trabajo, amigos), pueden
utilizarse a su vez distintos tipos de registro: entrevistas, escalas de
opinión, protocolos de observación y demás. La evaluación bioquímica hace
referencia a diferentes análisis ―fundamentalmente de orina o sangre― que
permiten detectar el agente terapéutico prescrito a través de sus productos
metabólicos o los marcadores situados en dichos medicamentos. Los
rastreadores químicos incorporados en los medicamentos no deben ser
identificables por el enfermo, aunque sean fácilmente detectables en un
análisis de orina o de sangre, como puede ocurrir cuando se utiliza fenol
rojo, riboflavina, esteroides, etcétera.
Por supuesto, las medidas de
autorregistro o autorreporte también corren el riesgo de estar sesgadas por
las particularidades intrínsecas de esas técnicas. Se sabe que puede haber
errores que obran contra la validez de las autoobservaciones, como los
errores en el cálculo del tiempo y de interpretación, reactividad, descenso
en la precisión por fatiga, sesgos individuales por expectativas, demandas y
otros. Mayer y Frederiksen (1986), en una intervención destinada al
aprendizaje del autoexamen de mama, evaluaron la adherencia so-licitando a
las mujeres que colocaran inmediatamente después del examen un pañuelo de
papel sobre la mama para que absorbiese el exceso de grasa; este pañuelo
debía ser remitido a los investigadores, quienes podían conocer de forma
objetiva el grado de adherencia a esta conducta de autocuidado. El propio
recuento de tabletas o la supervisión de los envases es, en esencia, un
procedimiento de autorregistro, a pesar de que tienda a sobreestimar la
adherencia (Dumbar y Agras, 1980; Macía y Méndez, 1999; Masur y Anderson,
1988).
Sin embargo, la literatura
plantea que la información brindada por el paciente parece estar bastante
ajustada a la realidad y, en consecuencia, puede considerarse confiable a
los fines de la investigación (Barra, 2003; Basterra, 1999). Labrador y
Castro (1987) estiman que el problema de la evaluación de la adherencia no
requiere tanto para su solución de una mayor sofisticación de los
procedimientos de que se dispone en la actualidad, sino más bien el
desarrollo de procedimientos alternativos, a lo cual se podría añadir aquí
la verificación contrastante con diferentes criterios; así, la utilización
de criterios externos podría ser entonces una forma de validar la
información obtenida; la cuestión de cuáles serían los más adecuados
constituye también un reto metodológico.
Teniendo en cuenta todos estos
problemas, y tomando como base un conjunto de categorías que caracterizan la
definición de adherencia terapéutica, en Cuba se ha elaborado y se utiliza
en diversas investigaciones que se desarrollan actualmente en la Escuela
Nacional de Salud Pública un cuestionario que consta de doce ítems dirigidos
a constatar cómo la persona percibió su participación en el convenio del
tratamiento y los modos de ejecutarlo, cómo cumple el conjunto de
indicaciones recibidas (no sólo las medicamentosas) y cómo se implica activa
y conscientemente en la búsqueda de estrategias para lograr ejecutar y
mantener una conducta de cumplimento adecuada. Los resultados preliminares
obtenidos a partir de la aplicación de dicho cuestionario apuntan a una
estimación de la prevalencia de adherencia terapéutica, especialmente en una
muestra de pacientes hipertensos, similar a la reportada por la literatura
internacional (Orbay, 2003; Vento, 2004).
Otro aspecto
metodológico-instrumental importante se refiere a la intervención en el
problema, lo cual se complica considerablemente por el supuesto de que el
propio paciente, como sujeto investigado, debe participar para obtener
resultados (acudir a las consultas, considerar la calidad de la atención y
de la consulta, tener en cuenta el nivel de comprensión, etc.). Las
estrategias han sido muy variadas y con resultados desiguales en función del
problema tratado (Macía y Méndez, 1999). Aquí tan sólo queremos señalar que
si el problema es complejo y difícil de investigar, lo puede ser más aún el
estudio de la efectividad de las estrategias de intervención. La prevención
y control de los problemas de adherencia requerirán un acercamiento
metodológico e instrumental diferente si se quiere obtener siquiera
incrementos deseables en el cumplimiento.
CONSIDERACIONES FINALES
El logro de una buena adherencia
terapéutica es un requisito que, de cumplirse, vendría a resolver notables
problemas de salud en la población y tendría importantes repercusiones en el
plano económico, social, médico, personal, familiar y para la gerencia de
los servicios de salud. Debe prestarse especial atención a su abordaje
teórico, metodológico e investigativo, muy particularmente desde el campo de
la psicología de la salud, al ser ésta la disciplina que se ocupa de
investigar y resolver los problemas relacionados con los aspectos subjetivos
y comportamentales que intervienen en el proceso de salud-enfermedad.
La adherencia terapéutica es un
fenómeno complejo y, por ende, su investigación constituye un reto para los
interesados en el tema. Hay problemas de naturaleza teórica y también en el
aparato metodológico necesario para abordar un fenómeno con estas
características, sobre todo en cuanto a diseños para su estudio y recursos
instrumentales válidos y confiables que hagan posible realizar buenas
evaluaciones de los niveles de adherencia y que, a su vez, atiendan a las
particularidades de las diversas enfermedades.
A pesar de todos los
cuestionamientos, interrogantes y desafíos que entraña este problema y de
las inevitables limitaciones que pueda tener su esclarecimiento en los
momentos actuales, resulta una necesidad impostergable emprender estudios en
esta línea. Ellos aportarán mucho a la comprensión del papel del
comportamiento humano en el proceso de salud-enfermedad y al
perfeccionamiento de la práctica médica. En la medida en que estos estudios
enriquezcan el quehacer y el conocimiento en los campos de la medicina y de
las ciencias de la salud, devendrán contribuciones importantes para el
desarrollo de la psicología de la salud.
Escuela Nacional de Salud
Pública, Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana, Calle Línea e
I, Municipio Plaza, La Habana, Cuba, C.P. 10400, tel. (537)40-15-90, correo
electrónico: liber@infomed.sld.cu. Artículo recibido el 17 de enero y
aceptado el 16 de marzo de 2004.
Instituto Nacional de
Oncología y Radiobiología, 29 y F, Vedado, Municipio Plaza, La Habana, Cuba,
C.P. 10400, tel. (537)55-25-74, fax (537)55-25-87, correo electrónico:
psico@infomed.sld.cu.
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