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Construcción de un instrumento
para evaluar competencias
en situaciones no vinculadas con estrés
Construction of an instrument designed
to evaluate competences in non related stress situations
María de Lourdes Rodríguez
Campuzano
RESUMEN
El propósito de este trabajo es
presentar las bases para la construcción de un instrumento para evaluar
competencias en situaciones objetivamente no vinculadas con estrés, así como
la relación entre éstas y la presencia o ausencia de enfermedad. La
propuesta se basa en el modelo psicológico de la salud de Ribes y responde a
la necesidad de comprender la influencia de diversos factores psicológicos
en el estado de salud-enfermedad. Se considera que el modelo predice una
relación entre el grado de competencia y la salud de los individuos, entre
otros factores; por ello, en primera instancia, se propone evaluar dicha
relación mediante un instrumento de dos partes, de las cuales la primera
evalúa el estado de salud y la segunda competencias, junto con sus
dimensiones afectiva y valorativa.
Palabras clave: Modelo
psicológico de la salud; Competencias; Dimensión afectiva del
comportamiento; Dimensión valorativa del comportamiento; Estrés.
ABSTRACT
The purpose of this work is to
establish the basis to design an instrument to evaluate competences for non
related-stress situations and their relationship with the presence or the
absence of diseases. The proposal is based on the Ribes’ psychological model
of biological health, which responds to the need of understanding the
influence of diverse psychological factors on health-disease state. This
model predicts a relationship between degree of competence and disease,
among other important psychological factors. A two-parts instrument is
proposed with this objective. The first one is designed to evaluate the
health-disease state of individuals, and the se-cond one their degree of
competence and the affective and evaluative dimensions.
Key
words: Psychological model of biological health; Competences; Affective
dimension of behavior; Evaluative dimension of behavior; Stress.
INTRODUCCIÓN
El objetivo de este trabajo
es presentar las bases para la construcción de un instrumento para
evaluar competencias en situaciones objetivamente no vinculadas con
estrés, así como la relación entre éstas y la presencia o ausencia de
enfermedad. Tal propuesta responde a la necesidad de comprender la
influencia del comportamiento en el estado de sa-ud-enfermedad de las
personas, y resulta especialmente relevante dado que cada vez se tienen
mayores evidencias de la participación de factores psicológicos en las
enfermedades (Caballo, Buela-Casal y Carrobles, 1996).
Los padecimientos somáticos
han sido objeto de estudio de diversas disciplinas. Ya desde las
civilizaciones más antiguas se consideró que existía una relación entre
soma y psique, e incluso entre los años 30 y 90 d. C. Areteo señalaba
que los trastornos mentales y emocionales eran causa de parálisis (De la
Fuente, 1978). La psicología se ha interesado en su estudio desde hace
más de cincuenta años, cuando se aceptó la influencia de factores
psicológicos en la aparición y mantenimiento de algunas enfermedades.
Freud fue uno de los primeros autores en estudiar los procesos
psicopatológicos en personas que mostraban trastornos físicos sin causas
fisiológicas aparentes (Garma, 1978), y con ello surgió la llamada
“medicina psicosomática” (De la Fuente, 1978).
Durante los pasados veinte
años, los conceptos psicoanalíticos perdieron influencia dentro del
estudio de los padecimientos somáticos, en gran medida por la poca
objetividad de su aproximación (Lazarus y Folkman, 1991), lo que
permitió el surgimiento de un nuevo enfoque para estudiar el fenómeno:
la modificación de conducta (Davison y Neale, 1983), que a su vez dio
pie al surgimiento de la medicina conductual (Blanchard, 1982; Schwartz
y Weiss, 1977), la psicología de la salud y las aproximaciones
cognitivas en el campo de la salud, entre otras (Lazarus y Folkman,
1991; Zumaya, 1993).
Se ha sugerido que el estado
de salud-enfermedad se encuentra relacionado con diversos factores
psicológicos: conflictos emocionales, trastornos de ansiedad, estrés,
autoverbalizaciones disfuncionales, estrategias de afrontamiento al
estrés, entre otros (Amigo, Fernández y Pérez, 1998; De la Fuente, 1978;
Caballo, 1995; Cameron, 1982; Kaplan, 1988; Lazarus y Folkman, 1991).
También se ha planteado que hay una relación entre tipo de personalidad
y padecimientos somáticos (Dollard y Miller, 1973).
Desafortunadamente, estos
factores se han abordado, las más de las veces, sobre bases dualistas
que consideran, por un lado, que el comportamiento responde a causas
“internas”, que se suponen mucho más interesantes y profundas que el
propio comportamiento, al que se juzga como una manifestación de estos
procesos o estructuras “internas”; por otro lado, los estudios y
propuestas que abordan el campo de la salud-enfermedad conciben el
fenómeno con una lógica causalista, por la cual se intenta explicar el
resultado final (salud o enfermedad) a partir de variables específicas a
las que se otorga el peso explicativo; por último, se margina en muchas
ocasiones el papel del ambiente como componente inseparable del
comportamiento. De hecho, en la actualidad se enfatiza el papel de
factores cognitivos tales como el coping (afrontamiento) o la
autoeficacia, y estos conceptos, a su vez, se vinculan con el estrés,
que las más de las veces se refiere a estímulos específicos; aunque
también se concibe la existencia de un distrés emocional, entendido como
una reacción fisiológica y prolongada de todo el organismo que, al
ocurrir en ausencia de amenazas reales, es dañina para la salud (Bairey,
Dwyer, Nordstrom y cols., 2002; Blanchard, Rodgers, Courneya, Daub y
Black, 2002; Cohen, 2002; Hockemeyer y Smyth, 2002; Rybarczyk, DeMarco,
De la Cruz, Lapidos y Fortner, 2001). En 1990, Ribes propuso un modelo
psicológico de la salud biológica. Dicho modelo se presenta como
alternativa a otros enfoques en tanto que se desprende de un modelo
teórico claramente definido: el modelo interconductual, por un la-do;
por otro, es el único modelo que teóricamente identifica el conjunto de
factores psicológicos per-tinentes a la salud y enfermedad, y en esa
medida delimita con claridad su dimensión psicológica, y, por último,
establece las funciones pertinentes del psicólogo en dicho campo. Los
factores que este modelo identifica como pertinentes se clasifican en
factores de proceso y factores resultantes. Todos ellos se relacionan
entre sí y asimismo con la dimensión biológica del individuo. El
resultado último es el estado de salud o enfermedad de una persona.
Ahora bien, aun cuando todos
los factores identificados en la fase de proceso son importantes, el
modelo citado permite predecir, en particular, una relación entre lo que
se denomina competencias presentes y enfermedad; esto es, si una persona
es competente (capaz) para ajustarse o cumplir con las demandas o
requisitos que sus situaciones de vida le imponen, tendrá pocas
probabilidades de exhibir patologías biológicas.
Hay que señalar que si bien
este modelo se ha empleado como guía para intervención y tratamiento (DíazGonzález
y Rodríguez, 1998; Landa y Rodríguez, 1993; Rodríguez y DíazGonzález,
1999; Rodríguez y Landa, 1993; Rodríguez, Robles, Moreno y DíazGonzález,
2000), hasta el momento no hay investigaciones que respalden sus
predicciones; de ahí que se cree importante sentar las bases para
iniciar líneas de investigación basadas en dicha perspectiva teórica.
Por ello, se considera que
una primera investigación del fenómeno desde esta perspectiva puede
consistir en evaluar la influencia del grado de competencia de los
individuos para enfrentar diversas situaciones específicas en su estado
de salud-enfermedad. Aun cuando el modelo establece a los estilos
interactivos, la historia de competencias y las competencias presentes
como factores fundamentales en el proceso, se optó por enfocar la
atención en el papel de las competencias en una primera fase, dada la
complejidad que implica la investigación del papel de cada una de ellas.
Igualmente, se juzgó importante empezar con este factor porque es el que
se vincula de manera más directa, según el modelo, con el estado de
salud-enfermedad. Por lo anterior, se presentan las bases para la
elaboración de un instrumento que permita estudiar la relación que
existe entre las competencias de un individuo para enfrentar situaciones
específicas y su estado de salud-enfermedad.
Para entrar en materia, cabe
señalar que lo que Ribes (1990) define como competencias funcionales
presentes tiene que ver con la capacidad de un individuo. El término
“competencia” se ha empleado en muchos contextos, y, por ende, de
diversas maneras; aquí se le emplea desde un punto de vista
interconductual. Desde tal perspectiva, el término se refiere a una
colección de ocurrencias que se caracterizan por lograr un criterio de
efectividad. Se habla de un término disposicional, no de una forma
concreta de responder, y tampoco de variables, sino de una
disponibilidad interactiva (Ribes y López, 1985). Como la define Ryle
(1949), “competencia” es un factor disposicional que tiene que ver con
logro. No equivale al concepto de habilidad ni se identifica con una
forma concreta de comportamiento; antes bien, designa un conjunto de
habilidades en potencia, y es por ello que la expresión se emplea en
función de la historia de un individuo (Ribes, 1990). Como todo término
dis-posicional, no alude a variables, actos u ocurrencias, sino que se
emplea a partir de ellos (Ryle, 1949). Así pues, designa la capacidad de
un modo genérico y por lo tanto no refiere a un episodio concreto. Por
ejemplo, si se dice de alguien que es un ejecutivo competente, se está
hablando en primer lugar de su historia, del cómo se ha comportado
exitosamente en distintas situaciones laborales; en segundo lugar, no se
alude a ninguna respuesta en concreto sino a una serie de formas de
comportamiento; en tercer lugar, no se refiere a un acto que se está
ejecutando en ese momento. De este modo, se habla de su capacidad
aludiendo a un conjunto de acciones, pero no a una en particular. Por
último, lo que sí señala el enunciado es que, dada una situación de
trabajo, es muy probable que ese ejecutivo lleve a cabo ciertas
acciones, como asignar tareas a personas supeditadas, coordinar trabajos
en equipo, supervisar la participación de su grupo de trabajo o tomar
decisiones, todo ello con éxito.
El término “competencia”,
dado que indica logro, es un término interactivo porque para hablar de
logro se deben considerar los requerimientos que una situación impone,
la conducta del individuo y sus consecuencias, de modo tal que si ésta
se ajusta a los requerimientos y cumple así con criterios de
efectividad, será considerada un episodio que indica capacidad o
competencia (Ribes, 1990). Así, para analizar las competencias deben
tenerse en cuenta los aspectos citados. Lo anterior lleva a suponer que
existen distintos niveles de complejidad en las competencias, de acuerdo
a los criterios de logro: a) adecuación, en que el criterio demanda
ajustarse a una situación sin producir cambios en ella; b) efectividad,
en que lo esperado es que el individuo produzca un cambio en el
ambiente; c) pertinencia, en donde se espera lo descrito en el inciso
anterior, pero en el momento, lugar o situación oportuna, es decir,
respuestas efectivas que se adaptan a la variabilidad de las condiciones
del ambiente; d) congruencia, que se refiere a la correspondencia entre
el hacer y el decir (tanto en un mismo individuo como entre individuos),
como prácticas efectivas con respecto a la situación en que se dice y
hace, y e) coherencia, que indica, según Carpio (1994), una
“correspondencia entre ‘decires’ como una forma de ‘hacer’ [...] la
coherencia se da sólo como convención lingüística y en ella misma se
definen los criterios a los que se ajusta su práctica como ejercicio
compartido”. Estas cinco categorías corresponden a los cuatro niveles de
aptitud competencial propuestos por el propio Ribes (1990).
En el contexto del proceso
de salud, y partiendo de la taxonomía funcional del comportamiento
desarrollada por Ribes y López en 1985, Ribes (1990) delimitó cuatro
niveles funcionales en que pueden tener lugar las competencias efectivas
en una situación. Citando a este autor casi literalmente, dichos niveles
son: a) situacional no instrumental, b) situacional instrumental, c)
extrasituacional y d) transituacional. Cada uno de ellos implica un
proceso psicológico diferente y por ende aluden al cómo un individuo
enfrenta los requerimientos que una situación establece. El nivel
situacional no instrumental implica un proceso más simple y el nivel
transituacional implica el más complejo. Así, en el primer caso, el
individuo responde solamente reaccionando diferencialmente ante los
objetos, personas y acontecimientos de la situación, pero sin alterar
sus propiedades funcionales. Las reacciones emocionales y los
comportamientos de ajuste o seguimiento de instrucciones son ejemplos de
este tipo de interacciones, lo cual se corresponde con la categoría de
adecuación propuesta por Carpio (1994).
En el segundo caso (nivel
situacional instrumental), el individuo introduce cambios en la
situación como efecto de su conducta, lo cual, a su vez, afecta
favorable o desfavorablemente el comportamiento del individuo. Este
nivel podría ejemplificarse con el caso de un individuo que logra abrir
una puerta que está atorada o que cumple con la tarea de lavar su ropa,
y corresponde a la categoría de efectividad propuesta por Carpio (1994),
en donde la competencia se evalúa de acuerdo a la producción de algún
cambio en el ambiente, esto es, a la efectividad del comportamiento. En
ese mismo nivel de complejidad se ubicaría el criterio de pertinencia,
en el cual la producción de cambios, resultados o efectos dependerá de
la variabilidad que puede tener el comportamiento de un individuo para
adaptarse a la variabilidad de las condiciones del ambiente.
El nivel extrasituacional es
aquel en donde:
el individuo actúa frente a
los elementos y contingencias presentes como si tuvieran las propiedades
de otros elementos o contingencias. Responde trascendiendo las
condiciones presentes aquí y ahora en una situación. Una persona puede
responder planeando, imaginando, en términos de su información, etc. La
interacción extrasituacional puede asumir diversas formas: a) el
individuo puede reaccionar en ausencia de la situación como si estuviera
en ella; b) el individuo puede reaccionar en una situación como si no
estuviera en ella; c) el individuo puede reaccionar en una situación
como si fuera distinta; d) el individuo puede reaccionar en una
situación x con las interacciones no instrumentales de la situación y;
e) el individuo puede reaccionar en una situación x con las
interacciones instrumentales características de una situación y; o f)
cualesquiera de estas posibilidades en forma combinada, entre otras (Ribes,
1990, pp. 48-49).
Un ejemplo de dicho nivel
es el de un individuo que se sigue las recomendaciones dietéticas de un
nutriólogo. Otro ejemplo sería el de un sujeto al que le solicitan que
use condón al tener una relación sexual, pero lo rechaza porque
considera que es invulnerable a ciertas enfermedades. En este ni-vel se
puede ubicar el criterio de congruencia (Car-pio, 1994) e implica
evaluar si el individuo actúa respondiendo a sus propias creencias o a
las de otras personas, no a las condiciones del aquí y ahora de la
situación.
Por último, el nivel
transituacional se caracteriza porque el individuo responde ante una
situación determinada al margen de las condiciones presentes efectivas;
en otras palabras, no enfrenta la situación con base en lo que le ocurre
en ella o a lo que percibe, sino a su concepción sobre ella (que pueden
ser teorías o filosofías de vida). Ello queda ilustrado con la categoría
de coherencia, en la cual lo importante es la correspondencia entre ―por
así decirlo― las propias creencias y, en general, los propios procesos
lingüísticos. Un ejemplo lo constituye la labor de un matemático al
resolver problemas que su propio sistema formal le presenta (Ribes,
1990).
Las competencias pueden
cumplir con el mismo criterio de logro dependiendo del nivel de aptitud
funcional en el que se ejercitan, es decir, no hay un nivel “mejor” que
otro. El enfrentar de manera competente una situación dependerá de lo
que requiere la propia situación: debe existir una correspondencia
funcional entre la situación y el nivel competencial. Así, por ejemplo,
si una situación determinada requiere la solución de un pro-blema
matemático mediante la lógica matemática, así como de procedimientos
específicos no explícitos en la situación, el nivel de aptitud demandado
es transituacional. El individuo tiene que tras-cender las condiciones
presentes en forma efectiva y responder a teorías y conocimientos
especializados que no tienen que ver con situaciones concretas o
referentes empíricos. Responder a una situación como ésta de manera
emocional (enojándose, por ejemplo) o pidiendo a alguien más que la
resuelva, sería enfrentarla de manera incompetente. Pero no todo tipo de
situación demanda un nivel de respuesta transituacional; si, dígase, un
médico pide a su paciente que lleve un registro diario de su presión
arterial y lo cita para el siguiente mes, la situación demanda un nivel
competencial extrasituacional. La persona debe tomarse la presión
respondiendo como si estuviera con el médico. Podrían ejemplificarse así
cada uno de los niveles. Es importante resaltar que esa correspondencia
es fundamental, así como la satisfacción de la demanda o el criterio
particular de logro; si se carece de ellos, se podría hablar de
incompetencia (considerando la respuesta como indicador), y si tal
ocurre en diversas ocasiones ―o sea, si hay una colección de
ocurrencias―, es posible evaluar la posible competencia o incompetencia
de un individuo.
Para su análisis, como ya se
comentó, se consideran: a) los requerimientos de una situación co-mo
campo de contingencias; b) los factores que de-finen el contexto de la
interacción y que se identifican como características de la situación
(tipo de escenario, condiciones físicas y sociales que lo configuran), o
bien como condiciones biológicas momentáneas del individuo
(alimentación, sueño, fatiga, enfermedad); c) las respuestas del
individuo (qué hace, cómo lo hace, cómo valora la situación y su propio
hacer o si presenta reacciones emocionales que afectan su
comportamiento); d) la historia de competencias pertinente (su capacidad
para interactuar con dicha situación dada su experiencia particular (Ribes,
1990), y e) los efectos del comportamiento, esto es, si éste es
efectivo, inefectivo o afectivo. Hay que mencionar que en este modelo se
considera que un comportamiento puede producir resultados, cambios en el
ambiente o en el comportamiento de otras personas (comportamiento
efectivo), no producirlos (comportamiento inefectivo) o producir cambios
en el comportamiento del propio sujeto o en su condición biológica o
emocional (comportamiento afectivo).
Al considerar los distintos
niveles en que pueden ejercerse las competencias, se tiene un criterio
funcional para analizar desde acciones simples ―como las que se
ejemplifican en los niveles de competencia situacional no instrumental―
hasta dimensiones valorativas del comportamiento; esto es importante,
dado que todo comportamiento humano es valorado, y no se puede soslayar
el análisis de dichos aspectos valorativos que el propio sujeto y otros
significativos emplean para calificar el comportamiento de alguien en
particular. Como las competencias ocurren en ámbitos y circunstancias
sociales específicas, la calificación que obtengan (bueno, malo,
reprobable, aceptable, positivo, negativo, normal, amenazante)
dependerá, por un lado, de los criterios de logro establecidos y, por
otro, de los valores morales que regulan el comportamiento de los
individuos en distintos ámbitos de desempeño. Los ámbitos pueden
definirse genérica o específicamente. Así, el ámbito de desempeño social
puede a su vez definirse como moral, político o jurídico; si se define
un ámbito familiar, éste puede especificarse en términos de relaciones
entre familiares, hábitos de higiene o vestimenta; si se define un
ámbito laboral, se puede pensar en contextos específicos, como el de
relaciones entre compañeros, compromiso o hábitos.
En dichos ámbitos, como se
señalaba, para evaluar las competencias es necesario identificar los
requerimientos que la situación impone, las respuestas del individuo en
términos de su hacer y su creer ―esto es, en cuanto a ajuste,
efectividad, pertinencia, congruencia y coherencia― y de su dimensión
valorativa. Igualmente, hay que considerar la dimensión de los efectos,
incluyendo la afectividad (aquellas reacciones que solamente afectan al
individuo).
El papel de las competencias
es básico en cuanto que ejerce influencias sobre el estado biológico del
individuo y sobre las acciones vinculadas directamente con la prevención
o desarrollo de la enfermedad.
CONSTRUCCIÓN DEL INSTRUMENTO
Para diseñar el instrumento,
se pretendió elaborar las situaciones pertinentes partiendo de la
taxonomía desarrollada por Ribes (1990) para estudiar estilos
interactivos. Los arreglos contingenciales propuestos en tal taxonomía
pueden emplearse para evaluar las competencias o incompetencias de un
individuo si se les agrega un criterio de logro, lo cual corresponde al
propio concepto de competencia; esto es, la taxonomía original implica
el manejo de situaciones contingenciales abiertas, en donde no existen
tales criterios de logro. Ello permite evaluar estilos interactivos,
mientras que la evaluación de competencias requiere el diseño de
situaciones contingenciales cerradas, donde exista un criterio de logro.
Se habla, pues, de situaciones que impliquen un requerimiento o demanda
y que permitan evaluar si el individuo satisface el criterio de logro,
así como la correspondencia funcional, es decir, que el nivel que la
situación requiere sea el que el individuo despliega. En consecuencia,
se tomaron dos arreglos contingenciales de esta taxonomía. Considerando
que el interés central es la relación entre competencias y el estado de
salud-enfermedad, se supuso que dichos comportamientos ocurren en
situaciones que constituyen el ámbito de interacción del individuo y que
están vinculados al ejercicio de competencias. Aquellas situaciones que
tienen una mayor relación con los estilos de los individuos ―en donde
éstos pueden constituir predictores importantes de enfermedad― no serían
útiles para el presente propósito, en gran medida porque existe
evidencia de que los estilos que se despliegan ante arreglos
contingenciales vinculados con producción de estrés se correlacionan con
enfermedad.
Se incluyó un criterio de
logro en los arreglos contingenciales elegidos, en términos de ajuste,
efectividad, pertinencia o congruencia, a fin de poder diseñar
situaciones concretas para evaluar las competencias o incompetencias de
los individuos. Igualmente, se decidió incluir cuatro incisos de
respuesta, tres de ellos abiertos y uno con opciones, con el propósito
de identificar no solamente si el individuo es competente o incompetente
para enfrentar este tipo de situaciones, sino los motivos que sustentan
sus competencias, la valoración de las situaciones presentadas y su
reactividad frente a ellas. Los arreglos contingenciales que se tomaron
como base para el diseño del instrumento son, a saber:
a) Persistencia o logro. El
individuo se encuentra en una situación en la que se demanda un esfuerzo
cada vez mayor para obtener consecuencias en las que sabe que se le
exige más para obtener lo mismo; sabe que se le exige más y obtendrá
más; está advertido de que va a obtener más sin esfuerzo adicional, y
son importantes en la situación la presencia de instrucciones respecto a
los requerimientos y consecuencias (Ribes, 1990).
b) Flexibilidad al cambio.
El sujeto se enfrenta a situaciones en la que las demandas cambian de
manera no predictible; los cambios son frecuentes o variados en las
características de las demandas y en las de las consecuencias, y estas
últimas son múltiples e independientes entre sí (Ribes, 1990). A
continuación se describe el instrumento.
Éste consta de dos partes.
En la primera se evalúan algunos datos demográficos, como edad, estado
civil, género, ocupación y escolaridad. Posteriormente, se incluyen
siete reactivos relacionados con el estado de salud-enfermedad, como el
tipo de enfermedades padecidas, la frecuencia con la que enferma, la
gravedad y cronicidad de la enfermedad y las respuestas ante ella.
La segunda parte consta de
36 reactivos diseñados para evaluar competencias, cada uno de los cuales
ilustra una situación particular, correspondiente a los dos arreglos
contingenciales genéricos elegidos; por ende, se diseñaron 18 reactivos
para cada arreglo. Los primeros describen diversas situaciones
correspondientes a arreglos contingenciales de logro o persistencia en
tres áreas o contextos de desempeño: laboral, familiar y social; los 18
restantes corresponden al arreglo de flexibilidad al cambio.
El diseño de los distintos
reactivos considera un conjunto de criterios. En primer lugar, se
tomaron en cuenta las dimensiones características de cada uno de los
arreglos contingenciales; en segundo término, el nivel de aptitud
competencial que cada situación requiere para responder de forma
competente (no instrumental, instrumental y extra o transituacional), y,
por último, tres contextos de competencia: laboral, familiar y
propiamente social. Se incluyen los tres contextos, como ya se había
mencionado, dado que no puede evaluarse la capacidad de un individuo al
margen de un contexto de desempeño, y se consideró que los tres
propuestos cubren de forma general el espectro de circunstancias en el
que se relacionan las personas con otros y con su entorno
cotidianamente.
La Tabla 1 esquematiza la
lógica de la construcción del instrumento.
Tabla 1. Bases para la construcción del instrumento.
|
|
Contexto |
Competencia
requerida |
Tipo de
contingencia |
Nivel |
|
1 |
Laboral |
Resumir |
Logro
o
persistencia |
Instrumental |
|
2 |
Acordar |
|
3 |
Trabajar con
esfuerzo |
|
4 |
Diseñar planes |
Extrasituacional |
|
5 |
Diseñar
presentaciones |
|
6 |
Organizar |
|
7 |
Familiar |
Arreglar una
puerta |
Instrumental |
|
8 |
Coser |
|
9 |
Realizar labores
domésticas |
|
10 |
Instruir a otro |
Extrasituacional |
|
11 |
Reportar gastos |
|
12 |
Encontrar algo |
|
13 |
Social |
Usar aparatos |
Instrumental |
|
14 |
Hacer deporte |
|
15 |
Hacer trámites |
|
16 |
Conseguir
información |
Extrasituacional |
|
17 |
Bajar de peso |
|
18 |
Dejar de fumar |
|
19 |
Laboral |
Localizar
lugares |
Flexibilidad
al
cambio
|
Extrasituacional
Instrumental |
|
20 |
Usar equipo de
oficina |
|
21 |
Presentar
escritos
diferentes |
|
22 |
Manejar tarjetas
bancarias |
Instrumental |
|
23 |
Organizar
empleados |
|
24 |
Enseñar |
|
25 |
Familiar |
Guardar reposo |
No Instrumental
Instrumental |
|
26 |
Hacer un pago
por
computadora |
|
27 |
Cuidar el hogar |
|
28 |
Cabalgar |
Instrumental |
|
29 |
Inyectar |
|
30 |
Cuidar enfermos |
|
31 |
Social |
Llegar a lugares
desconocidos |
|
32 |
Cambiar una
llanta |
|
33 |
Manejar en
carretera |
|
34 |
Cuidar un bebé |
|
35 |
Atender visitas |
|
36 |
Llegar
puntualmente |
Esta tabla se diseñó para
servir como guía para la elaboración de los reactivos de la segunda
parte. La primera columna señala el número de reactivos, la segunda
indica el contexto social de la situación, la tercera el tipo de
competencia requerida, la cuarta el arreglo contingencial de cada
situación y la quinta el nivel de aptitud competencial que la situación
demanda.
Para el arreglo de Logro o
persistencia, se pensó que las situaciones planteadas en los reactivos
debían contener una demanda o señal contingente a las consecuencias, es
decir, que el sujeto supiera lo que se le exige para obtener algo;
también, que se le podría demandar un mayor esfuerzo para obtener las
mismas consecuencias o mayores. Igualmente, se consideró qué nivel de
aptitud competencial se requería para cada situación: si bastaba con que
el sujeto respondiera a las demandas siguiendo indicaciones (no
instrumental), si debía introducir algún cambio en la misma
(instrumental) o trascender las condiciones del aquí y ahora de la
situación y responder como si estuviera en otra distinta (siguiendo
alguna regla diferente o alguna teoría o conocimiento, algún recuerdo o
planeando algo). Las contingencias de logro o persistencia se
caracterizan por ser situaciones que demandan el cumplimiento de un
criterio, o un mayor esfuerzo por parte del individuo para satisfacer
dicho criterio y, por tanto, obtener una consecuencia. Puede cumplirse
el criterio a través de distintos niveles de aptitud competencial, pero
hay que cuidar que exista una correspondencia funcional entre lo que la
situación demanda y dicho nivel de aptitud.
El arreglo de Flexibilidad
al cambio considera cambios en las demandas que son impredecibles; los
niveles competenciales requeridos se consideraron también en el diseño
de situaciones específicas.
Ahora, para evaluar las
competencias o incompetencias de los individuos en estas situaciones,
cada reactivo demanda tres respuestas abiertas y una con cinco opciones
de respuesta. La primera es que ante la situación planteada qué hace o
qué haría el sujeto Esta primera pregunta es la que permite evaluar si
es o no competente en la situación, considerando que debe haber una
correspondencia funcional entre lo que hace y la demanda o criterio de
logro de la situación. La segunda pregunta es por qué decidiría hacer
eso, lo cual permite evaluar el criterio que se emplea para responder,
esto es, una conducta sustitutiva referida al comportamiento, la cual es
un indicador adicional para evaluar el grado de competencia. La tercera
pregunta es cómo se siente o cómo se sentiría al comportarse de la
manera en que lo hace, lo que posibilita identificar la reactividad ante
las distintas situaciones. Por último, se le pregunta cómo valora la
situación, y se le pide que califique en una escala de 1 a 5 el grado de
amenaza que la situación le representa, de modo tal que las opciones
para este reactivo son: 1, muy amenazante; 2, más o menos amenazante; 3,
poco amenazante; 4, casi nada amenazante y 5, nada amenazante. Tal
pregunta se incluyó para evaluar la dimensión valorativa del
comportamiento.
El conjunto de situaciones y
las distintas preguntas que configuran este instrumento se diseñaron
considerando que debían arrojar datos con respecto a los siguientes
aspectos: si el individuo es o no competente para enfrentar una
situación determinada; si reacciona emocionalmente a las diversas
situaciones; si valora las distintas situaciones como problemáticas o
amenazantes, aunque objetivamente no lo sean, y si en distintos
contextos sociales de desempeño existe una diferencia en las respuestas.
A continuación se
transcriben algunos reactivos de la segunda parte del instrumento para
ilustrar su lógica de construcción.
Reactivo 2. En su
trabajo, como parte de su responsabilidad tiene que lograr un acuerdo
importante con una persona; esta persona siempre está muy ocupada y
cuesta mucho trabajo concertar una cita. Usted:
a) ¿Qué hace o haría?
b) ¿Por qué decidiría hacer eso?
c) ¿Cómo se siente o se sentiría al hacerlo?
¿Cómo ve la situación?
|
a) muy
amenazante |
c) poco
amenazante |
e) nada
amenazante |
|
b) más o menos
amenazante |
d) casi nada
amenazante |
|
El reactivo anterior forma
parte del conjunto de reactivos diseñados para evaluar competencias en
el contexto laboral; aquí se evalúa particularmente la capacidad para
concertar una cita. Como se había señalado, esta habilidad por sí misma
no refiere competencia, pero si se evalúa un conjunto de habilidades
laborales diversas se podría entonces hablar de ella. La situación
diseñada tiene que ver con contingencias de logro o persistencia, y el
criterio a satisfacer es instrumental en tanto que se requiere de
acciones que dependen de las condiciones presentes de la situación y que
logren un cambio en el ambiente, en este caso concertar la cita. Se
presentan, según se dijo antes, cuatro incisos para evaluar las
respuestas: el primero evalúa la habilidad o inhabilidad y el segundo la
referencia que el individuo hace de su propia respuesta; ambos incisos
permiten evaluar el grado de competencia. El tercer inciso incide en la
evaluación de la reactividad o dimensión afectiva del propio
comportamiento, pues permite identificar si se presentan reacciones
emocionales en esta interacción y si éstas son positivas o negativas.
Por último, se evalúa la dimensión valorativa del comportamiento,
considerando la “percepción” del sujeto sobre la situación.
En el reactivo 12 se lee:
“Su pareja le da a guardar un documento importante. Tiempo después usted
debe darle el documento, pero no recuerda donde lo guardó”, y a
continuación se formulan las mismas preguntas del caso anterior y que
son semejantes a las de los reactivos que se ilustran más abajo. Este
reactivo pertenece al conjunto de aquellos que evalúan competencias en
el contexto familiar. Nuevamente, se consideraron contingencias de logro
o persistencia en donde el criterio a satisfacer demanda un nivel de
aptitud extrasituacional. La demanda es encontrar un documento, y en esa
medida hay que “recordar” en dónde se le guardó, lo cual implica un
nivel di-ferente de respuesta que el buscar sin ninguna guía. Del mismo
modo, se manejan los mismos incisos para evaluar las respuestas y con
los mismos propósitos.
El 25: “Ud. es una persona
muy activa, y muy sana; sin embargo se cae y se lesiona una pierna;
ahora tiene que guardar reposo absoluto durante quince días porque es la
única manera de sanar y no tener problemas posteriores”. El reactivo
anterior ilustra el conjunto de reactivos que evalúan competencias en el
contexto familiar. En este caso, la situación implica contingencias de
flexibilidad al cambio, en donde se presenta un cambio de manera no
predecible, y lo único que tiene que hacer el individuo es ajustarse a
la demanda, por lo que el nivel de aptitud funcional demandado es
situacional no instrumental: se trata de seguir las instrucciones y
guardar el reposo indicado.
En el reactivo 33 se
informa: “Ud. tiene que conseguir algo muy importante en otra ciudad y
debe manejar en carretera. Eso es algo que no ha hecho antes, pues
solamente maneja en la ciudad”. Este reactivo corresponde al conjunto de
los que evalúan competencias en el contexto social. Aquí, las
contingencias implicadas en la situación también corresponden a la
flexibilidad al cambio: se introduce un cambio no predecible en la
situación y la demanda a satisfacer es manejar en carretera. El nivel de
aptitud funcional demandado es instrumental en tanto que el individuo
tiene que conducir en la carretera, generando con ello efectos o cambios
en la situación.
Cabe reiterar que las
competencias designan un conjunto de habilidades o destrezas que fungen
como disposicionales para una interacción de-terminada; no se refieren a
ocurrencias particulares ni a morfologías específicas. Por ello, se
podrá hablar de competencias o capacidad solamente si se consideran las
respuestas a todos los reactivos. Si, por ejemplo, se califican como
aciertos las respuestas que satisfacen el criterio de logro y guardan
por supuesto una correspondencia funcional con el nivel de aptitud
funcional demandado, entonces el número de aciertos indicará una mayor o
menor competencia. Dado que se propone una primera aproximación a este
problema desde la perspectiva interconductual, se creyó importante
incluir los dos primeros incisos de respuesta en forma abierta para
cubrir, en una primera instancia, la posible gama de respuestas de
alguna muestra poblacional, considerando que los sujetos pueden
responder, por ejemplo, que hacen lo solicitado, piden ayuda, posponen
la acción, hacen su mejor esfuerzo y vigilan que las cosas salgan bien,
cumplen por cumplir haciendo las cosas como pueden, etcétera; estas
posibilidades de respuesta responden a un motivo o creencia que podría
explicar aquélla; por ejemplo, podrían responder que no participan en
una competencia deportiva porque su médico se los prohibió, en cuyo caso
hay que valorar la respuesta y, de cualquier manera, no perder de vista
que solamente el conjunto de aciertos podrá ser el indicador de
competencias. Así, dependiendo del número de aciertos y de la
correspondencia funcional entre la demanda y la respuesta, se podría
proponer evaluar el grado de competencia en una escala ordinal que
incluya categorías como alta, media, baja y ninguna.
Por otro lado, y con
diversos propósitos potenciales, se evalúa la dimensión afectiva del
comportamiento con un inciso de respuesta abierto que puede resumir la
posible diversidad de respuestas en, por ejemplo, reacción emocional
positiva, sin reacción emocional, reacción emocional negativa y reacción
emocional negativa alta.
Por último, con base en la
literatura, se propusieron los cinco incisos que evalúan la dimensión
valorativa del comportamiento, eligiendo una escala para identificar el
grado de amenaza que “percibe” el sujeto en la situación.
CONCLUSIONES
El modelo psicológico de la
salud del cual se ha partido en este trabajo constituye actualmente una
propuesta que demuestra su capacidad para generar hipótesis de
investigación y permite orientar los esfuerzos hacia el desarrollo de
programas de prevención en materia de salud. Dicho modelo requiere de
investigaciones que hagan posible evaluarlo y de evidencia empírica que
lo sustente. Los resultados de las investigaciones realizadas bajo esta
perspectiva deben generar información efectiva acerca de la influencia
de los diversos factores de proceso y resultante que, en lo individual,
influyen para que un sujeto padezca diversas enfermedades o exhiba
conductas asociadas a ellas. Así, en este trabajo es importante
establecer líneas de investigación que permitan esclarecer el rol
funcional de los diversos factores de proceso que influyen en el estado
de salud-enfermedad de un individuo. Como una primera aproximación,
resulta relevante conocer el papel que desempeñan las competencias o
capacidades de un sujeto para enfrentar las demandas de su vida
cotidiana en su estado de salud-enfermedad. Igualmente, resulta de
interés identificar el comportamiento en sus diversas dimensiones
(hacer, valorar y reaccionar emocionalmente), lo cual puede hacerse a
través de un modelo que dé cuenta de la dimensión psicológica del
problema. Ello representa una ventaja adicional desde el momento en que
no se pretende seguir acumulando datos sin vinculación alguna con una
teoría o con preguntas más generales.
Entender el comportamiento
pertinente a la salud desde esta perspectiva hace posible abordar el
fenómeno con una aproximación funcional que considera una serie de
factores que se plantean de manera aislada o limitada desde otras
perspectivas.
El conocimiento del rol
funcional de los factores propios de la salud permitirá no sólo una
mayor comprensión del papel del comportamiento en la salud, sino la
creación de una tecnología psicológica eficaz en este campo, en donde lo
prioritario es el diseño de programas psicológicos de prevención
primaria, secundaria y terciaria que impliquen necesariamente las
diferencias individuales y, así, vinculen el conocimiento de las
ciencias biomédicas con el de las ciencias sociales a través del
análisis de todos los elementos que conforman el comportamiento
individual.
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Proyecto de Aprendizaje Humano, Facultad de Estudios Superiores Iztacala,
Universidad Nacional Autónoma de México. Correspondencia: Pekín 6, Jardines
de Bellavista, 54050 Tlalnepantla, Edo. de México, correo electrónico:
carmayu5@yahoo.com. Artículo
recibido el 11 de enero y aceptado el 7 de octubre de 2003.
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