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Prevalencia de estrés y burnout en los
trabajadores
de la salud en un hospital ambulatorio
Prevalence of stress and burnout among health workers
in an out-patients hospital
Manuel
Pando Moreno,
Darío Bermúdez,
Carolina Aranda Beltrán1, Jesús Pérez Castellanos1,
Eduardo Flores Salinas1
y Gilberto
Arellano Pérez
RESUMEN
El objetivo de
este trabajo fue identificar la prevalencia de estrés y síndrome de
burnout entre los trabajadores de la salud de un hospital ambulatorio,
así como los factores asociados. El estudio se realizó de forma transversal
a un total de 78 trabajadores del Hospital Ambulatorio de Guayana,
Venezuela, mediante un cuestionario de datos generales y dos pruebas de
tamizaje específicas para este síndrome y para el estrés laboral. No se
presentó asociación estadística entre el estrés y las variables
sociodemográficas o variables laborales, ni tampoco entre éstas y el
síndrome mencionado. Los autores concluyen que es posible que el estrés y el
síndrome de burnout sean en realidad dos fenómenos que se construyen
de diferente manera.
Palabras clave:
Estrés laboral crónico; Síndrome de burnout; Trabajadores de la salud.
ABSTRACT
The goal of this study was to identify the prevalence of
stress and burnout among health workers of an out-patients hospital in
Guayana, Venezuela, as well as associated factors. The study was done cross-sectionally
with 78 workers through a general questionnaire and two screening tests
designed specifically for burnout and job stress. No significant
associations between sociodemographic or working variables and stress, nor
between such variables and burnout syndrome were found. According to the
results obtained, the authors conclude that stress and burnout syndrome may
really be two phenomena which develop in different ways.
Key
words:
Chronic work stress, Burnout syndrome; Health workers.
INTRODUCCIÓN
La
Organización Mundial de la Salud (1995) ha incorporado acertadamente a sus
políticas de Salud para todos los agentes psicosociales en el ambiente
laboral; a pesar de ello, constantemente se muestra la falta de conocimiento
que existe de esos agentes y los daños a la salud mental y las diversas
enfermedades que producen.
Los
modelos explicativos se han ido desarrollando en los últimos años, pero no a
la velocidad y capacidad que los trabajadores requieren; hay aún mucho que
investigar, mucho que intervenir, mucho por proponer y mucho que difundir.
Desde
el taylorismo (Coriat, 1992a; Coriat, 1992b), los agentes psicosociales han
ido cobrando importancia. La modernización industrial ha reorganizado el
proceso de trabajo merced a nuevas formas de incrementar el plusvalor. La
globalización industrial reorganiza los procesos de producción en cada país
y va modificando los perfiles epidemiológicos de la salud ocupacional de los
mismos (López, 1996); desgraciadamente, en la mayoría de los casos las
estadísticas existentes son pobres subregistros de los riesgos de trabajo
desde una visión “oficial” de los mismos que dejan fuera, entre otras cosas,
los daños a la salud mental o las psicopatologías ocupacionales ocurridas.
Son
numerosos, aunque aún insuficientes, los modelos teórico-metodológicos que
abordan dichos factores psicosociales y los daños a la salud
correspondientes (Benavides, Jimeno y Benach, 2002; Brehil, 1994; GilMonte y
Peiró, 1997). Estos modelos son en ocasiones confusos e incompletos, y no es
poco común que algún elemento como el estrés o la insatisfacción en el
trabajo sea a la vez considerado como “agente psicosocial” y daño a la salud
al mismo tiempo; es decir, el mismo elemento es causa y efecto a la vez.
Lazarus y Folkman (1986) definen el estrés como un “encuentro” que implica
relaciones particulares entre la persona y su entorno. Uno de los aspectos
centrales de la teoría interaccional es la relevancia de la evaluación
cognitiva como mediador esencial de las reacciones de estrés a los estímulos
potencialmente estresantes. Tal punto de vista confiere mayor relevancia al
individuo, siendo éste considerado como un elemento activo que procesa
información y valora las demandas de la situación y sus propios recursos
para afrontarla.
El
estrés excesivo relacionado con el trabajo acarrea tensiones en el mismo, lo
cual se conoce desde antaño; de hecho, cualquier tipo de trabajo es por sí
solo capaz de producir estrés, pero para las personas que tienen que tratar,
cuidar, orientar, alentar, comprender y ayudar a otras personas, el trabajo
es aún más agotador y, consecuentemente, produce más estrés. En 1970 fue
introducido en la literatura el término burnout, empleado para designar a
una serie de signos y síntomas que manifiesta el sujeto como respuesta a la
situación laboral cuando sus estrategias de afrontamiento no son lo bastante
adecuadas para manejar el estrés resultante (GilMonte, 2002; GilMonte y
Peiró, 1997)[1].
El
síndrome de burnout se considera como respuesta al estrés laboral crónico.
Se presentan dos perspectivas para su conceptualización: la primera, de tipo
clínico, lo supone como un estado, y la segunda, de tipo psicosocial, lo
valora como un proceso; el presente trabajo opta por esta última al
considerarse que implica actitudes de despersonalización, falta de
realización personal en el trabajo y agotamiento emocional. Se entiende por
despersonalización los sentimientos negativos hacia las personas
destinatarias del trabajo y la deshumanización debida a un endurecimiento
afectivo, lo que implica que se culpe a aquéllas de los problemas en el
trabajo. De igual manera, se entiende como falta de realización personal en
el trabajo la decepción, el descontento consigo mismo y la insatisfacción
con los resultados laborales.
En lo
que coinciden muchos de los investigadores es que este síndrome es una
respuesta al estrés laboral, y reconocen en él tres síntomas fundamentales:
agotamiento físico, que consiste en la aparición de síntomas tales como
dolor de cabeza, dolor de espalda, taquicardia, hipertensión y otros;
cansancio emocional, que hace referencia al estado de ánimo del trabajador,
y, por último, agotamiento mental, que implica el desarrollo de actitudes
negativas hacia uno mismo, hacia los compañeros y hacia la vida en general.
La
actividad en los servicios de salud posee tres características principales:
un gran esfuerzo mental y físico, continuas interrupciones y reorganización
de las tareas que agravan el nivel de carga y esfuerzo mental que dicha
actividad supone, y el trato con la gente en circunstancias de extrema
ansiedad y aflicción. Además, el profesional de salud suele quejarse por el
exceso de trabajo, como sería el de aceptar nuevos ingresos cuando los
espacios ya están ocupados y se está trabajando a la máxima capacidad, y de
que su continua formación carece de sentido ya que las posibilidades de
promoción son muy escasas.
En
algunos estudios anteriores (Coriat, 1992a; Lee y Ashforth, 1996; Melchior,
Van den Berg, Halfens y cols.,1997; OMS, 1995) se ha hallado que la gravedad
del problema se ve reflejada cuando el personal de salud utiliza a manera de
evasión una alta rotación laboral, la falta de asistencia al servicio o la
necesidad de buscar incapacidades injustificadamente.
El
exceso de trabajo, la alta competitividad, los conflictos de rol, la
ambigüedad de rol, el contacto con la muerte, el trato con el paciente y con
los parientes, la falta de organización en el servicio, los conflictos entre
los compañeros, los cuidados de los enfermos críticos, son, todas ellas,
variables que aumentan el riesgo de presentar el síndrome de burnout.
El
desempeño del personal de salud involucra una serie de actividades que
necesitan forzosamente de un control mental y emocional mucho mayor que en
otros servicios; aunado a ello, su actividad está expuesto a múltiples
agresiones, como lo sería el manejo de pacientes en estado grave, el ofrecer
cuidados prolongados o intensivos, el grado de responsabilidad y, más aún,
el tener que saber controlar su estado de ánimo y compartir con el enfermo y
su familia la angustia, la depresión y el dolor que padecen, todo lo cual
trae como consecuencia un desgaste físico y mental (Pando, Bermúdez, Aranda
y Pérez, 2000).
Este
doble reto al cual está sometido el personal de salud implica no solamente
un alto nivel de competitividad y de eficacia, sino también un compromiso
personal que, quiérase o no, afectan sus emociones y necesidades, por lo que
parece importante identificar en qué proporción de los trabajadores de la
salud que laboran en un hospital ambulatorio se encuentra instalado el
síndrome referido.
MÉTODO
Sujetos
El
estudio se realizó de forma transversal a 78 trabajadores de un total de 420
que laboraban en el Hospital Ambulatorio de Guayana, Venezuela. Dichos
trabajadores se seleccionaron de manera aleatoria, sin importar el puesto
desempeñado y conforme a una lista de recursos humanos proporcionada por los
responsables de dicho hospital.
Instrumentos
Maslach Burnout Inventory
El
síndrome de burnout fue evaluado mediante el Maslach Burnout Inventory (MBI)
(Maslach y Jackson, 1986). Este cuestionario está formado por 22 reactivos
que se valoran mediante una escala de frecuencia de siete grados: desde 0
(nunca) hasta 6 (todos los días). Según el manual, los 22 ítems se agrupan
en tres factores ortogonales que se consideran como dimensiones del síndrome
de burnout. La dimensión de realización personal en el trabajo (PA) está
compuesta por ocho ítems que describen sentimientos de competencia y
realización exitosa en el trabajo hacia los demás; la de agotamiento
emocional (EE) está conformada por nueve ítems que refieren sentimientos de
estar abrumado y agotado emocionalmente por el trabajo, y la de
despersonalización (D) está integrada por cinco ítems que especifican una
respuesta impersonal y falta de sentimientos hacia los sujetos objeto de
atención. Según el manual, las tres subescalas han alcanzado valores de
fiabilidad alfa de Cronbach aceptables (90 para agotamiento emocional, 79
para despersonalización y 71 para realización personal en el trabajo).
Contrario a lo acostumbrado en estos estudios de analizar el síndrome del
burnout en cada una de sus tres dimensiones por separado, se interpretó la
escala de forma integral en tres niveles correspondientes a “nulo o bajo”
cuando se presentaran de 0 a 10 puntos, “ medio” si calificaba entre 11 y
20 puntos, y “alto” a quienes obtuvieran de 21 a 48 puntos.
Epistres
El
Epistres, por su parte, se ha definido como una herramienta de
autoadministración útil para el tamizaje de poblaciones estresadas con buena
capacidad predictiva y fácil aplicación (Brehil, 1994); en el presente
trabajo se utilizó con un punto de corte en 8 o más puntos.
Consta de treinta ítems, relacionados con estresamiento en el trabajo
insertado (TI) bajo remuneración, trabajo doméstico y tareas para la casa (TD),
problemas vinculados a la cuota para consumo básico ―alimentación y
vivienda―, así como el acceso a servicios y estresores del transporte diario
(C); un grupo de ítems relacionados a las condiciones de reproducción
privada y cotidianidad afectiva, conflictividad, culpabilidad, aislamiento o
vivencias represivas (RP); ítems relacionados a sufrimiento por percepción
de deterioro genofenotípico, defecto o disfuncionalidad física impactante (DGF),
impactos por pérdidas afectivas de seres queridos (IA), y estresores en
mujeres relacionados a embarazo-lactancia y menstruación (MGF).
En
las pruebas de validez concurrente y poder de discriminación, el Epistres
arrojó un coeficiente de correlación r = +0.60 (p < 0.01). Para corroborar
la capacidad de discriminación del Epistres, se efectuó una tabulación
cruzada de los casos “+” y “–” de esta prueba respecto de los detectados por
el Cuestionario General de Salud de Goldberg. Los porcentajes de
sensibilidad y especificidad superiores a 70% se obtuvieron con los cortes
0-4, 5-16 y 17-30, correspondientes a bajo, medio y alto estresamiento,
respectivamente.
Procedimiento
Una
vez seleccionados los trabajadores, se les condujo a un área más o menos
adecuada dentro de su servicio para que respondieran los cuestionarios
descritos arriba.
RESULTADOS
El
82% de los sujetos estudiados pertenecían al sexo femenino; 42% eran casados
y 49% solteros. Los grupos de edad más destacados fueron el de 35 a 39 años
(23%) y el de 45 a 49 años (18%); la media de edad fue de 37.5 años.
El
25.6% (20 sujetos) de los participantes calificó como estresado (8 o más
puntos en el Epistres), en comparación con el 74.4% de no casos (58).
Un
10.3% (ocho sujetos) presentó un nivel medio en el síndrome de burnout y un
6.4% obtuvo nivel alto (5). De la muestra, 83.3% de ellos (65 sujetos) tuvo
un puntaje bajo.
Contrariamente a lo señalado por otros estudios, el estrés y el síndrome del
burnout no mostraron asociación estadística significativa con las variables
sociodemográficas de edad, sexo, estado civil y otras variables laborales,
como turno o puesto ocupado (Cuadro 1). En este sentido, las informaciones
obtenidas por estudios anteriores son contradictorias; algunos
investigadores han encontrado asociación entre el síndrome del burnout y el
sexo (Burke y Greenglass, 1989; Russell, Almaier y Velzen, 1987), mientras
que otros no han hallado tales asociaciones (García, 1991; Hiscott y Cannop,
1989; Pierce y Molloy, 1990); la misma situación ocurre respecto de la edad.
Gil-Monte, Peiró y Valcárcel (1996) revisaron 32 trabajos, de los cuales 16
tuvieron una relación significativa de la edad con alguna dimensión del
síndrome del burnout, no así el resto. Respecto de las variables laborales,
existe aún menos información.
Si bien el término burnout se podría traducir literalmente como “quemado por
el trabajo”, se ha preferido el término en inglés por ser de uso cada vez
más extendido entre los especialistas, por su mayor brevedad y porque
entraña una connotación que el término en español no refleja con precisión.
Cuadro 1.
Valores de asociaciones entre variables generales y el estrés y el síndrome
de burnout
|
|
Edad |
Sexo |
Edo. civil |
Antigüedad
en el servicio |
Turno |
Estrés
|
0.5071 |
0.4615 |
0.0994 |
0.0779 |
0.2150 |
|
Burnout |
0.7182 |
0.8475 |
0.9795 |
0.3473 |
0.8345 |
Es de
resaltar que tampoco apareció asociación significativa entre el estrés y el
síndrome del burnout (Cuadro 2); es posible que los instrumentos perciban de
diferente manera el fenómeno y por lo tanto midan diferentes cosas, pero
también es factible que los sujetos que perciben el estrés de una manera
adecuada y califiquen como estresados en el Epistres sean más capaces de
afrontarlo y no lleguen a manifestar formas de estrés crónico como el
síndrome de burnout.
Cuadro 4.
Estrés y síndrome de burnout.
|
Síndrome de burnout/estrés |
Bajo |
Medio |
Alto |
|
Casos |
14 |
3 |
3 |
|
No casos |
51 |
5 |
2 |
|
Total |
65 |
8 |
5 |
DISCUSIÓN
Actualmente, el interés por estudiar el estrés y el
burnout en el ambiente laboral es una de
las preocupaciones mayores en el
campo de la salud ocupacional; sin
embargo, el burnout o síndrome de
burnout sigue siendo una categoría básicamente
empírica y con una construcción teórica
poco desarrollada. Es quizá por
ello que los investigadores encuentran frecuentemente datos contradictorios en los resultados
(Gil-Monte -2002; Gil-Monte y cols., 1996; Lee y Ashforth, 1996).
El parentesco que existe entre las
categorías de estrés y burnout había hecho suponer que en el presente
estudio se encontraría una asociación entre ambas variables, lo que no
ocurrió, por lo que se pueden suponer diversas posibilidades: es posible que
el estrés y el síndrome de burnout sean en realidad dos fenómenos que se
construyen de diferente manera en el
interior del sujeto, y que es erróneo suponer que los mecanismos que
llevan a una persona a estresarse le conduzcan a la larga a presentar el
síndrome del burnout como una modalidad de estrés crónico. Esta suposición
hace recomendable proponer estudios de psicología clínica y/o de corte
fenomenológico que acerquen comprensivamente a los procesos intrapsíquicos
por los que el sujeto construye dicho síndrome.
Puede
también suponerse que aquellas personas que cuentan con una buena percepción
del estrés activan de manera más adecuada sus sistemas de afrontamiento y,
por lo tanto, no recaen en los cuadros que constituyen el síndrome del burnout;
ello debería ser estudiado asumiendo que quienes tienen un mayor estrés
percibido serán menos susceptibles al síndrome de burnout que aquellos en
los que el estrés les afecta de manera inconsciente o que cuentan con
inadecuados sistemas de afrontamiento.
A
pesar de esta controversia respecto del estrés y el burnout, que al parecer
se centra en la aún deficiente construcción de la última de dichas categorías,
debe reconocerse que, como categorías empíricas, tanto uno como otro
representan un sufrimiento psíquico en las personas que lo padecen o que
están expuestas a ellos, por lo que debe seguir siendo considerado un tema
de interés en el campo de la salud pública ocupacional y la salud mental. En
la población utilizada aquí, las tasas de prevalencia presentadas reflejan
una gran cantidad de trabajadores bajo una carga psíquica laboral que debe
ser atendida.
Departamento de
Salud Pública de la Universidad de Guadalajara, Sierra Mojada 950, Colonia
Independencia, Guadalajara, México, tel y fax 3336-179935, correo
electrónico: manolop@megared.net.mx. Correspondencia a Isla Cancún 2234-B,
Col. Jardines de San José, 44950 Guadalajara, Jal., México, tel.
3336-179935. Artículo recibido el 14 de noviembre de 2002 y aceptado el 28
de febrero de 2003.
2
Universidad Nacional Experimental de Guayana, Calle Chile, Urb. Chilemex,
8015 Puerto Ordaz, Estado de Bolívar, Venezuela, tel. 5886-621251
Centro de
Ciencias Biomédicas de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, Módulo
102, Av. Universidad 940, 20100 Aguascalientes, Ags., México, tel.
4499-107400, fax 4499-143222, ext. 8433, correo electrónico:
lgarella@correo.uaa.mx.
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