 |
LOS NACIMIENTOS EN EL ARTE MEXICANO*
En México las primeras representaciones plásticas del Nacimiento de Jesús se encuentran en los grandes retablos coloniales del siglo XVI; es posible que anteriormente hubiera en los conventos del mismo siglo algunos frescos con el tema, pero se desconocen por falta de investigaciones o porque muchos de ellos permanecen bajo una gruesa capa de cal.
Los pocos retablos del siglo XVI presentan, dentro del ciclo de vida de Jesús, la escena de su Nacimiento como se acostumbraba en los retablos españoles, es decir con dos muestras de adoración, por un lado la de los pastores y por el otro la de los Reyes. Los retablos que se conservan casi íntegros, son el del convento franciscano de San Miguel Arcángel de Huexotzingo y el de San Bernardino de Xochimilco. El primero, pintado alrededor de 1584 por Simón Pereyns con la misma disposición temática, y en Xochimilco hacia finales de ese siglo, se repite con una obra probablemente de Echave el Viejo.
No existe propiamente un “Nacimiento de Jesús” sino dos adoraciones, pensamiento teológico de la época que gustaba de contraponer las dos manifestaciones, una, el pueblo judío representado por los pastores, y otra, las naciones de la gentilidad, simbolizadas por los Reyes Magos.
En estas representaciones no hay novedades iconográficas ni originalidades, porque la Inquisición no las hubiera permitido, y porque casi todos los pintores coloniales copiaban los grabados europeos. En el caso de Huexotzingo, Pereyns copió grabados del flamenco Sadler.
Aunque en el siglo XVII se repite esta disposición, los pintores sacan partido de los contrastes que ofrece la rústica vestimenta de los pastores, los tipos burdos, el carácter popular de la escena y la riqueza del atuendo de los reyes, el esplendor de los brocados y las joyas, los presentes encerrados en finos cofres y, sobre todo, el tipo aristocrático de los visitantes. Características son las pinturas que pertenecieron al retablo de la Casa Profesa de México, obra excelente de Juárez; lo mismo que las dos magníficas “Adoraciones” de Cristóbal de Villalpando, que se admiran en la Pinacoteca de San Diego.
Ya desde mediados de dicho siglo aparece una innovación iconográfica consistente en que en la escena de la “adoración de los pastores”: el foco de luz que ilumina al grupo brota del cuerpo del Niño Jesús, irradia un resplandor que delinea las figuras de la Virgen y San José y saca de las sombras a los pastores. Este procedimiento le da un carácter especial al citado cuadro de Villalpando y confiere un encanto característico de la pintura más importante que existe sobre este tema, como lo es el “Nacimiento” de Pedro Ramírez, pintor del siglo XVII, que dejó una obra maestra sobre el tema, un cuadro de seis metros por tres de alto, que fue pintado para la rectoría del convento de Betlemitas, Orden fundada por Fr. Pedro de San José Betancourt a mediados del siglo XVII, y que tuvo una casa importante, con hospital anexo, cuyo patio aún se conserva en la esquina de Tacuba y Bolívar de la ciudad de México.
Después aparece otra obra comparable a la de Pedro Ramírez; en la Sacristía de Santa Prisca de Taxco. Al fondo está una de las obras maestras de Miguel Cabrera. En este “Nacimiento”, admirablemente compuesto, se ven las modificaciones introducidas en la temática tradicional: el Padre Eterno del que desciende la paloma del Espíritu Santo, directamente sobre el Niño, de arriba abajo la Santísima Trinidad. Aparte de los pastores aparecen los siete Arcángeles y, en primer término, San Miguel engalanado con ricas vestiduras rojas y azules. En el resto del siglo XVIII se vuelven a encontrar a estos espíritus como acompañantes; tal vez el cuadro más importante después del de Taxco, sea el que Vallejo pintó en 1765 para la Sacristía de San Ildefonso de la Cd. de México.
Los “belenes” aparecen en España hasta principios del siglo XVIII, y de ahí pasan a la Nueva España. Luego el uso de los “Nacimientos” se populariza, tanto entre las familias ricas como las pobres, a veces compuesto de sólo las tres figuras, lo que se llama “misterio”, y en otras con muchas de ellas. Los más populares eran de madera policromada y estofada; también se hacían de barro decorado y dorado. Los de madera se hacían de media talla para que las religiosas o las “niñas” de las casas les hicieran minuciosos vestidos. De China se importaron en marfil y aquí, durante la Colonia, se imitaron en hueso, aunque de menor tamaño.
Los pastores de los “Nacimientos” eran figurillas admirables sobre todo las trabajadas en madera; son tipos populares: el pelado, la joven aldeana, la china y los petimetres. Con frecuencia estas figuras secundarias daban carácter al conjunto. Hubo en la Nueva España “Nacimientos” muy importantes por el número y la belleza de sus figuras, algunos comparables a los famosos “presepios” napolitanos.
La tradición se perpetúa hasta la segunda mitad del siglo XIX, en que los Nacimientos se colocaban sobre una mesa o altar que regularmente ocupaba una buena extensión de la pieza principal. Estos “Nacimientos” marcaron el final de una época en la historia del arte mexicano. Poco o de mala calidad era, lo que en materia de arte religioso, producía la segunda mitad del siglo XIX. La capital de la República atravesaba por una época destructora de todos los valores tradicionales. La manufactura de “Nacimientos”, se refugió en la provincia, en Guadalajara, en donde el genial Panduro confeccionaba tipos populares en barro, o en Guanajuato que produjo “belenes” en plata y pasta ligeramente policromada.
En la primera mitad del siglo XX, sobre todo la década que va de 1920 a 1930, se asiste a la decadencia gradual de los “Nacimientos” tradicionales, reemplazados por los arbolitos de Navidad. No es sino hasta el periodo que va de 1930 a 1940, que resurgen los “pesebres” dentro del movimiento de la revaloración de lo auténticamente mexicano y la nueva fuerza que tomó el arte popular. La gente, poco a poco, empezó a sacar de los cajones o del fondo de los roperos, las figuras de los “Nacimientos”. Se volvió a gustar del oro y de las lacas de las figuras coloniales; la nueva vida que tomó una tradición mexicana que cuenta con más de tres siglos.
- - - - - - - - - - - - - -
*Síntesis de José Herrera Alcázar al texto de Salvador Novo, “Los Nacimientos en el Arte Mexicano” en Nacimiento, Villancico y Pastorela, Artes de México, México 1965.
|
|
|