En México, prevalece la idea de que el libro es un objeto oneroso y que ésa es una razón por la que no se lee en este país de cerca de 112 millones de habitantes.
Esa casi certeza, que podría refrendarse con los datos de la única Encuesta Nacional de Lectura, realizada en 2005, que habla de que los mexicanos leen 2.9 libros al año, tiene algo de verdad y mucho de pretexto.
Aunque la realidad demuestra que buena parte de la población sobrevive con un salario mínimo y que para ese sector es imposible comprar un libro como también es imposible que adquiera muchas otras cosas, lo cierto es que el problema no es que los libros sean caros sino que no hay un verdadero valor de la nobleza e importancia cultural que tienen.
Si bien es verdad que los libros en México son más caros que en Estados Unidos, Inglaterra e incluso España, pues al hacer tirajes más cortos, de apenas 2 mil o 3 mil ejemplares, el costo de producción se encarece y es más alto su precio de salida al público, hay mucho de mito en la sentencia de que la gente no lee porque los libros son muy caros.
Para el escritor y especialista en la lectura Juan Domingo Argüelles hablar bien del libro por su nobleza e importancia cultural y, al mismo tiempo, conspirar contra la lectura con el pretexto de que leer es muy caro, son dos acciones que, desde un punto de vista racional, dejan perplejos.
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Siete son los cambios fundamentales que se han adoptado para “digitalizar nuestro mundo” y tres los problemas que han surgido al pasar de los átomos a los bits en la industria editorial. Esto resume ese complejo proceso, según Jaymi Heimbuch, una especialista en tecnología y comprometida ecologista que, en un artículo publicado en la página web Treehugger, sorprendente que es ver que algo tan tradicional como un libro se ha transformado en algo totalmente distinto. También señala que aún está vivo el debate sobre el nivel de simpatía que despierta la lectura de un libro electrónico si lo comparamos con uno de bolsillo y que tampoco está muy claro si el hecho de digitalizar todo supone reducir el impacto medioambiental, o si la confianza en los nuevos medios de almacenaje digitales no estará poniendo en peligro la preservación de toda la información generada.

Según Jaymi Heimbuch, los siete cambios fundamentales que se han adoptado para “digitalizar nuestro mundo” son:
- De los libros a los eBooks:No hay duda, según esta editora, de que los libros en papel cuentan con una presencia cada vez mayor en formato digital, aunque también añade que los primeros no van a desaparecer, por lo menos a corto plazo.
- De los DVDs a las películas y la televisión en streaming: Una muestra de esto, señala Jaymi, es el hecho de que los estudios de cine y las cadenas de televisión están cada vez más dispuestos a permitir que la gente tenga acceso a su contenido en streaming, en lugar de que tener que esperar al lanzamiento de copias físicas.
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Bram Stoker
Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d’hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche:
-No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará -sonrió-, pues ya sabe qué noche es.
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1.Negrete Video
Por Maria Lilia Calatayud Duhalt
Me da gusto hablar de un personaje de cuyo nombre sí quiero acordarme y recordará el mundo entero, ya que se lo asignaron a un premio internacional. José Negrete Martínez, Jonemar –como nombra a uno de los personajes de la novela de la que se va a platicar hoy es el premio al mejor artículo de investigación presentado en los congresos bianuales de IBERAMIA, Sociedad Iberoamericana de Inteligencia Artificial. El Dr. José Negrete es una de las personas más importantes de la Inteligencia Artificial en el planeta, como lo demuestra su trayectoria, sus trabajos en la frontera sobre robótica evolutiva y la existencia de este premio; es a quien a partir de que vio el ostiolo de una hoja a través de un microscopio en la primaria, le surge una imaginación y creatividad ilimitada, aunque la palabra “crear” le parezca “muy gorda, muy cargada de magnificencia”.[1] Es maestro –formador de personas “aptas para la robótica, de lo que hace tanta falta”,[2] dice–, es investigador, ensayista, novelista y poeta. La abominable inteligencia artificial de un boticario está inspirada en una obra de su autoría: Un paciente difícil, publicada en los setenta, y en otra inédita, suya también, a la que denominó Ginecoide; inspiración con la que ingresó al taller literario de Marco Tulio Aguilera, y del que salió con el original de libro bajo su brazo hace apenas un par de años.
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Fragmento de la nueva novela del poeta Javier Sicilia, ‘El fondo de la noche’.

Ciudad de México (22 marzo 2012).- El bosque de Borice olía a pino. Aunque los pulmones de Kolbe estaban seriamente dañados, su olfato capturó una brizna de frescura y por un momento el horror desapareció para hacer brotar el paraíso del suelo insalubre de Oswiecim. La presencia de aquel universo hecho de verdes, azules, amarillos envueltos por el viento de la mañana y el trino de los pájaros acentuaban más el absurdo en el que los nazis querían encerrar el mundo de los hombres: Dios hacía salir su sol sobre buenos y malos y tal vez, desde donde estaba, debía mirarlo como los hombres miraban un montón de hormigas devorando un grillo sobre el maravilloso equilibrio de un inmenso y hermoso campo. Vivir en ese paraíso –pensó Kolbe mientras el aroma y el rumor del viento que llegaban por pequeñas oleadas a su olfato y a su oído lo hacían olvidar el furor que el encuentro con Krott le había despertado– era muy simple. Pero los hombres habían preferido destrozar el equilibrio en nombre de todo tipo de abstracciones y velarlo. Quienes creyeran que estaba perdido, se equivocaban: se encontraba allí, delante de sus ojos, envolviéndolo todo. Bastaba con que quisieran mirarlo para que inmediatamente apareciera en toda su belleza. El pecado era simplemente el orgullo que, en nombre de la interpretación, velaba los ojos y rompía el misterio de la relación.
Krott dio varias órdenes y Kolbe, apartado bruscamente de su intimidad, se dio cuenta de que el cuerpo le dolía y de que en un claro del bosque, hacia donde los SS los empujaban, había algunos cobertizos bajo los cuales había hatos de estacas, leña, hachas y carretillas. El trabajo al que los llevaban consistía en cortar árboles y llevarlos del bosque al cobertizo y del cobertizo a una cerca que se encontraba a doscientos metros del lugar. Lo absurdo de todo aquello no era sólo que se realizaba en el centro del paraíso, sino que, a pesar del gran número de carretillas, los prisioneros estaban constreñidos a llevar los troncos sobre sus espaldas.
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Juan Cruz
Juan Villoro evoca su afición por el fútbol y por el Barça, que arrancó en su infancia con un regalo de su padre
Juan Villoro es alto como un jugador de baloncesto y desde que era un crío lleva un llavero del Barça que entonces era casi tan grande como él. Se lo regaló su padre, el filósofo mexicano Luis Villoro, barcelonés de nacimiento. Ese llavero se parece a su afición al Fútbol Club Barcelona: no se ha perdido jamás.
Creció para ser barcelonista. Tiene más mérito esa pertenencia azulgrana porque se ha desarrollado en México, donde nació en 1957 y donde ha vivido siempre, con extensos intermedios en Barcelona y en ciudades alemanas.
Como si narrara, al estilo de su vecino Gabriel García Márquez, el instante en que el abuelo llevó a su personaje más ilustre a ver el hielo, Villoro cuenta cómo su padre lo ungió barcelonista: “El primer regalo que recibí de mi padre fue un llavero del FC Barcelona. Él tuvo que dejar su ciudad a los nueve años. Muchos años después me inculcó en México sus nostalgias por el equipo blaugrana, del que entonces solo nos enterábamos por los recortes impresos en tinta color sepia que nos enviaban los parientes. Ese llavero me produjo una adicción no solo al fútbol, sino también a frotar las llaves para tratar de concentrarme al escribir. Hace poco se me cayó de las manos. Mi hija de 11 años lo tomó y dijo: ‘¡He heredado el negocio de la familia!”.
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Antolina Ortiz
Olivia -sin saberlo, y obviamente sin malicia- al invitarme a presentar mi novela Tres Silencios -después de (curiosamente) tres años de no hablar en público, tres años de silencio- me invitó también a aventarme a un precipicio. “Por acá, Antolina. Ven, ven por acá y yo te empujo! Yo te echo! Te echo al precipicio!…”. Y yo me dejé, presa a mi pasividad.
El precipicio es mi vacío intelectual.
¿Y acaso el miedo que siento es al ridículo? ¡Pero, si ya lo he hecho tantas veces! (el ridículo)
¿Acaso es el miedo a descubrirme vacía -y no sólo intelectualmente, sino física, sexual, espiritualmente?
¿Será el vacío intelectual la carencia de sentido de mi vida?
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07 de marzo, 2012
La gran tortura
Por Vincent Gallo
Mientras los mortales rasguñamos millas de vuelo y esperamos las vacaciones todo el año, el actor y director gringo confiesa su amarga relación con la vida de viajero.
Mi familia no viajaba mucho. Los viajes más largos de mi infancia fueron antes de que empezara a estudiar. Mi mamá trabajaba todos los días en su salón de belleza al frente de nuestra casa. Mi papá, que no quería trabajar, se mantenía pegado a mí y me arrastraba en carro los siete días de la semana a ver carreras de caballos en Búfalo. Mucho viaje. Y hombre, eso sí que era diversión. Tenía que aguantar hambre todo el día y, por fin, tal vez recibir un perro caliente y una taza de agua tibia, mientras veía a mi papá perder la plata arduamente ganada por mi mamá.
Una vez me fui solo en bicicleta (lejos, lo más lejos que pude), atravesé cinco barrios hasta una parte de Búfalo que se llama Fruit Belt. Los nombres de las calles tenían nombres de frutas, ¿sabían? Como, por ejemplo, calle Banano. Digamos solo que en este barrio había más que un puñado de negros. En realidad, creo que el único blancuzco ese día era yo. De pronto, tres negros de diecisiete años me asaltaron, me golpearon y me robaron la única moneda que tenía en el bolsillo. Yo tenía seis años. Cuando llegué a casa, mi papá me pegó y me dijo que era un mariconcito, que por qué no los había llevado a la casa para que se robaran el resto. Ése fue mi primer viaje. Creo que se puede decir que llevo el viaje en la sangre.
De niño, solo había visto aviones por televisión. Venía de gente que solo había viajado en barcos. No conocí a nadie que hubiera viajado en avión hasta que tuve dieciséis y viví en Nueva York. Para ir allá tuve que pedir aventones. Un marica que me recogió me lo quería mamar; lo obligué a que parara. Nadie me recogió en las siguientes siete horas. Hacía frío ese día.
Mi primer viaje en avión fue a Europa. Me fui a través de uno de esos servicios de mensajería en los que uno viaja gratis si lleva un paquete. Tenía diecisiete. Fue realmente fácil. Lo único que tuve que hacer fue dormir en el aeropuerto cuatro o cinco días y esperar a que algún paquete necesitara ser transportado a Europa. Una vez allá, lo único que tenía que hacer era conseguir comida gratis, dónde dormir y rebuscarme la forma de regresar. ¿Por qué quiere viajar la gente pobre en avión? ¿Por qué la gente quiere viajar? Es toda una tortura. Una gran y horrible tortura. ¿Por qué alguien quiere viajar si no es porque le están dando millones por hacerlo? Realmente no lo entiendo. La gente huele mal y los aviones también huelen mal y están llenos de enfermedades. En el aeropuerto son mezquinos, todo es caro y sucio, qué fastidio. Todo un fastidio y toda una tortura. ¿Quién putas quiere volar en clase económica? Es horrible. Las vacaciones deberían ser en la cama comiendo papitas con salsa y viendo televisión, mientras un robot te masajea y te lo mama: ésas sí son vacaciones. Eso sí es viajar. Viajar al extranjero no tiene sentido, es estúpido, sobre todo a Francia, mi primer destino. ¿Cuánto queso, tabaco, cafeína, vino y azúcar le mete un asqueroso francés al cuerpo en un día? Ni siquiera el asqueroso aire de París podría reducir la fetidez de esos pendejos franceses fermentados.
Tomado de: http://elmalpensante.com
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Por Derek Walcott
Llegará el día
en que, exultante,
te vas a saludar a ti mismo al llegar
a tu propia puerta, en tu propio espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Otra vez amarás al extraño que fuiste para ti.
Dale vino. Dale pan. Devuélvele el corazón
a tu corazón, a ese extraño que te ha amado
toda tu vida, a quien ignoraste
por otro, y que te conoce de memoria.
Baja las cartas de amor de los estantes,
las fotos, las notas desesperadas,
arranca tu propia imagen del espejo.
Siéntate. Haz con tu vida un festín.
Tomado de: http://www.elmalpensante.com
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07 de marzo, 2012
Tu palabra
Por Eduardo Monte verde
Enrollada en un ovillo
de casa deshabitada
huele a paso digital
por una cadencia sin palabras.
Nos miramos tanto
al pasar por la reja colegial
de tu uniforme.
Repetimos palma con palma
el gerundio atigrado de los versos
y recorrí el declive de tu frente
hasta tocar el horror entumido en la hiedra
cuando me despedí de ti
frente a tu casa.
Tomado de: Poemas para un poeta que dejó la poesia. Antología de Eusebio Rubalcaba. Ed. El Financiero.
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