Núm. 8 Tercera Época
 
   
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ESTADO Y SOCIEDAD

EL LEGADO DEL 59 Y LOS RETOS DE UNA
NUEVA CUBA

Armando Chaguaceda Noriega1


Armando Chaguaceda Noriega es politólogo e
historiador. Profesor del Campus Virtual del Consejo
Latinoamericano de Ciencias Sociales y miembro
de la Cátedra Haydeé Santamaría de la Asociación
Hermanos Saiz (Cuba).

La Revolución Cubana arriba a su medio siglo de vida generando debates. La plural cobertura de la fecha abarcó, entre otros, un suplemento especial en el número 1 679 de Proceso, las entregas 55 y 56 de la revista cubana Temas, y el dossier “Cuba: 50 años de felicidad” insertado en el número 121 de Letras Libres, correspondiente a enero de 2009. También “Cuba: la revolución que pudo ser”, dossier de Foreign Policy (diciembre 2008-enero 2009), así como un grupo de aportaciones aparecidas en diversos medios digitales como Rebelión, Kaosenlared y la web del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO)

Lo cierto es que, arena de pasiones encontradas, mitos ideológicos y conquistas sociales, Cuba conmemora este año el medio siglo del histórico triunfo revolucionario de 1959. Y lo hace ataviada con realidades contrastantes. La isla es el único país de América Latina cumplidor de las Metas del Milenio de la ONU, cuenta con la mortalidad infantil más baja del hemisferio (siete por cada 1 000 nacidos vivos) y una expectativa de vida de 78 años; 99% de los niños están escolarizados, la mitad de su población entre 18 y 25 años está incorporada a la educación superior y todos tienen acceso a una cobertura de salud y seguridad social universales. Los niveles de desigualdad son acotados y se apoya a las regiones y familias vulnerables con un control estatal de los recursos naturales y económicos fundamentales, que permite diseñar y aplicar políticas de desarrollo relativamente autóctonas. La psicología y cultura popular nacionales reivindican valores como la equidad, la solidaridad, la dignidad y el espíritu emprendedor, reforzados en su mayoría por políticas de la Revolución.

Sin embargo, la isla también enfrenta desafíos mayúsculos: desde hace 30 años no garantiza su reemplazo poblacional de largo plazo, y desde el 2006 la población cubana decrece y envejece ante el efecto combinado de la baja natalidad (hija del alto nivel educativo), la buena cobertura médica, el peso de las dificultades económicas y una migración con énfasis en los jóvenes calificados. Existe un 20% de pobreza urbana y una extensión del subconsumo; pulula una amplia economía informal y el irrespeto de una legalidad frecuentemente interpretada como ilegítima por una ciudadanía carente de cultura jurídica.

El interés de la elite política por institucionalizar los procesos choca con el hasta ahora amplio ejercicio discrecional de decisiones ejecutivas y la (con)fusión entre el Partido Comunista de Cuba (PCC), el Estado y el Gobierno; con una cultura de gestión política centralizada y verticalista, que ha estimulado poco el desarrollo efectivo de los poderes populares locales y restringido funciones ministeriales. El autoritarismo no se traduce en el empleo de tortura o en la desaparición o supresión absoluta del derecho al disenso, de corte estalinista. De hecho, el autoritarismo constituye un rasgo tanto del orden político como del relacionamiento social, congruente con la tradición regional, incrementado o reducido (según la esfera a analizar) por el socialismo estatista y que expresa, pese a conexiones comunes, un fenómeno sociológico y político diferente al de la contrarrevolución residual de la década de los sesenta. Y aunque entre los géneros, las razas y las generaciones la Revolución tuvo un saldo inicial democratizador, no se redujo la asimetría entre el Estado y los otros actores sociales

Aunque se ilegaliza, vigila y sanciona a una oposición política mayormente vinculada a los gobiernos y fuerzas políticas de Estados Unidos y Europa, los debates y conflictos involucran también a diversas agencias estatales, agrupaciones culturales y personalidades adscritas a un paradigma de izquierdas, los que expresan, a mi juicio, un potencial de cambio sistémico, inestable y poco explorado, dentro del que inscribo mi trayectoria cívica y postura analítica.

Mientras que al gobierno de los Estados Unidos se le percibe como amenaza histórica a la independencia nacional, la sociedad gringa aparece como horizonte de vida deseable para cantidades significativas de personas. La alta escolarización de los cubanos contrasta con la baja capacidad del mercado laboral para absorber (con ofertas lucrativas) la masa de profesionales egresados, lo que origina un éxodo de capital humano que erosiona la cobertura de servicios básicos universales y los proyectos de erigir una “economía del conocimiento” como motor del desarrollo nacional.

1 LVersiones de este texto se encuentran en proceso de publica- ción por el Social Sciences Research Council y CLACSO. Agradezco los comentarios y pláticas de los colegas Alberto Olvera, Martín Aguilar y Bernardo García del Instituto de Investigaciones Histó- rico-Sociales.

 
 
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