Núm. 13 Tercera Época
 
   
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El paseo dominical
Mariana Osorio Gumá

Mariana Osorio Gumá (La Habana, 1967) es psicoanalista
y escritora. Ha publicado ensayos y relatos de ficción en
diversas revistas. Es coautora de Sujeto, inclusión y diferencia,
del libro de narrativa Imaginario
y autora de la novela para niños Las esencias de Sabina..

   
 

Reposo / © Foto: Caliopedreams

 

          Después de acariciarme la mejilla, me cerró los ojos y pasó suavemente la franela por mi cuerpo. La misma franela azul que le vi usar otras veces. ¡Eran tan cálidas sus manos a pesar de ser grandes y callosas! ¡Cuánta delicadeza para tocarme, para arreglarme el vestido, para espolvorearme la piel!

          Al fin podía estar segura: nunca más iba a abandonarme.

          Sus manos eran lo que más me gustaba de él. No dejaba de moverlas. Le daba vueltas al cigarro apagado o a una pluma entre los dedos y al hablar las agitaba de un lado al otro como si a través de ellas él hablara. Yo seguía cada movimiento y jugaba con mis hermanas a taparnos los oídos para adivinar qué decían sus dedos. Y su voz. También me gustaba. Porque después de una de sus ausencias, su vozarrón iluminaba los rincones más oscuros de la casa. Eso sí, cuando se enojaba, hasta las vísceras en formol temblaban dentro de los frascos. Nos quedábamos quietas y no hacíamos ruido para que su furia no creciera. Nuestra mamá también se quedaba engarrotada y apenas con un murmullo oíamos un obedezcan a su padre y de una carrera ya estábamos metidas en el cuarto para no molestarlo. Y eso porque temíamos que ella tuviera razón, con aquello de que si le dábamos lata, él terminaría por irse para no volver. Pero cuando regresaba, después de una o dos semanas, no podíamos evitar rodearlo como sus sombras. Siempre nos traía un regalito: un lápiz, caramelos, cualquier cosa. Hasta un apretón de cachete nos tocaba a cada una. Parecía alegre de vernos. Y luego sacaba el sobre del bolsillo de su camisa: Toma, Rosalía, para los gastos de las niñas; ándale para que no digas que no me ocupo y nuestra mamá se iba al cuarto contando el dinero, lo guardaba hasta el fondo del armario, en la misma cajita donde ocultaba los collares y aretes que nos gustaban tanto. Pero pasados uno o dos días, ella misma era quien comenzaba a incomodarlo. Primero preguntando por su trabajo y luego, bajando el volumen, empezaba con aquello de por qué tanto viaje, de seguro en su otra casa también mentía. A él la cara se le iba poniendo dura, mientras fumaba en silencio. Si ella seguía dándole vueltas a eso él, cansado, con enojo, decía aquello de… no empieces a chingar con eso, Rosalía, que apenas vengo entrando. Y al fin nuestra mamá terminaba por callarse. Lo que traía de buen humor, duraba lo que dura un suspiro. Al rato ya estaba muy serio, bajando el cargamento de la carroza, acomodando los frascos nuevos en los estantes y haciendo una fila en el pasillo de la entrada con los que no cabían. Siempre apartaba unos cuantos diciendo, éstos ya tienen dueño, y los dejaba junto a la puerta para, cuando se fuera, cargarlos en el carro. A veces se quedaba cinco y hasta diez días; otras, nada más sacaba y metía frascos, se encerraba en el cuarto con nuestra mamá y luego se iba sin decir adiós. Nos quedábamos pegadas a la ventana, o salíamos a la calle, hasta que al carro se lo tragaba la humareda de polvo que levantaba a su paso. No sé decir desde cuándo fue así. Creo que hubo un tiempo en que volvía cada noche y paseábamos todos juntos los domingos. Pero no estoy segura, pues desde que me acuerdo me acompañó la sensación de estar a punto de perderlo. Tampoco sé porqué lo adorábamos tanto. Por más que se enojara, nos regañara y luego desapareciera, había no sé qué en su presencia que nos hacía sentir protegidas y seguras. Además nuestra mamá no trabajaba, así que dependíamos por completo de aquel sobrecito que le entregaba al volver a casa. Los días siguientes a su llegada, la despensa estaba llena de galletas, cereales, chocolates y hasta algún trapito podríamos estrenar. Cuando llegaba para traer frascos nuevos, mis hermanas y yo corríamos para compararlos con los que estaban sobre la estantería, o con otros que ya se había llevado y que recordábamos a detalle. Una vez trajo un feto de dos cabezas y estuvimos más ocupadas en mirar aquel muñeco pequeño y arrugado, con una cabecita más chica que la otra, que en escuchar detrás de la puerta del cuarto de nuestra mamá. Jugábamos a mirar fi jamente a aquel bebé deforme, seguras de que abriría los ojos. Duró varias noches que la Angélica buscaba asustarme diciendo que el feto se iba a salir del frasco, que había abierto los cuatro ojos y hasta le había hablado. Rocío, que era su esclava y la seguía en todo, juraba que era cierto. ¡Puras mentiras! Aunque el día en que él lo metió a la cajuela del carro para llevárselo, las tres dormimos mejor.

          Cada frasco que entraba a la casa, salía de ella al poco tiempo. Algunos duraban más tiempo sobre la estantería. El único en permanecer ahí por meses fue un corazón, muy pequeño, que según le oímos decir iba a ser difícil vender. Y sepa la bola qué nos agarró a las tres, pero nos quedábamos mirándolo hasta una hora entera, a la espera de verlo latir. Después de estar pegadas al vidrio casi sin movernos, terminábamos viendo cómo se inflaba y desinflaba, y al rato hasta lo escuchábamos.

 

 
 
 
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