Octubre-diciembre 2003, Nueva época No. 70-72 Xalapa • Veracruz • México
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El último amor del príncipe Genghi
Marguerite Yourcenar

 

Cuando Genghi el Resplandeciente, el mayor seductor que jamás se vio en Asia, cumplió los cincuenta años, se dio cuenta de que era forzoso empezar a morir. Su segunda mujer, Murasaki, la princesa Violeta, a quien tanto había amado, pese a muchas infidelidades contradictorias, lo había precedido por el camino que lleva a uno de esos Paraísos adonde van los muertos que han adquirido algunos méritos en el transcurso de esta vida cambiante y difícil, y Genghi se atormentaba por no poder recordar con exactitud su sonrisa, ni la mueca que hacía cuando lloraba. Su tercera esposa, la Princesa del-Palacio-del-Oeste, lo había engañado con un pariente joven, al igual que él engañó a su padre, en los días de su juventud, con una emperatriz adolescente. Volvía a representarse la misma obra en el teatro del mundo, pero él sabía que esta vez sólo le tocaba hacer el papel de viejo, y prefería el de fantasma. Por eso distribuyó sus bienes, dio pensiones a sus servidores y se dispuso a terminar sus días en una ermita que había mandado construir en la ladera de la montaña. Atravesó la ciudad por última vez, seguido tan sólo por dos o tres adictos compañeros que no se resignaban a decirle adiós a su propia juventud. Pese a ser hora temprana, algunas mujeres pegaban el rostro contra los listones de las persianas. Comentaban en voz alta que Genghi era muy apuesto aún, lo que demostró una vez más al príncipe que ya era hora de marcharse.
Tardó tres días en llegar a la ermita situada en medio de un paisaje fragoso. La casita se erguía al pie de un arce centenario; como era otoño, las hojas de aquel hermoso árbol cubrían el techo de paja con techumbre de oro. La vida en aquellas soledades resultó ser más sencilla y más dura todavía de lo que había sido durante un largo exilio en el extranjero, que Genghi tuvo que soportar allá en su juventud tempestuosa, y aquel hombre refinado pudo gozar por fin a gusto del lujo supremo que consiste en prescindir de todo. Pronto se anunciaron los primeros fríos; las laderas de la montaña se cubrieron de nieve, como los amplios pliegues de esas vestiduras acolchadas que se llevan en el invierno, y la niebla terminó por ahogar al sol. Desde el alba al crepúsculo, a la débil luz de un escaso brasero, Genghi leía las Escrituras y encontraba un sabor a los versículos austeros del que carecían, según él, los patéticos versos de amor. Mas pronto advirtió que la vista se le debilitaba, como si todas las lágrimas vertidas por sus frágiles amantes le hubieran quemado los ojos, y se vio obligado a percatarse de que, para él, las tinieblas empezarían antes de que llegara la muerte. De cuando en cuando, un correo aterido de frío llegaba rengueando hasta él desde la capital, con los pies hinchados de cansancio y de sabañones, y le presentaba respetuosamente unos mensajes de parientes o de amigos que deseaban ir a visitarlo una vez más en este mundo, antes de que llegara la hora de los encuentros infinitos e inciertos en el otro. Pero Genghi temía inspirar a sus huéspedes respeto o compasión, dos sentimientos que le horrorizaban y a los que prefería el olvido. Movía tristemente la cabeza, y aquel príncipe —en otros tiempos famoso por su talento de poeta y de calígrafo— enviaba al mensajero con una hoja de papel en blanco. Poco a poco, las comunicaciones con la capital se fueron espaciando; el ciclo de las fiestas estacionales continuaba girando lejos del príncipe que antaño las dirigía con un movimiento de su abanico y Genghi, abandonándose sin pudor a las tristezas de la soledad, empeoraba sin cesar la enfermedad de sus ojos, pues ya no le daba vergüenza llorar.
Dos de sus antiguas amantes le habían propuesto compartir con él su aislamiento lleno de recuerdos. Las cartas más tiernas provenían de la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen: era una antigua concubina de no muy alta cuna y de mediana belleza; había servido fielmente como dama de honor a las demás esposas de Genghi y, durante dieciocho años, amó al príncipe sin cansarse jamás de sufrir. Él le hacía visitas nocturnas de vez en cuando, y aquellos encuentros, aunque escasos como las estrellas en la noche de lluvia, habían bastado para iluminar la pobre vida de la Dama-del-pueblo-de-las flores-que-caen. Al no hacerse ilusiones ni sobre su belleza, ni sobre su talento, ni sobre la nobleza de su linaje, sólo la Dama entre tantas amantes conservaba una dulce gratitud hacia Genghi, pues no le parecía natural que él la hubiera amado.
Como sus cartas permanecían sin respuesta, alquiló un modesto carruaje y subió a la cabaña del príncipe solitario. Empujó tímidamente la puerta, hecha de un entramado de ramas; se arrodilló con una humilde sonrisa, para disculparse por estar allí. Era la época en que Genghi aún reconocía el rostro de sus visitantes cuando se acercaban mucho. Le invadió una amarga rabia ante aquella mujer que despertaba en él los más punzantes recuerdos de los días muertos, menos a causa de su propia presencia que por su perfume, que todavía impregnaba sus mangas, perfume que habían llevado sus difuntas mujeres. Ella le suplicó tristemente que la dejara quedarse al menos como sirvienta. Implacable por primera vez, la echó de allí, mas ella había conservado algunos amigos entre los pocos ancianos que se encargaban del servicio del príncipe y éstos, en ocasiones, le comunicaban noticias suyas. Cruel a su vez contra su costumbre, vigilaba desde lejos cómo progresaba la ceguera de Genghi lo mismo que una mujer, impaciente por reunirse con su amante, espera que caiga por completo la noche.
Cuando supo que estaba casi del todo ciego, se despojó de sus vestiduras de ciudad y se puso un vestido corto y de tela basta, como los que llevan las jóvenes aldeanas; trenzó su pelo a la manera de las campesinas y cargó con un fardo de telas y cacharros de barro, como los que se venden en las ferias de los pueblos. Vestida de aquel modo tan ridículo, pidió que la llevaran al lugar donde vivía el exiliado voluntario, en compañía de los corzos y de los pavos reales del bosque; hizo a pie la última parte del trayecto, para que el barro y el cansancio le ayudaran a representar bien su papel. Las lluvias tempranas de primavera caían del cielo sobre la blanda tierra, ahogando las últimas luces del crepúsculo: era la hora en que Genghi, envuelto en su estricto hábito de monje, se paseaba lentamente a lo largo del sendero del que sus viejos servidores habían apartado cuidadosamente el menor guijarro, para impedir que tropezara. Su rostro, como vacío, ausente, deslustrado por la proximidad de la vejez, parecía un espejo emplomado donde antaño se reflejó la belleza, y la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen no necesitó fingir para ponerse a llorar.
Aquel rumor de sollozos femeninos hizo estremecerse a Genghi, quien se orientó lentamente hacia el lado de donde procedían aquellas lágrimas.
—¿Quién eres tú, mujer? —preguntó con inquietud.
—Soy Ukifine, la hija del granjero So Hei —dijo la Dama sin olvidarse de adoptar un acento de pueblo—. Fui a la ciudad con mi madre para comprar unas telas y unas cacerolas, pues me voy a casar para la próxima luna. Me he perdido por los senderos de la montaña, y lloro porque me dan miedo los jabalíes, los demonios, el deseo de los hombres y los fantasmas de los muertos.
—Estás empapada, jovencita —le dijo el príncipe poniéndole la mano en el hombro.
Y en efecto, estaba calada hasta los huesos. El contacto de aquella mano tan familiar la hizo estremecerse desde la punta de los cabellos hasta los dedos de sus pies descalzos, pero Genghi supuso que tiritaba de frío.
—Ven a mi cabaña —dijo el príncipe con voz prometedora—. Podrás calentarte en mi fuego, aunque hay en él menos carbón que cenizas.
La Dama lo siguió, poniendo gran cuidado en imitar los andares torpes de las campesinas. Ambos se pusieron en cuclillas delante del fuego, que estaba casi apagado. Genghi tendía sus manos hacia el calor, pero la Dama disimulaba sus dedos, harto delicados para pertenecer a una muchacha del campo.
—Estoy ciego —suspiró Genghi al cabo de un instante—. Puedes quitarte sin ningún escrúpulo tus vestidos mojados, jovencita, y calentarte desnuda delante de mi fuego.
La Dama se quitó dócilmente su traje de campesina. El fuego ponía un color rosado en su esbelto cuerpo, que parecía tallado en el más pálido ámbar. De repente, Genghi murmuró:
—Te he engañado, jovencita, pues aún no estoy completamente ciego. Te adivino a través de una neblina que quizá no sea sino el halo de tu propia belleza. Déjame poner la mano en tu brazo, que tiembla todavía.
Y así es como la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen volvió a ser amante del príncipe Genghi, a quien había amado humildemente durante más de dieciocho años. No se olvidó de imitar las lágrimas y las timideces de una doncella en su primer amor. Su cuerpo se conservaba asombrosamente joven, y la vista del príncipe era demasiado débil para distinguir sus canas.
Cuando acabaron de acariciarse, la Dama se arrodilló ante el príncipe y le dijo:
—Te he engañado, príncipe. Soy Ukifine, es verdad, la hija del granjero So-Hei, mas no me perdí en la montaña; la fama del príncipe Genghi se extendió hasta el pueblo y vine por mi propia voluntad, con el fin de descubrir el amor entre tus brazos.
Genghi se levantó tambaleándose, como un pino que vacila, sometido a los embates del invierno y del viento. Exclamó con voz sibilante:
—¡Caiga la desgracia sobre ti, que me traes el recuerdo de mi primer enemigo, el apuesto príncipe de agudos ojos, cuya imagen me hace estar despierto todas las noches!… Vete…
Y la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se alejó, arrepentida del error que acababa de cometer.
En las semanas que siguieron, Genghi permaneció solo, sufría mucho. Se percataba con desaliento de que aún se hallaba a la merced de las añagazas de este mundo y muy poco preparado para las renovaciones de la otra vida. La visita de la hija del granjero So-Hei había despertado en él la afición por las criaturas de estrechas muñecas, largos pechos cónicos y risa patética y dócil. Desde que se estaba quedando ciego, el sentido del tacto era su único medio de comunicación con la belleza del mundo, y los paisajes en donde había venido a refugiarse no le dispensaban ya ningún consuelo, pues el ruido de un arroyo es más monótono que la voz de una mujer, y las curvas de las colinas o los jirones de las nubes están hechos para los que ven, y además se hallan harto lejos de nosotros para dejarse acariciar.
Dos meses más tarde, la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen hizo una segunda tentativa. Esta vez se vistió y perfumó con cuidado, pero puso atención en que el corte de sus vestidos fuera algo raquítico y poco atrevido en su misma elegancia, y que el perfume, discreto pero banal, sugiriese la falta de imaginación de una joven que procede de una honorable familia de provincias, y que nunca vio la corte.
En aquella ocasión alquiló unos portadores y una silla imponente, aunque careciese de los últimos perfeccionamientos de las de la ciudad. Se las arregló para no llegar a los alrededores de la cabaña de Genghi hasta que no fuera noche cerrada. El verano se le había adelantado por la montaña. Genghi, sentado al pie del arce, oía cantar a los grillos. Se acercó a él ocultando a medias su rostro detrás de un abanico y murmuró confusa:
—Soy Chujo, la mujer de Sukazu, un noble de séptima fila de la provincia de Yamato. Me dirijo en peregrinación al templo de Isé, pero uno de mis portadores acaba de torcerse el tobillo y no puedo continuar mi camino hasta que llegue la aurora. Indícame una cabaña donde yo pueda alojarme sin temor a las calumnias, para que mis siervos puedan descansar.
—¿Y dónde puede hallarse más resguardada una mujer de las calumnias que en casa de un anciano ciego? —dijo amargamente el príncipe—. Mi cabaña es demasiado pequeña para que quepan en ella tus servidores, pero pueden instalarse debajo de este árbol. Yo te cederé a ti el único colchón de mi refugio.
Se levantó a tientas para mostrarle el camino. Ni una vez había levantado la mirada hacia ella, y por esta señal la Dama comprendió que se había quedado completamente ciego.
Cuando ella se hubo tendido en el colchón de hojas secas, Genghi volvió a ocupar melancólico su puesto en el umbral de la cabaña. Estaba triste y ni siquiera sabía si aquella mujer era hermosa.
La noche era cálida y clara. La luna ponía su reflejo en el rostro alzado del ciego, que parecía esculpido en jade blanco. Al cabo de un buen rato, la Dama abandonó su rústico lecho y fue a sentarse a su vez a la puerta. Dijo con un suspiro:
—La noche es hermosa y no tengo sueño. Permíteme que cante una de las canciones que llenan mi corazón.
Y sin esperar la respuesta cantó una romanza que le gustaba mucho al príncipe, por haberla oído antaño muchas veces en labios de su mujer preferida, la princesa Violeta. Genghi, turbado, se acercó insensiblemente a la desconocida.
—¿De dónde vienes, mujer, que sabes unas canciones que gustaban en tiempos de mi juventud? Arpa donde florecen tonadas de otros tiempos, déjame pasear la mano por tus cuerdas.
Y le acarició los cabellos. Tras un instante, preguntó:
—¡Ay! ¿No es tu marido más joven y más apuesto que yo, muchacha del país de Yamato?
—Mi marido es menos guapo y parece menos joven —respondió sencillamente la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen.
Y de este modo, la Dama fue, bajo un nuevo disfraz, la amante del príncipe Genghi, al que antaño había pertenecido. Por la mañana, le ayudó a preparar una papilla caliente y el príncipe Genghi le dijo:
—Eres hábil y tierna, mujer, y no creo que ni siquiera el príncipe Genghi, que tan afortunado fue en amores, tuviera una amiga más dulce que tú.
—Nunca oí hablar del príncipe Genghi —dijo la Dama moviendo la cabeza.
—¿Cómo? —exclamó amargamente Genghi—. ¿Tan pronto lo han olvidado?
Y permaneció sombrío durante todo el día. La Dama comprendió entonces que acababa de equivocarse por segunda vez, pero Genghi no habló de echarla y parecía feliz al escuchar el roce de su vestido de seda en la hierba.
Llegó el otoño, y convirtió a los árboles de la montaña en otras tantas hadas vestidas de púrpura y oro, aunque destinadas a morir en cuanto llegaran los primeros fríos. La Dama le describía a Genghi todos aquellos pardos grises, castaños dorados, marrones malvas, poniendo gran cuidado en no hacer alusión a ello sino como por casualidad, y evitando siempre parecer que le ayudaba demasiado ostensiblemente. Sorprendía y encantaba a Genghi inventando ingeniosos collares de flores, platos refinados a fuerza de sencillez, letras nuevas adaptadas a viejas músicas conmovedoras y lastimeras. Ya había hecho alarde de estos mismos talentos en su pabellón de quinta concubina, en donde Genghi la visitaba antaño, pero éste, distraído por otros amores, no se había dado cuenta.
A finales de otoño subieron las fiebres de los pantanos. Los insectos pululaban en el aire infectado, y cada vez que se respiraba era como si se bebiera un sorbo de agua en una fuente envenenada.
Genghi cayó enfermo y se acostó en su lecho de hojas muertas comprendiendo que no tornaría a levantarse. Se avergonzaba ante la Dama de su debilidad y de los humildes cuidados a los que la obligaba su enfermedad, mas aquel hombre, que durante toda su vida había buscado en cada experiencia lo que tenía a la vez de más insólito y de más desgarrador, no podía por menos de gozar con lo que aquella nueva y miserable intimidad añadía a las estrechas dulzuras del amor entre dos seres.
Una mañana en que la Dama le daba masaje en las piernas, Genghi se incorporó apoyándose en el codo y, buscando a tientas las manos de la Dama, murmuró:
—Mujer que cuidas al que va a morir, te he engañado. Soy el príncipe Genghi.
—Cuando vine hacia ti no era más que una ignorante provinciana —dijo la Dama—, y no sabía quién era el príncipe Genghi. Ahora sé que ha sido el más hermoso y el más deseado de todos los hombres, pero tú no tienes necesidad de ser el príncipe Genghi para ser amado.
Genghi le dio las gracias con una sonrisa. Desde que callaban sus ojos, parecía como si su mirada se moviera en sus labios.
—Voy a morir —profirió trabajosamente—. No me quejo de una suerte que comparto con las flores, con los insectos y con los astros. En un universo en donde todo pasa como un sueño, sentiría remordimientos de durar para siempre. No me quejo de que las cosas, los seres, los corazones sean perecederos, puesto que parte de su belleza se compone de esta desventura. Lo que me aflige es que sean únicos. Antaño, la certidumbre de obtener en cada instante de mi vida una revelación que no se renovaría nunca constituía lo más claro de mis secretos placeres: ahora muero confuso como un privilegiado que ha sido el único en asistir a una fiesta que se dará sólo una vez. Queridos objetos, no tenéis por testigo sino a un ciego que muere… Otras mujeres florecerán, igual de sonrientes que aquellas que yo amé, mas su sonrisa será diferente, y el lunar que me apasiona se habrá desplazado en su mejilla de ámbar la distancia de un átomo. Otros corazones se romperán bajo el peso de un insoportable amor, mas sus lágrimas no serán nuestras lágrimas. Unas manos húmedas de deseo continuarán juntándose bajo los almendros en flor, pero la misma lluvia de pétalos nunca se deshoja dos veces sobre la misma ventura humana. ¡Ay! Me siento igual que un hombre arrastrado por una inundación y que quisiera hallar al menos un rinconcito de tierra seca donde depositar unas cuantas cartas amarillentas y algunos abanicos de marchitos colores… ¿Qué será de ti cuando yo ya no exista para enternecerme al recrearte, Recuerdo de la Princesa Azul, mi primera mujer, en cuyo amor no creí hasta el día siguiente a su muerte? ¿Y de ti, Recuerdo desolado de la Dama-del-pabellón-de-las-campanillas, que murió en mis brazos porque una rival celosa se había empeñado en ser la única en amarme? ¿Y de vosotros, Recuerdos insidiosos de mi hermosísima madrastra y de mi jovencísima esposa, que se encargaron de enseñarme alternativamente lo que se sufre siendo el cómplice o la víctima de una infidelidad? ¿Y de ti, Recuerdo sutil de la Dama Cigarra-del-jardín, que me esquivó por pudor, de suerte que tuve que consolarme con su joven hermano, cuyo rostro infantil reflejaba algunos rasgos de aquella tímida sonrisa de mujer? ¿Y de ti querido Recuerdo de la Dama-de-la-larga-noche, que fue tan dulce y que consintió en ser la tercera tanto en mi casa como en mi corazón? ¿Y de ti, pequeño Recuerdo pastoral de la hija del granjero So-Hei, que no amaba de mí más que mi pasado? ¿Y de ti, sobre todo, Recuerdo delicioso de la pequeña Chujo que en estos momentos me da masaje en los pies, y que no tendrá tiempo de convertirse en recuerdo? Chujo, a quien yo hubiera deseado encontrar antes en mi vida, aunque también sea justo reservar alguna fruta para finales de otoño…
Embriagado de tristeza, dejó caer su cabeza en la dura almohada. La Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se inclinó sobre él y murmuró temblorosa:
—¿Y no había en tu palacio otra mujer, cuyo nombre no has pronunciado? ¿No era acaso dulce? ¿No se llamaba la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen? Ay, recuerda…
Pero las facciones del príncipe habían adquirido ya esa serenidad reservada tan sólo a los muertos. El fin de todos los dolores había borrado de su rostro toda huella de saciedad o de amargura, y parecía haberle persuadido de que aún tenía dieciocho años. La Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se echó al suelo gritando, olvidando todo recato. Las lágrimas, saladas, arrasaban sus mejillas como una lluvia de tormenta y sus cabellos arrancados volaban por el aire como borra de seda. El único nombre que Genghi había olvidado era precisamente el suyo.

Traducción de Emma Calatayud