Enero-Marzo 2007, Nueva época Núm.101
Xalapa • Veracruz • México
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La necesidad de la investigación en la sociedad del conocimiento

Darin McNabb Costa 1

Hace tiempo leí un escrito sobre la cultura académica donde el autor utilizaba un organismo marino para ilustrar un punto que quería desarrollar. Hablaba de una criatura muy pequeña que en inglés se llama squirt. Tiene un cuerpo tubular, una pequeña cola y un cerebro muy primitivo cuya única función es la de mover la cola.
 

Cuando nace, empieza a nadar al moverse la cola. Va en búsqueda de una superficie dura. Al encontrarla, echa raíces y ahí se quedará toda su vida alimentándose pasivamente de las corrientes de agua. La primera cosa que hace al encontrar su hogar es comerse su propio cerebro, pues ya no sirve porque su única función es mover la cola para nadar. Dice el autor que esto nos recuerda a los académicos que llegan a tener una plaza de tiempo completo y la primera cosa que hacen es comerse su propio cerebro, pues ahora ¿de qué sirve?
Menciono esta anécdota no para hacer un reproche a los académicos, pues la mayoría no son así, sino para resaltar una posición social muy poco común, la de una plaza de tiempo completo que ofrece una seguridad laboral de por vida. Casi la totalidad de las entidades sociales, sea a nivel individual (un empleado por ejemplo) u organizativo (como un negocio o una universidad, especialmente privada), tienen que preocuparse por su existencia a futuro. A condición de que exista la competencia, o sea, la posibilidad de que otro negocio le gane a los clientes o que los estudiantes se inscriban en otra universidad o, incluso, que la esposa de uno se vaya con otro hombre, uno tiene que preocuparse por cómo sacarle ventaja a los rivales y seguir ocupando el espacio social que tiene. En síntesis, tiene que innovarse.

Sea la conducta de un individuo, los productos que un negocio vende o el currículo de un programa de estudios universitarios, estas cosas no cayeron ya hechas del cielo, sino que fueron realizadas, implícita o explícitamente, mediante un proceso de investigación. Las grandes compañías tienen sus departamentos de research and development. Si todavía estuviera vendiendo Windows 95, Microsoft ya no sería el líder mundial que es, por lo cual la innovación en el mundo de los negocios nos parece una necesidad obvia. Últimamente, los investigadores mexicanos han estado insistiendo que la innovación es también válida para las universidades. Dicen que la investigación debería tener un papel más prominente en la función sustantiva de las instituciones de educación superior. En eso tienen razón, pero yo iría más lejos aún: en la medida en que las universidades no se conviertan en instituciones principalmente de investigación, los pueblos a los que sirven se verán cada vez más rezagados económica y socialmente.

La necesidad de esta reconceptualización de la universidad se debe a la naturaleza de la sociedad en la que nos encontramos cada vez más insertos. Estamos dejando atrás la sociedad industrial y entrando a la sociedad o economía del conocimiento. En esta última, el conocimiento es el producto que se genera y se vende, y llega a caracterizar y dirigir las actividades tanto económicas como sociales y culturales de una sociedad. En general, en la sociedad del conocimiento, los trabajadores utilizan más sus cabezas que sus cuerpos.

Parecería que las universidades están idóneamente ubicadas para aprovechar esta nueva sociedad, pues con qué tienen que ver sus bibliotecas, seminarios y clases sino con el conocimiento. La verdad, en tanto instituciones de docencia, las universidades no tienen mucho que ver con el conocimiento, sino con la información y su transmisión. Pero, ¿cómo se distingue la información del conocimiento?
La información es un conjunto de datos que describen algún estado de cosas en el mundo. Puede codificarse en un mensaje que es trasmitido simbólicamente, como lo hace bastante bien el buscador de Google. El conocimiento, en cambio, es lo que surge al relacionar la información con la experiencia. Es saber utilizar y aplicar la información gracias al entendimiento de cómo la información se conecta entre sí en el mundo de la experiencia.

En un silogismo, los distintos términos serían los datos, como “mortales” y “hombres”. Una vez contextualizados, los datos cobran significado y nos dicen algo acerca del mundo, nos dan información, como en la premisa “Todos los hombres son mortales”. Pero el conocimiento surge sólo al articularse diferentes piezas de información en un argumento. Francis Bacon dijo que el conocimiento es poder, y es poder precisamente porque nos permite derivar las consecuencias de la relación entre diferentes piezas de información en el mundo de la experiencia; vemos las cadenas causales que nos permiten predecir el futuro y cambiarlo. La información describe, el conocimiento explica.

Líneas arriba dije que las universidades, en tanto instituciones de docencia, tienen más que ver con la información que con el conocimiento. Las mentes de los estudiantes están inundadas de información: fechas, hechos históricos, definiciones, etcétera. Pero se enseñan también teorías y ecuaciones. ¿No es conocimiento eso? Ciertamente lo es. Las teorías explican nuestra realidad al aplicar leyes generales a casos específicos, y eso, sin duda, es más poderoso que diversos pedazos aislados de información. Pero, como comenté al principio, lo que hace que una institución o pueblo permanezca vital y productivo es su capacidad de innovación. Eso no consiste en un cúmulo de conocimiento sistematizado, sino en la capacidad de crear nuevo conocimiento.

El conocimiento sistematizado es útil, sin duda, pero en la universidad se presenta y se trasmite como si fuera mera información, como hechos plasmados en tablas que se bajaron de la montaña, mas no es así. Ese conocimiento surgió en algún momento debido a una necesidad de entender nuestro mundo. Vuelvo, en este punto, a la relación entre experiencia y conocimiento. A veces experimentamos un choque entre nuestro conocimiento sistematizado y nuestra experiencia en el mundo. El primero no predice el segundo, y esa sorpresa nos lleva a proponer una nueva hipótesis o teoría para dar cuenta de nuestra experiencia. El proceso de formar y probar hipótesis es, de hecho, la única operación lógica que expande el conocimiento. C. S. Peirce llamaba a esta operación abducción. Una vez formada la hipótesis, deducimos la consecuencias de su aplicación en la experiencia (deducción), luego probamos la hipótesis en la experiencia para ver si esas consecuencias se dan (inducción).

Lo que acabo de describir es el método científico, el proceso de investigación. El conocimiento que se presenta y se trasmite, en forma deductiva, en las universidades es la serie de hipótesis o innovaciones que han aguantado la prueba del tiempo y que aún no han sido falsificadas por la experiencia. Los alumnos reciben este conocimiento y, a veces, pueden aplicarlo exitosamente, pero tarde o temprano ese conocimiento les va a llegar a fallar. Generaciones de estudiantes formados de esta manera tendrán como resultado una sociedad a la que no le queda sino consumir el conocimiento generado por otra sociedad. Pero los alumnos formados en universidades cuya función principal es la investigación dispondrán no solamente del cúmulo de conocimientos, sino también de la habilidad imaginativa de formar hipótesis nuevas, o sea, de innovarse. Esta habilidad no se aprende de libros como si fuera un dato más entre los millones que conforman el edificio del conocimiento sistematizado, sino, como decía Aristóteles, en la práctica. Si es así, entonces está claro que la prosperidad de la sociedad empieza no en el aula, sino en el laboratorio (laboratorio en el sentido etimológico de un espacio donde se labora).

NOTA
1. Doctor en Filosofía por el Boston College e investigador del Instituto de Filosofía de la Universidad Veracruzana.