REALIDADES
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Tania Romo-González
Hace
dos años ya, Dios como pasa el tiempo. Me cuesta empezar, lo tengo tan presente
y a la vez difuso, era una época sin fechas en la que no podía distinguir entre
realidad o sueño, en la que había perdido los acuerdos e iba de una a otra sin
consuelo o descanso.
Hasta
que me tope con aquel hombre, que por sus años parecía tener esa llave, que por
fin me regresaría a este tan desastroso pero humano mundo, del que extrañaba
sus certezas. Trate de cruzar unas palabras, más vanos fueron los intentos. Mi mente
sólo afocaba sus enormes y afiladas manos que aún tengo impresas en la memoria.
Y
así, como cuando se pone el sol y uno tiende a salir de sus sueños, al momento
de tocarlo desperté y una vez más se me iba el posible entendimiento de entre
los dedos.
La incertidumbre me
poseyó, los latidos sofocantes me obligaron a sacar preguntas que me
permitirían describir, clasificar.... Recupere el aliento.
Fue
entonces que me vino esa sensación. Era
la presencia de alguien o algo que no me dejaba conocer su naturaleza,
una extraña fuerza que me detenía el pensamiento y al mismo tiempo dotaba de la
más increíble intuición. Escuche una voz, pero no entendía sus palabras. Como
un tirabuzón me provocó el decir eso que solo pude oír. Me descubrí pidiéndole
o casi suplicándole me permitiera conocerlo o conocerla, aunque parecía que su
género no importaba. Las palabras regresaron a mi, podía oírlas pero no
entenderlas y sin embargo sentí su permiso, su aprobación.
Llena
de confianza emprendí el viaje racional, pero no era capaz de pensar y mis
sentidos estaban otra vez al máximo. Fui recuperando las certezas, y sentí por
fin esa calma interior que supe buscaba al tocar cada piedra, cada hombre, y
que llamamos Amor. En ese momento comencé a extrañar las realidades, me descubrí
articulando pensamientos. Un impulso me dirigió los ojos a mis manos, eran
grandes y afiladas.