Teano y la ciencia pitagórica
María Angélica Salmerón Jiménez
Desde las brumosas lejanías de un pasado
que no siempre establece límites entre
historia y leyenda, se abre paso en la
memoria el nombre de Teano, una de las varias
mujeres que formaron parte de la escuela
pitagórica, cuyo registro en los anales de la
filosofía y la ciencia puede brindarnos pistas
importantes para la reconstrucción de la trayectoria
intelectual del pensamiento femenino. Huellas y
vestigios de esa oculta narración es lo que encontramos
en el seno del pitagorismo, verdadero protagonista
en la historia del pensamiento filosófico y
científico, aunque paradójicamente, en lo referente
a la participación de las mujeres dentro de él,
poco o nada se diga. Por ello volvemos la mirada
a este trozo del pasado que nos muestra claramente
que no todos los filósofos de la Grecia
antigua fueron varones.
Por ende, la herencia que nos lega esta
tradición obliga en cierto modo a introducirse
en ella bordando desde la periferia el tejido de
la doctrina pitagórica con los hilos del naciente
y original movimiento intelectual femenino que
se gesta en su seno. Sin abandonar el rumbo
que marca la historia oficial, es justo decir que
es en Grecia, dentro de una escuela de pensamiento
reconocida como un epicentro de la
ciencia matemática, donde hallamos los primeros
brotes del pensamiento femenino que, al
ser quizá meros susurros, no logran superar las
grandes voces masculinas; pero tales murmullos
hacen posible al menos recuperar los nombres
de estas mujeres que fueron formalmente
educadas dentro de las doctrinas filosóficas de
uno de los grandes maestros de Occidente.
Obviamente, el nombre de Pitágoras nos conmina
a tomar muy en serio el que las mujeres
fuesen bien vistas en su comunidad y que gozaran de los mismos privilegios intelectuales
que los hombres.
Entramos con esto a la época que preludia
los primeros pasos del pensamiento científico,
y hay que señalar que los problemas que
encuentran aquí quienes buscan recuperar los
nombres y los aportes de las mujeres pitagóricas
son prácticamente los mismos que generalmente
halla cualquier historiador de la filosofía y la ciencia,
puesto que el ámbito en que se mueve y desarrolla
la escuela de Pitágoras conduce a los
linderos de la historia y termina colocándose en
los del mito. De ahí que el tema sea particularmente
complejo y que los caminos de la investigación
se tornen sinuosos y se vean sujetos a
distintas valoraciones e interpretaciones, pues la
narración que recuperemos dependerá del modo
en que logre establecerse la frontera entre historia
y mito. Pese a dichas limitaciones, intentaremos
acercarnos a Pitágoras y su escuela a través
de Teano, por ser ella una de las figuras femeninas
más relevantes del pitagorismo. Esto significa
que invertimos el orden metodológico tradicional
y nos centramos en la reconstrucción de un
pequeño relato que consideramos determinante
para ampliar el sentido histórico de la escuela
pitagórica, y que es el que Pitágoras haya posibilitado
la inclusión de las mujeres en la educación
filosófica y científica. Este acontecimiento, que
podemos considerar fundacional, tendría que
cambiar nuestra actual apreciación de la historia
de ese pensamiento filosófico y científico. Por
ende, el marco general en que adquiere todo su
sentido y significación el pitagorismo se determina
restituyendo lo que su fundador vio con
meridiana claridad: cuando del intelecto se trata,
el sexo no importa.
Nada de esto tendría que sorprendernos
si tomamos en cuenta que, por lo menos en lo
que cabe a las afirmaciones de los historiadores y
doxógrafos antiguos, es factible encontrar datos
que confirman que en la originaria comunidad pitagórica las mujeres no sólo cumplieron con el papel histórico
fundamental de ser madres, esposas o hijas –es decir, simples
compañeras de los hombres–, sino que además desempeñaron un
rol intelectual tan importante que pudieron alcanzar los sitios que
sólo parecían ser accesibles a los hombres, pues estas mujeres
fueron también discípulas y maestras de la doctrina pitagórica, lo
que en buena medida permite afirmar que su educación formal
bien pudo originarse aquí. Y esto, que parece ser un hecho
innegable, autoriza a suponer que las llamadas “pitagóricas” fueron
ciertamente mujeres que, educadas y cultivadas en la filosofía y la
ciencia de dicha escuela, pueden y deben ser consideradas como
las primeras científicas que registra la tradición occidental, porque
si es cierto –tal como apuntan los historiadores– que la ciencia
griega empieza formalmente con los pitagóricos, entonces también
es cierto que las mujeres que participan en dicho movimiento
debieran ser asumidas como tales.
Gilles Ménage nos ofrece una lista de veintisiete pitagóricas
a las que hacen referencia los textos antiguos, y hay que recordar
que el texto en que las recoge data del año 1690, es decir, que su
investigación sobre las mujeres filósofas se remonta al siglo XVII de
nuestra era. En él señala que “hubo tantas mujeres pitagóricas,
que sobre ellas escribió un volumen Filoroco, gramático ateniense,
según el testimonio de Suidas, que al tratar sobre Filoroco llama a
este libro Selección de mujeres heroicas”. Sin embargo, no ha sido
posible hasta hoy precisar las aportaciones particulares de cada
una de dichas mujeres. Las razones de ello son varias, pero en
general hay dos que afectan igualmente a todos los miembros de
la secta. Una –quizá la principal– viene dada por el carácter iniciático
de la escuela pitagórica, que implicaba mantener siempre
en secreto sus principales doctrinas y cuya norma fundamental fue
la de atribuir todas ellas a su maestro fundador, lo que lógicamente
entraña la dificultad de establecer quién fue su verdadero autor… o
autora. La otra razón –propia de todo el periodo histórico que nos
ocupa– tiene que ver con la falta de fuentes documentales directas,
pues no existen textos escritos por Pitágoras ni, en general,
por sus discípulos; por ello es necesario remitirse a las fuentes
secundarias de los doxógrafos o de otros autores que consignan lo
que hacían o pensaban estos personajes. Al respecto, apunta
Ménage: «Asombra que haya habido tantas filósofas pitagóricas,
siendo que los pitagóricos guardaban silencio durante cinco años y
no les era permitido divulgar los muchos secretos que tenía, y
siendo que la mayoría de las mujeres son habladoras y apenas pueden guardar un secreto. Los hombres creían
que Pitágoras era de naturaleza divina, de modo
que le llevaban a las esposas y a las hijas para
que las instruyera. Laercio y Porfirio aportan su
testimonio. Hermipo escribe, según Laercio, que éstas son llamadas “pitagóricas”. También se cita
allí a Cratino y su obra La pitagorizante. De donde
se deduce que las mujeres pitagóricas fueron caricaturizadas
por los comediógrafos». El comentario
es interesante puesto que en él se
reconocen los prejuicios culturales de todas las épocas en relación con la mujer: se considera que
forma parte de la naturaleza femenina el ser
hablantina y hasta chismosa, lo que la pone en
desventaja con respecto de la naturaleza masculina,
por lo que llega a ser natural que se las
ridiculice cuando tratan de inmiscuirse en asuntos
intelectuales, que parecen exigir un rigor y una
actitud que no es propia de la feminidad. Por eso
no llama demasiado la atención que Moliere, en el
mismo siglo de Ménage, se mofe asimismo de las
mujeres que se meten a intelectuales.
Pero nuestro asunto no es éste. Nuestro
objetivo –pese a la precaria información en que se
ha de basar nuestra investigación– se centra en
reconstruir en lo general el pensamiento
pitagórico y determinar el modo en que dentro de él aparece un movimiento intelectual femenino. Tal
vez sea posible así restituir a las “pitagóricas” al
sitio que les corresponde y verlas en igualdad de
condiciones con los demás pitagóricos, toda
vez que la escuela no sólo generó pensadores
varones sino también filósofas y matemáticas, y
Teano fue una de ellas.
¿Por qué –en el seno de una cultura que
tendía a relegar a las mujeres y a colocarlas fuera
de cualquier actividad intelectual– Pitágoras torció la visión tradicional y emprendió la reivindicación
de una cultura femenina? Una posible respuesta
sería decir que fue precisamente una mujer la
maestra de Pitágoras. En efecto, fue Temistoclea –su hermana según unas fuentes, o sacerdotisa del oráculo según otras– quien lo instruyó en la
filosofía y la matemática, que verterá después en
su propia doctrina y escuela. La legendaria figura
de Temistoclea nos lleva a asumir que si nuestro
matemático pudo ser maestro de mujeres, fue
porque comenzó siendo alumno de una. El testimonio
de Diógenes Laercio, basado en los testimonios
de Aristóxeno y de Aristóxenes, abona
más datos, pues nos dice que “Pitágoras
aprendió en Delfos muchos dogmas morales
de Temistoclea, quien acaso era sacerdotisa de
Apolo”. En estos testimonios se muestra que las
enseñanzas filosóficas, matemáticas y morales
que recibió de Temistoclea apuntan a esa convergencia
que entre teoría y práctica vital constituye
el núcleo de la sabiduría propugnada por
Pitágoras. Pero también tiene mucho que ver con
su convicción de que las mujeres están de suyo
dotadas para las actividades intelectuales porque él mismo fue puesto en tal camino por una de
ellas. Podemos pues, con cierta confianza, ser un
eco de quienes afirman que Pitágoras, discípulo y
maestro de mujeres, puede considerarse como el
primer feminista de la historia. Y así como
Temistoclea parece ser una figura clave en la formación
inicial de Pitágoras, el nombre de Teano
será igualmente importante para delinear el perfil
femenino de la escuela pitagórica, en cuanto que
a partir de ella será que surge la estela que dejó a
su paso la inclusión de las mujeres en la vida intelectual
del siglo VI a. de C.
Ahora bien, si por principio todo esto ya
parece mito y fábula, hay que considerar que la
figura misma de Pitágoras –de quien algunos estudiosos
han afirmado que ni siquiera existió– nos ha
llegado tan aderezada de elementos fantásticos
que hacen muy difícil separar el dato histórico de la
leyenda, por lo que en torno a él los historiadores
han tejido infinidad de teorías intentando definir su
perfil histórico y doctrinal. No vamos a abordar
aquí esta sesuda discusión, que rebasaría con
mucho los límites de este trabajo; bástenos por el momento con seguir una tradición comúnmente asumida y reconocer
en Pitágoras al fundador de una escuela filosófica que rebasa los
linderos científicos para constituirse en una comunidad religiosa y
política en la cual se genera una forma de pensar, pero también de
vivir y de actuar, ideas estas que –como decíamos anteriormente– parecen haberle sido inculcadas por una mujer. Todo ello es importante
en la medida en que la doctrina científica de Pitágoras se
orienta no sólo a comprender y explicar científicamente el cosmos,
sino que, teniendo esto como punto de partida, se centra en la
purificación y salvación del alma humana.
Y justo es la concepción del alma la que configurará el
argumento fundamental de la igualdad de los sexos. Paul
Strathern apunta refiriéndose a la comunidad fundada por
Pitágoras: “Compartían todas sus pertenencias y vivían todos juntos
en casas comunales, en las cuales no existía ningún tipo de
discriminación debido a las clases sociales y en las que los
esclavos eran tratados como iguales. Esta tolerancia se extendía
incluso a las mujeres. (A los varones recalcitrantes que encontraban
este inaudito estado de cosas difícil de aceptar se les recordaba
que su alma muy bien podía haber habitado el cuerpo de
una mujer en una vida anterior, o bien estar condenada a habitar
uno en una vida futura.)”. Tal vez sea esta otra de las razones por
las que Pitágoras consideró factible que las mujeres fuesen también
propagadoras de sus doctrinas, y prueba de ello es que su
comunidad albergó alrededor de 28 mujeres, entre estudiantes y
maestras, apoyando así la idea de que en cuanto a intelecto estaban
en igualdad de condiciones con respecto de los varones. Por
tanto, se puede decir que el pitagorismo asumió el derecho de las
mujeres a la educación en cuanto que acreditó la igualdad de
las almas y, por consiguiente, de los sexos. A pesar de que la
tradición ha guardado la frase atribuida a Pitágoras de que “existe
un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y
un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”,
algunos estudiosos del tema han podido ver en la misma un
rezago de viejas ideas filosóficas que tienen su fuente en prejuicios
populares. Afirma Méndez Aguirre que «la escuela pitagórica
despliega las primeras manifestaciones de lo que puede ser considerado “feminismo filosófico” en Occidente», y añade: «Sostengo tal hipótesis debido a que la ecuación “mujer = mal =
izquierda” era un lugar común entre los doctores griegos, en general,
y entre los hipocráticos en particular, pero no corresponde
con la esencia del pitagorismo». Sin embargo, cabe tener en mente que, dada la amplitud y complejidad del
movimiento pitagórico, no es posible desechar
por completo la idea de que en él hubiese una
línea tradicionalista y misógina que viera en la
mujer el principio del mal y la oscuridad –como
puede ser el caso de Alcmeón de Crotona–, pero
todo parece indicar que el pitagorismo original es
opuesto a dicha corriente y asume con su fundador
y maestro “la igualdad esencial de las
almas que encarnan indistintamente en ambos
sexos; la igualdad moral de las mujeres respecto
de los hombres y la superioridad de aquéllas en
algunos casos; la injusticia inherente a la doble
moral sexual, y el derecho de las mujeres a cultivarse
lo mismo que los hombres”. Era este un
derecho que implicaba el acceso a las doctrinas
fundamentales de la escuela y a diversas disciplinas:
física, ética, antropología, teología, y
parece lógico pensar que las pitagóricas dominaban
también estas ciencias.
Por otro lado, cabría señalar que la influencia
de Pitágoras se deja sentir en toda la evolución
posterior de la filosofía, sobre todo al elevar
la matemática por encima de la mera aplicación
práctica, determinado así su estatuto teórico y
científico: el logro fundamental de la escuela está justamente en el territorio de la ciencia del número
y las figuras geométricas; es decir, el eje en que
se mueve la enseñanza del pitagorismo es el de la
ciencia matemática.
Por ello es que en los nuevos estudios
reconstructivos de la historia de la ciencia que
buscan incluir a las mujeres resalta el nombre de
Teano como el más sobresaliente y reconocido,
no sólo porque poseemos más datos sobre ella y
su obra, sino porque uno de tales datos señala
que fue la directora de la escuela a la muerte de
Pitágoras, lo que la coloca, cronológicamente,
como la primera matemática pitagórica de la historia.
Así que su nombre va unido al de Pitágoras
y de su escuela en el orden de prioridad intelectual,
pues fue ella y no un discípulo varón quien quedó al mando de esta última. Pero también hay
que indicar que el nombre de Teano va al lado de
Pitágoras en el orden de un parentesco no siempre
bien delimitado. Esposa o hija de Pitágoras,
según diversas fuentes, es Teano la mujer más
cercana al fundador del pitagorismo. De este
modo, ambas relaciones –la intelectual y la emotiva– nos permiten transitar desde los bordes
marginales de la historia hasta uno de sus ejes
rectores: el que va de Teano a Pitágoras.
Aunque las fuentes a que podemos
apelar para determinar el perfil histórico de Teano
sean confusas (según las distintas tradiciones es
originaria de Creta o de Crotona e hija de
Pythonax, de Milos o de Brontius, del que otra
tradición la hace esposa), la mayoría de los estudiosos
concuerda más o menos en considerar
que Teano nació en Crotona en el siglo VI a. de
C. y que fue hija de Milos. Se ha dicho también
que éste, un hombre rico que fungió como mecenas
de Pitágoras, fue quien instó a Teano a que
se instruyera en matemáticas bajo la conducción
del gran filósofo y matemático, quien la hizo no
sólo su discípula sino también su esposa. Porfirio,
en su Vida de Pitágoras, relata lo siguiente:
Cuando arribó a Italia y habitó en Crotona,
Pitágoras apareció como un hombre que había
viajado por muchos lugares, poco común y
muy bien provisto por la fortuna de una naturaleza
singular, de aspecto noble y muy agradable,
así como de excelsitud y dignidad en la
voz, costumbres y en todo lo demás. Produjo
en el Estado de Crotona tal efecto que,
después de conmover las almas de los ancianos
gobernantes con largos y bellos discursos, éstos lo invitaron a pronunciar
exhortaciones adecuadas a la edad de los
jóvenes y niños congregados en los colegios, y
luego a las mujeres; también fue organizada
una reunión de las mujeres con él. Al suceder
estas cosas, creció grandemente su fama, y
ganó muchos discípulos en la ciudad, no sólo
hombres sino también mujeres, el nombre de
una de [las cuales] se hizo célebre: Teano.
Podemos decir entonces que la celebridad de Teano viene
dada en parte por el hecho de haber sido la esposa del extraordinario
Pitágoras y la madre de sus cinco hijos: dos varones
(Telauges y Mnesarchus) y tres mujeres (Arignote, Damo y
Myia), todos ellos educados en la doctrina de su padre. Y ciertamente
que aquí serán también las mujeres quienes dejarán su
huella, pues cabe recordar que fue a una de sus hijas –Damo– a quien Pitágoras encomendó sus Comentarios, mandándole “que a nadie fuera de casa los confiase; y ella, pudiendo
venderlos por mucho dinero, no quiso, teniendo por más preciosos
que el oro la pobreza [y] los preceptos de su padre, y
esto siendo mujer”. Este testimonio de Diógenes Laercio muestra
claramente que Pitágoras tenía plena confianza en las
mujeres de su casa. Sus doctrinas se han calificado siempre de
secretas puesto que dentro de la escuela funcionaba una distinción
entre los discípulos: los que conocían superficialmente la
doctrina y los iniciados que penetraban todos sus misterios;
todo lleva a suponer que las mujeres no estuvieron excluidas de
este segundo grupo, y que de entre ellas sobresalen las de su
propia familia. De aquí que la celebridad Teano, de la que nos
hablan los antiguos, se enlace a través del vínculo matrimonial
al meollo de la cuestión intelectual, en la medida en que ella
bien pudo ser la mujer que mejor conocía la doctrina pitagórica.
Teano, discípula y esposa de Pitágoras, aparece desde la
antigüedad como una personalidad reconocida por su erudición
y sabiduría, quien, por lo mismo, continuó las enseñanzas de su
marido y dirigió la escuela a su muerte. La tradición señala que
ella y sus hijos mantuvieron y propagaron la sabiduría y doctrinas
de Pitágoras, lo cual –al decir de algunas investigadoras
actuales– fue una labor tan importante que el pitagorismo no
habría tenido la influencia que tuvo en el mundo antiguo si ellos
no lo hubiesen perpetuado.
Pero Teano no sólo se limitó a seguir la doctrina de su
esposo y maestro sino que también parece haber contribuido a
ella; fue, al parecer, autora de varios tratados de matemáticas,
física y medicina, algunos de cuyos títulos aún conserva la
tradición. Por desgracia, “ninguno de estos escritos ha sobrevivido,
excepto unos pocos fragmentos de cartas” –que
algunos consideran de autoría incierta–. Y aunque se ha pretendido
asignar algunos de estos fragmentos y cartas a la
Teano original (Teano I) y algunos a una más tardía (Teano II),
tal asunto aún está en el tapete de la discusión. También se le atribuyen tratados acerca de lospoliedros rectangulares y la
teoría de la proporción, sobre todo la proporción áurea. Se dice
que un fragmento del texto Sobre la piedad contiene una disquisición
sobre los números y que se refiere a una analogía
entre los números de Pitágoras y los objetos: “He oído decir
que los griegos pensaban que Pitágoras había dicho que todo
había sido engendrado por el Número. Pero esta afirmación nos
perturba: ¿cómo nos podemos imaginar cosas que no existen y
que pueden engendrar? Él no dijo que todas las cosas nacían
del número, sino que todo estaba formado de acuerdo con el
número, ya que en el número reside el orden esencial, y las
mismas cosas pueden ser nombradas primeras, segundas, y
así sucesivamente, sólo cuando participan de este orden”.
Como nos muestra el fragmento, la aclaración de Teano no es
baladí, puesto que el modo en que se establece la relación
número-objetos determina el modo de entender la doctrina de
Pitágoras, y todo hace suponer que Teano corrige aquí a
muchos expositores tanto antiguos como modernos. Pero más
allá de lo que ello significa, se ha planteado la posibilidad de
que haya sido al propio Pitágoras a quien Teano corrigió en su
doctrina del número; si, como apunta Martin Cohen, fue ella
quien “convirtió a Pitágoras a la opinión de que no eran los números sino el orden de los números lo que
gobierna el universo”, tendremos aquí una
concreta aportación de Teano a la doctrina
pitagórica. Cosa parecida sucede con otras
doctrinas de la escuela, pues también se ha
venido diciendo que su nombre «va ligado al
concepto de “razón áurea” o “número mágico” que, por ejemplo, condiciona las espirales logarítmicas
de los caracoles, las piñas de las
coníferas, la arquitectura de edificios como El
Partenón, Notre Dame de París o El Escorial, la
obra de Leonardo Da Vinci, la música de Mozart
e incluso las proporciones de las tarjetas
de crédito». No obstante tales afirmaciones,
hemos de reconocer que las investigaciones
sobre el tema son todavía incipientes. No se
han podido recuperar testimonios efectivos al
respecto, pero esto no es un mero defecto que
atañe a la reconstrucción historiográfica del
pensamiento femenino, sino que –como ya lo
hemos señalado anteriormente– tiene que ver
con todo el corpus pitagórico en la medida en
que, siendo parte misma de la doctrina el adjudicarle
todo descubrimiento al fundador, es
prácticamente imposible determinar su verdadera
autoría. Aun con todas estas reservas,
Margaret Alic y otras historiadoras no tienen
empacho en reconocerla como la más famosa
cosmóloga y matemática, y algunas otras intentan
dejar constancia de las ideas que al
respecto pudo sostener Teano, como es el
caso de Inmaculada Perdomo Reyes, quien las
resume del modo siguiente:
El cosmos es ordenado y armónico. Todo el
orden refleja las relaciones matemáticas de sus
partes. La armonía y el orden existen cuando las
cosas se configuran en torno a sus relaciones
apropiadas, relaciones que se expresan en proporciones
matemáticas. La eterna esencia del
número está directamente relacionada con la
coexistencia armoniosa de las cosas diferentes.
[…] Desarrolla las ideas sobre la analogía existente entre el número y las cosas reales existentes.
El concepto de imitación puede ser
expresado así con relación al Universo. Por su
participación en un universo de orden y
armonía, un objeto, sea corpóreo o no, puede
ser secuenciado con todos los otros objetos, y
puede ser contado. Un objeto lo es en tanto
puede ser contado. Y al enumerarlo podemos
ser capaces de especificar sus parámetros físicos.
Se le atribuye también la formulación de la
proporción áurea.
Lo anterior deja constancia de que el pensamiento
de Teano es el de la doctrina
pitagórica, siendo que fuese ella o Pitágoras u
otro pitagórico quien hubiese sido el autor de la
doctrina del orden de los números y del principio
de la razón áurea o del precepto del “justo
medio”. Lo importante es que Teano fue una
mujer versada en la ciencia pitagórica, al grado
de que no sólo fue maestra de cosmología y
matemáticas, sino también la autora de textos
sobre la materia.
Por tanto, y aun cuando no podamos
determinar con exactitud los aportes concretos
de Teano al pitagorismo, los testimonios de que
se dispone consienten en cambio afirmar que fue
pieza fundamental en él, ya que, como apunta
Cohen, Teano
ayudó al maestro a identificar la densidad del “éter” que los pitagóricos suponían que rodeaba
la Tierra y llenaba el espacio, así como
otras complicadas cuestiones de geometría.
Existe un documento atribuido a Teano en el
cual se discute sobre metafísica, y hay informes
de muchos otros escritos suyos en los que
expresaba su visión sobre temas filosóficos
femeninos, como el casamiento, el sexo, la ética y, por supuesto, la mujer. Algunos
informes dicen que después de que Teano se
convirtiera en directora de la escuela pitagórica
fue capturada y torturada en un intento de
obtener sus secretos, pero incluso después
de las torturas más inenarrables […] rehusó firmemente hablar.
Una cosa importante salta aquí a la vista, y es el hecho de que
Teano mantuvo viva la tradición pitagórica en sus lineamientos
fundamentales, a saber: que la doctrina matemática se extendía
más allá de la pura concepción teorética, que había de ser
dirigida a la praxis y que dicha doctrina debía guardar sus secretos
ante los no iniciados.
En efecto, los testimonios apuntan justamente a validar el hecho
de que Teano no se limitó a escribir sobre temas científicos o
meramente matemáticos, pues también tuvo interés –como lo
era el de toda la escuela– por los aspectos morales y espirituales;
el mismo texto Sobre la piedad es prueba de ello. Se le
atribuye también un tratado sobre la castidad, cuyo contenido
muestra las virtudes pitagóricas de prudencia, justicia, fortaleza y
templanza, y sugiere una vida más meditada y basada en la
moral, que constituiría para las mujeres un modelo social alternativo
que, según se ha dicho, parece delinear “los inicios de esa
vida conventual de meditación y recogimiento que constituiría,
siglos más tarde, la alternativa a la vida de las cortesanas. Únicas dos formas de sustraerse a la anulación cultural que el
modelo social de mujer establecía”. Vemos aquí el interés de
Teano por la vida y la virtud femeninas, y quizás es por ello que
la mayor parte de los textos que nos han llegado de mujeres de
esa época sean de este tipo: textos que hablan de problemas
morales o prácticos en relación a los preceptos femeninos (de
cómo una madre educa a sus hijos y cómo deben las esposas
comportarse virtuosamente hacia su marido), ya que al parecer
son los que resultaban más interesantes a los religiosos que los
conservaron.
La conclusión que de todo ello podemos extraer es
que nuestra pitagórica asumió como tarea propia mantener
vigente y actualizada la doctrina de Pitágoras y que buscó lo
mismo que el maestro: mantener la relación disciplinar que se
establece desde el centro de la ciencia matemática a todo
conocimiento, tanto teórico como práctico. Y ninguna ciencia
fue desdeñada por ella. Como apunta Alic: “Teano y sus hijas
tenían fama de [ser] excelentes curanderas. Se decía que
habían ganado un debate con el médico Eurifón sobre el
antiquísimo problema del desarrollo fetal: las mujeres alegaban
que el feto era viable antes del séptimo mes. Creían que el
cuerpo humano era una copia microscópica del macrocosmos –el universo en su conjunto. Este concepto reaparece a
menudo en la fisiología antigua y medieval, y lo volvemos
a encontrar en forma más elaborada en los escritos de
Hildegarda”. Así que bien podemos decir que Teano y las
demás mujeres que con ella se formaron en la escuela de
Pitágoras fueron acaso las primeras mujeres del mundo occidental
que tuvieron acceso a una educación formal, educación
que les permitió ser auténticas discípulas y maestras y, por lo mismo, reconocidas como miembros efectivos
de la escuela. Quedaasí por el momento el
nombre de Teano como figura emblemática –cosmóloga, matemática y filósofa– cuyo
ejemplo muestra que la ciencia pitagórica
también tiene un perfil femenino que, junto al
de su fundador –como ciertamente él hubiera
querido– puede y debe figurar en nuestras historias,
ya que haya aportado o no teorías o
doctrinas científicas, se halla ligado a la
escuela y a la ciencia pitagóricas, de tal manera
que, según nos dice Ménage: “Algunas
epístolas se conservan bajo su nombre, según
Henri Etienne, en la edición de Laercio, con el
título de Epístolas de Teano, que fue declarada
hija de la sabiduría pitagórica”. Por ende,
es posible concluir que el orden y la armonía
del cosmos implica a su vez la de los sexos –Teano y Pitágoras–, en cuyas almas radica
también el ritmo fundamental que en su armonía
refleja la música de la inteligencia.
Para el lector interesado
Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. México: Siglo XXI.
Diógenes Laercio (2004). Vida de los filósofos más ilustres.
México: Grupo Editorial Tomo, S. A.
Figueiras, L., Molero, M., Salvador, A. y Zuasti, N.
(1998). Género y matemáticas. Madrid:
Síntesis.
Ménage, G. (2009). Historia de las mujeres filósofas.
Barcelona: Herder.
Méndez A., V.H. (1997). “¿Feminismo o misoginia entre
los pitagóricos?”, en G. Hierro (comp.):
Filosofía de la educación y género. México
UNAM/Torres.
Perdomo R., I. (2004). Mujeres astrónomas y matemáticas
de la antigüedad. San Cristóbal de La
Laguna (Tenerife, España): Fundación Canaria
Orotava de Historia de la Ciencia.
Strathern, P. (1999). Pitágoras y su teorema. Madrid:
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