Revista La Ciencia y el Hombre
Mayo•Agosto
de 2010
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 2
Editorial
El alcance de la mente
La confrontación falaz
humanidad-naturaleza
Darwin y la decoloración del mar: marea roja y FAN
Las catarinas, guardianas de huertos y jardines
Cómo controlan la erosión las las raíces de las plantas
El manejo ecológico de los suelos
Periodo de ablactación en el mono araña
Obesidad: más que un problema de peso
Obesidad y disfunción sexual
El intruso no toca a la puerta
Open acces: ¿conocimiento para todos?
Nanociencia y nanotecnología
Nanorrobótica
Una mirada escéptica al mundo extraterrestre
CUENTO / Clovius en Yusímedes
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Teano y la ciencia pitagórica
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
En contra de nosotros mismos
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Teano y la ciencia pitagórica

María Angélica Salmerón Jiménez

Desde las brumosas lejanías de un pasado que no siempre establece límites entre historia y leyenda, se abre paso en la memoria el nombre de Teano, una de las varias mujeres que formaron parte de la escuela pitagórica, cuyo registro en los anales de la filosofía y la ciencia puede brindarnos pistas importantes para la reconstrucción de la trayectoria intelectual del pensamiento femenino. Huellas y vestigios de esa oculta narración es lo que encontramos en el seno del pitagorismo, verdadero protagonista
en la historia del pensamiento filosófico y científico, aunque paradójicamente, en lo referente a la participación de las mujeres dentro de él, poco o nada se diga. Por ello volvemos la mirada a este trozo del pasado que nos muestra claramente que no todos los filósofos de la Grecia antigua fueron varones.

Por ende, la herencia que nos lega esta tradición obliga en cierto modo a introducirse en ella bordando desde la periferia el tejido de la doctrina pitagórica con los hilos del naciente y original movimiento intelectual femenino que se gesta en su seno. Sin abandonar el rumbo que marca la historia oficial, es justo decir que es en Grecia, dentro de una escuela de pensamiento reconocida como un epicentro de la ciencia matemática, donde hallamos los primeros brotes del pensamiento femenino que, al ser quizá meros susurros, no logran superar las grandes voces masculinas; pero tales murmullos hacen posible al menos recuperar los nombres de estas mujeres que fueron formalmente educadas dentro de las doctrinas filosóficas de uno de los grandes maestros de Occidente. Obviamente, el nombre de Pitágoras nos conmina a tomar muy en serio el que las mujeres fuesen bien vistas en su comunidad y que gozaran de los mismos privilegios intelectuales que los hombres.

Entramos con esto a la época que preludia los primeros pasos del pensamiento científico, y hay que señalar que los problemas que encuentran aquí quienes buscan recuperar los nombres y los aportes de las mujeres pitagóricas son prácticamente los mismos que generalmente halla cualquier historiador de la filosofía y la ciencia, puesto que el ámbito en que se mueve y desarrolla la escuela de Pitágoras conduce a los linderos de la historia y termina colocándose en los del mito. De ahí que el tema sea particularmente complejo y que los caminos de la investigación se tornen sinuosos y se vean sujetos a distintas valoraciones e interpretaciones, pues la narración que recuperemos dependerá del modo en que logre establecerse la frontera entre historia y mito. Pese a dichas limitaciones, intentaremos acercarnos a Pitágoras y su escuela a través de Teano, por ser ella una de las figuras femeninas más relevantes del pitagorismo. Esto significa que invertimos el orden metodológico tradicional y nos centramos en la reconstrucción de un pequeño relato que consideramos determinante para ampliar el sentido histórico de la escuela pitagórica, y que es el que Pitágoras haya posibilitado la inclusión de las mujeres en la educación filosófica y científica. Este acontecimiento, que podemos considerar fundacional, tendría que cambiar nuestra actual apreciación de la historia de ese pensamiento filosófico y científico. Por ende, el marco general en que adquiere todo su sentido y significación el pitagorismo se determina restituyendo lo que su fundador vio con meridiana claridad: cuando del intelecto se trata, el sexo no importa.

Nada de esto tendría que sorprendernos si tomamos en cuenta que, por lo menos en lo que cabe a las afirmaciones de los historiadores y doxógrafos antiguos, es factible encontrar datos que confirman que en la originaria comunidad pitagórica las mujeres no sólo cumplieron con el papel histórico fundamental de ser madres, esposas o hijas –es decir, simples compañeras de los hombres–, sino que además desempeñaron un rol intelectual tan importante que pudieron alcanzar los sitios que sólo parecían ser accesibles a los hombres, pues estas mujeres fueron también discípulas y maestras de la doctrina pitagórica, lo que en buena medida permite afirmar que su educación formal bien pudo originarse aquí. Y esto, que parece ser un hecho innegable, autoriza a suponer que las llamadas “pitagóricas” fueron ciertamente mujeres que, educadas y cultivadas en la filosofía y la ciencia de dicha escuela, pueden y deben ser consideradas como las primeras científicas que registra la tradición occidental, porque si es cierto –tal como apuntan los historiadores– que la ciencia griega empieza formalmente con los pitagóricos, entonces también es cierto que las mujeres que participan en dicho movimiento debieran ser asumidas como tales.

Gilles Ménage nos ofrece una lista de veintisiete pitagóricas a las que hacen referencia los textos antiguos, y hay que recordar que el texto en que las recoge data del año 1690, es decir, que su investigación sobre las mujeres filósofas se remonta al siglo XVII de nuestra era. En él señala que “hubo tantas mujeres pitagóricas, que sobre ellas escribió un volumen Filoroco, gramático ateniense, según el testimonio de Suidas, que al tratar sobre Filoroco llama a este libro Selección de mujeres heroicas”. Sin embargo, no ha sido posible hasta hoy precisar las aportaciones particulares de cada una de dichas mujeres. Las razones de ello son varias, pero en general hay dos que afectan igualmente a todos los miembros de la secta. Una –quizá la principal– viene dada por el carácter iniciático de la escuela pitagórica, que implicaba mantener siempre en secreto sus principales doctrinas y cuya norma fundamental fue la de atribuir todas ellas a su maestro fundador, lo que lógicamente entraña la dificultad de establecer quién fue su verdadero autor… o autora. La otra razón –propia de todo el periodo histórico que nos ocupa– tiene que ver con la falta de fuentes documentales directas, pues no existen textos escritos por Pitágoras ni, en general, por sus discípulos; por ello es necesario remitirse a las fuentes secundarias de los doxógrafos o de otros autores que consignan lo que hacían o pensaban estos personajes. Al respecto, apunta Ménage: «Asombra que haya habido tantas filósofas pitagóricas, siendo que los pitagóricos guardaban silencio durante cinco años y no les era permitido divulgar los muchos secretos que tenía, y
siendo que la mayoría de las mujeres son habladoras y apenas pueden guardar un secreto. Los hombres creían que Pitágoras era de naturaleza divina, de modo que le llevaban a las esposas y a las hijas para que las instruyera. Laercio y Porfirio aportan su
testimonio. Hermipo escribe, según Laercio, que éstas son llamadas “pitagóricas”. También se cita allí a Cratino y su obra La pitagorizante. De donde se deduce que las mujeres pitagóricas fueron caricaturizadas por los comediógrafos». El comentario es interesante puesto que en él se reconocen los prejuicios culturales de todas las épocas en relación con la mujer: se considera que forma parte de la naturaleza femenina el ser hablantina y hasta chismosa, lo que la pone en desventaja con respecto de la naturaleza masculina, por lo que llega a ser natural que se las ridiculice cuando tratan de inmiscuirse en asuntos intelectuales, que parecen exigir un rigor y una actitud que no es propia de la feminidad. Por eso no llama demasiado la atención que Moliere, en el mismo siglo de Ménage, se mofe asimismo de las mujeres que se meten a intelectuales.

Pero nuestro asunto no es éste. Nuestro objetivo –pese a la precaria información en que se ha de basar nuestra investigación– se centra en reconstruir en lo general el pensamiento pitagórico y determinar el modo en que dentro de él aparece un movimiento intelectual femenino. Tal vez sea posible así restituir a las “pitagóricas” al sitio que les corresponde y verlas en igualdad de condiciones con los demás pitagóricos, toda vez que la escuela no sólo generó pensadores varones sino también filósofas y matemáticas, y Teano fue una de ellas.

¿Por qué –en el seno de una cultura que tendía a relegar a las mujeres y a colocarlas fuera de cualquier actividad intelectual– Pitágoras torció la visión tradicional y emprendió la reivindicación de una cultura femenina? Una posible respuesta sería decir que fue precisamente una mujer la maestra de Pitágoras. En efecto, fue Temistoclea –su hermana según unas fuentes, o sacerdotisa del oráculo según otras– quien lo instruyó en la filosofía y la matemática, que verterá después en su propia doctrina y escuela. La legendaria figura de Temistoclea nos lleva a asumir que si nuestro matemático pudo ser maestro de mujeres, fue porque comenzó siendo alumno de una. El testimonio de Diógenes Laercio, basado en los testimonios de Aristóxeno y de Aristóxenes, abona más datos, pues nos dice que “Pitágoras aprendió en Delfos muchos dogmas morales de Temistoclea, quien acaso era sacerdotisa de Apolo”. En estos testimonios se muestra que las enseñanzas filosóficas, matemáticas y morales que recibió de Temistoclea apuntan a esa convergencia que entre teoría y práctica vital constituye el núcleo de la sabiduría propugnada por Pitágoras. Pero también tiene mucho que ver con su convicción de que las mujeres están de suyo dotadas para las actividades intelectuales porque él mismo fue puesto en tal camino por una de ellas. Podemos pues, con cierta confianza, ser un eco de quienes afirman que Pitágoras, discípulo y maestro de mujeres, puede considerarse como el primer feminista de la historia. Y así como Temistoclea parece ser una figura clave en la formación inicial de Pitágoras, el nombre de Teano será igualmente importante para delinear el perfil femenino de la escuela pitagórica, en cuanto que a partir de ella será que surge la estela que dejó a su paso la inclusión de las mujeres en la vida intelectual del siglo VI a. de C.

Ahora bien, si por principio todo esto ya parece mito y fábula, hay que considerar que la figura misma de Pitágoras –de quien algunos estudiosos han afirmado que ni siquiera existió– nos ha llegado tan aderezada de elementos fantásticos que hacen muy difícil separar el dato histórico de la leyenda, por lo que en torno a él los historiadores han tejido infinidad de teorías intentando definir su perfil histórico y doctrinal. No vamos a abordar aquí esta sesuda discusión, que rebasaría con mucho los límites de este trabajo; bástenos por el momento con seguir una tradición comúnmente asumida y reconocer en Pitágoras al fundador de una escuela filosófica que rebasa los linderos científicos para constituirse en una comunidad religiosa y política en la cual se genera una forma de pensar, pero también de vivir y de actuar, ideas estas que –como decíamos anteriormente– parecen haberle sido inculcadas por una mujer. Todo ello es importante en la medida en que la doctrina científica de Pitágoras se orienta no sólo a comprender y explicar científicamente el cosmos, sino que, teniendo esto como punto de partida, se centra en la purificación y salvación del alma humana.

Y justo es la concepción del alma la que configurará el argumento fundamental de la igualdad de los sexos. Paul Strathern apunta refiriéndose a la comunidad fundada por Pitágoras: “Compartían todas sus pertenencias y vivían todos juntos en casas comunales, en las cuales no existía ningún tipo de discriminación debido a las clases sociales y en las que los esclavos eran tratados como iguales. Esta tolerancia se extendía incluso a las mujeres. (A los varones recalcitrantes que encontraban este inaudito estado de cosas difícil de aceptar se les recordaba que su alma muy bien podía haber habitado el cuerpo de una mujer en una vida anterior, o bien estar condenada a habitar uno en una vida futura.)”. Tal vez sea esta otra de las razones por las que Pitágoras consideró factible que las mujeres fuesen también propagadoras de sus doctrinas, y prueba de ello es que su comunidad albergó alrededor de 28 mujeres, entre estudiantes y maestras, apoyando así la idea de que en cuanto a intelecto estaban en igualdad de condiciones con respecto de los varones. Por tanto, se puede decir que el pitagorismo asumió el derecho de las mujeres a la educación en cuanto que acreditó la igualdad de las almas y, por consiguiente, de los sexos. A pesar de que la tradición ha guardado la frase atribuida a Pitágoras de que “existe un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”, algunos estudiosos del tema han podido ver en la misma un rezago de viejas ideas filosóficas que tienen su fuente en prejuicios populares. Afirma Méndez Aguirre que «la escuela pitagórica despliega las primeras manifestaciones de lo que puede ser considerado “feminismo filosófico” en Occidente», y añade: «Sostengo tal hipótesis debido a que la ecuación “mujer = mal = izquierda” era un lugar común entre los doctores griegos, en general, y entre los hipocráticos en particular, pero no corresponde con la esencia del pitagorismo». Sin embargo, cabe tener en mente que, dada la amplitud y complejidad del movimiento pitagórico, no es posible desechar por completo la idea de que en él hubiese una línea tradicionalista y misógina que viera en la mujer el principio del mal y la oscuridad –como puede ser el caso de Alcmeón de Crotona–, pero todo parece indicar que el pitagorismo original es opuesto a dicha corriente y asume con su fundador y maestro “la igualdad esencial de las almas que encarnan indistintamente en ambos sexos; la igualdad moral de las mujeres respecto de los hombres y la superioridad de aquéllas en algunos casos; la injusticia inherente a la doble moral sexual, y el derecho de las mujeres a cultivarse lo mismo que los hombres”. Era este un derecho que implicaba el acceso a las doctrinas
fundamentales de la escuela y a diversas disciplinas: física, ética, antropología, teología, y parece lógico pensar que las pitagóricas dominaban también estas ciencias.

Por otro lado, cabría señalar que la influencia de Pitágoras se deja sentir en toda la evolución posterior de la filosofía, sobre todo al elevar la matemática por encima de la mera aplicación práctica, determinado así su estatuto teórico y científico: el logro fundamental de la escuela está justamente en el territorio de la ciencia del número y las figuras geométricas; es decir, el eje en que se mueve la enseñanza del pitagorismo es el de la ciencia matemática.

Por ello es que en los nuevos estudios reconstructivos de la historia de la ciencia que buscan incluir a las mujeres resalta el nombre de Teano como el más sobresaliente y reconocido, no sólo porque poseemos más datos sobre ella y su obra, sino porque uno de tales datos señala que fue la directora de la escuela a la muerte de Pitágoras, lo que la coloca, cronológicamente,
como la primera matemática pitagórica de la historia. Así que su nombre va unido al de Pitágoras y de su escuela en el orden de prioridad intelectual, pues fue ella y no un discípulo varón quien quedó al mando de esta última. Pero también hay que indicar que el nombre de Teano va al lado de Pitágoras en el orden de un parentesco no siempre bien delimitado. Esposa o hija de Pitágoras,
según diversas fuentes, es Teano la mujer más cercana al fundador del pitagorismo. De este modo, ambas relaciones –la intelectual y la emotiva– nos permiten transitar desde los bordes marginales de la historia hasta uno de sus ejes rectores: el que va de Teano a Pitágoras.

Aunque las fuentes a que podemos apelar para determinar el perfil histórico de Teano sean confusas (según las distintas tradiciones es originaria de Creta o de Crotona e hija de Pythonax, de Milos o de Brontius, del que otra tradición la hace esposa), la mayoría de los estudiosos concuerda más o menos en considerar que Teano nació en Crotona en el siglo VI a. de C. y que fue hija de Milos. Se ha dicho también que éste, un hombre rico que fungió como mecenas de Pitágoras, fue quien instó a Teano a que se instruyera en matemáticas bajo la conducción del gran filósofo y matemático, quien la hizo no sólo su discípula sino también su esposa. Porfirio, en su Vida de Pitágoras, relata lo siguiente:

Cuando arribó a Italia y habitó en Crotona, Pitágoras apareció como un hombre que había viajado por muchos lugares, poco común y muy bien provisto por la fortuna de una naturaleza singular, de aspecto noble y muy agradable, así como de excelsitud y dignidad en la voz, costumbres y en todo lo demás. Produjo en el Estado de Crotona tal efecto que, después de conmover las almas de los ancianos gobernantes con largos y bellos discursos, éstos lo invitaron a pronunciar exhortaciones adecuadas a la edad de los jóvenes y niños congregados en los colegios, y luego a las mujeres; también fue organizada una reunión de las mujeres con él. Al suceder estas cosas, creció grandemente su fama, y ganó muchos discípulos en la ciudad, no sólo hombres sino también mujeres, el nombre de una de [las cuales] se hizo célebre: Teano.

Podemos decir entonces que la celebridad de Teano viene dada en parte por el hecho de haber sido la esposa del extraordinario Pitágoras y la madre de sus cinco hijos: dos varones (Telauges y Mnesarchus) y tres mujeres (Arignote, Damo y Myia), todos ellos educados en la doctrina de su padre. Y ciertamente que aquí serán también las mujeres quienes dejarán su huella, pues cabe recordar que fue a una de sus hijas –Damo– a quien Pitágoras encomendó sus Comentarios, mandándole “que a nadie fuera de casa los confiase; y ella, pudiendo venderlos por mucho dinero, no quiso, teniendo por más preciosos que el oro la pobreza [y] los preceptos de su padre, y esto siendo mujer”. Este testimonio de Diógenes Laercio muestra claramente que Pitágoras tenía plena confianza en las mujeres de su casa. Sus doctrinas se han calificado siempre de secretas puesto que dentro de la escuela funcionaba una distinción entre los discípulos: los que conocían superficialmente la doctrina y los iniciados que penetraban todos sus misterios; todo lleva a suponer que las mujeres no estuvieron excluidas de este segundo grupo, y que de entre ellas sobresalen las de su propia familia. De aquí que la celebridad Teano, de la que nos hablan los antiguos, se enlace a través del vínculo matrimonial al meollo de la cuestión intelectual, en la medida en que ella bien pudo ser la mujer que mejor conocía la doctrina pitagórica. Teano, discípula y esposa de Pitágoras, aparece desde la antigüedad como una personalidad reconocida por su erudición y sabiduría, quien, por lo mismo, continuó las enseñanzas de su marido y dirigió la escuela a su muerte. La tradición señala que ella y sus hijos mantuvieron y propagaron la sabiduría y doctrinas de Pitágoras, lo cual –al decir de algunas investigadoras actuales– fue una labor tan importante que el pitagorismo no habría tenido la influencia que tuvo en el mundo antiguo si ellos no lo hubiesen perpetuado.

Pero Teano no sólo se limitó a seguir la doctrina de su esposo y maestro sino que también parece haber contribuido a ella; fue, al parecer, autora de varios tratados de matemáticas, física y medicina, algunos de cuyos títulos aún conserva la tradición. Por desgracia, “ninguno de estos escritos ha sobrevivido, excepto unos pocos fragmentos de cartas” –que algunos consideran de autoría incierta–. Y aunque se ha pretendido asignar algunos de estos fragmentos y cartas a la Teano original (Teano I) y algunos a una más tardía (Teano II), tal asunto aún está en el tapete de la discusión. También se le atribuyen tratados acerca de lospoliedros rectangulares y la teoría de la proporción, sobre todo la proporción áurea. Se dice que un fragmento del texto Sobre la piedad contiene una disquisición sobre los números y que se refiere a una analogía entre los números de Pitágoras y los objetos: “He oído decir que los griegos pensaban que Pitágoras había dicho que todo había sido engendrado por el Número. Pero esta afirmación nos perturba: ¿cómo nos podemos imaginar cosas que no existen y que pueden engendrar? Él no dijo que todas las cosas nacían del número, sino que todo estaba formado de acuerdo con el número, ya que en el número reside el orden esencial, y las mismas cosas pueden ser nombradas primeras, segundas, y así sucesivamente, sólo cuando participan de este orden”. Como nos muestra el fragmento, la aclaración de Teano no es baladí, puesto que el modo en que se establece la relación
número-objetos determina el modo de entender la doctrina de Pitágoras, y todo hace suponer que Teano corrige aquí a muchos expositores tanto antiguos como modernos. Pero más allá de lo que ello significa, se ha planteado la posibilidad de que haya sido al propio Pitágoras a quien Teano corrigió en su doctrina del número; si, como apunta Martin Cohen, fue ella quien “convirtió a Pitágoras a la opinión de que no eran los números sino el orden de los números lo que gobierna el universo”, tendremos aquí una concreta aportación de Teano a la doctrina pitagórica. Cosa parecida sucede con otras doctrinas de la escuela, pues también se ha venido diciendo que su nombre «va ligado al concepto de “razón áurea” o “número mágico” que, por ejemplo, condiciona las espirales logarítmicas de los caracoles, las piñas de las coníferas, la arquitectura de edificios como El Partenón, Notre Dame de París o El Escorial, la obra de Leonardo Da Vinci, la música de Mozart e incluso las proporciones de las tarjetas de crédito». No obstante tales afirmaciones, hemos de reconocer que las investigaciones sobre el tema son todavía incipientes. No se han podido recuperar testimonios efectivos al respecto, pero esto no es un mero defecto que atañe a la reconstrucción historiográfica del pensamiento femenino, sino que –como ya lo hemos señalado anteriormente– tiene que ver con todo el corpus pitagórico en la medida en que, siendo parte misma de la doctrina el adjudicarle todo descubrimiento al fundador, es prácticamente imposible determinar su verdadera autoría. Aun con todas estas reservas, Margaret Alic y otras historiadoras no tienen empacho en reconocerla como la más famosa cosmóloga y matemática, y algunas otras intentan dejar constancia de las ideas que al respecto pudo sostener Teano, como es el caso de Inmaculada Perdomo Reyes, quien las resume del modo siguiente:

El cosmos es ordenado y armónico. Todo el orden refleja las relaciones matemáticas de sus partes. La armonía y el orden existen cuando las cosas se configuran en torno a sus relaciones apropiadas, relaciones que se expresan en proporciones matemáticas. La eterna esencia del número está directamente relacionada con la coexistencia armoniosa de las cosas diferentes. […] Desarrolla las ideas sobre la analogía existente entre el número y las cosas reales existentes. El concepto de imitación puede ser expresado así con relación al Universo. Por su participación en un universo de orden y armonía, un objeto, sea corpóreo o no, puede ser secuenciado con todos los otros objetos, y puede ser contado. Un objeto lo es en tanto puede ser contado. Y al enumerarlo podemos ser capaces de especificar sus parámetros físicos. Se le atribuye también la formulación de la
proporción áurea.

Lo anterior deja constancia de que el pensamiento de Teano es el de la doctrina pitagórica, siendo que fuese ella o Pitágoras u
otro pitagórico quien hubiese sido el autor de la doctrina del orden de los números y del principio de la razón áurea o del precepto del “justo medio”. Lo importante es que Teano fue una mujer versada en la ciencia pitagórica, al grado de que no sólo fue maestra de cosmología y matemáticas, sino también la autora de textos sobre la materia.

Por tanto, y aun cuando no podamos determinar con exactitud los aportes concretos de Teano al pitagorismo, los testimonios de que se dispone consienten en cambio afirmar que fue pieza fundamental en él, ya que, como apunta Cohen, Teano

ayudó al maestro a identificar la densidad del “éter” que los pitagóricos suponían que rodeaba la Tierra y llenaba el espacio, así como otras complicadas cuestiones de geometría. Existe un documento atribuido a Teano en el cual se discute sobre metafísica, y hay informes de muchos otros escritos suyos en los que expresaba su visión sobre temas filosóficos femeninos, como el casamiento, el sexo, la ética y, por supuesto, la mujer. Algunos informes dicen que después de que Teano se convirtiera en directora de la escuela pitagórica fue capturada y torturada en un intento de obtener sus secretos, pero incluso después de las torturas más inenarrables […] rehusó firmemente hablar.

Una cosa importante salta aquí a la vista, y es el hecho de que Teano mantuvo viva la tradición pitagórica en sus lineamientos fundamentales, a saber: que la doctrina matemática se extendía más allá de la pura concepción teorética, que había de ser dirigida a la praxis y que dicha doctrina debía guardar sus secretos ante los no iniciados.

En efecto, los testimonios apuntan justamente a validar el hecho de que Teano no se limitó a escribir sobre temas científicos o meramente matemáticos, pues también tuvo interés –como lo era el de toda la escuela– por los aspectos morales y espirituales; el mismo texto Sobre la piedad es prueba de ello. Se le atribuye también un tratado sobre la castidad, cuyo contenido muestra las virtudes pitagóricas de prudencia, justicia, fortaleza y templanza, y sugiere una vida más meditada y basada en la moral, que constituiría para las mujeres un modelo social alternativo que, según se ha dicho, parece delinear “los inicios de esa vida conventual de meditación y recogimiento que constituiría, siglos más tarde, la alternativa a la vida de las cortesanas. Únicas dos formas de sustraerse a la anulación cultural que el modelo social de mujer establecía”. Vemos aquí el interés de Teano por la vida y la virtud femeninas, y quizás es por ello que la mayor parte de los textos que nos han llegado de mujeres de esa época sean de este tipo: textos que hablan de problemas morales o prácticos en relación a los preceptos femeninos (de cómo una madre educa a sus hijos y cómo deben las esposas comportarse virtuosamente hacia su marido), ya que al parecer son los que resultaban más interesantes a los religiosos que los conservaron.

La conclusión que de todo ello podemos extraer es que nuestra pitagórica asumió como tarea propia mantener vigente y actualizada la doctrina de Pitágoras y que buscó lo mismo que el maestro: mantener la relación disciplinar que se establece desde el centro de la ciencia matemática a todo conocimiento, tanto teórico como práctico. Y ninguna ciencia fue desdeñada por ella. Como apunta Alic: “Teano y sus hijas tenían fama de [ser] excelentes curanderas. Se decía que habían ganado un debate con el médico Eurifón sobre el antiquísimo problema del desarrollo fetal: las mujeres alegaban que el feto era viable antes del séptimo mes. Creían que el cuerpo humano era una copia microscópica del macrocosmos –el universo en su conjunto. Este concepto reaparece a menudo en la fisiología antigua y medieval, y lo volvemos a encontrar en forma más elaborada en los escritos de Hildegarda”. Así que bien podemos decir que Teano y las demás mujeres que con ella se formaron en la escuela de Pitágoras fueron acaso las primeras mujeres del mundo occidental que tuvieron acceso a una educación formal, educación que les permitió ser auténticas discípulas y maestras y, por lo mismo, reconocidas como miembros efectivos de la escuela. Quedaasí por el momento el nombre de Teano como figura emblemática –cosmóloga, matemática y filósofa– cuyo ejemplo muestra que la ciencia pitagórica también tiene un perfil femenino que, junto al de su fundador –como ciertamente él hubiera querido– puede y debe figurar en nuestras historias, ya que haya aportado o no teorías o doctrinas científicas, se halla ligado a la
escuela y a la ciencia pitagóricas, de tal manera que, según nos dice Ménage: “Algunas epístolas se conservan bajo su nombre, según Henri Etienne, en la edición de Laercio, con el título de Epístolas de Teano, que fue declarada hija de la sabiduría pitagórica”. Por ende, es posible concluir que el orden y la armonía del cosmos implica a su vez la de los sexos –Teano y Pitágoras–, en cuyas almas radica también el ritmo fundamental que en su armonía refleja la música de la inteligencia.

Para el lector interesado

Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. México: Siglo XXI. Diógenes Laercio (2004). Vida de los filósofos más ilustres.
México: Grupo Editorial Tomo, S. A.

Figueiras, L., Molero, M., Salvador, A. y Zuasti, N. (1998). Género y matemáticas. Madrid: Síntesis.

Ménage, G. (2009). Historia de las mujeres filósofas. Barcelona: Herder.

Méndez A., V.H. (1997). “¿Feminismo o misoginia entre los pitagóricos?”, en G. Hierro (comp.): Filosofía de la educación y género. México UNAM/Torres.

Perdomo R., I. (2004). Mujeres astrónomas y matemáticas de la antigüedad. San Cristóbal de La Laguna (Tenerife, España): Fundación Canaria Orotava de Historia de la Ciencia.

Strathern, P. (1999). Pitágoras y su teorema. Madrid: Siglo XXI.