EDITORIAL
Todo el mundo ha experimentado la fascinante revelación de cómo las circunstancias se entrelazan de modos tan sutiles
y azarosos que cambian una vida. Una serie de accidentes mínimos
desembocan de pronto en una formidable transformación del
destino de una persona. Es esto, tal vez, lo ocurrido con Charles
Darwin, el colosal personaje al que ahora dedicamos este número
de La Ciencia y el Hombre.
Nacido el 12 de febrero de 1809 en Shrewsbury, Inglaterra,
nada apuntaba a que en los veintidós años siguientes habría de
ser uno de los científicos más notables en la historia de la ciencia.
En el lapso que va hasta 1831 había mostrado un interés considerable
en ella, primero como estudiante de las universidades de
Edimburgo y Cambridge, y después como incipiente viajero al
norte de Gales para llevar a cabo ciertos estudios entomológicos
y, después, geológicos. Algo había ocurrido, no obstante, muy
ajeno a él, que cambiaría por completo su vida y, luego, la idea
que tenía el hombre sobre sí mismo.
Entre 1826 y 1830, dos buques expedicionarios, el Adventure y
el Beagle, navegaban por los mares con la encomienda de llevar a
cabo misiones científicas bajo el mando del comandante Phillip
Parker King. El comandante del Beagle, Pringle Stokes, sumido en
una depresión quizá generada por los largos meses de travesía, se
suicidó de un disparo, por lo que, para sustituirlo, fue nombrado
capitán Robert FitzRoy. Y fue precisamente FitzRoy quien invitó a
Charles Darwin para que lo acompañara en su trayecto alrededor
del mundo como investigador, pero también para que conversara
con él a la mesa, dado que el capitán de un navío, según las normas
navales, no podía convidar a nadie de la tripulación para ese
entretenimiento social, por lo que se aburrían soberanamente, lo
que quizá explica la depresión sufrida por el capitán Stokes.
El resultado de esa travesía de cinco años es harto conocida:
numerosos apuntes de viaje y la génesis de una de las obras capitales
de la humanidad: El origen de las especies, que Darwin publicaría
hasta el 24 de noviembre de 1859, veintitrés años después
de concluido el célebre viaje del Beagle.
Por ese motivo, gracias a la valiosa iniciativa del doctor Porfirio
Carrillo Castilla, Director General de Posgrado de nuestra Casa de
Estudios, hemos querido celebrar en este número esos dos hechos
coincidentes: los doscientos años del nacimiento de Charles Darwin,
y los ciento cincuenta años de la publicación de su magnífica obra.
De algunas de las implicaciones de la misma dan cuenta nuestros
invitados, todos ellos especialistas, quienes abordan distintas facetas
de la teoría de la evolución.
Así, Mario Miguel Ojeda y Miguel Equihua nos hablan de Malthus,
Darwin, las leyes estadísticas y la biometría; Gilberto Silva López y
Luis G. Abarca Arenas, de la distribución geográfica de las especies
animales; Lázaro Rafael Sánchez Velásquez y María del Rosario
Pineda López, de la distribución de la vegetación y el cambio
climático como un proceso de selección natural; el mismo Porfirio
Carrillo Castilla, de El origen de las especies como una descripción
de maravillas; Ernesto Rodríguez Luna y Aralisa Shedden González,
del concepto de especie y la explicación de la extinción de las
especies; Manuel Martínez Morales, de la influencia de Darwin en el
pensamiento científico contemporáneo; Genaro A. Coria Ávila y
Pedro Paredes Ramos, de la selección artificial; Jorge Benítez
Rodríguez, de la selección natural; Jorge Manzo Denes, Rolando
García Martínez, Miguel R. Pérez Pouchoulén y María Elena
Hernández Aguilar, de la selección sexual; Jorge Borja Castañeda, a
su vez, lleva a cabo una reflexión crítica de la aportación darwiniana;
Heriberto G. Contreras Garibay, de cómo fue recibida la teoría de
Darwin por la prensa de su tiempo y, por último, en las ya tradicionales
secciones de nuestra revista, María Angélica Salmerón, en
“Las mujeres en la ciencia”, nos habla de las claves femeninas de la
teoría de la evolución y Leticia Garibay Pardo, en la de “Curiosidades
científicas”, de la teoría darwiniana.
Con estos contenidos creemos haber satisfecho plenamente el
propósito planteado, que esperamos sea de interés e innegable utilidad
a nuestros lectores.