La selección sexual
Jorge Manzo Denes, Rolando García Martínez,
Miguel R. Pérez Pouchoulén
y María Elena Hernández Aguilar
Introducción
si no comemos, morimos. Si no bebemos agua, morimos.
Si no respiramos, morimos. Si no tenemos sexo
o no nos reproducimos, no pasa nada: seguimos vivos
y saludables. A pesar de ello, el sexo se constituyó en una gran
fuerza central en el proceso evolutivo.
Charles Darwin revolucionó al mundo con su concepto
de selección natural, pero identificó la potencia del sexo de
manera particular, al grado de que también propuso el término
de selección sexual. En este concepto, Darwin integró a todos
aquellos procesos de selección que no implican la vida o muerte
de los individuos, como ocurre en la selección natural, sino a la
producción o no de descendientes. Pero aún más, el aspecto
central de su propuesta es que los individuos se tienen que
seleccionar entre ellos para reproducirse. Las hembras y los
machos (o mujeres y hombres) hacen una selección de sus
parejas reproductoras. La selección natural promueve la evolución
a través de la aparición y preservación de características
útiles para una población que se adquieren y se transfieren de
generación en generación. Para que las mejores características
se transfieran a la siguiente generación, tienen que ser seleccionadas
por la pareja. La selección sexual permitirá que esto
suceda mediante mecanismos de conducta muy complejos.
Inversión parental
La vida diaria nos enfrenta con un requerimiento
vital e indispensable: la alimentación. Todos los
días necesitamos ingerir alimento que, en términos
del funcionamiento corporal, significa ingerir
energía. La vida es un balance entre la energía
que consumimos y la que gastamos, por lo que
una estrategia apropiada es economizar el gasto
energético. Aquí, el sexo nos pone en un dilema,
pues si bien es una actividad muy buscada, energéticamente
es muy cara; el hecho es que se
requiere invertir una cantidad significativa de
energía para tener sexo. Regresando al primer
párrafo de este escrito, vemos que el sexo no es
vital y que aparte es sumamente caro, pese a lo
cual es esencial en la organización social de las
poblaciones y en la evolución. Más aún, no sólo
es caro, sino que a veces es mortal. Por ejemplo,
en algunos insectos existe el canibalismo sexual y
la matrifagia; en efecto, el macho de la Mantisreligiosa y de algunas especies de arañas es
devorado por la hembra durante la cópula, y las
madres son devoradas por sus crías. ¿Cuál es
entonces el significado del sexo?
Observe las caras de las personas que
están a su alrededor. Todas tienen las mismas
estructuras: ojos, cejas, nariz, boca... Pero todas son distintas. El punto es que a pesar de tener
las mismas estructuras, todas se ven diferentes,
esto es, muestran diversos grados de variabilidad.
Y esa es una de las claves de la evolución:
incrementar la variabilidad entre los individuos de
una población. Esto le permitirá a un buen
número de los miembros de la población adaptarse
rápidamente a los cambios impredecibles
que puedan ocurrir en el ambiente y con ello evitar
su extinción. El ejemplo de las caras es una
muestra visible para todos los lectores, y los
genes son el elemento no muy visible pero central
para que ello ocurra. Para que podamos exhibir
variabilidad como individuos, debemos forzosamente
tener variabilidad en nuestros genes, que
es el sistema molecular que tiene guardado todo
el código necesario para construirnos. El sexo
mostró ser el mecanismo adecuado a lo largo de
la evolución para incrementar esa variabilidad
genética.
En este sentido, todo nuestro cuerpo ha sido diseñado
para que nuestros genes, mezclados con el de nuestra pareja
reproductora, se transfieran a un nuevo descendiente que tendrá
una mezcla de genes más exitosa y adaptativa, y con ello permanezca
por más tiempo en la naturaleza. Nada importa que los
padres machos o hembras sean devorados, pues sus genes
siguen vivos y ya están puestos en la siguiente generación. Por
supuesto que este tema ha invitado al debate, el cual aún sigue
abierto, pero eso está fuera del contexto de este escrito.
Previamente se dijo que el sexo no es una necesidad vital,
que es muy caro y que a veces es mortal, pero aquí le seguimos
sumando características: es antisocial, crea conflictos. Como individuos,
tenemos un paquete de genes que es exclusivamente nuestro,
pero cuya mitad proviene de nuestra madre y la otra mitad de
nuestro padre. Nuestra pareja reproductora no comparte ningún
gene con nosotros, y nuestros hijos se llevan sólo una mitad nuestra
y otra de nuestra pareja. Vivir con paquetes genéticos a medias
trae consigo dos consecuencias: la tendencia a crear un mayor
número de descendientes para transmitir una mayor cantidad de
genes, o la tendencia a crear un número limitado de descendientes.
pero seleccionando la mayor calidad de aptitudes para que lleven
una vida larga y prolífica. Con estas tendencias, los padres tienen
que empezar a invertir en sus descendientes. Esto dio pie a que se
postulara la teoría de la inversión parental, que se define como
cualquier inversión de los padres que incrementa las posibilidades
de sobrevivencia de sus descendientes hasta que estos puedan
reproducirse, generando un costo para aquellos en su habilidad
para crear más descendientes.
El sexo es el centro de todo este complejo debido a que
es el medio a través del cual se transmiten los gametos, que son
los portadores de los genes parentales a la descendencia. En los
mamíferos, la inversión energética de las hembras para crear
pocos óvulos es muy elevada, mientras que la de los machos
por crear millones de espermatozoides es muy baja. Así, los
óvulos son gametos caros, valiosos y limitados. Pero la inversión
de la hembra va más allá: si su óvulo es fertilizado por un espermatozoide,
ella se encarga totalmente de la gestación. Y cuando
nace el descendiente se encarga de su cuidado y alimentación.
La inversión parental de la hembra es, entonces, significativamente
más alta que la del macho. Eso crea un dimorfismo conductual:
mientras que la hembra cuidará su óvulo haciendo una
selección rigurosa de su pareja sexual, el macho intentará
aparearse con el mayor número posible de hembras. Estas diferencias
en la inversión parental dan origen al conflicto y a la
fuerza antisocial del sexo.
Selección epigámica
“Epigámico” se refiere a todas aquellas características que hacen
atractivo a un individuo. La selección epigámica es entonces la
selección que un sujeto hace de las características atractivas de
su posible pareja reproductora. Considerando que la inversión
parental es mucho mayor en las hembras que en los machos,
ellas son las que generalmente realizan una selección epigámica
rigurosa, y esta selección puede llevarse a cabo considerando
que siempre hay un número mayor de machos disponibles, dado
que su inversión parental es baja. El propósito de esta selección
es que la hembra sea fertilizada por un macho que le provea de
un paquete de genes que asegure la sobrevivencia de su cría. La hipótesis que prevalece es que un paquete de
buenos genes creará en el macho características
corporales atractivas para las hembras, desde
un canto muy elaborado o un plumaje vistoso,
hasta una mayor fuerza corporal y una tendencia
considerable al aprovisionamiento y cuidado de
las crías.
Pero las características corporales no son
las únicas. Se ha mostrado que a pesar de que
las hembras tengan padres o hermanos muy
vistosos, no los seleccionan, reduciendo así las
posibilidades de que aparezcan esos defectos
congénitos en sus descendientes que pueden ser
resultado de la reproducción entre familiares. Así,
la selección epigámica es visual, pero también
está condicionada por otras características que
no se discutirán en este capítulo.
La hembra lleva a cabo las acciones
necesarias para una selección epigámica adecuada.
Sin embargo, requiere de rasgos adicionales
para que efectivamente el macho
seleccionado se reproduzca con ella. Estos rasgos
se organizan en tres características: atractividad,
proceptividad y receptividad. La primera
es la característica propia de las hembra que
dispara a su vez la selección epigámica masculina;
esto es, la hembra hace una selección
epigámica del macho y luego ella misma debe
ser atractiva para él. La proceptividad son todas
las conductas que la hembra ejecuta para incitar
aún más al macho para que se acerque y se
aparee con ella. Finalmente, la receptividad es la
disposición de la hembra para permitirle al macho
la cópula. Todos estos rasgos están finamente
organizados, de manera que le permiten a
la hembra hacer una discriminación más exacta
de las diferentes parejas potenciales. Los
machos tratarán de aparearse con la hembra sin
tantas presiones de selección, mostrando sólo
sus atributos. Incluso los machos con atributos
poco vistosos (o genes poco deseados) mostrarán
estrategias conductuales para confundir a la hembra. Lo que haga la hembra tendrá
entonces una importancia central para la selección
cautelosa de su pareja reproductiva, que en
términos de selección sexual será aquella que
verdaderamente tenga los mejores genes para
sus descendientes.
Competencia intrasexual
“Intrasexual” significa “dentro del mismo sexo”.
Así, este concepto implica todas aquellas estrategias
de competencia entre los miembros del mismo
sexo por acceder a las posibles parejas
sexuales. En el caso de los mamíferos, las hembras
son un recurso limitado y valioso por su alta
inversión parental, por lo que los machos, con
una menor inversión parental y una tendencia
mayor a la cópula, competirán entre ellos para
acceder a este recurso. Intentarán por ende
aparearse con el mayor número posible de hembras
con el fin de asegurar una mayor transmisión
de sus genes a la siguiente generación; sin
embargo, todos los machos de una misma
población tendrán el mismo patrón de conducta,
lo que implica una alta competencia entre ellos.
Estos enfrentamientos entre los machos de una
población generan otras características, como la
dominancia social y las jerarquías en la organización
de la población.
Tales procesos de competencia se
pueden apreciar en todo el reino animal y las
batallas entre dos machos por acceder a una
hembra son un tema frecuente de documentales.
Estos encuentros tienen dos objetivos precisos:
atraer a las hembras que los observan atentamente,
así como intimidar a los otros machos de
la población. Luego, el macho dominante tenderá
a aparearse con el mayor número de hembras.
Pero la agresión entre ellos no es el único mecanismo, ya que existen otros, pero el propósito de todos ellos es
evitar que algunos machos fertilicen a las hembras y promover que
los más competitivos aseguren una mayor cantidad de genes
transmitidos.
Altruismo
Las hembras y los machos de las diferentes especies de animales
(así como las mujeres y hombres) se encuentran enfrascados en
estrategias que les permitan una selección sexual óptima. El fin de
todo ello es concebir descendientes capaces de sobrevivir hasta la
edad adulta y de reproducirse llegado el momento. La presencia
de una madre y un padre aseguran ese desarrollo, aunque con la
probabilidad siempre latente de que alguno de los padres pueda
desaparecer. En estos casos la sobrevivencia de un descendiente
se pone en riesgo, por lo que la evolución seleccionó otras características
para reducirlo. Una de ellas, fundamental, es desarrollar
poblaciones que viven juntas. Así, además de la población en general,
las especies viven en subgrupos conocidos como familias.
En estas dos organizaciones centrales evolucionó el altruismo, que
es la inversión que un sujeto hace para promover la sobrevivencia
de otro que puede estar o no emparentado genéticamente con él.
Se trata, pues, de las acciones que lleva a cabo un individuo para
el beneficio de los demás.
La familia se compone de varios miembros de la misma
especie que comparten su material genético. Dentro de esta organización
se encuentran diversas estrategias de conducta; además
del cuidado central dado por los padres a un descendiente, los
demás miembros manifiestan también la tendencia a gastar
energía para el cuidado de ese descendiente. Con ello, éste no
sólo tiene el beneficio directo de los padres sino también del resto
de la familia. Con el concepto de altruismo familiar, Darwin propuso
que la selección natural ocurre también en el nivel familiar,
por lo que todo el grupo familiar se compromete a mantener sus
genes a través de varias generaciones.
Pero el al truismo existe también entre sujetos no
emparentados. Un ejemplo reciente, difundido en los medios de
comunicación, es el de un perro atropellado en una autopista
de Chile, el cual fue salvado por otro perro que estuvo en riesgo de correr la misma suerte. Al parecer, ambos se salvaron. Ejemplos
como éste se encuentran abundantemente en la naturaleza. Pero
en adición a tal tipo de conductas, el altruismo aparece también en
el cuidado de la población. En tanto que algunos sujetos se alimentan
o descansan, otros permanecen vigilantes; en caso de que
se presente cualquier peligro, emiten señales de alerta para que la
amenaza sea lo menos devastadora posible. Dichas acciones
aumentan las probabilidades de sobrevivencia de los descendientes
y, por tanto, mantienen la especie y ciertos rasgos genéticos
entre una generación y la siguiente.
Infanticidio
El proceso de la selección sexual estableció
estrategias evolutivas en los mecanismos conductuales
para asegurar la transferencia de genes
aptos de una generación a la siguiente. Sin
embargo, desde una perspectiva antropocéntrica,
hay un hecho que se antoja poco deseable: el
asesinato de crías indefensas que aún dependen
de los cuidados paternos. Este hecho, conocido
como infanticidio, ha originado muchas discusiones
entre los científicos, muchos de los cuales
sostienen que es una actividad conductual aberrante
de las poblaciones por las alteraciones
impuestas por el ambiente, o bien que es una
estrategia más de los individuos para trasmitir sus
genes de una manera más exitosa. Esta segunda
postura tiende cada vez más a tener un mayor
sustento científico, si no en todas, sí en cierto
número de especies animales.
Uno de los ejemplos más conocidos es
el de los leones. Un león macho es el jefe de una
manada en la que viven varias hembras. Las
hembras se aparean con ese león y solo tienen
hijos de él. Pero eventualmente ese león es derrotado
por otro león más joven y fuerte, el cual
toma el mando de la manada. El nuevo líder
practica entonces el infanticidio: mata a todos
los infantes que no son sus descendientes.
¿Cuál es el significado de esta conducta? En
especies como los leones, las hembras generalmente
se vuelven a reproducir una vez que han
cuidado a su descendiente hasta que ha llegado
a la edad adulta, lo que implica que pasarán una
buena cantidad de tiempo sin reproducirse. Si el
propósito de la selección sexual es pasar genes
aptos de una generación a otra, y si los genes
aptos son los del león recién llegado, entonces
estos genes deberán transmitirse a la siguiente
generación. El infanticidio termina de inmediato
con esa pausa reproductiva de la madre, la que en poco tiempo podrá aparearse y reproducirse
con el nuevo líder. Así, este león aumenta en
corto tiempo las probabilidades de que sus
genes se transmitan a la siguiente generación,
sirviendo también el infanticidio para eliminar los
genes del león derrocado.
Hay dos suposiciones que tendrían que
cumplirse para que efectivamente el infanticidio
se considere una estrategia de selección sexual.
La primera es que el macho sacrifique exclusivamente
a los descendientes de otros machos y
no a los suyos propios. La segunda es que la
madre –que siempre intentará auxiliar a su cría
en riesgo de ser asesinada y que generalmente
fracasará dadas las ventajas corporales del
macho–, a pesar del suceso, acepte posteriormente
al nuevo macho para aparearse y reproducirse
con él. Los científicos han mostrado
cada vez más que ambos postulados se
cumplen cabalmente en varias especies.
El infanticidio es un fenómeno muy puntual.
No obstante, este tipo de competencia
–esto es, eliminar a los otros descendientes
para asegurar los propios– ocurre a diferentes
niveles. Uno de ellos es el de las hembras
dominantes en algunos grupos de primates,
cánidos o roedores. La presencia de una hembra
dominante en el grupo inhibe el sistema
reproductor del resto de las hembras, a tal
grado de que sólo ella se reproduce y todas las
demás se encargan del cuidado de sus
descendientes, lo que aumenta las posibilidades
de sobrevivencia de esos descendientes
al gozar de mayores cuidados y carecer de
competidores de su misma edad dentro del
grupo. Otro sistema es el de terminar con el
embarazo de otras hembras; por ejemplo, en
algunas especies la presencia de una hembra
dominante produce abortos en otras hembras
embarazadas. Asimismo, en el caso de los
ratones ocurre el llamado “efecto Bruce”, que
consiste en que la presencia de un macho induce el aborto en las hembras que se aparearon con otros
machos, lo que le permite al macho inductor del efecto
aparearse y embarazar a las hembras. Estos ejemplos son una
parte del gran repertorio de estrategias que evolucionaron en
las diferentes especies para asegurar la transferencia de los
genes por medio del proceso de la selección sexual.
La ovulación escondida
La selección sexual tiene su cereza del pastel en el ser
humano. Con excepción de la mujer, una característica generalizada
entre todas las especies de mamíferos es que la hembra
emi te señales de que está ovulando y que tiene la
capacidad para ser fertilizada. Los machos tienen adaptaciones
sensoriales especializadas que les permiten captar
estas señales y determinar el momento adecuado para iniciar
el cortejo. La conducta sexual de las especies ocurre entonces
sólo en los momentos en que se asegura el embarazo de
la hembra. Fuera de estos periodos las parejas se abstienen
de tener contacto sexual.
En el ser humano tal situación evolucionó de una manera
muy diferente. Los hombres carecen de las adaptaciones sensoriales
necesarias para detectar el momento de la ovulación de la
mujer, y adicionalmente la mujer y el hombre pueden tener contactos
sexuales en cualquier momento sin importar si ella puede
o no quedar embarazada; más aún, pueden tener contacto sexual
estando la mujer embarazada. Todavía más: ni siquiera la
propia mujer posee mecanismos especializados que le permitan
detectar su propia ovulación. A este proceso se le conoce como
ovulación escondida. Se presenta en el humano y evolucionó
para soportar todas las habilidades adquiridas al tener un cerebro
altamente desarrollado.
La evolución del cerebro en general –y particularmente
el del ser humano– lo llevó a organizarlo de tal manera que está
catalogado como la estructura más compleja del universo; no
obstante, esa complejidad trajo consigo una característica primordial:
la maduración del cerebro hasta el estado adulto es
muy lenta. Los seres humanos somos una especie atricial, esto
es, dependemos totalmente de los cuidados parentales después de nuestro nacimiento. Los recién nacidos y los niños
de edades avanzadas dependen del cuidado extremado de los
padres para no morir. Y la apropiada maduración del cerebro
para que el sujeto llegue a su estado adulto y cuente con las
capacidades para integrarse adecuadamente en el ambiente
social y, por supuesto, reproducirse, depende por entero de los
cuidados, enseñanza y educación facilitados por los padres.
Esto demanda una constante inversión parental. No solamente
los padres deben invertir mucho en el cuidado de los hijos
pequeños, pues el desarrollo del cerebro demanda también un
alto consumo de energía, por lo que adicionalmente deben
proveer las fuentes de alimento adecuadas. Entonces, ser altricial
implica una alta demanda energética y de cuidados paterpaternos.
Ya mencionamos que la selección sexual
depende de la inversión parental, que no es
equitativa. El sexo femenino siempre invierte
más. Pero la evolución de la mujer ocultó la
ovulación como estrategia para asegurar la
sobrevivencia de los hijos al aumentar la inversión
paternal, y con ello asegurar la sobrevivencia
de los genes transmitidos por ambos
padres.
La mujer ocultó la ovulación y al mismo
tiempo desarrolló características corporales
atractivas para los hombres. Estos dos hechos
promovieron relaciones de larga duración ya que, pese la baja inversión parental de los hombres, estos
tendieron a desarrollar vínculos afectivos para asegurar cópulas
frecuentes y embarazos con la misma mujer, con la certidumbre
de que son sus genes los que se transmiten aun cuando haya
otros hombres en la comunidad. Tal esquema permitió también
el desarrollo de sociedades que trabajan en conjunto para
proveer alimento a sus descendientes, así como también el de
vínculos afectivos entre parejas, independientemente de su
dominancia social. Los vínculos afectivos llevaron a nuevos
contextos conductuales entre la pareja, como la obligación
mutua para la vida social entre ambos y sus descendientes, el
acceso sexual permanente, la vinculación en todas las etapas
reproductoras de la mujer (ciclos, embarazo y lactancia) y el
cuidado de los hijos. Por otro lado, el establecimiento de estas
relaciones afectivas hizo posible, a su vez, el desarrollo de otras
potencialidades del cerebro humano, como el intelecto.
A pesar de ello, las diferentes sociedades humanas
exhiben patrones de vinculación de pareja distintos. No sabemos
cuál es la explicación. Lo más seguro es que seguimos sometidos
a las presiones de la selección natural y de la sexual. Esperaríamos
que alguno de los esquemas de reproducción
contemporáneo sea el más exitoso en el futuro.
Para el lector interesado
Darwin, Ch. (1971). El origen del hombre y la selección en relación al sexo. México: Diana.
Dawkins, R. (1989). El gen egoísta. Barcelona: Salvat Editores.
Wilson, E.O. (1980). Sociobiología: La nueva síntesis. Barcelona: Omega.