Hongos micorrizógenos
y plantas: ¿una relación
simbiótica ancestral?
Ramón Zulueta Rodríguez,
Liliana Lara Capistrán y Dora Trejo Aguilar
aunque el vocablo simbiosis fue acuñado por Anton de
Bary en 1873 al advertir que un líquen era un extraño
ser integrado por la unión de uno o más hongos con
una o más algas verdes o azul-verdes, en realidad es muy difícil
ignorar la simbiogénesis de Charles Darwin, ya que a pesar de las
limitaciones científico-tecnológicas de su época y de la omisión de
términos como “cooperación”, “asociación”, “colaboración”, “interacción”
y otras similares, en su obra de 1859 El origen de las
especies, fue capaz de teorizar coherentemente el cambio biológico
a través del tiempo, y hoy día es innegable reconocer que la
estrecha conexión entre distintos organismos constituye un factor
de primordial trascendencia en su evolución sobre la faz de la tierra.
En cuanto a los eventos de perfeccionamiento fisiológico y
supervivencia en plantas y hongos micorrizógenos se refiere,
parece ser que, no obstante que la formación de nuevas especies
de microorganismos se detuvo en algún momento del periodo
Cretácico, los ajustes adaptativos ocurridos desde hace varios millones
de años se consumaron y fueron imprescindibles para el
preámbulo de una larga historia coevolutiva iniciada desde el
momento en que su relación mutualista favoreció la conquista paulatina
de paisajes, en aquel entonces inhabitados, hasta la conformación
de todos los ecosistemas del mundo.
Si bien durante mucho tiempo se creyó que los hongos
provenían de alguna especie de alga cuya capacidad de generar su
“alimento” a partir de la luz (fotosíntesis) se había perdido, los análisis
moleculares indican la presencia de algas verdes y de las principales
cepas de hongos desde hace unos mil millones de años.
Aun así, para contextualizar la importancia
de los hongos micorrizógenos arbusculares
(HMA) bajo un enfoque eco-evo –que es un punto
de vista utilizado para explicar las huellas de la
evolución celular de tales hongos en la adaptación
de las especies–, los especialistas consideran
a estos seres microscópicos como las
primeras entidades pluricelulares vivas de la naturaleza,
lo cual se considera un rasgo fundamental
que posibilitó la diferenciación de tejidos y
órganos en plantas y animales. Además, se
tienen registros que señalan a los hongos como
los pr imeros organismos eucar ióticos que
salieron de los mares, hicieron una estadía crucial
en tierra firme, y facilitaron el establecimiento
posterior de la vegetación. Por consiguiente, la
simbiosis micorrizógena pudo ser un requisito
indispensable para asegurar su multiplicación
exitosa.
De este modo, y quizá desde entonces,
comenzó su influjo sobre la atmósfera primitiva e
inició la evolución de las especies. Sin embargo,
es pertinente aclarar que estudios recientes
demostraron que hay una mayor afinidad y parecido
entre los hongos y los animales, que entre
aquellos y las plantas, a tal grado que sus
mecanismos de especiación y líneas de especialización
debieron ser muy diferentes en el tiempo
y en el espacio. En consecuencia, una teoría
bastante aceptada es aquella que afirma que los
hongos se desarrollaron a partir de células flageladas
o protozoarios.
Hasta hace poco se infería la aparición de
hongos simbióticos desde la Era Proterozoica o
comienzos de la Era Paleozoica (periodo Devónico,
donde el aumento de la vegetación en la corteza
terrestre fue explosivo), mas lo cierto es que su
“rastro biológico” se entrevió tras el descubrimiento
de fósiles microscópicos en sedimentos de
la Antártida que se remontan al Triásico y sugieren su proliferación desde hace unos 215 millones de
años, en el Mesozoico temprano.
Posteriormente, se hizo un análisis filogenético
para identificar la procedencia de los
caracteres recibidos de sus antecesores más
remotos, detectándose que las primeras relaciones
simbióticas se llevaron a cabo entre un
hongo extraño (Geosiphon pyriformis), aún presente
en parches fangosos de algunos campos
alemanes, y unas cianobacterias (Nostoc puncti -
forme), que todavía se hallan en arroyos y ríos de
España.
Así que con el único afán de precisar la
evolución y variación morfológica de los HMA en la
Tierra, se recurrió al análisis de marcadores moleculares,
mismo que dató su origen entre 462 y
353 millones de años, y la aparición y separación
de algunas de sus familias en el Paleozoico tardío
hace 250 millones de años.
En años recientes, diversas exploraciones
paleomicológicas han permitido deducir que
durante la Era Paleozoica hubo al
menos dos acontecimientos cuya paulatina
trascendencia en el mundo de los hongos micorrizógenos
resulta incuestionable.
El primer suceso fue que en el Ordovícico las plantas iniciaron
la invasión de las tierras emergidas, pero fue hasta el Silúrico
(438-408 millones de años) cuando se les encuentra asociadas a
los oomicetos, invertebrados marinos y, lo más notable, hifas fúngicas
de presuntos ascomicetos asociados a microartrópodos en
entornos terrestres.
El segundo suceso fue el hallazgo de que el primer género
con potencialidad simbiótica fue Glomus, al poner en práctica sus
habilidades colonizadoras con plantas como Aglaophyton major
(Figura 2a) y Asteroxylon mackiei (Figura 2b), en las cuales se
encontraron rastros de estructuras casi idénticas a sus actuales
esporas y vesículas.
Y fue precisamente mientras comenzaba la diversificación
de la vegetación cuando aparecen en escena los arbúsculos
(Figura 3a y 3b), que son ramificaciones dicotómicas de las hifas
invasoras formadas dentro de las células colonizadas de una raíz,
por lo que hasta el momento se asume que el papel fundamental
de esta interfase es el de facilitar el intercambio bidireccional de
nutrimentos entre plantas y hongos. Luego entonces, se presume
que la asociación simbiótica fue una estrategia innovadora para
asegurar el éxito invasivo de las plantas primitivas en la superficie
terrestre y, al mismo tiempo, la oportunidad de los HMA para
propagarse sobre tierra firme, tal y como lo demuestran los registros
fósiles de hace aproximadamente 370 millones de años
hallados en Rhynie, Aberdeen (Escocia).
No obstante, la microscopía electrónica de barrido y de
transmisión se ha convertido en una herramienta de precisión utilizada
por los paleomicólogos para conseguir en los paleoecosistemas
mejores evidencias de esporas que aseguran una historia
larga y estable de los HMA durante los últimos 400 millones de
años.
Desde entonces, la formación de micorrizas ha continuado
y ha alcanzado un estatus que en la mayoría de los casos representa
el estado natural del crecimiento de entre 225 mil y 240 mil
especies de plantas, en las que la presencia y asociación con
estos microorganismos aún sigue siendo vital en suelos donde las
raíces no tienen la capacidad requerida para absorber los nutrimentos
disponibles.
Por tal motivo, el progreso de la colonización micorrizógena
obedece a un continuum en el cual las estrategias de supervivencia,
perfeccionadas junto a su hospedero en
turno, incluyen la interacción actual y pasada con
organismos benéficos que facilitan la reciprocidad
biológica, o bien con organismos dañinos que la
restringen. Al respecto, en la literatura especializada
se asevera la primacía de una señalización
física, química o enzimática originada en las raíces
de las plantas, que coopera con los primeros para
hacer viable su colonización (tal y como sucede
con los HMA), o rechaza a los segundos al
encabezar su defensa inmediata contra cualquier
agente causal de una enfermedad.
Así, y a pesar de haberse comprobado
que más bien las plantas son las que desde un
ámbito celular determinan la presencia o ausencia o la continuidad o nulidad funcional de organismos
benéficos (mutualistas) o antagonistas (dañinos),
ambas entidades aseguran combinaciones
repetibles de especies en una comunidad sucesionalmente
dirigida hacia el equilibrio ecológico
de los ecosistemas.
Los restos microfósiles hasta ahora
encontrados demuestran que a pesar de las
cinco extinciones masivas ocurridas en nuestro
planeta desde la Era Arqueozoica (hace 4 mil-6
mil millones de años), los hongos micorrizógenos
no han sufrido cambios estructurales ni morfológicos
sustanciales, de tal manera que algunos
especialistas opinan que los reportados hasta
ahora son prácticamente los mismos que había
hace varios millones de años y que acompañaron
a los dinosaurios del Jurásico.
Tras haberse comprobado la estrecha
reciprocidad existente entre los HMA y sus distintos
socios vegetales, se hace necesario intensificar
las investigaciones encaminadas a identificar
las poblaciones de hongos distribuidas en todo el planeta que son capaces de promover una simbiosis, pues su
desempeño no solamente ha de apreciarse en términos de lo manifiesto
en acontecimientos pasados, sino que valdría la pena considerar
su influencia en un escenario donde el cambio climático
global amenaza la evolución de los ecosistemas terrestres.
Si Darwin hubiera reparado en los muchos ejemplos de
simbiosis que jalonan la escala evolutiva, sin duda habría
reconocido la importancia del enfoque eco-evo para interpretar
la evolución.
Para el lector interesado
Anaya L., A.L. (2003). Ecología química. México: Plaza y Valdés Editores.
Trejo A., D., Zulueta R., R. y Lara C., L. (2007). Microbios que determinan
la biodiversidad en bosques y selvas. La Ciencia y el Hombre,
20(2): 21-22.
Xoconostle C., B., y Ruiz M., R. (2002). Impacto de la biotecnología agrícola
en cultivos: El caso de las micorrizas. Avance y Perspectiva,
21: 263-266.