Revista La Ciencia y el Hombre
Septiembre•Diciembre
de 2009
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXII
Número 3
Editorial
El origen de las especies o la descripción de las maravillas
El concepto de especie y la explicación de la extinción
La selección natural
La selección sexual
La selección artificial
Distribución geográfica de las especies animales
Distribución de la vegetación y cambio climático como proceso de selección natural
La influencia de Darwin en el pensamiento científico contemporáneo
Malthus, Darwin, las leyes estadísticas y la biometría
A propósito de Darwin
Hongos micorrizógenos y plantas: ¿una relación simbiótica ancestral?
La otra evolución de Darwin: su teoría y la prensa
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
Charles Darwin y las claves femeninas de la teoría de la evolución
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
El comportamiento animal... de Darwin
Nuestros colaboradores en este número
CARTAS AL DIRECTOR
 

Distribución geográfica de las especies animales

Gilberto Silva-López y Luis G. Abarca Arenas

¿Dónde están los animales?

“Aquí no hay ningún animal”, solemos decir cuando paseamos por el campo y no “vemos” nada espectacular que corresponda a nuestra imagen de “animal”. Pero si observamos con cuidado, si ponemos atención a nuestros sentidos, no tardaremos en percatarnos que hay muchas especies animales y rastros de ellas a nuestro al rededor. Podemos observar gusanos y escarabajos en el suelo, hormigas en los tallos de plantas y árboles, madrigueras de ratones cerca de las rocas, lagartijas en la hojarasca, insectos en los árboles y, tarde o temprano, escucharemos el canto de un ave. La vida animal no solo está presente en un espacio plano o bidimensional, sino en un entorno tridimensional que incluye especies bajo el suelo, sobre éste y en los troncos y copas de los árboles. Tal vez en lugar de hacer la pregunta “¿Dónde están?” cabría preguntarse: “¿Hay lugares del planeta donde no haya vida?”.

A menudo se piensa en las grandes profundidades marinas. La luz solar no penetra más allá de unos cientos de metros y después la oscuridad es completa. Entre mil metros y el fondo, la fría temperatura tiende a ser constante, de unos 2°C. También hay una gran presión que aumenta a razón de una atmósfera cada diez metros, tan poderosa que es capaz de aplastar a un moderno submarino a los trescientos metros. En estos sitios, la falta de luz impide la fotosíntesis y, por tanto, el desarrollo vegetal, de modo que los nutrimentos vienen “de arriba”. Obviamente, la materia orgánica es más escasa cuanto mayor es la profundidad, y, pese a ello, hay vida “allá abajo”. En las profundidades abisales, por debajo de los 3 mil o 4 mil metros, se sabe que viven entre 300 y 400 especies de peces. Las corrientes marinas a esa profundidad son relativamente lentas y, por ello, el cuerpo de los peces que viven ahí no tiene una forma hidrodinámica sino exuberante y hasta monstruosa, con mandíbulas desproporcionadas. Como es de esperarse, las presas son muy raras por esos lugares y la boca de los depredadores es gigantesca y poseen ojos enormes. La mayoría de los peces son pequeños, de menos de diez centímetros. Pero hay vida animal en esas profundidades.
Hay quienes opinan que el calor excesivo es también una limitante para la vida, lo mismo que la falta de oxígeno. Sin embargo, existen sitios del planeta en donde ni uno ni otro factor constituyen un obstáculo para la vida animal. En las hendiduras del fondo marino conocidas como dorsales, hay sitios en los que continuamente se expulsa magma volcánico a elevadísimas temperaturas, que luego se enfría y forma nueva corteza terrestre. En dichos sitios hay fuentes de solaaguas termales en los que la temperatura puede llegar hasta los 360 grados centígrados y que tienen altas concentraciones de sulfuro de hidrógeno. Aun en esos sitios la vida está presente y no es escasa. Muchas bacterias y el gusano Riftia, que las alberga simbióticamente en las branquias, son “vecinos” de esos lugares y sirven de presa a otros animales que viven en la vecindad de las fuentes hidrotermales.
Hablando de bacterias, hace apenas un año se reportó la presencia de bacterias “formadoras de lluvia” en las elevadas y frías capas de la atmósfera. Investigadores de los estados de Louisiana y Montana (Estados Unidos) y de Francia encontraron evidencia de que las bacterias, seguramente llevadas por el viento, llegan a la atmósfera, donde son envueltas por cristales de hielo que, al ser rodeados por agua, se hacen más grandes. Al tener un núcleo biológico estos cristales, que también se pueden formar a partir de núcleos de polvo, son mucho más activos y originan la precipitación. La Organización de Investigaciones Espaciales de la India (ISRO, por sus siglas en inglés) también ha hallado bacterias en la atmósfera, a más de 40 kilómetros sobre el suelo. Sus estudios, reportados en marzo de este mismo año, sugieren que las tres especies de bacter ias encont radas, hasta entonces desconocidas, podrían ser formas mutantes de bacterias terrestres que se han adaptado para sobrevivir en ese ambiente tan frío y hostil.
Y hablando de vertebrados, ¿qué decir de los fríos eternos de los polos y de muchas de las más elevadas montañas? También es posible encontrar vida animal en esos sitios tan inhóspitos. Si no, pregúntenle a los osos polares norteños y a los pingüinos sureños, o a los leopardos de las nieves y a sus presas. La vida animal se distribuye ampliamente por todo el globo, y tal distribución es el resultado de una larga, muy larga historia evolutiva.

El “negocio” de la biogeografía

Explicar cosas como estas es el “negocio” de la biogeografía, hoy una disciplina coherente por su propio derecho, cuya síntesis y unificación se logró hasta épocas recientes. Si hubiésemos podido preguntar a personajes como Humboldt, Wallace o Hening qué es lo que eran, probablemente ninguno hubiera contestado “Soy un biogeógrafo”. Los científicos del siglo XIX se habrían considerado a sí mismos como naturalistas y los del XX se hubieran identificado con una o más de las reconocidas disciplinas de su tiempo, entre ellas la sistemática, la ecología o la paleontología. Esta “especialización divergente” significa que los biogeógrafos fueron entrenados en diferentes departamentos, asistieron a reuniones académicas distintas y publicaron en diferentes revistas. Tal vez por ello el avance de la biogeografía ocurrió con frecuencia y fue avanzando en esas disciplinas sin que tuvieran conocimiento unas de las otras. Tales compartamentalización y aislamiento se intensificaron también como resultado de la especialización taxonómica. De hecho, quienes compartieron el interés por la distribución de la vida animal también trabajaron aislados debido a que algunos estudiaban vertebrados terrestres, otros invertebrados marinos y otros más solo insectos, cada uno con audiencias igualmente especializadas. Fue por ello que a pesar de su distinguida historia, la biogeografía no empezó a conformarse como disciplina sino hasta apenas tres o cuatro decenios.
Pero, ¿qué es la biogeografía? La biogeografía es el estudio de los hechos y patrones de la distribución de las especies, no solamente en el espacio sino también en el tiempo. Gracias a esta ciencia, podemos hoy hablar de los sitios donde habitaron los dinosaurios, de por qué las tortugas marinas, las aves, las ballenas y otras especies realizan viajes migratorios tan largos, y de por qué desaparecieron los hipopótamos de algunas islas del mundo que habitaban. Ese es el “negocio” de la biogeografía.

La zoogeografía es la parte de la biogeografía que estudia las características faunísticas de paisajes y regiones, la evolución y la dinámica actual de las áreas de distribución de los animales y sus relaciones mutuas y con la especie humana. En otras palabras, la descripción y el análisis, en términos causales, de la distribución espacio-temporal de la vida animal. La biogeografía en general, y la zoogeografía en particular, apoyadas por ciencias muy diversas, como la ecología, la paleontología, la geología y otras, no solamente preguntan qué especies hay y dónde están; también preguntan por qué y, tal vez lo más importante, por qué no.

Las áreas de distribución

El concepto de área de distribución es el más importante en esta ciencia. Se refiere al área habitada por una especie o la superficie que encierra el conjunto de localidades donde las poblaciones de una especie han sido observadas y registradas. Puede caracterizarse en términos de su tamaño, su ubicación geográfica y su continuidad. En una determinada área geográfica, estas localidades se expresan como puntos en un mapa. Una vez establecidos todos los puntos, es posible delinear un polígono con aquellos que se encuentran en los límites “exteriores” del conjunto de localidades, delimitando así su área de distribución. No obstante, un mapa con la distribución de una especie únicamente nos brinda una imagen fija de la misma en el tiempo.

Delimitar el área de distribución de una especie animal puede ser una empresa fascinante. Pero hay que tener en cuenta que las especies no permanecen “fijas” en una sola área de distribución en virtud de su reproducción. El tamaño de una población puede aumentar o disminuir de una generación a otra. Si la población de una especie aumenta, se expandirá colonizando nuevos lugares; en caso contrario, se contraerá en el espacio. En consecuencia, su área de distribución se puede expandir y contraer.
Definir el área de distribución parece ser un dolor de cabeza cuando se piensa en las especies migratorias. ¿Cuál es el área de distribución de una golondrina que vive la mayor parte del año en una zona del norte, pero que viaja miles de kilómetros para hibernar en una zona del sur del continente? Para algunos biogeógrafos, un área de distribución es “aquella fracción del espacio geográfico donde una especie está presente e interactúa en forma no efímera con el ecosistema”. Esta definición permite sin duda aclarar cuestiones como la anterior. ¿Son las áreas de hibernación y de anidación –a menudo separadas por miles de kilómetros– parte de las áreas de distribución de las especies? Es evidente que dichos animales no son indiferentes para las comunidades y ecosistemas locales en los territorios de hibernación; sin embargo, muchos autores consideran que su papel biológico más completo solo tiene lugar en las áreas de reproducción. Además, durante el crudo invierno del hemisferio norte, la ausencia de las golondrinas no difiere sustancialmente de la “ausencia” de los osos y otros animales, que si bien no se han desplazado en un sentido geográfico, también evaden hibernando la álgida temporada, “autoexcluyéndose” así por algún tiempo del ecosistema.

Áreas de distribución y endemismos

El área de distribución puede ser muy grande. Por ejemplo, el puma, también llamado “león de montaña”, se distribuye en todo el continente americano, desde el Yukón en Canadá hasta el sur de los Andes. La orca, por su parte, se considera un mamífero marino cosmopolita ya que se le puede encontrar en las aguas, frías o cálidas, de todo el mundo. Contrario a lo anterior, algunos animales son endémicos porque su presencia es exclusiva de un territorio geográfico. El endemismo puede considerarse dentro de un abanico muy amplio de escalas geográficas; así, un organismo puede ser endémico de una cima montañosa o un lago, de una cordillera o un sistema fluvial, de una isla, de un país o incluso de un continente. Normalmente, el concepto se aplica a especies, pero también puede usarse para las subespecies, variedades, géneros y familias. Los canguros, por ejemplo, son endémicos de Australia, mientras que las iguanas marinas lo son de las islas Galápagos. Ejemplos de endemismo en México son la vaquita marina, que únicamente habita en el Mar de Cortés; el conejo de los volcanes o teporingo, que solo lo hace en la zona de zacatón, en la parte central del Eje Neovolcánico Transversal, y el pájaro cenzontle o cuitlacoche de Cozumel, que solamente se halla en la isla del mismo nombre.

La distribución sistemática de los animales

Es difícil ver rinocerontes y jirafas en las zonas montañosas, como también lo es imaginar cabras monteses o alces en las selvas de la zona ecuatorial. Intuitivamente, sabemos que un animal no se encuentra “en todas partes”. Poner orden en los conocimientos sobre la distribución de los animales fue una tarea necesaria para los estudiosos desde los albores de la biogeografía. El propio Alfred Russell Wallace se dio cuenta de ello mientras colectaba aves y otros animales en las islas del Archipiélago Malayo (hoy Indonesia) en 1856. El 13 de junio de ese año, tomó el vapor Rose of Japan y viajó a la isla de Bali, donde pasó dos días colectando. De ahí viajó a Lombock, a una distancia de solo 25 millas náuticas (una milla náutica equivale a 1,852 metros, o un minuto geográfico). Para su enorme sorpresa, no encontró ni una sola de las aves características de la isla de Bali, sino especies totalmente diferentes, también desconocidas en otras grandes islas de la zona, como Java, Borneo y Sumatra. La “línea misteriosa” que separaba estas (y otras) islas le ayudó a diferenciar dos faunas distintas de aves en el archipiélago. Esto dio inicio a uno de los aspectos claves de la biogeografía sistemática, basado en el reconocimiento de regularidades y similitudes en la distribución de la vida animal. Con ello, se tuvo un argumento clave para clasificar a la Tierra no a partir de sus rasgos geográficos sino de sus características biológicas.
Gracias a su trabajo y al de otros distinguidos naturalistas, como Edward Forbes con moluscos y radiados, Hermann von Ihering con fauna dulceacuícola, Clinton H. Merriam con mamíferos, y especialmente Phillip Lutley Sclater con aves, se pudo iniciar y luego desarrollar el estudio sistemático de la distribución de los animales. Las diferencias no tan solo se observaron y comprendieron entre ambientes terrestres y acuáticos o entre montañas y planicies, sino también entre mares, océanos y zonas de distintas profundidades en ellos. Poco a poco, se fueron delimitando las grandes regiones biogeográficas de la vida animal.
Desde la perspectiva de la biogeografía sistemática, la distribución de los animales en el mundo está dividida en las siguientes regiones: Neártica (al norte) y Neotropical (al sur) en el continente americano; Paleártica, que incluye la mayor parte de Asia, Europa y el norte de África; Afrotropical, antes llamada Etiópica, en la que se ubica el continente africano al sur del Sahara y Madagascar; Oriental, en la que se encuentran la India, el sudeste asiático y buena parte de Indonesia; Australasiática, con la porción más al sur de Indonesia, Australia, Nueva Zelanda e islas vecinas, y Antártida, en la que se halla la Antártica y muchas pequeñas islas cercanas. Cada región se diferencia de las demás por presentar una fauna típica o endémica. Algunas de las especies animales más representativas de estas regiones se muestran en la siguiente tabla:

REGIÓN ANIMALES REPRESENTATIVOS
Neártica Bisonte, alce, borrego cimarrón, oso, lobo, zorro y
coyote.
Neotropical Monos platirrinos, pecarí, capibara, oso hormiguero,
perezoso, vampiro, armadillo, manatí,
iguana y ñandú.
Paleártica Panda, ciervo rojo, oso café, ciervo elk, mustélidos,
alca y urogallo.
Afrotropical Elefante, león, jirafa, rinoceronte, hipopótamo,
gorila, chimpancé y ñu.
Oriental Elefante asiático, rinoceronte de placas, toro gaur,
antílope nilgau, macaco, orangután, tigre y gavial.
Australasiática Canguro, koala, demonio de Tasmania, panda
arborícola, ornitorrinco, kiwi, cacatúa, ave del
paraíso, emú y casuario.
Antártica Foca, pájaro bobo, ballena, pingüino, petrel, krill y
albatros.

Muchos autores coinciden en afirmar que tanto las regiones Neártica como Paleártica (incluido el Polo Norte) en realidad son subregiones de una enorme región llamada Holártica. Por supuesto, la “división” entre cada una de las regiones está determinada principalmente por sus componentes biológicos, y entre cada una existen zonas de transición que contienen elementos faunísticos que pueden pertenecer a dos regiones vecinas, así como elementos propios y muy característicos. Esta gran división es fundamental en los estudios sobre distribución animal en la biogeografía sistemática.

La distribución histórica de los animales

Saber lo que ha ocurrido con la distribución de una especie o grupo de especies a lo largo del tiempo es otra tarea importante de la biogeografía, en particular de la que se denomina biogeografía histórica. Pensemos en el puma, el jaguar o cualquier ot ro felino que hoy habite en Sudamérica y sea característico de sus regiones selváticas, como el Amazonas. Sus ancestros son originarios de América del Norte y solo pudieron llegar a Sudamérica y establecerse cuando el “puente” que faltaba entre estas dos masas continentales terminó por cerrarse en lo que hoy es Panamá. Su historia evolutiva y distribución histórica –en buena medida producto del estudio de los fósiles– nos permiten disponer de una mejor imagen biogeográfica de estos poderosos e importantes animales en el tiempo. Algo similar ocurrió con los camélidos, grupo del cual descienden las vicuñas, guanacos y llamas, hoy tan característicos y cultural y económicamente importantes en Sudamérica. Dichos animales tuvieron su origen en Norteamérica y luego se desplazaron hacia Sudamérica al surgir el puente continental.

Los “puentes” entre enormes masas terrestres se formaron en diferentes partes del mundo debido a la deriva continental. Muchos animales se desplazaron a lo largo de la historia por puentes similares entre América y Asia (nuestra especie humana es el mejor ejemplo de ello), entre América y Europa (recordemos al oso café) y entre la Antártida y otras masas continentales. De hecho, la Antártida sirvió en el pasado como corredor para biotas de climas más cálidos y llegó a conectar América del Sur con Australia. Un testimonio de ello es el gran depósito de fósiles, que incluye los restos prácticamente completos de un plesiosauro, encontrado recientemente en la proximidad de la base científicomilitar argentina de Vicecomodoro Marambio, en la Antártida. En virtud del estudio de evidencias fósiles, hoy podemos hacer una interpretación correcta de la manera en que los animales extintos y existentes se han ido distribuyendo y ocupando nuevas áreas, manteniéndose en zonas muy específicas y desapareciendo de otras. Los casos de los dinosaurios que vivieron en Norteamérica durante buena parte de la era Mesozoica, hace unos 74 millones de años, así como en Neuquén, Argentina, en el Cretácico, hace unos 100 millones de años, son también ejemplos de la distribución histórica de los animales. En esa época, ya separada de la enorme Pangea y con el Océano Atlántico en incipiente formación, Norteamérica estaba dividida por un enorme corredor marino interior, donde habitaban “bichos” como el Elasmosaurus, el Tylosaurus y la enorme tortuga marina primitiva Archelon, todos ellos de entre siete y diez metros de longitud. Esta división fue tan prolongada que hoy es posible reconstruir la presencia de dos diferentes faunas de dinosaurios que durante mucho tiempo evolucionaron de manera independiente. Por su parte, enormes bestias como el Gigantosaurus y el Dakosaurus dan testimonio de la diversa fauna de dinosaurios que habitaron en Neuquén, uno de los lugares donde más fósiles se han encontrado en el mundo, no solo de dinosaurios sino de muchos otros grupos animales. Esto lo atestiguó Charles Darwin, quien escribió: “Se hace imposible reflexionar acerca de los cambios que se han originado en el continente americano sin experimentar el más profundo asombro. Ese continente, en la antigüedad, debió rebosar de monstruos enormes; hoy en día ya no encontramos más que pigmeos, si comparamos los animales que en él viven con sus razas similares extintas”. Justamente de explicar hallazgos como estos se ocupa la biogeografía histórica.

¿Por qué no?: barreras a la dispersión y distribución de los animales

Algunos animales son muy tolerantes a las condiciones del medio, tales como disponibilidad estacional de luz diurna, temperatura, salinidad, humedad y otras. Incluso algunas especies necesitan cambios drásticos en estas condiciones en algún momento de sus ciclos de vida. Un ejemplo conocido es el del salmón, que nace en un río, nada al mar y pasa ahí buena parte de su vida, para regresar después al río, una vez que ha alcanzado la madurez sexual y comienza su etapa reproductiva. Muchos peces también exhiben adaptaciones extremas en este sentido, como se puede observar en la desembocadura de un río, en alguna de las muchas zonas lagunares tropicales costeras del mundo. En ellas es posible ver peces propios de las saladas zonas marinas, otros de las zonas de agua dulce de los ríos del interior, y también peces que muestran una gran tolerancia a estas variaciones en los niveles de salinidad. A pesar de la tolerancia de algunas especies para subsistir en ambientes con condiciones diferentes, la ocupación de un área dada por un animal nunca es realmente homogénea. Ello se debe a que no existe una homogeneidad absoluta en las condiciones que el ambiente impone a su ocupante. Un ejemplo sería el de algunas especies de ranas, las cuales se extienden por toda la zona terrestre tropical del Golfo de México, pero que no pueden subsistir en las zonas montañosas más elevadas que forman parte de esa misma zona tropical debido principalmente a la temperatura.

Las barreras a la distribución de los animales pueden diferenciarse por su naturaleza y por su efectividad. En cuanto a su naturaleza, dichas barreras pueden ser físicas, climáticas ( temperatura, humedad) , topográficas (cuerpos hídr icos, cordilleras, valles) o biológicas (competidores, falta de elementos tróficos). Pero así como las áreas de distribución no son totalmente homogéneas, tampoco lo son las barreras: siempre tienen un cierto grado de “porosidad” y por ello actúan como un filtro para algunos animales. Esto provoca cierta permeabilidad en una barrera, y es así que diversos organismos, tanto en ambientes terrestres como acuáticos, pueden cruzarla mientras que otros no. La efectividad de una barrera depende tanto de elementos bióticos como abióticos y puede variar no solamente en función del espacio sino también del tiempo. La paulatina formación de islotes en un ancho río, por ejemplo, puede en algún momento permitir que algunos organismos terrestres lo crucen y puedan llegar a la otra orilla. Seguramente, pero a una escala mucho mayor, eso fue lo que ocurrió con los tiranosaurios, hadrosaurios, ankylosaurios y dormaeosaurios de Norteamérica, de los cuales se han encontrado evidencias a ambos lados del mar que separó esta masa continental en el Mesozoico.

Las contribuciones de Darwin y de Wallace

Se han cometido en ocasiones muchos errores de interpretación respecto de la contribución que hizo Darwin a la biogeografía. Gracias a los importantes trabajos sobre clasificación y morfología de plantas de Augustin Pyrame de Candolle; los estudios sobre la vegetación del Chimborazo y otros de Alexander von Humboldt; los escritos sobre la importancia de los factores ambientales en el desarrollo de los seres vivos de Alphonse de Candolle; las contribuciones sobre ecología de Ernst Haeckel, y otros conceptos vertidos por científicos como Char les Lyell (geología), Louis Agassiz (sistemática, paleontología, embriología y glaciología) y Phillip Lutley Sclatter (aves), Darwin pudo disponer de una extensa colección de trabajos para apoyar sus propias ideas. De hecho, el conocido trabajo de Darwin en las islas Galápagos es, en esencia, un trabajo de biogeografía de islas que, en conjunto con otras evidencias, le permitió formular la síntesis o el mecanismo unificador que explica, entre otras cosas, la razón de que los organismos estén distribuidos de la manera en que lo están hoy, a la que llamó selección natural.

Como se sabe, A. R. Wallace formuló una teoría de evolución orgánica por selección natural al mismo tiempo que el propio Darwin. Pero mientras que los intereses de Darwin siempre estuvieron dirigidos hacia la evolución, empleando la biogeografía como respaldo para sus hipótesis, en Wallace la aproximación fue inversa: sus hipótesis evolutivas las utilizó para configurar sus interpretaciones biogeográficas. Su sistema de regiones y provincias biogeográficas es ampliamente reconocido, así como su interpretación biogeográfica del área de Malasia-Indonesia- Australia. Justamente de esta interpretación se ha desprendido el concepto de zona de transición, tan importante en la actualidad en los estudios biogeográficos sobre la distribución de los animales.
Algo fundamental que se puede desprender de la obra de ambos personajes, es que muchas de sus ideas evolucionistas y biogeográficas las obtuvieron a partir de su trabajo en esos maravillosos laboratorios naturales que son las islas.

Animales en islas

Probablemente presentes ya en el territorio de Madagascar cuando la isla se separó del continente y hoy ya extintos ahí, se han encontrado los restos fósiles de tres especies de hipopótamos pigmeos. En esta isla se hallaron también los restos del ave elefante y del lemur gigante Megaladapis. La lista de animales que se encuentran en islas pero en ninguna otra parte del mundo es extensa. Esto incluye veinte especies de moluscos terrestres en la isla de Dongsha (Mar de China), el lemur maki de las islas Comoro, el bohol o mono tarsero enano de Filipinas, los insectos del árbol sangre de dragón, el gorrión de las islas Socotra (Océano Índico) y el camaleón feae de la isla de Bioko (en el Golfo de Guinea, frente a Camerún). Y así, la lista de especies animales endémicas de estas y otras islas más conocidas sigue. ¿Qué tienen las islas que albergan especies tan raras y únicas en este conocimiento de su distribución geográfica?
Por una parte, su tamaño es en general pequeño y en consecuencia tienen ecosistemas más pequeños; debido a ello, con excepciones en las islas grandes como Australia o Borneo, los tamaños de las poblaciones animales también son pequeños y eso hace que muchas especies estén propensas a la extinción (lo que además puede facilitar su reemplazo por otras especies nativas o colonizadoras). Por otra parte, muchos tipos de animales presentes en los continentes no se encuentran en islas en virtud de la distancia a que se encuentran de la costa. En cambio –como lo entendieron Darwin y Wallace–, debido precisamente a su aislamiento, la evolución y coevolución de las formas de vida procede más rápidamente en las islas que en los continentes; por ello es que entre las especies animales isleñas se encuentran tantos endemismos. Al evolucionar con menos competidores, los animales endémicos de las islas son más especializados y han perdido buena parte de sus mecanismos de defensa y de su capacidad de dispersión.
Otro aspecto de la explicación para hallar especies animales tan únicas en las islas (existentes y extintas) reside en el origen de estas. Aquellas que alguna vez formaron parte del continente y posteriormente se separaron aún contienen especies que es posible encontrar en la zona continental; otras, cuya formación ocurrió en el océano debido sobre todo al vulcanismo, solo conservan animales que lograron llegar a ellas volando, nadando o navegando sobre materiales a la deriva.
Esta combinación de factores (origen, tamaño, aislamiento y antigüedad) hace que en las islas se distribuyan especies animales tan raras y fascinantes. No obstante, estas mismas son las causas de que las especies isleñas sean tan frágiles a la perturbación. El ejemplo más claro procede de los animales exóticos que han sido introducidos directa o accidentalmente por los seres humanos. Las especies introducidas de plantas, invertebrados y vertebrados, como las ratas, gatos y perros en muchas islas, los chivos en Hawai, los conejos y camellos en Australia, han sido los responsables de la extinción de muchísimas especies animales en esos ambientes. Dichas especies han producido extinciones al actuar directamente como depredadores de los animales locales o de sus huevos, o al depredar plantas alimenticias claves para la alimentación de esos animales locales, o al servir como transmisoras de parásitos y enfermedades.

El hombre y sus actividades han influido y siguen influyendo para modificar la distribución geográfica y supervivencia de las especies animales. Desde los primeros colonizadores de sitios remotos, pasando por los primeros exploradores que colectaron especies vivas en sus viajes y hasta la actualidad, la distribución geográfica de los animales ha experimentado muchos cambios, algunos de ellos con consecuencias favorables para el conocimiento, el estudio y la economía; otros sin consecuencias aparentes, y muchos más que han conducido a la extinción de diversas especies. Lo cierto es que las respuestas a las cruciales preguntas de dónde están, por qué y por qué no, ya no están desligadas de la presencia humana en la historia del planeta.

Para el lector interesado

Lomolino, M.V., Sax, D.F. y Brown, J. (2004). Foundations of Biogeography: Classic Papers with Commentaries. Chicago: The University of Chicago Press.

Zunino, M. y Zullini, A. (2003). Biogeografía: la dimensión espacial de la evolución (rev. téc. de Gonzalo Halffter). México: Fondo de Cultura Económica.