Distribución geográfica
de las especies animales
Gilberto Silva-López
y Luis G. Abarca Arenas
¿Dónde están los animales?
“Aquí no hay ningún animal”, solemos decir cuando
paseamos por el campo y no “vemos” nada espectacular
que corresponda a nuestra imagen de “animal”.
Pero si observamos con cuidado, si ponemos atención a nuestros
sentidos, no tardaremos en percatarnos que hay muchas
especies animales y rastros de ellas a nuestro al rededor.
Podemos observar gusanos y escarabajos en el suelo, hormigas
en los tallos de plantas y árboles, madrigueras de ratones cerca
de las rocas, lagartijas en la hojarasca, insectos en los árboles y,
tarde o temprano, escucharemos el canto de un ave. La vida
animal no solo está presente en un espacio plano o bidimensional,
sino en un entorno tridimensional que incluye especies
bajo el suelo, sobre éste y en los troncos y copas de los
árboles. Tal vez en lugar de hacer la pregunta “¿Dónde están?” cabría preguntarse: “¿Hay lugares del planeta
donde no haya vida?”.
A menudo se piensa en las grandes profundidades
marinas. La luz solar no penetra más
allá de unos cientos de metros y después la
oscuridad es completa. Entre mil metros y el
fondo, la fría temperatura tiende a ser constante,
de unos 2°C. También hay una gran presión que
aumenta a razón de una atmósfera cada diez
metros, tan poderosa que es capaz de aplastar a
un moderno submarino a los trescientos metros.
En estos sitios, la falta de luz impide la fotosíntesis
y, por tanto, el desarrollo vegetal, de modo
que los nutrimentos vienen “de arriba”. Obviamente,
la materia orgánica es más escasa cuanto
mayor es la profundidad, y, pese a ello, hay vida
“allá abajo”. En las profundidades abisales, por
debajo de los 3 mil o 4 mil metros, se sabe que
viven entre 300 y 400 especies de peces. Las
corrientes marinas a esa profundidad son relativamente
lentas y, por ello, el cuerpo de los peces
que viven ahí no tiene una forma hidrodinámica
sino exuberante y hasta monstruosa, con
mandíbulas desproporcionadas. Como es de
esperarse, las presas son muy raras por esos
lugares y la boca de los depredadores es gigantesca
y poseen ojos enormes. La mayoría de los
peces son pequeños, de menos de diez centímetros.
Pero hay vida animal en esas profundidades.
Hay quienes opinan que el calor excesivo
es también una limitante para la vida, lo mismo
que la falta de oxígeno. Sin embargo, existen
sitios del planeta en donde ni uno ni otro factor
constituyen un obstáculo para la vida animal. En
las hendiduras del fondo marino conocidas como
dorsales, hay sitios en los que continuamente se
expulsa magma volcánico a elevadísimas temperaturas,
que luego se enfría y forma nueva
corteza terrestre. En dichos sitios hay fuentes de solaaguas
termales en los que la temperatura puede
llegar hasta los 360 grados centígrados y que
tienen altas concentraciones de sulfuro de hidrógeno.
Aun en esos sitios la vida está presente
y no es escasa. Muchas bacterias y el gusano
Riftia, que las alberga simbióticamente en las
branquias, son “vecinos” de esos lugares y sirven
de presa a otros animales que viven en la vecindad
de las fuentes hidrotermales.
Hablando de bacterias, hace apenas un
año se reportó la presencia de bacterias “formadoras
de lluvia” en las elevadas y frías capas
de la atmósfera. Investigadores de los estados
de Louisiana y Montana (Estados Unidos) y de
Francia encontraron evidencia de que las bacterias,
seguramente llevadas por el viento, llegan a
la atmósfera, donde son envueltas por cristales
de hielo que, al ser rodeados por agua, se hacen
más grandes. Al tener un núcleo biológico estos
cristales, que también se pueden formar a partir
de núcleos de polvo, son mucho más activos y
originan la precipitación. La Organización de
Investigaciones Espaciales de la India (ISRO, por
sus siglas en inglés) también ha hallado bacterias
en la atmósfera, a más de 40 kilómetros sobre el
suelo. Sus estudios, reportados en marzo de
este mismo año, sugieren que las tres especies
de bacter ias encont radas, hasta entonces
desconocidas, podrían ser formas mutantes de
bacterias terrestres que se han adaptado para
sobrevivir en ese ambiente tan frío y hostil.
Y hablando de vertebrados, ¿qué decir
de los fríos eternos de los polos y de muchas de
las más elevadas montañas? También es posible
encontrar vida animal en esos sitios tan inhóspitos.
Si no, pregúntenle a los osos polares norteños
y a los pingüinos sureños, o a los leopardos
de las nieves y a sus presas. La vida animal
se distribuye ampliamente por todo el globo, y tal
distribución es el resultado de una larga, muy
larga historia evolutiva.
El “negocio” de la biogeografía
Explicar cosas como estas es el “negocio” de la biogeografía, hoy
una disciplina coherente por su propio derecho, cuya síntesis y
unificación se logró hasta épocas recientes. Si hubiésemos podido
preguntar a personajes como Humboldt, Wallace o Hening qué es
lo que eran, probablemente ninguno hubiera contestado “Soy un
biogeógrafo”. Los científicos del siglo XIX se habrían considerado a
sí mismos como naturalistas y los del XX se hubieran identificado
con una o más de las reconocidas disciplinas de su tiempo, entre
ellas la sistemática, la ecología o la paleontología. Esta “especialización
divergente” significa que los biogeógrafos fueron entrenados
en diferentes departamentos, asistieron a reuniones académicas
distintas y publicaron en diferentes revistas. Tal vez por ello el
avance de la biogeografía ocurrió con frecuencia y fue avanzando
en esas disciplinas sin que tuvieran conocimiento unas de las
otras. Tales compartamentalización y aislamiento se intensificaron
también como resultado de la especialización taxonómica. De
hecho, quienes compartieron el interés por la distribución de la
vida animal también trabajaron aislados debido a que algunos
estudiaban vertebrados terrestres, otros invertebrados marinos y
otros más solo insectos, cada uno con audiencias igualmente
especializadas. Fue por ello que a pesar de su distinguida historia,
la biogeografía no empezó a conformarse como disciplina sino
hasta apenas tres o cuatro decenios.
Pero, ¿qué es la biogeografía? La biogeografía es el estudio
de los hechos y patrones de la distribución de las especies, no
solamente en el espacio sino también en el tiempo. Gracias a esta
ciencia, podemos hoy hablar de los sitios donde habitaron los
dinosaurios, de por qué las tortugas marinas, las aves, las ballenas
y otras especies realizan viajes migratorios tan largos, y de por qué
desaparecieron los hipopótamos de algunas islas del mundo que
habitaban. Ese es el “negocio” de la biogeografía.
La zoogeografía es la parte de la biogeografía que estudia
las características faunísticas de paisajes y regiones, la evolución y
la dinámica actual de las áreas de distribución de los animales y
sus relaciones mutuas y con la especie humana. En otras palabras,
la descripción y el análisis, en términos causales, de la distribución
espacio-temporal de la vida animal. La biogeografía en general, y la
zoogeografía en particular, apoyadas por ciencias muy diversas,
como la ecología, la paleontología, la geología y otras, no solamente preguntan qué especies hay y dónde están; también preguntan
por qué y, tal vez lo más importante, por qué no.
Las áreas de distribución
El concepto de área de distribución es el más importante en esta
ciencia. Se refiere al área habitada por una especie o la superficie
que encierra el conjunto de localidades donde las poblaciones de
una especie han sido observadas y registradas. Puede caracterizarse
en términos de su tamaño, su ubicación geográfica y su continuidad.
En una determinada área geográfica, estas localidades se
expresan como puntos en un mapa. Una vez establecidos todos
los puntos, es posible delinear un polígono con aquellos que se
encuentran en los límites “exteriores” del conjunto de localidades,
delimitando así su área de distribución. No obstante, un mapa con
la distribución de una especie únicamente nos brinda una imagen
fija de la misma en el tiempo.
Delimitar el área de distribución de una especie animal
puede ser una empresa fascinante. Pero hay que tener en cuenta
que las especies no permanecen “fijas” en una sola área de distribución
en virtud de su reproducción. El tamaño de una población
puede aumentar o disminuir de una generación a otra. Si la
población de una especie aumenta, se expandirá colonizando
nuevos lugares; en caso contrario, se contraerá en el espacio. En
consecuencia, su área de distribución se puede expandir y contraer.
Definir el área de distribución parece ser un dolor de
cabeza cuando se piensa en las especies migratorias. ¿Cuál es el
área de distribución de una golondrina que vive la mayor parte del
año en una zona del norte, pero que viaja miles de kilómetros para
hibernar en una zona del sur del continente? Para algunos biogeógrafos,
un área de distribución es “aquella fracción del espacio
geográfico donde una especie está presente e interactúa en forma
no efímera con el ecosistema”. Esta definición permite sin duda
aclarar cuestiones como la anterior. ¿Son las áreas de hibernación
y de anidación –a menudo separadas por miles de kilómetros–
parte de las áreas de distribución de las especies? Es evidente que
dichos animales no son indiferentes para las comunidades y ecosistemas
locales en los territorios de hibernación; sin embargo,
muchos autores consideran que su papel biológico más completo solo tiene lugar en las áreas de reproducción.
Además, durante el crudo invierno del hemisferio
norte, la ausencia de las golondrinas no difiere
sustancialmente de la “ausencia” de los osos y
otros animales, que si bien no se han desplazado
en un sentido geográfico, también evaden hibernando
la álgida temporada, “autoexcluyéndose”
así por algún tiempo del ecosistema.
Áreas de distribución
y endemismos
El área de distribución puede ser muy grande.
Por ejemplo, el puma, también llamado “león de
montaña”, se distribuye en todo el continente
americano, desde el Yukón en Canadá hasta el
sur de los Andes. La orca, por su parte, se considera
un mamífero marino cosmopolita ya que
se le puede encontrar en las aguas, frías o cálidas,
de todo el mundo. Contrario a lo anterior,
algunos animales son endémicos porque su
presencia es exclusiva de un territorio geográfico.
El endemismo puede considerarse dentro de un
abanico muy amplio de escalas geográficas; así,
un organismo puede ser endémico de una cima
montañosa o un lago, de una cordillera o un sistema
fluvial, de una isla, de un país o incluso de
un continente. Normalmente, el concepto se aplica
a especies, pero también puede usarse para
las subespecies, variedades, géneros y familias.
Los canguros, por ejemplo, son endémicos de
Australia, mientras que las iguanas marinas lo
son de las islas Galápagos. Ejemplos de
endemismo en México son la vaquita marina, que
únicamente habita en el Mar de Cortés; el conejo
de los volcanes o teporingo, que solo lo hace en
la zona de zacatón, en la parte central del Eje
Neovolcánico Transversal, y el pájaro cenzontle o
cuitlacoche de Cozumel, que solamente se halla
en la isla del mismo nombre.
La distribución sistemática de los animales
Es difícil ver rinocerontes y jirafas en las zonas
montañosas, como también lo es imaginar
cabras monteses o alces en las selvas de la
zona ecuatorial. Intuitivamente, sabemos que
un animal no se encuentra “en todas partes”.
Poner orden en los conocimientos sobre la distribución
de los animales fue una tarea necesaria
para los estudiosos desde los albores de
la biogeografía. El propio Alfred Russell Wallace
se dio cuenta de ello mientras colectaba aves y
otros animales en las islas del Archipiélago Malayo
(hoy Indonesia) en 1856. El 13 de junio de
ese año, tomó el vapor Rose of Japan y viajó a
la isla de Bali, donde pasó dos días colectando. De ahí viajó a Lombock, a una distancia de solo 25 millas
náuticas (una milla náutica equivale a 1,852 metros, o un
minuto geográfico). Para su enorme sorpresa, no encontró ni
una sola de las aves características de la isla de Bali, sino
especies totalmente diferentes, también desconocidas en otras
grandes islas de la zona, como Java, Borneo y Sumatra. La
“línea misteriosa” que separaba estas (y otras) islas le ayudó a
diferenciar dos faunas distintas de aves en el archipiélago. Esto
dio inicio a uno de los aspectos claves de la biogeografía sistemática,
basado en el reconocimiento de regularidades y similitudes
en la distribución de la vida animal. Con ello, se tuvo un
argumento clave para clasificar a la Tierra no a partir de sus
rasgos geográficos sino de sus características biológicas.
Gracias a su trabajo y al de otros distinguidos naturalistas,
como Edward Forbes con moluscos y radiados, Hermann
von Ihering con fauna dulceacuícola, Clinton H. Merriam con
mamíferos, y especialmente Phillip Lutley Sclater con aves, se
pudo iniciar y luego desarrollar el estudio sistemático de la distribución de los animales. Las diferencias no tan solo se observaron
y comprendieron entre ambientes terrestres y acuáticos o
entre montañas y planicies, sino también entre mares, océanos y
zonas de distintas profundidades en ellos. Poco a poco, se
fueron delimitando las grandes regiones biogeográficas de la
vida animal.
Desde la perspectiva de la biogeografía sistemática, la distribución
de los animales en el mundo está dividida en las siguientes
regiones: Neártica (al norte) y Neotropical (al sur) en el
continente americano; Paleártica, que incluye la mayor parte de
Asia, Europa y el norte de África; Afrotropical, antes llamada
Etiópica, en la que se ubica el continente africano al sur del Sahara
y Madagascar; Oriental, en la que se encuentran la India, el sudeste
asiático y buena parte de Indonesia; Australasiática, con la
porción más al sur de Indonesia, Australia, Nueva Zelanda e islas
vecinas, y Antártida, en la que se halla la Antártica y muchas
pequeñas islas cercanas. Cada región se diferencia de las demás
por presentar una fauna típica o endémica. Algunas de las
especies animales más representativas de estas regiones se muestran
en la siguiente tabla:
| REGIÓN |
ANIMALES REPRESENTATIVOS |
| Neártica |
Bisonte, alce, borrego cimarrón, oso, lobo, zorro y
coyote. |
| Neotropical |
Monos platirrinos, pecarí, capibara, oso hormiguero,
perezoso, vampiro, armadillo, manatí,
iguana y ñandú. |
| Paleártica |
Panda, ciervo rojo, oso café, ciervo elk, mustélidos,
alca y urogallo. |
| Afrotropical |
Elefante, león, jirafa, rinoceronte, hipopótamo,
gorila, chimpancé y ñu. |
| Oriental |
Elefante asiático, rinoceronte de placas, toro gaur,
antílope nilgau, macaco, orangután, tigre y gavial. |
| Australasiática |
Canguro, koala, demonio de Tasmania, panda
arborícola, ornitorrinco, kiwi, cacatúa, ave del
paraíso, emú y casuario. |
| Antártica |
Foca, pájaro bobo, ballena, pingüino, petrel, krill y
albatros. |
Muchos autores coinciden en afirmar que tanto las regiones
Neártica como Paleártica (incluido el Polo Norte) en realidad son subregiones de una enorme región llamada
Holártica. Por supuesto, la “división” entre cada
una de las regiones está determinada principalmente
por sus componentes biológicos, y entre
cada una existen zonas de transición que contienen
elementos faunísticos que pueden pertenecer
a dos regiones vecinas, así como
elementos propios y muy característicos. Esta
gran división es fundamental en los estudios
sobre distribución animal en la biogeografía sistemática.
La distribución histórica
de los animales
Saber lo que ha ocurrido con la distribución de
una especie o grupo de especies a lo largo del
tiempo es otra tarea importante de la biogeografía,
en particular de la que se denomina biogeografía
histórica.
Pensemos en el puma, el jaguar o
cualquier ot ro felino que hoy habite en
Sudamérica y sea característico de sus regiones
selváticas, como el Amazonas. Sus ancestros son
originarios de América del Norte y solo pudieron
llegar a Sudamérica y establecerse cuando el
“puente” que faltaba entre estas dos masas continentales
terminó por cerrarse en lo que hoy es
Panamá. Su historia evolutiva y distribución histórica
–en buena medida producto del estudio de
los fósiles– nos permiten disponer de una mejor
imagen biogeográfica de estos poderosos e
importantes animales en el tiempo. Algo similar
ocurrió con los camélidos, grupo del cual descienden
las vicuñas, guanacos y llamas, hoy tan
característicos y cultural y económicamente
importantes en Sudamérica. Dichos animales
tuvieron su origen en Norteamérica y luego se
desplazaron hacia Sudamérica al surgir el puente
continental.
Los “puentes” entre enormes masas terrestres
se formaron en diferentes partes del
mundo debido a la deriva continental. Muchos
animales se desplazaron a lo largo de la historia
por puentes similares entre América y Asia (nuestra
especie humana es el mejor ejemplo de ello),
entre América y Europa (recordemos al oso café)
y entre la Antártida y otras masas continentales.
De hecho, la Antártida sirvió en el pasado como
corredor para biotas de climas más cálidos y
llegó a conectar América del Sur con Australia.
Un testimonio de ello es el gran depósito de fósiles,
que incluye los restos prácticamente completos
de un plesiosauro, encontrado recientemente
en la proximidad de la base científicomilitar
argentina de Vicecomodoro Marambio, en
la Antártida. En virtud del estudio de evidencias
fósiles, hoy podemos hacer una interpretación
correcta de la manera en que los animales extintos
y existentes se han ido distribuyendo y ocupando
nuevas áreas, manteniéndose en zonas
muy específicas y desapareciendo de otras.
Los casos de los dinosaurios que vivieron
en Norteamérica durante buena parte de la era
Mesozoica, hace unos 74 millones de años, así
como en Neuquén, Argentina, en el Cretácico,
hace unos 100 millones de años, son también
ejemplos de la distribución histórica de los animales.
En esa época, ya separada de la enorme
Pangea y con el Océano Atlántico en incipiente
formación, Norteamérica estaba dividida por un
enorme corredor marino interior, donde habitaban
“bichos” como el Elasmosaurus, el
Tylosaurus y la enorme tortuga marina primitiva
Archelon, todos ellos de entre siete y diez metros
de longitud. Esta división fue tan prolongada que
hoy es posible reconstruir la presencia de dos
diferentes faunas de dinosaurios que durante
mucho tiempo evolucionaron de manera independiente.
Por su parte, enormes bestias como el
Gigantosaurus y el Dakosaurus dan testimonio de
la diversa fauna de dinosaurios que habitaron en Neuquén, uno de los lugares donde más fósiles se han encontrado
en el mundo, no solo de dinosaurios sino de muchos otros grupos
animales. Esto lo atestiguó Charles Darwin, quien escribió: “Se
hace imposible reflexionar acerca de los cambios que se han originado
en el continente americano sin experimentar el más profundo
asombro. Ese continente, en la antigüedad, debió rebosar de
monstruos enormes; hoy en día ya no encontramos más que pigmeos,
si comparamos los animales que en él viven con sus razas
similares extintas”. Justamente de explicar hallazgos como estos
se ocupa la biogeografía histórica.
¿Por qué no?: barreras
a la dispersión y distribución
de los animales
Algunos animales son muy tolerantes a las condiciones del medio,
tales como disponibilidad estacional de luz diurna, temperatura,
salinidad, humedad y otras. Incluso algunas especies necesitan
cambios drásticos en estas condiciones en algún momento de sus
ciclos de vida. Un ejemplo conocido es el del salmón, que nace en
un río, nada al mar y pasa ahí buena parte de su vida, para regresar
después al río, una vez que ha alcanzado la madurez sexual y
comienza su etapa reproductiva. Muchos peces también exhiben
adaptaciones extremas en este sentido, como se puede observar
en la desembocadura de un río, en alguna de las muchas zonas
lagunares tropicales costeras del mundo. En ellas es posible ver
peces propios de las saladas zonas marinas, otros de las zonas de
agua dulce de los ríos del interior, y también peces que muestran
una gran tolerancia a estas variaciones en los niveles de salinidad.
A pesar de la tolerancia de algunas especies para subsistir
en ambientes con condiciones diferentes, la ocupación de un área
dada por un animal nunca es realmente homogénea. Ello se debe
a que no existe una homogeneidad absoluta en las condiciones
que el ambiente impone a su ocupante. Un ejemplo sería el de
algunas especies de ranas, las cuales se extienden por toda la
zona terrestre tropical del Golfo de México, pero que no pueden
subsistir en las zonas montañosas más elevadas que forman parte
de esa misma zona tropical debido principalmente a la temperatura.
Las barreras a la distribución de los animales pueden
diferenciarse por su naturaleza y por su efectividad. En cuanto a
su naturaleza, dichas barreras pueden ser físicas, climáticas
( temperatura, humedad) , topográficas (cuerpos hídr icos,
cordilleras, valles) o biológicas (competidores, falta de elementos
tróficos). Pero así como las áreas de distribución no son totalmente
homogéneas, tampoco lo son las barreras: siempre tienen
un cierto grado de “porosidad” y por ello actúan como un filtro
para algunos animales. Esto provoca cierta permeabilidad en una
barrera, y es así que diversos organismos, tanto en ambientes
terrestres como acuáticos, pueden cruzarla mientras que otros
no. La efectividad de una barrera depende tanto de elementos bióticos como abióticos y puede variar no solamente
en función del espacio sino también del
tiempo. La paulatina formación de islotes en un
ancho río, por ejemplo, puede en algún momento
permitir que algunos organismos terrestres
lo crucen y puedan llegar a la otra orilla.
Seguramente, pero a una escala mucho mayor,
eso fue lo que ocurrió con los tiranosaurios, hadrosaurios,
ankylosaurios y dormaeosaurios de
Norteamérica, de los cuales se han encontrado
evidencias a ambos lados del mar que separó
esta masa continental en el Mesozoico.
Las contribuciones de Darwin
y de Wallace
Se han cometido en ocasiones muchos errores
de interpretación respecto de la contribución que
hizo Darwin a la biogeografía. Gracias a los
importantes trabajos sobre clasificación y morfología
de plantas de Augustin Pyrame de
Candolle; los estudios sobre la vegetación del
Chimborazo y otros de Alexander von Humboldt;
los escritos sobre la importancia de los factores
ambientales en el desarrollo de los seres vivos de
Alphonse de Candolle; las contribuciones sobre
ecología de Ernst Haeckel, y otros conceptos
vertidos por científicos como Char les Lyell
(geología), Louis Agassiz (sistemática, paleontología,
embriología y glaciología) y Phillip Lutley
Sclatter (aves), Darwin pudo disponer de una
extensa colección de trabajos para apoyar sus
propias ideas. De hecho, el conocido trabajo de
Darwin en las islas Galápagos es, en esencia, un
trabajo de biogeografía de islas que, en conjunto
con otras evidencias, le permitió formular la síntesis
o el mecanismo unificador que explica, entre
otras cosas, la razón de que los organismos
estén distribuidos de la manera en que lo están
hoy, a la que llamó selección natural.
Como se sabe, A. R. Wallace formuló una
teoría de evolución orgánica por selección natural
al mismo tiempo que el propio Darwin. Pero
mientras que los intereses de Darwin siempre
estuvieron dirigidos hacia la evolución, empleando
la biogeografía como respaldo para sus
hipótesis, en Wallace la aproximación fue inversa:
sus hipótesis evolutivas las utilizó para configurar
sus interpretaciones biogeográficas. Su sistema
de regiones y provincias biogeográficas es ampliamente
reconocido, así como su interpretación
biogeográfica del área de Malasia-Indonesia-
Australia. Justamente de esta interpretación se
ha desprendido el concepto de zona de transición, tan importante en la actualidad en los estudios biogeográficos
sobre la distribución de los animales.
Algo fundamental que se puede desprender de la obra de
ambos personajes, es que muchas de sus ideas evolucionistas y
biogeográficas las obtuvieron a partir de su trabajo en esos maravillosos
laboratorios naturales que son las islas.
Animales en islas
Probablemente presentes ya en el territorio de Madagascar cuando
la isla se separó del continente y hoy ya extintos ahí, se han encontrado
los restos fósiles de tres especies de hipopótamos pigmeos.
En esta isla se hallaron también los restos del ave elefante y del
lemur gigante Megaladapis. La lista de animales que se encuentran
en islas pero en ninguna otra parte del mundo es extensa. Esto
incluye veinte especies de moluscos terrestres en la isla de
Dongsha (Mar de China), el lemur maki de las islas Comoro, el
bohol o mono tarsero enano de Filipinas, los insectos del árbol
sangre de dragón, el gorrión de las islas Socotra (Océano Índico) y
el camaleón feae de la isla de Bioko (en el Golfo de Guinea, frente a
Camerún). Y así, la lista de especies animales endémicas de estas
y otras islas más conocidas sigue. ¿Qué tienen las islas que albergan
especies tan raras y únicas en este conocimiento de su distribución
geográfica?
Por una parte, su tamaño es en general pequeño y en consecuencia
tienen ecosistemas más pequeños; debido a ello, con
excepciones en las islas grandes como Australia o Borneo, los
tamaños de las poblaciones animales también son pequeños y eso
hace que muchas especies estén propensas a la extinción (lo que
además puede facilitar su reemplazo por otras especies nativas o
colonizadoras). Por otra parte, muchos tipos de animales presentes
en los continentes no se encuentran en islas en virtud de la
distancia a que se encuentran de la costa. En cambio –como lo
entendieron Darwin y Wallace–, debido precisamente a su aislamiento,
la evolución y coevolución de las formas de vida procede
más rápidamente en las islas que en los continentes; por ello es
que entre las especies animales isleñas se encuentran tantos
endemismos. Al evolucionar con menos competidores, los animales
endémicos de las islas son más especializados y han perdido
buena parte de sus mecanismos de defensa
y de su capacidad de dispersión.
Otro aspecto de la explicación para hallar
especies animales tan únicas en las islas (existentes
y extintas) reside en el origen de estas.
Aquellas que alguna vez formaron parte del continente
y posteriormente se separaron aún contienen
especies que es posible encontrar en la
zona continental; otras, cuya formación ocurrió en
el océano debido sobre todo al vulcanismo, solo
conservan animales que lograron llegar a ellas
volando, nadando o navegando sobre materiales
a la deriva.
Esta combinación de factores (origen,
tamaño, aislamiento y antigüedad) hace que en
las islas se distribuyan especies animales tan
raras y fascinantes. No obstante, estas mismas
son las causas de que las especies isleñas sean
tan frágiles a la perturbación. El ejemplo más claro procede de los animales exóticos que han sido
introducidos directa o accidentalmente por los
seres humanos. Las especies introducidas de
plantas, invertebrados y vertebrados, como las
ratas, gatos y perros en muchas islas, los chivos
en Hawai, los conejos y camellos en Australia,
han sido los responsables de la extinción de
muchísimas especies animales en esos ambientes.
Dichas especies han producido extinciones
al actuar directamente como depredadores
de los animales locales o de sus huevos, o
al depredar plantas alimenticias claves para la alimentación
de esos animales locales, o al servir
como transmisoras de parásitos y enfermedades.
El hombre y sus actividades han influido
y siguen influyendo para modificar la distribución
geográfica y supervivencia de las especies animales.
Desde los primeros colonizadores de
sitios remotos, pasando por los primeros exploradores
que colectaron especies vivas en sus viajes y hasta la actualidad, la distribución geográfica de los animales
ha experimentado muchos cambios, algunos de ellos con
consecuencias favorables para el conocimiento, el estudio y la
economía; otros sin consecuencias aparentes, y muchos más
que han conducido a la extinción de diversas especies. Lo cierto
es que las respuestas a las cruciales preguntas de dónde están,
por qué y por qué no, ya no están desligadas de la presencia
humana en la historia del planeta.
Para el lector interesado
Lomolino, M.V., Sax, D.F. y Brown, J. (2004). Foundations of
Biogeography: Classic Papers with Commentaries. Chicago: The
University of Chicago Press.
Zunino, M. y Zullini, A. (2003). Biogeografía: la dimensión espacial de la
evolución (rev. téc. de Gonzalo Halffter). México: Fondo de
Cultura Económica.