La selección artificial
Genaro A. Coria Ávila y Pedro Paredes Ramos
Un posible destino natural
para las especies
De acuerdo con José M. R. Delgado, el crecimiento,
desarrollo y sobrevivencia de cualquier recién nacido
dependen de un “destino natural” impuesto por la interacción
entre sus características biológicas y las circunstancias
ambientales. Por ejemplo, durante la Era Paleozoica, hace unos
300 millones de años, los organismos multicelulares vivían en el
agua porque los factores ecológicos y sus características morfológicas
y funcionales así lo permitieron. Del mismo modo, la aparición
de los dinosaurios y su supremacía en la tierra hace unos 150 millones
de años fue una consecuencia de un clima adecuado que
hizo que la hierba verde y los árboles con nutrientes adecuados se
extendieran por todo el planeta. Esas circunstancias ambientales
facilitaron el sustento a esos gigantes, que no obstante su fuerza
muscular extrema tenían un cerebro relativamente pequeño. Sus
funciones cerebrales y otras características biológicas fueron las
adecuadas para esas condiciones porque se seleccionaron de los
reptiles que les antecedieron. Sin embargo, hace unos 65 millones
de años, los cambios climáticos de la Era Cenozoica y la incapacidad
de los grandes reptiles para adaptase fisiológica y conductualmente
los llevaron a su extinción total, cumpliendo con esto su
destino natural. En su lugar quedaron otras criaturas pequeñas con
características más adecuadas para los cambios que ocurrieron.
En las palabras de Delgado: “La aparición del hombre
aproximadamente hace un millón de años significó únicamente el
florecimiento de un tipo de animal más que compartía con otros las
leyes biológicas y una dependencia total de las fuerzas naturales”.
Por lo tanto, el destino natural del hombre dependía de circunstancias que no podían ser previstas, comprendidas
o modificadas. Al igual que cualquier otro animal,
el hombre sufría las inclemencias del tiempo, el
hambre, la sed en las épocas de sequía y todo
tipo de enfermedades. En ese entonces el hombre
no sabía cómo funcionaba su cuerpo ni el de
las otras especies que vivían a su alrededor.
La liberación ecológica
Mas ¿por qué aceptar la incomodidad y el sufrimiento
debidos a las circunstancias naturales?
Un gran paso ocurrió cuando los primeros
humanos comenzaron a poner atención al funcionamiento
de su cuerpo, al clima y al comportamiento
de los otros. El hombre descubrió que
no tenía que mojarse si ut ilizaba hojas para
cubrirse, ni tenía que morir al ser víctima de los
depredadores cuando tenían hambre, ni un brazo
roto tenía que quedar inutilizado para siempre
pues podía sanar con unas ramas atadas a su
alrededor. A lo largo de muchas generaciones, el
hombre descubrió que podía pasar la información
adquirida durante su vida a los descendientes,
siempre con el objetivo de producir confort, reflejado
en más fuentes de recompensa, como la
comida, el sexo y albergue, y menos circunstancias
penosas, como el hambre o el dolor. Su
curiosidad lo llevó a descubri r maneras de
superar algunas de sus limitaciones para
enfrentar la naturaleza. Aprendió a criar animales
y a cubrirse del frío utilizando sus pieles. Descubrió
que podía levantar pesadas rocas utilizando
palancas y aprovechar así la fuerza de la
naturaleza en su propio beneficio. Construyó barcos
para viajar por los ríos y mares y les puso
velas para que el viento los impulsara; se adentró cereen
las aguas para cazar especies que no había
conocido antes, y así comenzó su liberación
ecológica. El hombre ya no era una especie cuyo
destino natural dependiera únicamente de la
selección natural, tal como ocurría con las demás
especies.
El grado de inteligencia que el hombre
alcanzó le permitió ir más allá de la mera selección
natural; encontró la cura de muchas enfermedades;
la mortalidad infantil se redujo; produjo
alimentos en abundancia y su promedio de
vida se incrementó considerablemente con
cada descubrimiento. Individuos que en el
pasado hubieran sucumbido por su incapacidad
para sobrevivir y adaptarse, ahora lo lograban
gracias a lo que el hombre lograba hacer
con su cerebro, es decir, pensar en nuevas
ideas para aumentar su bienestar y reducir la
incomodidad.
La liberación ecológica: ¿destino natural del hombre?
La existencia del ser humano en la tierra y su
adaptación, liberación y dominación ecológica no
son más que el resultado de su destino natural.
En realidad, ni la forma de nuestro cerebro, ni sus
neurotransmisores, ni su función convertida en
inteligencia evolucionaron como resultado de
nuestra propia voluntad. Delgado explica cómo la
aparición y desarrollo de las alas de las aves
fueron consecuencia de la evolución y no de la
voluntad de estas para liberarse de la fuerza de
gravedad. El hecho de que la mayoría de las aves
vuelen es un paso más en su liberación ecológica
al desafiar la gravedad cuando se impulsan con el
soporte del viento. Sus alas son un regalo de la
evolución que no requirió conocimiento alguno de la física, los cálculos matemáticos o el deseo voluntario de tener
esas alas.
En el ser humano, nuestra capacidad de controlar la naturaleza
nos ha llevado a entender algunos de sus mecanismos de
acción. Así como los primeros hombres utilizaban una palanca
como extensión del brazo para controlar su fuerza y levantar
grandes piedras, ahora utilizamos adaptaciones mecánicas para
nuestro cuerpo, como los aviones, que nos permiten llevarlo al
cielo y viajar por él a gran velocidad, o los submarinos, que nos
hacen posible alcanzar profundidades oceánicas que jamás pensamos.
Comprendimos los mecanismos químicos y biológicos
para influir en el funcionamiento de nuestras células, nuestro cerebro, nuestro propio comportamiento y hasta en el destino natural
de otras especies, jugando con su adecuación reproductiva para
nuestro propio beneficio.
Mestizos, híbridos y aislamiento reproductivo
Las especies no se forman de la noche a la mañana. De hecho,
producir una especie nueva es extremadamente difícil, y si es o no
posible ha sido tema de debate entre los científicos durante mucho
tiempo. Cuando observamos las trescientas razas de perros que
existen y comparamos sus formas y capacidades, estamos viendo
una misma especie, el Canis familiaris, o perro doméstico; por lo
tanto, un dálmata puede cruzarse con un pastor alemán y tener
crías denominadas “mestizas”, es decir, hijos de dos razas distintas.
Los animales mestizos son fértiles y pueden reproducirse con
otros animales de su misma especie, sin importar si son mestizos o
de raza pura. Con la llegada de los españoles a América en el siglo
X V I, nacieron humanos mestizos que eran la cruza de las razas
caucásica e indígena, pero todos, al final de cuentas,
pertenecientes a la misma especie: Homo sapiens sapiens.
Probablemente sabemos que cuando un asno (Equus asi -
nus) y una yegua (Equus caballus) se aparean, el resultado es una
mula (Equus mulus). Este último no es un animal mestizo sino un
“híbrido”, pues sus padres pertenecen a dos especies distintas. A
diferencia de los animales mestizos, los híbridos no se pueden
reproducir. A esta limitante se le conoce como “aislamiento reproductivo”,
es decir, las dos especies originales están aisladas reproductivamente
y su apareamiento sólo logra fructificar en una
generación de híbridos estériles.
No existen híbridos humanos porque únicamente existe
una misma especie de seres humanos. La aparición del hombre
moderno, Homo sapiens sapiens, hace unos 400 mil años coincidió
con la existencia del Homo sapiens, y hace un millón de años
el Homo sapiens coincidió con el Homo erectus. El periodo de más
hibridación en las especies antecesoras del hombre probablemente
ocurrió hace unos 1.8 millones de años, cuando en el planeta
coincidieron el Australopithecus africanus, el Australopithecus
robustus, el Australopithecus boisei, el Homo habilis y el Homo
erectus.
¿Por qué existe el aislamiento reproductivo?
Hay que recordar que en El origen de las
especies a través de la selección natural, Darwin
sugirió que en cada generación de individuos sólo
aquellos con características morfológicas y funcionales
adecuadas a las circunstancias podrían
ser capaces de sobrevivir. Las características de
todas las especies se han seleccionado y fijado en
su información genética de manera natural a
través de miles de años; por lo tanto, las características
que vemos en un individuo son las que
lo hacen apto para vivir en el ambiente para el
cual se seleccionó. El caballo con 64 cromosomas
y el asno con 62 demuestran que en el
pasado, a partir de un ancestro común, se seleccionaron
individuos distintos de dos poblaciones,
que culminaron en el aislamiento reproductivo.
Cuando el aislamiento reproductivo se ha alcanzado,
se puede decir que la selección natural ha
producido especies distintas.
La selección
artificial consciente
En los versículos 28 al 31 del capítulo I del
Génesis en la Biblia, se lee que Dios otorgó al
hombre la capacidad de gobernar, sujetar y mandar
(“sojuzgad y señoread”) sobre todas las criaturas
vivientes del planeta, y vio que era bueno.
La pregunta obligada es: ¿bueno para quién?,
¿para los animales o para el hombre? ¿Cuáles
son los límites del ser humano para sojuzgar y
señorear a las otras especies con las que compartimos
el planeta? Desde mucho antes de que
se escribiera la Biblia, el comportamiento del
hombre ya se caracterizaba por decidir cómo
vivían los animales a su alrededor, qué comían,
cuáles se reproducían y con quiénes. Es decir,
había seleccionado sus características de manera
consciente.
¿Por qué conformarse con tener una
vaca que produce únicamente cinco litros de
leche al día? Aunque a un becerro le sea suficiente,
los humanos preferimos seleccionar artificialmente
vacas que producen hasta sesenta.
Seleccionamos borregos que producen más lana;
toros de lidia que son más bravos; razas de perros
para compañía, trabajo y caza; caballos que
corren más rápido; moscas del gusano barrenador
que son estériles; ratones a los que a
propósito les falte un gen (knock out) para ser
estudiados. Es obvio que la selección artificial de
plantas y animales ha contribuido a la liberación y
dominación ecológica del hombre desde el inicio,
y aún continúa.
Muchas razas se han creado para encontrar solución a los
problemas del hombre. Por ejemplo, hay vacas de climas templados
o fríos, como las razas lecheras europeas (Bos primigenius
taurus) que son muy buenas productoras de leche, pues hay individuos
que llegan a producir sesenta litros al día, comparadas con
las vacas locales cebuinas (Bos primigenius indicus), que sólo dan
en promedio un litro. Cuando los granjeros locales del trópico
húmedo quisieron traer vacas lecheras para integrarlas a sus hatos
ganaderos, se dieron cuenta de que se infestaban rápidamente
con garrapatas y otros parásitos, se ahogaban con el calor y la
humedad y, por lo tanto, su producción lechera y su salud decaían
considerablemente. Las vacas locales, sin embargo, tenían
resistencia a los parásitos y comían pastura bajo el sol sin sofocarse.
La cruza de estas dos razas (ambas Bos primigenius) llevó a
los zootecnistas a encontrar la combinación perfecta de ganado
para un clima como el trópico húmedo, denominada 5/8; así, una
alta producción lechera y gran resistencia al clima se logran en tres
generaciones a partir de cruza de las dos razas.
La selección artificial y la ética
La selección artificial nos ha llevado a ir más allá de las simples
cruzas entre padres de diferentes razas. Contamos actualmente
con métodos de reproducción artificial que hacen posible inseminar
a una hembra con el semen congelado de un macho que vive
en otro país. De hecho, se puede fertilizar el óvulo con el espermatozoide
en el ambiente artificial de un laboratorio y seleccionar los
ovocitos fecundados de acuerdo a su calidad y salud. Podemos
teñir sus cromosomas y contarlos uno por uno, de la misma manera
que una madre le cuenta los dedos de las manos y pies a su
hijo recién nacido para saber si está sano. Los humanos contamos
con el conocimiento para decidir cuándo un embrión nacerá sano
o enfermo, y con base en eso resolvemos cuál será implantado en
un útero para producir un ser desarrollado.
Nuestra sed de selección artificial ha ido más allá. Ahora
nuestro conocimiento de la función del cuerpo humano nos permite
curar enfermedades y prolongar la vida. Creamos individuos
idénticos mediante la clonación. Usamos antibióticos que nos ayudan
a combatir bacterias que en el pasado sólo enfrentábamos con nuestro sistema inmune. Bebemos sustancias con electrolitos
que nos permiten rehidratarnos de manera casi instantánea y que
conseguimos en cualquier tienda de la esquina. Gracias a las
cirugías de cerebro podemos extirpar cisticercos y controlar la
epilepsia. Incluso quienes se hallan en coma pueden ser mantenidos
vivos gracias a los equipos médicos. Pareciera que hemos
tomado la responsabilidad que en el pasado le correspondía únicamente
a la selección natural.
Debemos considerar que nuestra liberación
ecológica se logró gracias a la capacidad
de pensar. Esa misma capacidad, al parecer
superior a la de cualquier otra especie, también se
acompañó de procesos mentales complejos que
aún no entendemos, como la conciencia, la cual
nos orilló a clasificar nuestros comportamientos y
acciones como buenos o malos según sus resultados
sobre nosotros mismos. En muchos países
se castiga la crueldad contra los animales, pero al
mismo tiempo se considera una fiesta y un arte el
tormento y asesinato de un toro. La selección artificial
actual debería estar modulada no únicamente
por nuestro conocimiento científico, sino
también ser decidida con base en la ética y en las
consecuencias de tales selecciones. Consideramos
indebido desconectar del respirador artificial
a un ser humano que ha permanecido
diecisiete años en estado de coma, pero no así
descartar la fecundación de un embrión con tres
copias del cromosoma 21. ¿Quién o qué modula
la manera y los métodos con los que seleccionamos?
Selección artificial aberrante
Debido a nuestra capacidad para modificar las
caracter ísticas físicas y metabólicas de las
especies con las que compartimos el planeta, los
humanos hemos llevado la selección artificial a un
grado aberrante. Por ejemplo, en animales de alto
valor estético manipulamos la selección e inducimos
la endogamia con el fin de fijar características
físicas y replicar individuos casi idénticos a sus
progenitores. Con el fin de obtener animales más
eficientes, seleccionamos a los individuos que
portan características valiosas según nuestro particular
parecer. Seleccionamos perros más altos
aunque con ello aumentemos la posibilidad de que padezcan enfermedades artríticas o torsiones
de vísceras por tener cavidades demasiado
amplias. Seleccionamos aves que produzcan
muchos huevos aunque su tiempo de vida se
acorte, o aves de gran tamaño y masa muscular
aunque sus piernas no sean capaces de sostenerlas
por estar diseñadas para soportar animales
más livianos. Modificamos la apariencia de
muchas especies de animales con el único fin de
hacer nuestra vida más cómoda, sin saber que al
seleccionar animales según su apariencia física o
su metabolismo, modificamos también su manera
de percibir el mundo y de responder ante éste.
Con la selección artificial favorecemos nuestro
tipo de vida, pero alteramos irreversiblemente el
destino natural que cada especie tiene.
La selección
artificial inconsciente
Algunas veces la selección artificial ocurre sin que
nos percatemos de ella o sin que sea nuestro
propósito final seleccionar una característica en particular.
Por ejemplo, a principios de 2007, Lakshmi,
una niña de la India, nació con cuatro piernas y cuatro
brazos, anormalidad debida a la fusión de un
hermano gemelo en el cuerpo de la niña durante el
embarazo, ocasionando así la incapacidad de
movimiento. Lejos de pensar que fuese una aberración,
los padres de Lakshmi, junto con un sector
de la población, reverenciaban a la niña por su
semejanza con la diosa Vishnú, de la cultura hindú,
la cual se representa como una mujer con múltiples
brazos. En este caso, la asociación con la religión
no sólo logró que Lakshmi sobreviviera, sino que
incluso fuera adorada. En condiciones naturales, la
selección natural se hace cargo de casos como
este, en que los individuos no podrían sobrevivir.
Otro ejemplo de selección artificial asociado
a las creencias culturales es el caso de los cangrejos samurai (Heikea japonica), nativos de Japón. En la concha
de estos animales se aprecian bordes que semejan el rostro
de un guerrero heike. Los heike fueron derrotados en la batalla de
Dan-no-ura, y la creencia popular dice que muchos cangrejos atrapados
por pescadores eran devueltos al mar por ser su reencarnación,
y ahí se podían reproducir. A pesar de que esta leyenda
parece no tener fundamentos serios, el argumento se puede
aplicar a otras especies en las que la acción inconsciente del hombre
beneficia la sobrevivencia de una especie.
La curva en U invertida, irremediable destino de todos
La naturaleza selecciona algunas características por el beneficio
que representan para la sobrevivencia y la reproducción. Por ejemplo,
una cola con plumas bellas facilita el apareamiento de aves
como el pavo real; una ubre grande produce más leche para la
cría, y un cuello largo permite alcanzar hojas altas de los árboles.
Esas características parecen estar en un perfecto equilibrio con la
adecuación del individuo. Cuando la característica se exagera, el
pavo real ya no puede escapar de los depredadores, la vaca se
enferma de mastitis y la jirafa es incapaz de beber agua del arroyo.
Por lo tanto, cuando de manera artificial seleccionamos características
exageradas, nos enfrentamos a ciertos candados que la naturaleza
ha creado para conservar los diseños originales que le
tomó tanto tiempo hacer. Quizás el mayor reto que enfrentamos
como especie es utilizar nuestra capacidad de pensar y razonar y
decidir lo que es éticamente correcto con respecto a nuestro control
sobre otras especies con las que compartimos el universo. Al
fin de cuentas, la evolución nunca termina, y aquellas especies que
no logren adaptarse al medio cambiante (o proteger el que ya
tienen) indudablemente sucumbirán.
Para el lector interesado
Delgado J.M.R. (1969). Physical control of the mind. Toward a psychocivilized society. New York: Harper Colophon Books. Harper & Row.
A.A. (s/f). The fact of evolution. Freethoughtpedia. Disponible en línea: http://www.freethoughtpedia.com/wiki/Thefactofevolution (Consultado el 6 marzo de 2009).