El virus del papiloma humano
Guadalupe Melo Santiesteban
y Stefan M. Waliszewski
El virus del papiloma humano (VPH) es el virus que más
frecuentemente se transmite a través de la vía sexual.
Lo constituye un grupo grande, de más de cien tipos
de virus, de los cuales cerca de cuarenta son transmitidos sexualmente e infectan el aparato genital femenino y masculino. Se considera que al menos la mitad de los hombres y mujeres
sexualmente activos pueden contraer la infección sin saberlo. La
enfermedad tiene la peculiaridad de ser asintomática y de que el
varón es un portador que no muestra lesiones visibles, siendo así
un reservorio que disemina la enfermedad. Se transmite por contacto sexual (sexo vaginal o anal) afectando los genitales de las
mujeres (el cuello del útero, la vagina y el ano) y de los hombres (el
pene y el ano). Por el contacto con la piel, produce infecciones de
la misma y de las mucosas del tracto anogenital, boca, garganta y
tracto respiratorio. Las manifestaciones más frecuentes son las verrugas cutáneas, llamadas verrugas vulgares, y las verrugas en las
plantas de los pies. Las lesiones anogenitales se manifiestan como
las verrugas genitales (condiloma acuminado, cresta de gallo) y son
formaciones carnosas con aspecto de coliflor que aparecen en las
zonas húmedas de los genitales, si bien no constituyen un riesgo
para la salud. También pueden producirse verrugas en el cuello del
útero, vagina, uretra y ano. El VPH puede manifestarse también en
la conjuntiva del ojo y en la nariz.
La observación del pene no permite obtener un diagnóstico
acertado, aunque se recomienda realizar la penescopia con ácido
acético para detectar las lesiones en el varón. Aunque la infección
es originada por los mismos tipos de virus en ambos sexos, las
lesiones difieren clínica e histológicamente: los varones frecuentemente presentan condilomas mientras que en la
mujer predomina la displasia. La displasia cervical
es una lesión considerada precancerosa de las
células del cuello uterino. Se pueden observar
tres grados de displasia: leve, moderada y severa. La displasia leve es la forma más común y
se le considera como una respuesta a la agresión
del virus. En el 70% de los casos esta lesión se
cura sin ningún tratamiento. En el 30% restante,
la displasia leve puede transformarse en una
lesión más grave. Las displasias moderada y severa son formas graves que deben tratarse
debido al riesgo de transformarse en lesiones
cancerosas. Estas lesiones se pueden diagnosticar por medio de un análisis citológico, que permite detectar las alteraciones celulares.
El VPH puede producir alteraciones
epiteliales del cuello uterino, las que se conocen
como neoplasias intraepiteliales cervicales, que a
su vez se clasifican en tres grados. La neoplasia
de tercer grado es una lesión precursora del
cáncer cervicouterino.
Los virus de papiloma humano se dividen
como de alto y bajo riesgo dependiendo del riesgo
de provocar lesiones cancerígenas. Se denomina
factor de riesgo el que se asocia con el desarrollo
de una enfermedad pero sin ser suficiente para
causarla; es necesaria la presencia de otros factores
asociados para causar la enfermedad. El VPH de
bajo riesgo (tipos 6, 11, 40, 42, 53, 54 y 57) puede
causar cambios leves en el cuello del útero y provocar verrugas genitales, pero no cáncer. Los virus de
papiloma humano de alto riesgo incluyen los tipos
16, 18, 31, 35, 39, 45, 51, 52, 56 y 58 y se relacionan mayormente con los casos de cáncer de cuello
uterino. De estos tipos, el VPH 16 y el 18 son los
más peligrosos por vincularse frecuentemente con
el cáncer cervicouterino. Por lo general, la infección
de VPH de alto riesgo puede provocar cambios celulares que, si no son tratados, pueden provocar cáncer. En las personas infectadas, entre más persiste el VPH de alto riesgo (no desaparece durante
años), es mayor el riesgo de cáncer.
Se han encontrado algunos factores de
riesgo asociados al VPH que facilitan su evolución
hacia el cáncer cervicouterino: conducta sexual,
consumo de tabaco, embarazos múltiples, supresión del sistema inmunológico, uso prolongado de
anticonceptivos y desnutrición. La conducta sexual
se considera como el principal factor de riesgo. Las
investigaciones indican que el inicio precoz de las
relaciones sexuales (antes de los 20 años) tiene un
factor de riesgo 2.9 veces mayor, y que tener varias
parejas sexuales aumenta ese riesgo 2.2 veces. El
VPH cervical o vulvar fue determinado entre 17 y
21% de las mujeres con una pareja sexual, pero se
elevó a 69-83% en mujeres que tenían cinco o más
parejas sexuales.
La promiscuidad sexual del hombre
constituye un factor de riesgo dado que en sus
múltiples contactos sexuales se contagia y
trasmite el virus a su pareja. En la población de
prostitutas la frecuencia de infección por virus
papiloma humano de alto riesgo (VPH tipos 16,
18, 31 y 58) es hasta catorce veces más frecuente que en la población general.
El hábito de fumar (factor de riesgo 2.4),
se relaciona con la displasia cervical, posiblemente por la acción tóxica sobre el cuello uterino
de los ingredientes del humo inhalado durante la
quema del cigarrillo. Estos agentes químicos
pueden concentrarse en las secreciones genitales
masculinas, acelerando la aparición de lesiones
genitales y su evolución hacia el cáncer.
Determinadas carencias nutricionales favorecen
asimismo la aparición de la displasia cervical por
la infección de VPH, así como los cambios hormonales que ocurren durante el embarazo.
Hay factores genéticos o enfermedades
como el sida, uso de medicamentos o consumo
de drogas que provocan la depresión del sistema
inmunológico y predisponen al desarrollo del cáncer anogenital y del cuello uterino cuando ocurre una infección
por VPH.
El uso prolongado de anticonceptivos se vincula también
con la persistencia de infecciones provocadas por el VPH. Algunos
estudios estiman que las mujeres que utilizan anticonceptivos
orales por más de cinco años duplican el riesgo de contraer
cáncer cervicouterino.
Una dieta baja en antioxidantes, ácido fólico y vitamina C
favorece la persistencia de la infección y la evolución de las
lesiones intraepiteliales cervicales de primero, segundo y tercer
grado, y del cáncer cervicouterino inclusive.
Un estudio realizado en Estados Unidos evidenció que una
cuarta parte de las mujeres menores de 25 años presentan infección
por VPH oncogénico (o sea, con alto riesgo de producir cáncer). La frecuencia de tal infección en las mujeres de 35 a 44 años fue de una en
diez, al igual que en las mujeres de 45-54 años, y ligeramente mayor
en las de 65 años y más. En el mundo, la mayor frecuencia de VPH de
alto riesgo ocurre en África y América Latina.
Un estudio realizado en la entidad veracruzana con
doscientas mujeres de entre 15 y 60 años de edad reveló que casi
una tercera parte de ellas dio resultado positivo al VPH de alto
riesgo y que el resto fueron negativas. La búsqueda de factores de
riesgo en la población estudiada muestra que la edad y el peso no
fueron factores de riesgo de neoplasia cervicouterina, ni tampoco
las condiciones reproductivas de la mujer, como la edad al
momento de la menarca, la de inicio de la vida sexual, el número
de partos, el número de gestas, abortos, la edad al primer
embarazo o el uso de anticonceptivos orales. En la población estudiada, el modo de vida (estado civil, número de parejas sexuales,
el consumo de alcohol y tabaquismo) tiene un factor de riesgo de
2.4 a 6.6 veces superior de contagio por VPH de alto riesgo.
Para prevenir el cáncer cervicouterino inducido por el VPH de
alto riesgo se recomienda realizar una vez al año el examen de
Papanicolaou y la prueba de captura de híbridos para identificar el ADN
viral; además, evitar el excesivo consumo de alcohol y tabaco, que son
factores que influyen en el modo de vida y propician relaciones sexuales espontáneas que aumentan el riesgo de contagio. La estimulación
del sistema inmunológico se puede lograr consumiendo sustancias
antioxidantes (frutas y verduras), vitamina C y ácido fólico y fibra vegetal; es necesario igualmente disminuir el consumo de carnes rojas y
productos cárnicos, evitar el estrés, hacer ejercicio físico al menos tres
veces por semana y dormir por lo menos ocho horas diarias.