Revista La Ciencia y el Hombre
Mayo•Agosto
de 2009
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXII
Número 2
Editorial
A la búsqueda del eros en la tecnociencia: bases de una ciencia para el hombre
Psicología, salud, pasión y vida
La cronoterapia: cáncer al compás del reloj
El virus del papiloma humano
Cuidado con el índice glucémico de alimentos!
Tanatología: el proceso de morir
Microacelerómetros para la industria automotriz
La interacción entre abetos y hongos
Enlazando especies exóticas invasoras y educación ambienta
Áreas naturales protegidas: ¿realidad o antiguo paradigma?
Murciélagos en el México de ayer y hoy
RESEÑA
Culturas del Golfo de Fernando Winfield Capitaine
TRADUCCIÓN
“Invasión hiperoceánica” de Carl Zimmer
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
Isabel de Bohemia: luces y sombras de la ciencia cartesiana
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
Tochukaso, el curandero que mata a unos para sanar a otros
 

Invasión hiperoceánica*

Carl Zimmer

¿Por qué la vida sobre la tierra tiene un éxito tan espec- tacular? Porque, según dicen Dianna y Mark McMenamin, hace 450 millones de años la vida creó el llamado “hiperocéano”, un nuevo y vasto océano de tejidos interconectados cuyos caminos fueron elaborados por hongos y parásitos pioneros. Hace 500 millones de años, la vida sobre la tierra era sólo una delgada capa de microbios. Tal vida persiste hoy como una costra en el piso del desierto y como un “barniz” sobre la roca.

Entre más se piensa acerca de la vida sobre el planeta, menos sentido tiene. La vida empezó en el océano hace 4 mil millones de años, y por cerca de 3.5 mil millones ha permanecido ahí. La evolución creó organismos que tenían que mantenerse húmedos, pues esencialmente eran bolsas llenas de fluido, y si se secaban sus sistemas circulatorios podían colapsar y la mayoría de sus proteínas y ADN (ácido desoxirribonucleico, el material genético de los seres vivos) volverse inútiles. Sin las corrientes oceánicas que llevan nutrientes, podrían morir de hambre, y ellos y sus frágiles huevos y larvas quedar inmóviles, incapaces de alcanzar nuevos o mejores hábitats. Vista desde el mar, entonces, la tierra sería igual a la muerte.

Desde que los animales, las plantas y los hongos llegaron primero a las orillas del ambiente terrestre hace alrededor de 450 millones de años, la vida ha sido increíblemente exitosa. En rigor de verdad, los organismos terrestres han tenido que permanecer llenos de fluidos, con sacos basados en el ADN, y aún confían en las viejas formas oceánicas de obtener alimento y energía, tales como la predación y la fotosíntesis. Pero de acuerdo a los datos estimados, hay ahora el doble de especies sobre la tierra que en el mar y producen cincuenta veces más biomasa. Además, hacen eso sobre solo un tercio de la extensión del océano y en sólo una pequeña fracción de su profundidad y han alcanzado esas estadísticas en muy poco tiempo. Si la vida en el océano fuera el equivalente a un hombre de cien años, la vida sobre la tierra sería un niño de once.

Los investigadores han tratado de explicar esta paradoja tierra-mar sin mucho éxito. Pero Mark y Dianna McMenamin, un equipo de paleontólogos, tienen una hipótesis muy audaz que creen que puede explicarlo todo. Para entender el éxito de la vida sobre la tierra –dicen–, se tiene que reconocer que es un todo unificado. Lo que la hace diferente de la vida marina es que los organismos terrestres no relacionados (plantas, hongos y animales) forman un vasto número de conexiones físicas directas a través de las cuales el fluido puede moverse. En efecto –afirman los McMenamin–, la vida sobre la tierra no ha renunciado al océano sino que ha creado uno nuevo dentro de la suma de sus tejidos, algo que Dianna y Mark han bautizado como “hiperocéano”.

El hiperocéano es en muchas formas diferente de un océano: por principio, no tiene una superficie sobre la que se pueda posar la mirada ni parece tener nivel. Si se pudiera mirar la vida sobre la tierra a través de una máquina que registrara sólo fluidos, se verían unas grandes columnas de agua nutritiva elevándose, pues esas columnas serían los árboles. Se vería agua fluyendo horizontalmente bajo la superficie de la tierra, entre las raíces de las plantas y los hongos, dentro de los animales cuando se alimentan y moviéndose cuando las criaturas se mueven. De acuerdo a los McMenamin, esta matriz líquida ha llegado a ser el hábitat acuático más reciente que los organismos marinos han colonizado activamente. En sus formas críticas, se comporta exactamente como un océano, pues el movimiento de fluidos a través del hiperocéano provee a la vida con el mismo sustento que las corrientes oceánicas. Pero hay una notable diferencia en la vida que alimenta: más que ser beneficiarios pasivos de un océano que los rodea, los organismos terrestres pueden controlar las corrientes dentro de ellos.

Los McMenamin proponen el hiperocéano no como una metáfora sino como una realidad. Si están en lo correcto, el hiperocéano realmente ondula a través de las plantas sobre la superficie de la tierra y en todos los insectos, aves, reptiles, mamíferos; en todas las células de todos los cuerpos que reptan o caminan sobre ella, con imbricaciones tan vastas como el océano mismo. El hiperocéano no sólo ofrece, por ejemplo, una explicación para el gran misterio de la emergencia de la vida terrestre, sino que también sugiere formas extrañas y extravagantes de vida que alguna vez debieron existir y que quizá todavía lo hagan. Explica no sólo la mayor cantidad de biomasa y la biodiversidad terrestre, sino también misterios tales como el que las cadenas alimenticias terrestres sean mucho más cortas que las marinas. Comprender ese hiperocéano podría proveer a los investigadores agrícolas y a los médicos de nuevas formas para entender las plagas y enfermedades. Podría incluso revelar el futuro de la evolución.

Claro está, podría probarse también que la hipótesis del hiperocéano está equivocada. Y los McMenamin han ofrecido a sus colegas un gran número de formas para hacerlo.

La idea del hiperocéano comenzó a filtrarse silenciosamente en las mentes de los McMenamin a finales de los 1970. Vino a Dianna mientras era pregraduada en la Universidad de California en Santa Bárbara, coincidiendo con su introducción al subestimado reino de los hongos. Hay varios cientos de miles de especies de hongos que están más estrechamente relacionados con los animales que con las plantas. Entre nosotros, los humanos, tienen una desafortunada reputación como parásitos de vida libre –tendemos a notarlos cuando aparecen en la planta de nuestros pies o en nuestros refrigeradores, o cuando arruinan una cosecha de papas de un país. Pero sin los hongos el pan sólo sería una masa y la cerveza un jugo de cebada. Sin la penicilina y otros antibióticos producidos por los hongos las infecciones habrían ya reclamado millones de vidas más el siglo pasado. Sin hongos en el suelo la mayoría de las plantas podrían morir, pues ellas están unidas con los hongos en una simbiosis que da vida (simbiosis es una relación ecológica en la que ambos participantes son beneficiados, en este caso llamada micorriza “hongo raíz”).

Los hongos existen como una red de hilos delgados conocidos como hifas, muchas de las cuales tienen sólo una célula de grueso. No tienen bocas con las cuales puedan comer como los animales, y no pueden fotosintetizar como las plantas. Lo que hacen es tener enzimas que separan el tejido vivo, la materia orgánica muerta, o aun la roca; los hongos obtienen sus nutrimentos al liberar esas enzimas y luego absorber el líquido resultante a través de sus paredes celulares. Las hifas de muchas especies, conocidas colectivamente como hongos micorrícicos, invaden las raíces de las plantas y a veces incluso sus tallos y se hunden en sus células.

Aunque los hongos parecen estar listos para chupar a las plantas hasta secarlas, de hecho son vecinos gentiles. Los hongos micorrícicos toman algunos de los carbohidratos de las plantas, pero en reciprocidad les brindan minerales y otros compuestos.

Los hongos forman redes subterráneas que unifican los bosques de diferentes especies de plantas. A veces una red actúa como un sistema nervioso. Cuando una planta es atacada por insectos, algunas especies de hongos pueden bombear pesticidas dentro de ella. Si una parte de un sitio de árboles es pobre en nitrógeno y otra está corta de agua, los hongos pueden transportar las sustancias necesarias. Y si las plantas están muriendo de hambre, los hongos pueden darles aceites para alimentarlas.

Cuando Dianna era pregraduada, uno de sus intereses era la extraña vida sexual de los hongos. En muchas especies, cuando dos hifas se encuentran, se “prueban” una a otra. Si son de diferente sexo –una cuestión de compatibilidad genética, más que genital– se funden e intercambian genes. (Las oportunidades eran buenas en la especie que Dianna estudió –tenía más de 5,000 sexos diferentes.) Luego de aparearse, los hongos a menudo producen estructuras sobre la superficie del suelo, tales como setas y hongos, cargadas con más de un trillón de esporas.

Por el tiempo en que estaba lista para graduarse, los intereses de Dianna se habían enfocado sobre cuestiones relacionadas al origen de la vida, y decidió estudiar paleontología en Santa Bárbara. Pero pronto halló que cuando preguntaba a otros paleontólogos sobre el origen de los hongos, ellos simplemente se encogían de hombros. Con pocos fósiles conocidos, los orígenes de los hongos se desconocían. En 1980, Dianna se encontró con Mark, cuando vino a estudiar en Santa Bárbara. Pronto se casaron; él era un paleontólogo centrado en los animales, desligado de los hongos.

La carrera de Mark había crecido desde la fascinación juvenil con las primeras formas de vida. Cuando tenía diez años, ojeaba un libro de fósiles y se impresionó por una foto de un disco de tres centímetros de ancho con tres rayos curvados saliendo de su centro. El libro explicó que esta creatura, un Tribraquidium, era de 550 millones de edad, y que nadie tenía idea de lo que era. “Pensé, esto es muy extraño”, recuerda Mark. El tribraquidium estaba entre los primeros animales multicelulares de la Tierra, conocidos colectivamente como la fauna ediacara (llamados así por ser en Ediacara, Australia, donde se hallaron los primeros fósiles). Esos animales eran planos, sin huesos, sin ojos, sin boca y sin cerebro. Hace cerca de 530 millones de años desaparecieron durante un estallido de la evolución conocido como la Explosión Cámbrica, que pobló los océanos con casi todas las grandes formas de vida que han existido desde entonces. “El enfoque total de mi trabajo de graduado era tratar de localizar esas cosas, tratar de hallar un nuevo sitio en el campo”, dice Mark. Viajó a lo largo de Norteamérica buscando uno. Eventualmente halló una vena muy rica de fósiles de Ediacara en México. El sitio produjo docenas de nuevas especies y Mark llegó a ser una autoridad sobre el primer capítulo de la historia de los animales. En marzo de 1995 descubrió un animal parecido a una medusa en un sitio de 590 millones de años de edad –el fósil más antiguo conocido de un animal multicelular. Como otros fósiles Ediacara, es una humilde mancha.

En su libro La emergencia de los animales, los McMenamin hipotetizaron que esas creaturas vivieron en un mundo muy diferente del nuestro, uno que tenía amplio espacio para las humildes manchas. “Ellas crearon su propio alimento; aunque eran grandes, no fueron predadores ni fueron presas”, dice Mark. Algunos animales protegieron microbios fotosintetizadores en sus tejidos, mientras otros cosechaban la energía en compuestos químicos en el océano. “Algunos fueron sólo pasivos absorbedores de nutrientes, obteniendo aminoácidos que vagaban en el agua.” A Mark le gusta llamar a este tranquilo mundo “el jardín de Ediacara”.

Por razones que aún son poco claras, la explosión cámbrica trajo los primeros predadores del mundo, completos, con boca y cerebro, y que velozmente destruyeron el jardín de Ediacara. Pero como Mark apunta, fue un revés evolutivo: “Cuando llegan esos primeros predadores obligan a su presa a hacer cosas nuevas. Su linaje obtiene ayuda por las cosas que están tratando de comérselo.” La ayuda, en este ejemplo, significa que desarrollan armas y venenos y maniobras de escape. “Y entonces los predadores sufren una diversificación y se obtiene una espiral ascendente, y en unos pocos millones de años se llena el océano con una plétora de nuevas especies.”

En 1984 los McMenamin fueron a Mount Holyoke College en Massachusetts, donde Mark había tomado una posición de maestro. Cuando trabajaron en su libro sobre animales, Mark comenzó a revisar su clase sobre la historia de la vida. “Cuando observé el libro de texto que estaba usando, parecía haber algo perdido”, recuerda. Por un lado los hongos estaban muy poco discutidos y por otro, dice, “las plantas eran mencionadas periféricamente, en pequeños cuadros. Esto me pareció un serio descuido. La única cosa que recuerdo era carbón”. En su estudio de la vida temprana, los McMenamin notaron una rara coincidencia. Durante la explosión cámbrica la tierra seca estaba ocupada por sólo un barniz de bacterias. Pero dentro de esos 60 millones de años llegaron las plantas y animales, y en menos de 100 millones de años luego de eso, la vida sobre la Tierra era ya más diversa que en los océanos. Las plantas terrestres estuvieron formando bosques tan vastos que crearon un tipo de roca nueva nunca antes vista: carbón. “Por miles de millones de años no hubo carbón,” dice Mark, “y entonces repentinamente había una nueva roca.” Nadie había sido capaz de resolver el misterio de cómo un proceso biológico tan poderoso que llegó a ser una fuerza geológica pudo irrumpir sobre la escena tan rápidamente.

Mark llegó a consumirse con el estudio de esta segunda explosión. “Gastamos mucho tiempo hablando del pasado y el futuro luego de que comenzó su investigación,” dice Dianna. Mark lanzaría explicaciones para esta segunda explosión de vida y Dianna las derrumbaría. (“Él tiene más ideas. Yo mejores,” afirma Dianna.) En particular ella le recordó que cualquier teoría para el surgimiento de la vida sobre la Tierra tenía que explicar el misterioso origen de los hongos. “Me mantuve martillando sobre él, diciendo, fíjate en los hongos!”.

Mark volvió al pesado texto sobre hongos para inspirarse. “Estaba leyendo, y pensando, no voy a leer completa esta cosa. En todos los artículos las cosas interesantes están ya sea en los comentarios vertidos en el final o en los pies de nota. Así que abrí el libro en uno de los últimos capítulos y había una discusión sobre casos misteriosos. Lo leí todo, y un caso misterioso es el de este hongo llamado Septobasidium. De repente esto me golpeó: ésta es la esencia de por qué la vida funciona sobre la Tierra”.

Septobasidium es un hongo con un gusto por los animales –específicamente por las creaturas cerosas, conocidas como insectos escama, que viven como chichones en apariencia inmóviles sobre las ramas de los árboles. Los hongos forman una cubierta que atrapa al insecto contra un tronco. Entonces insertan sus hifas dentro del insecto y absorben sus fluidos. Pero el insecto paralizado no muere –incluso vive más y es más joven que sus contrapartes no infectadas–. Sobrevive al clavar un largo tubo alimenticio dentro del árbol y chupar sus fluidos. El árbol, entretanto, está bebiendo desde un hongo micorrícico entrelazado con sus raíces subterráneas. En otras palabras, el fluido fluye desde el hongo a la planta, de la planta al animal y del animal al hongo. Mark comenzó a pensar en otros organismos conectados a esta asociación: los hongos parásitos que infectaron al hongo micorrícico, y los nemátodos como gusanos que se encerraron en las raíces del árbol.

Septobasidium, el árbol y todos los otros organismos, se dio cuenta, se alimentan sobre las corrientes de fluido, tal como lo hacen muchos organismos marinos, pero este fluido fluyó a través de sus propios tejidos. Los varios organismos habían, en efecto, creado un océano dentro de ellos mismos. Entre más hablaban Mark y Dianna acerca de este concepto, más les pareció que todo el esfuerzo de la evolución sobre la Tierra había sido recrear el océano internamente y explotarlo. Quizá comenzó como un acto de desesperación evolutiva, pero eventualmente fue capaz de crear la masa y diversidad asombrosa de vida que ha vivido sobre la tierra desde entonces.

Lo confortable que la vida puede ser en el océano tiene sus límites intrínsecos. “Los organismos que viven en las aguas superficiales marinas en perpetuo estado de hambruna,” dice Mark, “despojan al agua superficial de sus nutrientes y toma un largo tiempo para recuperarlos. Dejan todo limpio”. Con pocas excepciones, el plancton no puede hacer nada sino esperar por un ascenso de agua profunda. “En el océano, la productividad es un poco mejor donde se obtienen corrientes ascendentes, y en las orillas a lo largo de los continentes. El resto es sólo desierto”.

La corta pausa entre la explosión cámbrica y la llegada de las plantas, animales y hongos sobre la tierra, probablemente no fue coincidencia; según los McMenamin, “estaban esos predadores conducidos por cerebros corriendo en el vecindario, así que el único lugar seguro que quedaba era uno marginal donde los animales aún no habían llegado a ser predadores de cuidado”, dice Mark. Quizás algunas protoplantas y protohongos trataron de rasgar las orillas, donde tuvieron que aguantar periodos de sequía. Los protohongos atacarían a las protoplantas y usualmente las matarían. Pero podemos suponer un protohongo defectuoso que fallara en matar a su víctima –podría tropezar en una relación simbiótica con la planta que les permitió prosperar a ambos. En tanto el protohongo rompía la roca y la consumía, le suplía a la protoplanta con algo de eso. La protoplanta, a su vez, podría parar de depender de las corrientes oceánicas para obtener sus nutrientes y comenzar a evolucionar sus estructuras y la protección para crecer derecha sobre el aire. Una vez que una planta podía escapar del agua, podía inmediatamente reunir mucha más energía solar. Secarse por evaporación era un riesgo, pero la evaporación era también benéfica porque actuaba como una bomba, empujando más agua desde las raíces de la planta, enlazándola con lo que le daba el hongo, hasta sus tejidos fotosintéticos.

Lo que pasa en este escenario, apuntan los McMenamin, es que repentinamente el ascenso del océano que trae nutrientes a la superficie sucede dentro de dos tipos de organismos cooperadores. “Los organismos han tomado el control del flujo de nutrientes”, dice Mark. En lugar de corrientes ascendentes marinas, la vida sobre la tierra puede aprovechar “las corrientes hiperoceánicas”. Los organismos no tuvieron que sufrir más en hambre pasiva.

Si los McMenamin están en lo correcto, esta feliz combinación debería ser preservada en el registro fósil. Como Dianna había aprendido, los hongos fósiles son raros pero no inexistentes, y Mark había encontrado algunos. Junto con otros investigadores había estudiado rocas de un pantano de 400 millones de años de edad, en Escocia, y encontró en ellas esporas que parecían exactamente como las de las especies de micorrizas modernas. Más adelante, Winfried Remy, de la Westphalian Wilhelms University, en Alemania, reportó el descubrimiento en rocas de zarcillos únicos en forma de arbusto que los hongos micorrícicos insertan dentro de las células de las plantas. “Sin eso, podrías ser capaz de decir que las plantas vasculares estuvieron haciéndolo bien por sí mismas y que los hongos sólo llegaron como seguidores de campo”, dice Mark, “pero parecen estar bien implantados en el suelo”.

Desde la creación del hiperocéano, la vida sobre la tierra ha sido exitosa siempre que ha habido una forma nueva de explotar o controlar el nuevo medio. Las plantas tempranas, por ejemplo, aún necesitan dejar que sus gametos (células sexuales) naden para encontrarse en el agua estancada. Pero en 50 millones de años encontraron cómo efectuar este paso de reproducción en sus interiores acuosos. Sólo entonces las plantas realmente comenzaron la carrera a través de la superficie de la tierra, cambiando la faz del planeta para siempre.

Con este nuevo hábitat fluido de las plantas, los hongos y los animales se expandieron a través de la tierra y llegó a ser una interesante frontera por explorar. Muchas especies marinas se movieron a la orilla no con apéndices sino introduciéndose en la sangre o savia de los organismos terrestres. (Algunos, como los pentastómidos semejantes a gusanos, han llegado a extinguirse en los océanos.) Los parásitos terrestres siguieron las mismas reglas utilizando su cuerpo como lo hacen los peces en el océano. Navegan con sensores detectando gradientes químicos en lugar de olores o luz. Se camuflaron a sí mismos de sus predadores –particularmente las células inmunes– con mantos bioquímicos más que visuales. Como los peces, los parásitos pueden ser territoriales. En algunas especies de avispas parásitas las madres depositan varios huevos en el huésped. Todos menos uno salen tempranamente y patrullan el cuerpo del huésped matando a los parásitos competidores, de modo que la última larva en salir tiene un hábitat completo para sí misma. Como cualquier dueño de acuario sabe, hay un límite para cuántos peces puedes poner en un tanque; el mismo efecto de apiñamiento toma lugar entre los parásitos en un huésped. “Es como un tazón vivo de peces”, dice Dianna.

La similitud de los parásitos con los peces en el océano parecería un alto a la migración, ya que los parásitos terrestres enfrentan un problema obvio: en muchos lugares su mar está desconectado. Pero como las plantas y los hongos, los parásitos también pueden tomar control del flujo del hiperocéano, dirigiéndolo para pasar de un huésped al otro. Un ejemplo dramático es ofrecido por el gusano Leucochloridium paradoxum. Madura dentro de caracoles, pero para reproducirse necesita introducirse en un ave. Navegando su camino a través del hiperocéano, el gusano se mueve dentro de los tallos oculares del caracol. Su presencia les da a los ojos un color rojo brillante. Parcialmente ciego, el caracol repta a la punta de la planta en busca de luz. Ahí el caracol, con los brillantes ojos a plena vista, es fácil presa para las aves.

La evolución de los parásitos en el hiperocéano ayuda a explicar la diversidad de la vida sobre la tierra. Una vez en tierra los parásitos fueron forzados a comenzar a explorar agresivamente los muchos ambientes disponibles para introducirse dentro de la vida terrestre –incluso, las dificultades de vivir fuera de un huésped acuoso les dejó pocas elecciones–. Cada huésped potencial, claro, era un ambiente único requiriendo adaptaciones especiales, una situación que animó a los parásitos a diversificarse, y así lo hicieron con singular entusiasmo.

Aun volvieron a otros parásitos su hogar (£hiperparásitos!). Como un conjunto de muñecas rusas, una oruga huésped puede contener una larva de avispa parásita, la cual a su vez es hogar de otra larva, y así sucesivamente, de modo que la oruga carga cinco parásitos en total. El efecto de tal especialización es claro cuando se considera que, al menos estimativamente, las avispas parásitas y sus parásitos constituyen el 8% de la biodiversidad del mundo –igual a un cuarto de toda la diversidad en los océanos.

La diversidad de la vida sobre la Tierra obtiene también un empujón del denso tráfico de organismos y material genético jineteando las corrientes del hiperocéano a través de varios organismos. “Mi ejemplo favorito es el castaño”, dice Mark. Un hongo asiático ha barrido casi todos los castaños de los Estados Unidos, dejando sólo sus sistemas de raíces. Pero una nueva raza de hongos ha llegado. Carga un virus debilitado que puede vivir solamente en el fluido de los tejidos del hongo y hace al hongo inofensivo para el castaño. Cuando el hongo nuevo se encuentra con el viejo y los dos se involucran en algún tipo de sexo fúngico, el virus se mueve dentro del hongo dañino y lo neutraliza. “Ahora algunos forestales afirman que los árboles se están recuperando”, anota Mark. El resultado, dice, es que el hongo actúa como un surtidor de diversidad. “En lugar de un árbol que es barrido por un parásito, con una diversidad neta de cero se ha logrado que el árbol aun viva y obtenido dos razas de hongos, y se ha conseguido un virus”. No sólo los virus sino el ADN suelto probablemente obtiene intercambio frecuentemente a través del flujo del hiperocéano. “La promiscuidad del ADN en el hiperocéano ha llegado a ser tremenda”, dice Mark. Cita un trabajo reciente que demuestra que el hongo y el alga, que juntos forman el líquen, parecen haber intercambiado un extraordinario número de genes –a un grado nunca visto en la vida marina–. “Hay pocos ejemplos de esto en los océanos”, concede Mark, “pero son los menores”.

La última vez que alguien con credibilidad científica afirmó que la vida estaba unida en una gran superentidad fue en 1970, cuando el químico orgánico James Lovelock y la bióloga molecular Lynn Margulis sugirieron que la biosfera entera estabilizó la composición y la temperatura de la atmósfera y los océanos. Ellos llamaron al sistema Gaia. Pero poéticamente deliciosa como es, la hipótesis Gaia no ofrece a los científicos una forma directa para probarla, y ha llevado a muchos críticos a llamarla una propuesta no científica. Ambos McMenamin admiran a Gaia, pero no piensan que el hiperocéano tenga su mismo destino. “El hiperocéano hace predicciones específicas que pueden ser refutadas, y Gaia en muchas formas es simplemente una metáfora”, dice Dianna.

El hiperocéano, dicen, se elevará o caerá con investigación futura en parásitos marinos, los cuales no han sido suficientemente estudiados todavía. Los McMenamin predicen que debería haber muy pocos parásitos anidados en el océano, ya que no podrían competir mucho uno con otro dentro de un huésped, y que sobrevivirían mejor que los parásitos terrestres fuera de los organismos huéspedes. “También predecimos que la variación de la virulencia es mayor sobre la tierra que en el océano –más parásitos realmente malos y otros asintomáticos”, dice Mark. “En hábitats marinos se esperaría un espectro más estrecho de virulencia, ya que los océanos están inmersos en un solo medio. Un virus puede flotar alrededor del mundo”.

Los hongos también permanecen pobremente entendidos, y eso tambien puede ayudar a probar el hiperocéano. Ya que la corriente hipermarina es clave para el éxito del hiperocéano, las plantas más exitosas deberían ser las que se puedan asociar con la mayoría de las especies de hongos. Esto les permitiría anclarse fácilmente de nuevo en el hiperocéano cuando intenten colonizar nuevos sitios. (El ampliamente distribuido abeto Douglas, por ejemplo, puede asociarse con 2 mil tipos de hongos.)

Otra prueba sería buscar organismos que exploten el hiperocéano en formas permitidas por la hipótesis pero que no están identificadas. Por ejemplo, así como los animales marinos se han convertido en parásitos terrestres, las algas fotosintéticas o las bacterias deberían también hallar un animal que sea un buen hábitat acuático. Mark sugiere que hay (o hubo alguna vez) contrapartes terrestres de la fauna ediacara, animales que sobrevivieron al hospedar la fotosíntesis. “Siempre que doy una plática sobre el hiperocéano”, dice Mark, “alguien viene y me dice, ‘pienso que hay uno ahí afuera, también, y voy a encontrarlo’”. Mark mismo buscará fósiles de tales formas de vida. “Quiero ir a los Montes Apalaches y buscar evidencia de ligas inusuales hipermarinas en ese tipo de organismos. Quizá mi animal terrestre fotosintético esté ahí”.

¿Y qué si todas las pruebas corroboran la hipótesis? ¿Qué diferencia hará eso para nosotros si el hiperocéano es real? Por un lado, tendremos que entender que nosotros los humanos nos estamos dispersando como nunca antes. Así como hemos traído el mejillón zebra de Europa a las aguas de Estados Unidos, probablemente hemos traído enfermedades como el SIDA muy rápidamente de un reservorio del hiperocéano (monos) a otro (nosotros mismos) –y en ambos casos los invasores están provocando daños. Podríamos beneficiarnos de manipular sabiamente las corrientes del hiperocéano. Algunos de los fans más grandes de los McMenamin son expertos en manejo de pesticidas biológicos, que matarán las pestes con parásitos. Al pensar en los huéspedes como ambientes acuáticos conectados, los McMenamin sugieren que podríamos hallar nuevas curas para las enfermedades que afectan los cultivos y a los humanos. Al diseñar una señal falsa de NO HAY VACANTES, por ejemplo, podríamos engañar a un parásito al presentarle a un huésped no infectado como si estuviera lleno de parásitos.

El hiperocéano puede ofrecer pistas de adónde ha ido la vida sobre la tierra. El hiperocéano no es como Gaia, una unión global de la vida que mantiene el mundo en un cuidadoso balance. El hiperocéano es la vida fuera de control, una marea creciente construyendo biomasa y acelerando la evolución.

Un corolario de la hipótesis de los McMenamin es que el hiperocéano sugiere una forma de predecir el futuro de la evolución. Como ejemplo fascinante, Mark cita a los manglares. Las plantas costeras mandan algunas de sus raíces abajo en el suelo, donde se unen con los hongos, y mandan otras raíces decenas de metros en el océano, donde atrapan sedimentos y crean suelo nuevo. “Hay organismos marinos que comienzan a asociarse con esas raíces”, dice Mark. “Hay esponjas asociadas con ellas, y hay pruebas ahora mismo para hallar si hay intercambio nitrógeno-carbohidrato entre las esponjas y las raíces. Creo que lo hay. Todo sugiere que esto está por confirmarse”.

Los manglares pueden moverse mar adentro y formar gigantes islas flotantes. Sus raíces, balanceándose bajo las estériles aguas superficiales hacia la oscuridad rica en nutrientes, podrían unirse con las esponjas y otros organis- mos que actúan como el hongo. El potencial biológico de este arreglo podría ser tremendo.

“Si se hace suficientemente grande”, dice Mark, “se obtendrán increíbles gasoductos. Eso tiene un efecto inmediato sobre el dióxido de carbono”. Al bajar los niveles de dióxido de carbono, los de oxígeno se elevarían hasta alcanzar un punto en el cual cualquier vida terrestre que no sea manglar podría estar en peligro. “£En un 35% de oxígeno atmosférico”, especula Mark, “podrías tener un palo de béisbol y pegarle a un árbol de maple y eso lo encendería en llamas!”. La vida no termi- naría, claro. Aún estarían los manglares y otra vegetación marina para servir como herederos del hiperocéano. En su máximo florecimiento, la vida simplemente tendría que regresar al mar.

Traducción: Juan Corral Aguirre

*Zimmer, C. (1995). Hypersea invasion. Discover, octubre.