Invasión hiperoceánica*
Carl Zimmer
¿Por qué la vida sobre la tierra tiene un éxito tan espec-
tacular? Porque, según dicen Dianna y Mark
McMenamin, hace 450 millones de años la vida creó el
llamado “hiperocéano”, un nuevo y vasto océano de tejidos interconectados cuyos caminos fueron elaborados por hongos y parásitos pioneros. Hace 500 millones de años, la vida sobre la tierra era
sólo una delgada capa de microbios. Tal vida persiste hoy como
una costra en el piso del desierto y como un “barniz” sobre la roca.
Entre más se piensa acerca de la vida sobre el planeta, menos
sentido tiene. La vida empezó en el océano hace 4 mil millones de
años, y por cerca de 3.5 mil millones ha permanecido ahí. La evolución
creó organismos que tenían que mantenerse húmedos, pues esencialmente eran bolsas llenas de fluido, y si se secaban sus sistemas circulatorios podían colapsar y la mayoría de sus proteínas y ADN (ácido
desoxirribonucleico, el material genético de los seres vivos) volverse
inútiles. Sin las corrientes oceánicas que llevan nutrientes, podrían
morir de hambre, y ellos y sus frágiles huevos y larvas quedar
inmóviles, incapaces de alcanzar nuevos o mejores hábitats. Vista
desde el mar, entonces, la tierra sería igual a la muerte.
Desde que los animales, las plantas y los hongos llegaron
primero a las orillas del ambiente terrestre hace alrededor de 450
millones de años, la vida ha sido increíblemente exitosa. En rigor de
verdad, los organismos terrestres han tenido que permanecer
llenos de fluidos, con sacos basados en el ADN, y aún confían en las
viejas formas oceánicas de obtener alimento y energía, tales como
la predación y la fotosíntesis. Pero de acuerdo a los datos estimados, hay ahora el doble de especies sobre la tierra que en el mar y
producen cincuenta veces más biomasa. Además, hacen eso
sobre solo un tercio de la extensión del océano y en sólo una
pequeña fracción de su profundidad y han alcanzado esas estadísticas en muy poco tiempo. Si la vida en el océano
fuera el equivalente a un hombre de cien años, la
vida sobre la tierra sería un niño de once.
Los investigadores han tratado de explicar
esta paradoja tierra-mar sin mucho éxito. Pero
Mark y Dianna McMenamin, un equipo de paleontólogos, tienen una hipótesis muy audaz que creen
que puede explicarlo todo. Para entender el éxito
de la vida sobre la tierra –dicen–, se tiene que
reconocer que es un todo unificado. Lo que la hace
diferente de la vida marina es que los organismos
terrestres no relacionados (plantas, hongos y animales) forman un vasto número de conexiones físicas directas a través de las cuales el fluido puede
moverse. En efecto –afirman los McMenamin–, la
vida sobre la tierra no ha renunciado al océano sino
que ha creado uno nuevo dentro de la suma de
sus tejidos, algo que Dianna y Mark han bautizado
como “hiperocéano”.
El hiperocéano es en muchas formas diferente de un océano: por principio, no tiene una
superficie sobre la que se pueda posar la mirada ni
parece tener nivel. Si se pudiera mirar la vida sobre
la tierra a través de una máquina que registrara
sólo fluidos, se verían unas grandes columnas de
agua nutritiva elevándose, pues esas columnas serían los árboles. Se vería agua fluyendo horizontalmente bajo la superficie de la tierra, entre las
raíces de las plantas y los hongos, dentro de los
animales cuando se alimentan y moviéndose
cuando las criaturas se mueven. De acuerdo a los
McMenamin, esta matriz líquida ha llegado a ser el
hábitat acuático más reciente que los organismos
marinos han colonizado activamente. En sus formas críticas, se comporta exactamente como un
océano, pues el movimiento de fluidos a través del
hiperocéano provee a la vida con el mismo sustento que las corrientes oceánicas. Pero hay una
notable diferencia en la vida que alimenta: más que
ser beneficiarios pasivos de un océano que los
rodea, los organismos terrestres pueden controlar
las corrientes dentro de ellos.
Los McMenamin proponen el hiperocéano no como una metáfora sino como una
realidad. Si están en lo correcto, el hiperocéano
realmente ondula a través de las plantas sobre la
superficie de la tierra y en todos los insectos,
aves, reptiles, mamíferos; en todas las células de
todos los cuerpos que reptan o caminan sobre
ella, con imbricaciones tan vastas como el
océano mismo. El hiperocéano no sólo ofrece,
por ejemplo, una explicación para el gran misterio
de la emergencia de la vida terrestre, sino que
también sugiere formas extrañas y extravagantes
de vida que alguna vez debieron existir y que
quizá todavía lo hagan. Explica no sólo la mayor
cantidad de biomasa y la biodiversidad terrestre,
sino también misterios tales como el que las
cadenas alimenticias terrestres sean mucho más
cortas que las marinas. Comprender ese hiperocéano podría proveer a los investigadores agrícolas y a los médicos de nuevas formas para
entender las plagas y enfermedades. Podría
incluso revelar el futuro de la evolución.
Claro está, podría probarse también que
la hipótesis del hiperocéano está equivocada. Y
los McMenamin han ofrecido a sus colegas un
gran número de formas para hacerlo.
La idea del hiperocéano comenzó a filtrarse silenciosamente
en las mentes de los McMenamin a finales de los 1970. Vino a
Dianna mientras era pregraduada en la Universidad de California en
Santa Bárbara, coincidiendo con su introducción al subestimado
reino de los hongos. Hay varios cientos de miles de especies de
hongos que están más estrechamente relacionados con los animales que con las plantas. Entre nosotros, los humanos, tienen una
desafortunada reputación como parásitos de vida libre –tendemos
a notarlos cuando aparecen en la planta de nuestros pies o en
nuestros refrigeradores, o cuando arruinan una cosecha de papas
de un país. Pero sin los hongos el pan sólo sería una masa y la
cerveza un jugo de cebada. Sin la penicilina y otros antibióticos producidos por los hongos las infecciones habrían ya reclamado millones de vidas más el siglo pasado. Sin hongos en el suelo la
mayoría de las plantas podrían morir, pues ellas están unidas con
los hongos en una simbiosis que da vida (simbiosis es una relación
ecológica en la que ambos participantes son beneficiados, en este
caso llamada micorriza “hongo raíz”).
Los hongos existen como una red de hilos delgados conocidos como hifas, muchas de las cuales tienen sólo una célula de
grueso. No tienen bocas con las cuales puedan comer como los animales, y no pueden fotosintetizar como las plantas. Lo que hacen es
tener enzimas que separan el tejido vivo, la materia orgánica muerta,
o aun la roca; los hongos obtienen sus nutrimentos al liberar esas
enzimas y luego absorber el líquido resultante a través de sus paredes celulares. Las hifas de muchas especies, conocidas colectivamente como hongos micorrícicos, invaden las raíces de las plantas y
a veces incluso sus tallos y se hunden en sus células.
Aunque los hongos parecen estar listos para chupar a las
plantas hasta secarlas, de hecho son vecinos gentiles. Los hongos
micorrícicos toman algunos de los carbohidratos de las plantas,
pero en reciprocidad les brindan minerales y otros compuestos.
Los hongos forman redes subterráneas que unifican los
bosques de diferentes especies de plantas. A veces una red actúa
como un sistema nervioso. Cuando una planta es atacada por
insectos, algunas especies de hongos pueden bombear pesticidas
dentro de ella. Si una parte de un sitio de árboles es pobre en
nitrógeno y otra está corta de agua, los hongos pueden transportar
las sustancias necesarias. Y si las plantas están muriendo de hambre, los hongos pueden darles aceites para alimentarlas.
Cuando Dianna era pregraduada, uno de sus intereses era
la extraña vida sexual de los hongos. En muchas especies, cuando dos hifas se encuentran, se “prueban” una a otra. Si son de diferente sexo –una cuestión de compatibilidad genética, más que
genital– se funden e intercambian genes. (Las oportunidades eran
buenas en la especie que Dianna estudió –tenía más de 5,000
sexos diferentes.) Luego de aparearse, los hongos a menudo producen estructuras sobre la superficie del suelo, tales como setas y
hongos, cargadas con más de un trillón de esporas.
Por el tiempo en que estaba lista para graduarse, los intereses de Dianna se habían enfocado sobre cuestiones relacionadas al
origen de la vida, y decidió estudiar paleontología en Santa Bárbara.
Pero pronto halló que cuando preguntaba a otros paleontólogos
sobre el origen de los hongos, ellos simplemente se encogían de
hombros. Con pocos fósiles conocidos, los orígenes de los hongos
se desconocían. En 1980, Dianna se encontró con Mark, cuando vino
a estudiar en Santa Bárbara. Pronto se casaron; él era un paleontólogo centrado en los animales, desligado de los hongos.
La carrera de Mark había crecido desde la fascinación juvenil con las primeras formas de vida. Cuando tenía diez años, ojeaba un libro de fósiles y se impresionó por una foto de un disco de
tres centímetros de ancho con tres rayos curvados saliendo de su
centro. El libro explicó que esta creatura, un Tribraquidium, era de
550 millones de edad, y que nadie tenía idea de lo que era. “Pensé,
esto es muy extraño”, recuerda Mark. El tribraquidium estaba entre
los primeros animales multicelulares de la Tierra, conocidos colectivamente como la fauna ediacara (llamados así por ser en Ediacara,
Australia, donde se hallaron los primeros fósiles). Esos animales
eran planos, sin huesos, sin ojos, sin boca y sin cerebro. Hace
cerca de 530 millones de años desaparecieron durante un estallido
de la evolución conocido como la Explosión Cámbrica, que pobló
los océanos con casi todas las grandes formas de vida que han
existido desde entonces. “El enfoque total de mi trabajo de graduado era tratar de localizar esas cosas, tratar de hallar un nuevo sitio
en el campo”, dice Mark. Viajó a lo largo de Norteamérica buscando uno. Eventualmente halló una vena muy rica de fósiles de
Ediacara en México. El sitio produjo docenas de nuevas especies y
Mark llegó a ser una autoridad sobre el primer capítulo de la historia de los animales. En marzo de 1995 descubrió un animal parecido a una medusa en un sitio de 590 millones de años de edad
–el fósil más antiguo conocido de un animal multicelular. Como
otros fósiles Ediacara, es una humilde mancha.
En su libro La emergencia de los animales, los McMenamin
hipotetizaron que esas creaturas vivieron en un mundo muy diferente del nuestro, uno que tenía amplio espacio
para las humildes manchas. “Ellas crearon su propio alimento; aunque eran grandes, no fueron
predadores ni fueron presas”, dice Mark. Algunos
animales protegieron microbios fotosintetizadores
en sus tejidos, mientras otros cosechaban la
energía en compuestos químicos en el océano.
“Algunos fueron sólo pasivos absorbedores de
nutrientes, obteniendo aminoácidos que vagaban
en el agua.” A Mark le gusta llamar a este tranquilo mundo “el jardín de Ediacara”.
Por razones que aún son poco claras, la
explosión cámbrica trajo los primeros predadores
del mundo, completos, con boca y cerebro, y que
velozmente destruyeron el jardín de Ediacara. Pero
como Mark apunta, fue un revés evolutivo:
“Cuando llegan esos primeros predadores obligan
a su presa a hacer cosas nuevas. Su linaje obtiene
ayuda por las cosas que están tratando de
comérselo.” La ayuda, en este ejemplo, significa
que desarrollan armas y venenos y maniobras de
escape. “Y entonces los predadores sufren una
diversificación y se obtiene una espiral ascendente, y en unos pocos millones de años se llena
el océano con una plétora de nuevas especies.”
En 1984 los McMenamin fueron a Mount
Holyoke College en Massachusetts, donde Mark
había tomado una posición de maestro. Cuando
trabajaron en su libro sobre animales, Mark
comenzó a revisar su clase sobre la historia de la
vida. “Cuando observé el libro de texto que
estaba usando, parecía haber algo perdido”,
recuerda. Por un lado los hongos estaban muy
poco discutidos y por otro, dice, “las plantas eran
mencionadas periféricamente, en pequeños
cuadros. Esto me pareció un serio descuido. La
única cosa que recuerdo era carbón”. En su estudio de la vida temprana, los McMenamin notaron
una rara coincidencia. Durante la explosión cámbrica la tierra seca estaba ocupada por sólo un
barniz de bacterias. Pero dentro de esos 60 millones de años llegaron las plantas y animales, y en menos de 100 millones de años luego de eso,
la vida sobre la Tierra era ya más diversa que en
los océanos. Las plantas terrestres estuvieron formando bosques tan vastos que crearon un tipo
de roca nueva nunca antes vista: carbón. “Por
miles de millones de años no hubo carbón,” dice
Mark, “y entonces repentinamente había una
nueva roca.” Nadie había sido capaz de resolver
el misterio de cómo un proceso biológico tan
poderoso que llegó a ser una fuerza geológica
pudo irrumpir sobre la escena tan rápidamente.
Mark llegó a consumirse con el estudio de
esta segunda explosión. “Gastamos mucho tiempo
hablando del pasado y el futuro luego de que
comenzó su investigación,” dice Dianna. Mark lanzaría explicaciones para esta segunda explosión de
vida y Dianna las derrumbaría. (“Él tiene más ideas.
Yo mejores,” afirma Dianna.) En particular ella le
recordó que cualquier teoría para el surgimiento de
la vida sobre la Tierra tenía que explicar el misterioso
origen de los hongos. “Me mantuve martillando
sobre él, diciendo, fíjate en los hongos!”.
Mark volvió al pesado texto sobre hongos
para inspirarse. “Estaba leyendo, y pensando, no
voy a leer completa esta cosa. En todos los
artículos las cosas interesantes están ya sea en
los comentarios vertidos en el final o en los pies
de nota. Así que abrí el libro en uno de los últimos
capítulos y había una discusión sobre casos misteriosos. Lo leí todo, y un caso misterioso es el
de este hongo llamado Septobasidium. De
repente esto me golpeó: ésta es la esencia de
por qué la vida funciona sobre la Tierra”.
Septobasidium es un hongo con un gusto
por los animales –específicamente por las creaturas cerosas, conocidas como insectos escama,
que viven como chichones en apariencia inmóviles
sobre las ramas de los árboles. Los hongos forman una cubierta que atrapa al insecto contra un
tronco. Entonces insertan sus hifas dentro del
insecto y absorben sus fluidos. Pero el insecto
paralizado no muere –incluso vive más y es más joven que sus contrapartes no infectadas–. Sobrevive al clavar un
largo tubo alimenticio dentro del árbol y chupar sus fluidos. El árbol,
entretanto, está bebiendo desde un hongo micorrícico entrelazado
con sus raíces subterráneas. En otras palabras, el fluido fluye desde
el hongo a la planta, de la planta al animal y del animal al hongo.
Mark comenzó a pensar en otros organismos conectados a esta
asociación: los hongos parásitos que infectaron al hongo micorrícico, y los nemátodos como gusanos que se encerraron en las
raíces del árbol.
Septobasidium, el árbol y todos los otros organismos, se
dio cuenta, se alimentan sobre las corrientes de fluido, tal como lo
hacen muchos organismos marinos, pero este fluido fluyó a través
de sus propios tejidos. Los varios organismos habían, en efecto,
creado un océano dentro de ellos mismos. Entre más hablaban
Mark y Dianna acerca de este concepto, más les pareció que todo
el esfuerzo de la evolución sobre la Tierra había sido recrear el
océano internamente y explotarlo. Quizá comenzó como un acto
de desesperación evolutiva, pero eventualmente fue capaz de
crear la masa y diversidad asombrosa de vida que ha vivido sobre
la tierra desde entonces.
Lo confortable que la vida puede ser en el océano tiene
sus límites intrínsecos. “Los organismos que viven en las aguas
superficiales marinas en perpetuo estado de hambruna,” dice
Mark, “despojan al agua superficial de sus nutrientes y toma un
largo tiempo para recuperarlos. Dejan todo limpio”. Con pocas
excepciones, el plancton no puede hacer nada sino esperar por un
ascenso de agua profunda. “En el océano, la productividad es un
poco mejor donde se obtienen corrientes ascendentes, y en las
orillas a lo largo de los continentes. El resto es sólo desierto”.
La corta pausa entre la explosión cámbrica y la llegada de
las plantas, animales y hongos sobre la tierra, probablemente no fue coincidencia; según los McMenamin, “estaban esos
predadores conducidos por cerebros corriendo en el vecindario,
así que el único lugar seguro que quedaba era uno marginal donde
los animales aún no habían llegado a ser predadores de cuidado”,
dice Mark. Quizás algunas protoplantas y protohongos trataron de
rasgar las orillas, donde tuvieron que aguantar periodos de sequía.
Los protohongos atacarían a las protoplantas y usualmente las
matarían. Pero podemos suponer un protohongo defectuoso que
fallara en matar a su víctima –podría tropezar en una relación simbiótica con la planta que les permitió prosperar a ambos. En tanto
el protohongo rompía la roca y la consumía, le suplía a la protoplanta con algo de eso. La protoplanta, a su vez, podría parar de
depender de las corrientes oceánicas para obtener sus nutrientes y
comenzar a evolucionar sus estructuras y la protección para crecer
derecha sobre el aire. Una vez que una planta podía escapar del
agua, podía inmediatamente reunir mucha más energía solar.
Secarse por evaporación era un riesgo, pero la evaporación era
también benéfica porque actuaba como una bomba, empujando
más agua desde las raíces de la planta, enlazándola con lo que le
daba el hongo, hasta sus tejidos fotosintéticos.
Lo que pasa en este escenario, apuntan los McMenamin,
es que repentinamente el ascenso del océano que trae nutrientes a
la superficie sucede dentro de dos tipos de organismos cooperadores. “Los organismos han tomado el control del flujo de nutrientes”, dice Mark. En lugar de corrientes ascendentes marinas, la
vida sobre la tierra puede aprovechar “las corrientes hiperoceánicas”. Los organismos no tuvieron que sufrir más en hambre pasiva.
Si los McMenamin están en lo correcto, esta feliz combinación debería ser preservada en el registro fósil. Como Dianna
había aprendido, los hongos fósiles son raros pero no inexistentes, y Mark había encontrado algunos. Junto con otros investigadores había estudiado rocas de un pantano de 400 millones de
años de edad, en Escocia, y encontró en ellas esporas que
parecían exactamente como las de las especies de micorrizas
modernas. Más adelante, Winfried Remy, de la Westphalian
Wilhelms University, en Alemania, reportó el descubrimiento en
rocas de zarcillos únicos en forma de arbusto que los hongos
micorrícicos insertan dentro de las células de las plantas. “Sin eso,
podrías ser capaz de decir que las plantas vasculares estuvieron
haciéndolo bien por sí mismas y que los hongos sólo llegaron
como seguidores de campo”, dice Mark, “pero parecen estar bien
implantados en el suelo”.
Desde la creación del hiperocéano, la vida
sobre la tierra ha sido exitosa siempre que ha
habido una forma nueva de explotar o controlar el
nuevo medio. Las plantas tempranas, por ejemplo, aún necesitan dejar que sus gametos (células
sexuales) naden para encontrarse en el agua
estancada. Pero en 50 millones de años encontraron cómo efectuar este paso de reproducción
en sus interiores acuosos. Sólo entonces las plantas realmente comenzaron la carrera a través de
la superficie de la tierra, cambiando la faz del
planeta para siempre.
Con este nuevo hábitat fluido de las plantas, los hongos y los animales se expandieron a
través de la tierra y llegó a ser una interesante
frontera por explorar. Muchas especies marinas
se movieron a la orilla no con apéndices sino
introduciéndose en la sangre o savia de los
organismos terrestres. (Algunos, como los pentastómidos semejantes a gusanos, han llegado a
extinguirse en los océanos.) Los parásitos
terrestres siguieron las mismas reglas utilizando
su cuerpo como lo hacen los peces en el
océano. Navegan con sensores detectando gradientes químicos en lugar de olores o luz. Se
camuflaron a sí mismos de sus predadores –particularmente las células inmunes– con mantos
bioquímicos más que visuales. Como los peces,
los parásitos pueden ser territoriales. En algunas
especies de avispas parásitas las madres depositan varios huevos en el huésped. Todos menos
uno salen tempranamente y patrullan el cuerpo
del huésped matando a los parásitos competidores, de modo que la última larva en salir tiene
un hábitat completo para sí misma. Como
cualquier dueño de acuario sabe, hay un límite
para cuántos peces puedes poner en un tanque;
el mismo efecto de apiñamiento toma lugar entre
los parásitos en un huésped. “Es como un tazón
vivo de peces”, dice Dianna.
La similitud de los parásitos con los peces
en el océano parecería un alto a la migración, ya que los parásitos terrestres enfrentan un problema
obvio: en muchos lugares su mar está desconectado. Pero como las plantas y los hongos, los
parásitos también pueden tomar control del flujo
del hiperocéano, dirigiéndolo para pasar de un
huésped al otro. Un ejemplo dramático es ofrecido
por el gusano Leucochloridium paradoxum.
Madura dentro de caracoles, pero para reproducirse necesita introducirse en un ave.
Navegando su camino a través del hiperocéano, el
gusano se mueve dentro de los tallos oculares del
caracol. Su presencia les da a los ojos un color
rojo brillante. Parcialmente ciego, el caracol repta a
la punta de la planta en busca de luz. Ahí el caracol, con los brillantes ojos a plena vista, es fácil
presa para las aves.
La evolución de los parásitos en el hiperocéano ayuda a explicar la diversidad de la vida
sobre la tierra. Una vez en tierra los parásitos
fueron forzados a comenzar a explorar agresivamente los muchos ambientes disponibles para
introducirse dentro de la vida terrestre –incluso,
las dificultades de vivir fuera de un huésped acuoso les dejó pocas elecciones–. Cada huésped
potencial, claro, era un ambiente único requiriendo adaptaciones especiales, una situación
que animó a los parásitos a diversificarse, y así lo
hicieron con singular entusiasmo.
Aun volvieron a otros parásitos su hogar
(£hiperparásitos!). Como un conjunto de muñecas
rusas, una oruga huésped puede contener una
larva de avispa parásita, la cual a su vez es hogar
de otra larva, y así sucesivamente, de modo que
la oruga carga cinco parásitos en total. El efecto
de tal especialización es claro cuando se considera que, al menos estimativamente, las avispas
parásitas y sus parásitos constituyen el 8% de la
biodiversidad del mundo –igual a un cuarto de
toda la diversidad en los océanos.
La diversidad de la vida sobre la Tierra
obtiene también un empujón del denso tráfico de
organismos y material genético jineteando las corrientes del hiperocéano a través de varios organismos. “Mi ejemplo
favorito es el castaño”, dice Mark. Un hongo asiático ha barrido casi
todos los castaños de los Estados Unidos, dejando sólo sus sistemas
de raíces. Pero una nueva raza de hongos ha llegado. Carga un virus
debilitado que puede vivir solamente en el fluido de los tejidos del
hongo y hace al hongo inofensivo para el castaño. Cuando el hongo
nuevo se encuentra con el viejo y los dos se involucran en algún tipo
de sexo fúngico, el virus se mueve dentro del hongo dañino y lo neutraliza. “Ahora algunos forestales afirman que los árboles se están
recuperando”, anota Mark. El resultado, dice, es que el hongo actúa
como un surtidor de diversidad. “En lugar de un árbol que es barrido
por un parásito, con una diversidad neta de cero se ha logrado que el
árbol aun viva y obtenido dos razas de hongos, y se ha conseguido un
virus”. No sólo los virus sino el ADN suelto probablemente obtiene intercambio frecuentemente a través del flujo del hiperocéano. “La promiscuidad del ADN en el hiperocéano ha llegado a ser tremenda”, dice
Mark. Cita un trabajo reciente que demuestra que el hongo y el alga,
que juntos forman el líquen, parecen haber intercambiado un extraordinario número de genes –a un grado nunca visto en la vida marina–.
“Hay pocos ejemplos de esto en los océanos”, concede Mark, “pero
son los menores”.
La última vez que alguien con credibilidad científica afirmó
que la vida estaba unida en una gran superentidad fue en 1970,
cuando el químico orgánico James Lovelock y la bióloga molecular
Lynn Margulis sugirieron que la biosfera entera estabilizó la composición y la temperatura de la atmósfera y los océanos. Ellos llamaron al sistema Gaia. Pero poéticamente deliciosa como es, la
hipótesis Gaia no ofrece a los científicos una forma directa para
probarla, y ha llevado a muchos críticos a llamarla una propuesta
no científica. Ambos McMenamin admiran a Gaia, pero no piensan
que el hiperocéano tenga su mismo destino. “El hiperocéano hace
predicciones específicas que pueden ser refutadas, y Gaia en
muchas formas es simplemente una metáfora”, dice Dianna.
El hiperocéano, dicen, se elevará o caerá con investigación
futura en parásitos marinos, los cuales no han sido suficientemente
estudiados todavía. Los McMenamin predicen que debería haber muy
pocos parásitos anidados en el océano, ya que no podrían competir
mucho uno con otro dentro de un huésped, y que sobrevivirían mejor
que los parásitos terrestres fuera de los organismos huéspedes.
“También predecimos que la variación de la virulencia es mayor sobre
la tierra que en el océano –más parásitos realmente malos y otros
asintomáticos”, dice Mark. “En hábitats marinos se esperaría un espectro más estrecho de virulencia, ya que los océanos están inmersos en un solo medio. Un virus puede flotar alrededor del mundo”.
Los hongos también permanecen pobremente entendidos,
y eso tambien puede ayudar a probar el hiperocéano. Ya que la
corriente hipermarina es clave para el éxito del hiperocéano, las
plantas más exitosas deberían ser las que se puedan asociar con
la mayoría de las especies de hongos. Esto les permitiría anclarse
fácilmente de nuevo en el hiperocéano cuando intenten colonizar
nuevos sitios. (El ampliamente distribuido abeto Douglas, por ejemplo, puede asociarse con 2 mil tipos de hongos.)
Otra prueba sería buscar organismos que exploten el hiperocéano en formas permitidas por la hipótesis pero que no están identificadas. Por ejemplo, así como los animales marinos se han
convertido en parásitos terrestres, las algas fotosintéticas o las bacterias deberían también hallar un animal que sea un buen hábitat
acuático. Mark sugiere que hay (o hubo alguna vez) contrapartes
terrestres de la fauna ediacara, animales que sobrevivieron al
hospedar la fotosíntesis. “Siempre que doy una plática sobre el hiperocéano”, dice Mark, “alguien viene y me dice, ‘pienso que hay uno ahí
afuera, también, y voy a encontrarlo’”. Mark mismo buscará fósiles de
tales formas de vida. “Quiero ir a los Montes Apalaches y buscar evidencia de ligas inusuales hipermarinas en ese tipo de organismos.
Quizá mi animal terrestre fotosintético esté ahí”.
¿Y qué si todas las pruebas corroboran la hipótesis? ¿Qué
diferencia hará eso para nosotros si el hiperocéano es real? Por un
lado, tendremos que entender que nosotros los humanos nos estamos dispersando como nunca antes. Así como hemos traído el mejillón zebra de Europa a las aguas de Estados Unidos, probablemente
hemos traído enfermedades como el SIDA muy rápidamente de un
reservorio del hiperocéano (monos) a otro (nosotros mismos) –y en
ambos casos los invasores están provocando daños. Podríamos
beneficiarnos de manipular sabiamente las corrientes del hiperocéano. Algunos de los fans más grandes de los McMenamin son
expertos en manejo de pesticidas biológicos, que matarán las pestes
con parásitos. Al pensar en los huéspedes como ambientes acuáticos conectados, los McMenamin sugieren que podríamos hallar
nuevas curas para las enfermedades que afectan los cultivos y a los
humanos. Al diseñar una señal falsa de NO HAY VACANTES, por ejemplo, podríamos engañar a un parásito al presentarle a un huésped no
infectado como si estuviera lleno de parásitos.
El hiperocéano puede ofrecer pistas de adónde ha ido la
vida sobre la tierra. El hiperocéano no es como Gaia, una unión
global de la vida que mantiene el mundo en un
cuidadoso balance. El hiperocéano es la vida
fuera de control, una marea creciente construyendo biomasa y acelerando la evolución.
Un corolario de la hipótesis de los
McMenamin es que el hiperocéano sugiere una
forma de predecir el futuro de la evolución. Como
ejemplo fascinante, Mark cita a los manglares. Las
plantas costeras mandan algunas de sus raíces
abajo en el suelo, donde se unen con los hongos,
y mandan otras raíces decenas de metros en el
océano, donde atrapan sedimentos y crean suelo
nuevo. “Hay organismos marinos que comienzan
a asociarse con esas raíces”, dice Mark. “Hay
esponjas asociadas con ellas, y hay pruebas
ahora mismo para hallar si hay intercambio
nitrógeno-carbohidrato entre las esponjas y las
raíces. Creo que lo hay. Todo sugiere que esto
está por confirmarse”.
Los manglares pueden moverse mar
adentro y formar gigantes islas flotantes. Sus
raíces, balanceándose bajo las estériles aguas
superficiales hacia la oscuridad rica en nutrientes,
podrían unirse con las esponjas y otros organis-
mos que actúan como el hongo. El potencial
biológico de este arreglo podría ser tremendo.
“Si se hace suficientemente grande”, dice
Mark, “se obtendrán increíbles gasoductos. Eso tiene
un efecto inmediato sobre el dióxido de carbono”.
Al bajar los niveles de dióxido de carbono, los de
oxígeno se elevarían hasta alcanzar un punto en el
cual cualquier vida terrestre que no sea manglar
podría estar en peligro. “£En un 35% de oxígeno
atmosférico”, especula Mark, “podrías tener un
palo de béisbol y pegarle a un árbol de maple y
eso lo encendería en llamas!”. La vida no termi-
naría, claro. Aún estarían los manglares y otra
vegetación marina para servir como herederos del
hiperocéano. En su máximo florecimiento, la vida
simplemente tendría que regresar al mar.
Traducción: Juan Corral Aguirre
*Zimmer, C. (1995). Hypersea invasion. Discover, octubre.