Isabel de Bohemia:
luces y sombras de la ciencia cartesiana
María Angélica Salmerón Jiménez
En el esquema general de la época moderna, una de las trayectorias más determinantes y definitivas que permiten
caracterizar las nuevas tendencias filosófico-científicas la encontramos precisamente en una de sus
grandes metáforas: la revolución científica. La historiografía ha señalado esta etapa como la que ha
experimentado los cambios más relevantes con
respecto de las concepciones antiguas y
medievales, y considera que en ella se origina,
desarrolla y llega a su cúspide el edificio conceptual que determina la nueva figura del mundo. En
efecto, este periodo, que según dicen los historiadores transcurre entre la publicación del De
Revolutionibus de Copérnico (1535) y los
Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de
Newton (1687), constituye el tramo que por sus
revolucionarias innovaciones ha sido llamada la
“revolución científica”. Se trata –como apuntan
Reale y Antiseri– de “un poderoso movimiento de
ideas que adquiere en el siglo XVII sus rasgos distintivos con la obra de Galileo, que encuentra sus
filósofos desde perspectivas diferentes en las
ideas de Bacon y de Descartes, y que más tarde
llegará a su expresión clásica mediante la imagen
newtoniana del universo, concebido como una
máquina, como un reloj”.
Este trayecto, que nos sitúa entre los siglos XVI y XVII y fija en este último una de sus
directrices fundamentales, apunta de manera
determinante a uno de sus representantes más
canónicos y oficiales: René Descartes. Y, ciertamente –casi sobra decirlo–, con el pensamiento
cartesiano se inaugura prácticamente la edad
moderna; no en vano ha sido considerado el
“padre de la modernidad” y su figura representa
no sólo el perfil filosófico de la época, sino que constituye también su perfil científico. René
Descartes es pues un personaje paradigmático
de la modernidad en tanto que en su persona se
conjunta el nuevo espíritu de la época en su
doble vertiente: filosofía y ciencia en estrecho
vínculo. Y este hecho, que el mismo Descartes
pone de manifiesto en una de sus obras fundamentales –Los Principios de la Filosofía–, nos
permite introducir el nombre de una mujer que,
sin ser en estricto sentido una filósofa ni una
científica, es con todo su mejor interlocutora.
Nos referimos a la princesa Isabel de Bohemia,
a quien el filósofo dedicó su obra. Pero además
fue con Isabel con quien mantuvo una estrecha
relación epistolar a raíz de la cual ésta se muestra como una discípula crítica de las concepciones de su maestro, razón por la cual, para
intentar resolver las objeciones planteadas por
Isabel, Descartes termine escribiendo la que
sería su última obra: Las pasiones del alma, que
curiosa y quizá paradójicamente está también
dedicado a otra mujer: la reina Cristina de
Suecia.
Podría pensarse, y no sin fundamento, que estos datos
son interesantes y que ciertamente Descartes no se andaba con
pequeñeces ni por las ramas cuando de sus amistades femeninas
se trataba; ser amigo y hasta maestro de reinas y princesas en
esa época podía ser bastante redituable, y más aún cuando de
dedicar libros se trataba. La época se prestaba bien a ello, y la
mayoría de las veces podía convertirse en moneda de uso corriente para los autores; sin embargo, en este caso no parece ni
de lejos que Descartes se beneficiara directamente de ello; por el
contrario, todo indica que sus dedicatorias podían más bien perjudicarle. De hecho, los estudiosos señalan que dedicar estos textos a Isabel y Cristina –una princesa protestante y la otra una reina
luterana–, podían comprometer su propia posición religiosa y
hasta política.
El caso es que Descartes redactó sus correspondientes
homenajes, y que es posible concluir que si la historia conserva el
nombre de estas mujeres, es por el simple hecho de haber coincidido con un hombre que en su época y hasta hoy es reconocido
como uno de los filósofo más importantes y, más aún, un pensador que al correr del tiempo se constituiría en la figura señera de
los tiempos modernos. Así pues, la memoria histórica retiene el
nombre de Isabel y de Cristina, aunque siempre a la sombra de
quien tanto contribuyó a dar brillo y esplendor a la modernidad
temprana y a su gran movimiento revolucionario; de esto resulta
que esas mujeres existen y son “alguien” sólo a través de la luz
que irradia su amigo y maestro. Pero, ¿es realmente así? La
respuesta tendrá que dárnosla una profundización de estas relaciones si queremos dejar el terreno de la mera anécdota o de
la nota curiosa, y para ello es necesario ir al centro mismo de la
cuestión a través de su núcleo intelectual, esto es, determinar si en
dichas relaciones es posible hallar algo más que un simple y superfluo coqueteo cortesano. Al respecto, vale recordar lo que dice
Margaret Alic: “Es irónico que esas mujeres sean recordadas hoy
día más por su posición social y política que por su ciencia. Pero
de la misma manera en que Anne Conway proporcionó nuevas
ideas y temas de estudio a More y van Helmont, así Isabel de
Bohemia, la princesa palatina, [...] influyó en su maestro Descartes,
y la hermana de Isabel, la electora Sofía de Hannover, inspiró a
Leibniz”. Por todo ello podemos seguir insistiendo en el hecho de
que muchas de las relaciones que entablaron las mujeres cultas de
la época con filósofos y científicos puede ser de tal importancia
intelectual que nos permita develar los pensamientos que han quedado en el margen de las historias. Así, el “otro pensamiento”
–en este caso concreto el de las mujeres que compartieron las
inquietudes de su tiempo y que en cierta medida participaron también en su constitución– nos puede ayudar a comprender mejor
una época, y con ello la serie de transformaciones y problemas que
fueron determinando su perfil histórico.
Afortunadamente, para el caso que nos ocupa –el de la
relación Isabel-Descartes–, contamos con algunos materiales que
admiten profundizar en dichas cuestiones: por un lado, la correspondencia que ambos mantuvieron y la carta-dedicatoria con que
Descartes ofrece a Isabel sus Principios; por otro lado, algunos
señalamientos historiográficos que nos hablan de la importancia
que tuvieron para las concepciones cartesianas las observaciones
de la princesa palatina. Todo ello nos permite asimismo reconstruir
un diálogo que habrá de aproximarnos a reconocer en Isabel un
intelecto a la altura de la mente más lúcida de la modernidad, y
quien, pese a no contar con una obra propia que dé forma y textura a una concepción filosófica y científica, deja
ver claramente que no sólo era una buena lectora
de estas disciplinas, sino que también comprendió a cabalidad sus problemas, al grado que
pudo criticar y objetar las concepciones fundamentales del gran filósofo, gracias a lo cual
podemos asistir a uno de los grandes debates de
la edad moderna. Pero antes de ponernos en
camino siguiendo el trazo de esas huellas, digamos algo sobre la mujer que hará posible tal
empresa.
Isabel de Bohemia nació en Heidelberg el
26 de diciembre de 1618 y murió el 8 de febrero
de 1680. Fue hija de Federico V del Palatinado y
de Isabel Estuardo, hija a su vez de Jaime I de
Inglaterra. Las vicisitudes que esta familia real tuvo
que sortear terminaron por conducirlos a perder el
reino de Bohemia y a vivir exiliados en Holanda.
Bajo tales circunstancias, la vida de Isabel no
parecía fácil y menos aún glamorosa; de hecho,
no podía serlo para una princesa sin reino ni fortuna y, por si esto fuese poco, marcada por la
égida del protestantismo que profesaba. Eran
tiempos difíciles, e Isabel los enfrentó de la mejor
manera que pudo. No se casó, y como mujer
soltera tuvo que depender de sus parientes hasta
que finalmente se refugió en un convento de
Herford, del que llegó a ser abadesa, condición
ésta que finalmente le acercó un tanto al estilo de
vida adecuado a una princesa.
Hija pues de reyes depuestos y exiliados,
Isabel recibió una cuidadosa educación que corriendo el tiempo la convirtió en una mujer célebre
por su erudición. Se sabe que estudió música,
danza, arte, ciencias naturales, matemáticas y
lenguas; hablaba inglés, alemán, francés,
holandés e italiano y conocía el latín; también fue
una estudiosa de la Grecia antigua, lo que le valió
el mote de “La griega” entre los miembros de su
familia. En general, nuestra princesa fue una gran
lectora y una entusiasta estudiosa de las ciencias:
asistía a experimentos científicos y a disecciones anatómicas, lo que terminó por conducirla hacia
uno de los filósofos más importantes de su
tiempo: René Descartes, de quien Isabel fue una
devota admiradora; conocía su obra y había leído
varios de sus textos, entre ellos las Meditaciones,
el Discurso y las Reglas. Isabel se dio a la tarea
de cavar honda y contundentemente en las propuestas cartesianas, de forma que buscó el diálogo directo con el propio Descartes mediante
una correspondencia que a menudo se ha señalado como una de las fuentes principales de la
última obra del filósofo: Las pasiones del alma,
además de proporcionar datos que aclaraban
sus teorías. Historiadores de la filosofía y la ciencia, como Reale y Antiseri, afirman que dicha correspondencia “es muy importante para aclarar
muchos puntos oscuros de [la] doctrina [de
Descartes], y en particular la relación entre el
alma y el cuerpo, el problema moral y el libre arbitrio”. Y más aún, como ha dicho Eugenio Garin: el
epistolario viene a constituirse en “el preámbulo,
el fondo y el comentario” de esa obra.
Por ende, la relación epistolar que
sostienen la princesa y el filósofo, iniciada en
1643, aporta una gama tal de datos que no
podemos perderla de vista; como hacen notar De
Martino y Bruzzese, este importante intercambio
epistolar que va del 16 de mayo de 1643 al 3 de
diciembre de 1649 y que comprende 26 cartas
de la princesa y 33 del filósofo en las que se
tratan cuestiones filosóficas y matemáticas, debe
ser tenido en consideración no sólo a partir de lo
que apunta Descartes, sino de aquello que preocupa a Isabel, pues afirman que “el contenido
de las cartas de la princesa, casi todas de argumento moral, ha sido generalmente subestimado,
cuando no ignorado del todo por los historiadores, a favor de las cartas del filósofo”. En fin,
como dice Margaret Atherton, “la reputación de
Isabel como filósofa descansa en su correspondencia con René Descartes”. De ahí que esta
correspondencia no sólo ayuda a reconstruir las concepciones del filósofo, sino que a través de ella estamos en
condiciones de perfilar también el pensamiento de la princesa.
Pero, preguntémonos ahora, ¿por qué puede esto valer
para introducir el nombre de Isabel de Bohemia en la historia del
pensamiento filosófico y científico? Si su nombre merece un sitio
en nuestra historia es porque contribuyó significativamente al
desarrollo de la ciencia y la filosofía, obligando a Descartes buscar
mejores y más clarificadoras explicaciones físicas y metafísicas, de
donde –como hemos de mostrar más adelante– resultará que el
influjo que tuvo sobre Descartes constituye una de las aportaciones más decisivas en el curso de la historia. Ciertamente, las
objeciones y críticas de Isabel a Descartes obligaron a éste a
revisar y ampliar sus planteamientos, al grado de que hoy por hoy
la mayor parte de los estudiosos del pensamiento cartesiano
remiten a su correspondencia con Isabel porque consideran que
en ella se profundizan, amplían y aclaran algunas de las ideas fundamentales del filósofo. El diálogo Isabel-Descartes nos abre el
camino a una doble vertiente de reconstrucción histórica: por
un lado, ampliamos nuestro radio de comprensión de los
planteamientos cartesianos; por el otro, recuperamos el nombre y
el pensamiento de la mujer que no sólo se atrevió a poner en
apuros al padre de la modernidad con sus preguntas y reflexiones,
sino que, más allá de eso, lo condujo en buena parte a escribir su
última obra. Por consiguiente, la relación epistolar que a mediados
del siglo XVII mantuvieron Isabel de Bohemia y René Descartes es
relevante en general para una mejor comprensión del periodo
histórico en que se genera una de las propuestas más importantes
del pensamiento filosófico-científico moderno y, en particular, para
acercarnos al propio pensamiento cartesiano. La correspondencia,
pues, cuenta con el mérito de ser un diálogo intelectual que nos
permite introducirnos a través de las inquietudes de Isabel en las
oscuridades que propiciaban algunas de las doctrinas más luminosas de la época.
Descartes, también llamado “el filósofo de la luz”, había
concebido la idea de que si se quería explicar el funcionamiento de
la nueva figura del mundo traída a cuento por la revolución cientí-
fica, tendría que verse el universo como una mera extensión cuya
cualificación última había de ser el mecanicismo: el mundo es una
máquina cuyo funcionamiento puede ser entendido a través de
procedimientos matemáticos, y cuyas leyes invariables y últimas no
obedecen en modo alguno a fuerzas oscuras o subterráneas sino
a su propia constitución. Es decir, el universo quedaba homogeneizado bajo el mismo régimen, olvidando así las viejas teorías
aristotélicas cuya distinción lunar y sublunar hacían del universo un
espectro heterogéneo; por ende, su explicación científica dependía
de los diferentes elementos que lo componían. De igual modo,
dejaba atrás las concepciones animistas del periodo renacentista.
Descartes, con ello, había conducido a buen puerto las nuevas
tendencias científicas dándoles una base metafísica adecuada: la
naturaleza dejaba de ser cualitativa y entraba en su fase cuantitativa. El universo matematizable de la res extensa marcaba uno de
los derroteros más significativos de la ciencia moderna. Así, en
opinión de Descartes, la física quedaba segura bajo el suelo
metafísico de la sustancia extensa que le servía de soporte y raíz.
La luz de la ciencia cartesiana empezaba a irradiar con fuerza iluminando con sus destellos la temprana modernidad. Pero en este
basamento metafísico subsistían también la sustancia pensante y
la divina como pivotes y ejes fundantes del espectro general que constituía lo real. Y fue desde
aquí, el cogito y la divinidad garante, como las
sombras empezaron a proyectarse de nuevo
sobre el fulgor del pensamiento cartesiano,
cuestión esta que varios contemporáneos de
Descartes supieron desde el principio poner de
manifiesto. En sentido estricto –y sin entrar en
detalles que rebasarían con mucho las expectativas de este pequeño bosquejo–, desde la aparición de las famosas Meditaciones metafísicas, las
luces y las sombras de la fundacional metafísica
moderna iniciaron juntas un recorrido que aún hoy
provoca y mueve a las valoraciones más disímbolas. Y es que el filósofo que con su luz había intentado desterrar las oscuridades del pasado,
terminaba por acarrear nuevas sombras sobre su
propia luminosidad: Descartes legaba un dualismo tal que tanto sus críticos como sus mismos
continuadores tuvieron que enfrentar, los unos
para destacar aún más las sombras, alegando la
insolubilidad del problema; los otros, para intentar
despejarlas buscando una solución alternativa
que, intentado mantener los cimientos, permitieran nuevas construcciones. Así, entre unos
y otros, entre las luces y las sombras del
planteamiento cartesiano, se fue reconstituyendo
el pensamiento científico de la modernidad, y la
historia ha dejado constancia de ello en miles de
páginas. Ahora bien, y tomando esta cuestión
como eje, en tanto que fue justamente Descartes
quien formuló un completo dualismo, estableciendo la línea divisoria entre materia y pensamiento, contrastando así el mundo de la
materia con el del espíritu, es claro que el universo material concebido como máquina había de comprometer
de manera específica el status ontológico del hombre –compuesto
de cuerpo y alma–, y también habría de acarrear problemas a su
fisiología porque el dualismo abría la puerta a los cuestionamientos
sobre la interacción de tales entidades: ¿cómo era posible que una
sustancia material actuara sobre el alma, y viceversa?
Isabel pudo ver con meridiana claridad el problema y, pese
a ser cartesiana en buena medida, no dejó de presionar a su
maestro para que lo resolviera, aunque en el fondo también supo
darse cuenta de que la cuestión del dualismo, tal y como quedaba
planteada en las Meditaciones, no alcanzaría una solución adecuada por parte de Descartes. Y la historia nos muestra que no se
equivocó. Además, tal dualismo se manifestaba de forma peculiar
configurando lo que habría de ser uno de sus mayores obstáculos
y uno de los problemas más relevantes para las épocas posteriores: el problema de la interacción mente-cuerpo, así como el de
sus implicaciones morales, cuestiones ambas que Isabel hizo
explícitas y que Descartes, haciendo gala de cortesía y dedicación,
se dignó a explicar paciente y cordialmente a la princesa. Y este es
un punto que debe destacarse ya que el filósofo no era amigo de
debates y evitaba a toda costa entrar en discusiones, guardándose
en la mayoría de los casos de responder a las objeciones. Pero a
Isabel no solamente respondía a sus interrogantes por la mera
gentileza debida a una princesa, sino profundizando en las objeciones y buscando realmente resolverlas. Esto pone de relieve el
hecho de que el “filósofo de la luz” estaba seriamente preocupado
por las sombras que sobre él proyectaban los agudos comentarios
de Isabel, y si con ella se tomó el tiempo y tuvo la disposición de
debatir sobre estas cuestiones, es claro que se las tomaba muy en
serio, como seriamente consideraba el hecho de que una mujer
carente de educación formal estuviese tan capacitada intelectualmente como para discutir sobre asuntos tan complejos y especializados. Que esto fue así lo señaló el mismo Descartes en su
dedicatoria de los Principios al referirse a la sabiduría que consideraba que la princesa poseía en grado sumo:
Dispongo, además, de otra prueba particular, pues ninguna otra
persona conocida por mí ha comprendido en general y tan adecuadamente cuanto hay en mis escritos; es más, algunas de las
cuestiones tratadas son consideradas como muy oscuras por los
espíritus más capacitados y más doctos. Además, me percato que
casi todos lo que comprenden las cuestiones propias de la
metafísica, y al contrario, quienes cultivan con facilidad éstas, no siguen con facilidad las propias de las matemáticas. Así pues,
puedo decir que no he conocido a otra persona que siguiera con
igual facilidad las unas y las otras y, por tal tazón estoy asistido de
razón para estimar incomparable vuestra capacidad.
No parece factible que Descartes sólo quisiera ser amable y salva-
guardar las reglas de la más exquisita cortesía. Por más que el filósofo siempre gustó del ocultamiento y las máscaras, sabía que con
semejante halago reconocía en Isabel a una interlocutora de altura
que no únicamente comprendía las cuestiones matemáticas, sino
también las complejas explicaciones metafísicas. Y no hay que olvidar que la obra que dedicaba Descartes era precisamente la síntesis filosófico-científica de su pensamiento; en ella resumía y
sistematizaba su física y su metafísica, es decir, resaltaba el vínculo
entre la filosofía y la ciencia; el texto era fundamental, y en ese
mismo tenor habría que situar la relevancia de la dedicatoria. En
ella prosigue: “Lo que, no obstante, me produce
una mayor admiración es que un conocimiento
tan diverso y tan perfecto de las distintas ciencias
que no suele poseerlo un anciano doctor que
hubiera empleado muchos años en su instrucción, lo posee una Princesa joven, cuyo rostro se
asemeja más al que los poetas atribuyen a las
Gracias que al que atribuyen a las musas o a la
sabia Minerva”. Revelador y poético resulta este
pasaje en el que el filósofo asume la superioridad
del intelecto femenino de Isabel, remitiéndonos así
a su famoso comienzo del Discurso del método:
la razón es la cosa mejor repartida del mundo, y
tan bien repartida está que las mujeres también la
poseen. Y tanta “razón” posee Isabel que
Descartes no duda en contestar sus cartas aun
cuando en ellas la princesa lo objete y lo fuerce a
dar respuestas más claras y concienzudas.
En su carta del 16 de mayo de 1643
Isabel preguntaba lo siguiente: “¿Cómo el alma
humana (ya que no es más que una sustancia
pensante) puede llevar a los espíritus del cuerpo a
producir acciones voluntarias? Ya que parece que
toda determinación de movimiento proviene de un
impulso de la cosa movida, acorde con la manera
en que es empujada por aquello que la mueve; y
si no, depende de la calidad y figura de la superfi-
cie del segundo. Se requiere contacto para que
se den las primeras dos condiciones y la exten-
sión para el tercero. Usted excluye por completo
la extensión de la noción del alma, y el contacto,
por lo tanto, me parece incompatible con una
cosa inmaterial”1. Exigía a continuación una defini-
ción más precisa del alma, pues consideraba que
la que se apuntaba en la metafísica de su in-
terlocutor no era suficiente. La respuesta de
Descartes (21 de mayo de 1643) no deja lugar a
dudas en cuanto a la relevancia que concedió a la
pregunta de Isabel:
“Puedo decir con toda honestidad que la
pregunta que Su Alteza propone puede ser formulada, con toda justeza, con base en los
escritos que he publicado debido a que existen
dos cosas en el alma humana de las que
depende todo el conocimiento que podemos
tener de su naturaleza: la primera, que piensa, y
la segunda, que estando unida al cuerpo, actúa
y sufre con él. He dicho muy poco refiriéndome a
esta última cuestión y he estudiado sólo lo suficiente para entender adecuadamente la primera
[en virtud de] que mi objetivo principal era comprobar la diferencia que existe entre cuerpo y
alma, por lo que la primera cuestión, por sí
misma, era suficiente, mientras que la otra habría
sido un obstáculo. Sin embargo, como Su Alteza
es tan aguda que uno no puede ocultar cosa
alguna de ella, intentaré explicar la forma en la
cual concibo la unión entre alma y cuerpo y cómo
el alma tiene la fuerza para mover el cuerpo”.
A continuación viene una detallada
exposición con que el filósofo intenta resolver el
problema. Cottinham lo resume del modo siguiente: «Descartes habla de tres categorías o
nociones primitivas en términos de lo que pensamos acerca del mundo (“modelos que constituyen un patrón para nuestro conocimiento”). Hay
extensión (que abarca la forma y el movimiento)
que sólo le corresponde al cuerpo; pensamiento
(que abarca entendimiento y voluntad), que sólo
le corresponde a la mente y, finalmente, [la]
“unión” de cuerpo y mente (que abarca los resultados de las interacciones psicofísicas, tales
como las “sensaciones y pasiones”)». A estas
cuestiones volverá el filósofo en una carta del 28
de junio, ya que Isabel le ha vuelto a objetar en su
carta del 10 o 20 de junio. Apunta la abadesa: «Y
admito que sería más fácil para mí admitir materia
y extensión en el alma que admitir la capacidad
de mover un cuerpo y de ser movido a un ser
inmaterial. Ya que si ocurriera lo primero mediante “información”, los espíritus que efectúan el movimiento tendrían que ser inteligentes, lo cual usted no atribuye
a nada corporal. Y aunque en sus Meditaciones metafísicas muestra la posibilidad de lo segundo, es, sin embargo, muy difícil comprender cómo un alma, como usted la ha descrito, después de
tener la facultad y el hábito de razonar bien, pueda perderlo todo
debido a ciertos vapores, y que, aunque pueda subsistir sin el
cuerpo y sin tener nada en común con él, sea de tal manera regido
por él». Pese al empeño del filósofo por ir resolviendo las dudas y
las objeciones de Isabel, ella seguía convencida de que los argumentos esgrimidos por Descartes no eran suficientes. Así, la
correspondencia continúa entre preguntas, dudas, aclaraciones y
sarcasmos, y es que Isabel también sabía hacer uso de la ironía
cuando se trataba de poner al maestro en su lugar. Como ha
señalado Watson: “En un maravilloso intercambio, Descartes pontificaba haciendo alarde de su autoridad (casi como un padre) e
Isabel le replicaba airada y lo ponía en su lugar (casi como una
hija)”.
Lo anterior no puede menos que hacernos pensar que
Isabel de Bohemia era un hueso duro de roer, y que ello se debía
precisamente a su capacidad intelectual: como era capaz de pensar por sí misma, no iba a someterse a la autoridad intelectual de
otro, aunque ese otro fuese el mismísimo padre del pensamiento
moderno. En el diálogo que mantuvieron se puede oír discutir a
dos personas en igualdad de condiciones; nada importa que uno
funja como mentor y la otra como aprendiz, pues entre ellos se
establece un canal de comunicación tal que uno y otro terminan
por reconocer y aceptar la estatura intelectual de su interlocutor.
En un diálogo que bien valdría la pena reconstruir en su totalidad
–y del que aquí sólo hemos dado una muestra–, y amén de este
problema central de la interacción entre mente y cuerpo, la
princesa y el filósofo discutieron también sobre otras muchas
cuestiones, tales como la naturaleza soberana de Dios, el libre
albedrío, la vida feliz y la relación entre la razón y las pasiones. Por
ello, como ha dicho Cottingham: “En sus cartas, [Isabel] planteó
preguntas acerca de la explicación de Descartes sobre la mente y
su relación con el cuerpo que apuntaban con precisión hacia algunas de las principales dificultades de la postura cartesiana; las
detalladas respuestas de Descartes son una fuente fecunda para
los estudiosos de su filosofía de lo mental. La correspondencia con
Isabel versa también sobre la relación entre la razón y las pasiones,
y los pensamientos de Descartes sobre este asunto fueron
después incorporados en su principal tratado fisiológico-psi-cológico-ético, Las pasiones del alma, publicado
finalmente en 1649”.
El minucioso análisis de esta correspondencia puede devolvernos no sólo el diálogo que
legaron a la posteridad Isabel y Descartes, dos
intelectos ávidos de conocimiento, sino además el
nombre y la figura de una pensadora de la temprana modernidad en quien el filósofo más representativo de la época supo ver que las luces más
claras del intelecto emanaban de un cuerpo de
mujer, aunque dichas luces pusieran de manifiesto las sombras del alma de su propia doctrina.
Al final de su dedicatoria, en efecto, escribe el filósofo: “Tan perfecta Sabiduría me obliga a un
respeto tal que no sólo entiendo que debo dedicarle este libro, que trata de Filosofía (pues no es
otra cosa que el deseo de la Sabiduría), sino que
tampoco poseo más celo por filosofar –es decir,
por adquirir la Sabiduría– del que poseo por ser,
Señora, el más humilde, obediente y ferviente
servidor de Vuestra Alteza”. Nos queda, pues,
como legado esta lección de Descartes: la historia
no debiera olvidar el nombre de esta sabia mujer.
Isabel de Bohemia merece ser recordada por sus
propios meritos intelectuales.
Para el lector interesado
Descartes, R. (1995). Los principios de la filosofía
(“Carta a Isabel”: pp. 3-6). Madrid: Alianza
Universidad.
Atherton, M. (1994). Women philosophers of the Early
Modern Period. Indianápolis, IN: Hackett
Publishing Company.
Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Historia de las
mujeres en la ciencia desde la Antigüedad
hasta fines del siglo XIX. México: Siglo XXI.
Martino, G. y Bruzzese, M. (1996). Las filósofas.
Madrid: Cátedra.
Watson, R. (2003). Descartes, el filósofo de la luz.
Barcelona: Vergara.
Cottingham, J. (1995). Descartes. México: UNAM.
1La traducción de la correspondencia Isabel-Descartes es de
Mario C. Márquez, integrante del Proyecto de Investigación
“Ciencia, Filosofía y Cultura” de la Facultad de Filosofía de la
Universidad Veracruzana.