Revista La Ciencia y el Hombre
Mayo•Agosto
de 2009
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXII
Número 2
Editorial
A la búsqueda del eros en la tecnociencia: bases de una ciencia para el hombre
Psicología, salud, pasión y vida
La cronoterapia: cáncer al compás del reloj
El virus del papiloma humano
Cuidado con el índice glucémico de alimentos!
Tanatología: el proceso de morir
Microacelerómetros para la industria automotriz
La interacción entre abetos y hongos
Enlazando especies exóticas invasoras y educación ambienta
Áreas naturales protegidas: ¿realidad o antiguo paradigma?
Murciélagos en el México de ayer y hoy
RESEÑA
Culturas del Golfo de Fernando Winfield Capitaine
TRADUCCIÓN
“Invasión hiperoceánica” de Carl Zimmer
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
Isabel de Bohemia: luces y sombras de la ciencia cartesiana
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
Tochukaso, el curandero que mata a unos para sanar a otros
 

A la búsqueda del eros en la tecnociencia: bases de una ciencia para el hombre

José Antonio Hernanz Moral

Lo peligroso no es la técnica. No hay nada demoniaco en la técnica, lo que hay es el misterio de su esencia.
MARTIN HEIDEGGER

Una mirada al presente

Hoy en día vivimos una crisis de la ciencia y la técnica que parece ir ligada a una crisis de nuestra idea de hombre. Ahora bien, ¿a qué se refiere esa crisis? Porque si algo queda claro es que nuestro siglo XXI aparece constituido por el desarrollo del sistema científico-tecnológico al que denominaremos en este artículo “tecnociencia”; no hay día que no podamos leer en las numerosísimas fuentes de información alguna noticia relevante sobre este campo de la actividad humana. Uno de los principales campos de batalla políticos en el ámbito del bienestar social se centra en el impulso de la ciencia y tecnología: qué porcentaje del PIB de cada país se debe invertir en ciencia y tecnología, cuántos tecnólogos hay que formar, cuáles son los índices de innovación, cuál es el impacto de la investigación científica, etcétera. Y así, podríamos acumular, de manera incluso abrumadora, información sobre la actualidad de la tecnociencia en nuestros días, por lo que parece que esta crisis no se refiere a si forma o no parte de nuestra cotidianidad.

La crisis, por lo tanto, se encuentra en otra parte, y tiene que ver con el dejo de amargura conque quienes trabajan sobre su impacto en los ámbitos social y educativo reconocen que no hay un interés real por conocer la ciencia. Por supuesto que hay una creciente cantidad de científicos y tecnólogos en todo el mundo, pero lo que enciende todas las señales de emergencia es la brecha cada vez mayor entre los profesionales de la ciencia y el ciudadano común, que en parte se ve desbordado por la ingente cantidad de información científica que le llega a diario, pero que en mayor medida se siente anonadado por la escasa formación científica que realmente tiene como patrimonio personal, la otorgada en los años en que tuvo una educación en la ciencia (que generalmente es recibida en la primaria y la secundaria).

Sin duda, en cuanto leemos afirmaciones como la anterior dirigimos inmediatamente un dedo acusador a las deficiencias de los sistemas educativos. Pero tenemos que ir más allá para reconocer que la ciencia y la técnica, en el largo tránsito de la Modernidad, se han marginado cada vez más en el imaginario de los individuos y grupos sociales, de modo que las perciben como algo extraño a sus vidas, que va más allá de su comprensión y que los domina. Y esta percepción refleja la tensión propia entre racionalidad y felicidad en el pensamiento moderno.

La Modernidad comienza en el Renacimiento, o, si queremos focalizar nuestra flecha del tiempo en una dimensión cultural, en el humanismo, que se rige por una máxima bastante clara: el hombre, a través de la razón, puede conocer el bien y practicar la justicia. He aquí el meollo del problema: la razón científico-tecnológica parece tener mucho qué decir respecto de las leyes que rigen el mundo físico (lo que nos lleva a los aspectos científicos de la racionalidad), pero no queda claro que tenga la misma eficacia para hablar del mundo moral al que corresponden las ideas de bien y de justicia (lo que nos lleva a los aspectos filosóficos de la racionalidad). A la mayoría de las personas les gusta saber, pero a todas les gusta ser felices, y para esto no parece que la ciencia y la tecnología ayuden mucho; ciertamente ambas hacen más fácil mi vida, pero no tengo por qué saber de ciencia o de tecnología para hacer uso de ellas. La pregunta que se genera en este contexto es por qué son tan próximas a mi cotidianidad, pero tan extrañas a mi proyecto de vida, a mi búsqueda de la felicidad; hay algo en su esencia que me permite explicármelas, pero no comprenderlas.

Racionalidad y vida en el horizonte de la modernidad

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?”, se pregunta Pascal. En efecto, la ciencia –y junto a ella la tecnología– ha servido en los últimos siglos para controlar y manipular la realidad, esto es, para “ganar el mundo”, pero da la sensación de que el pago que hemos tenido que dar a cambio es lo más preciado que hay en nosotros: lo humano, de modo que el arraigo de la tecnociencia en lo humano parece ir acompañado de una creciente e irreversible deshumanización. En consecuencia, por medio de la tecnociencia hemos ganado el mundo pero perdido el alma. He ahí la desoladora perspectiva que parece acompañar a nuestro siglo.

No obstante, y para escapar de este juego de espejos en el que parece que se olvida o se pierde lo humano, no podemos obviar cómo emerge la ciencia en el entramado cultural de la modernidad, pues de otro modo podríamos caer en una idea estereotipada de ella, en virtud de la cual todos los momentos del mundo moderno tienen una concepción nítida de los contornos, potencia y metodología de la ciencia. Esto no es así; de hecho la ciencia emerge en un horizonte de interlocución de muy diversas y heterogéneas fuentes de conocimiento, que de manera confusa, y por lo general poco ordenada, intentan satisfacer el desamparo que la sociedad de la Baja Edad Media tenía al saberse dentro de una cosmovisión decadente en la que no parecía factible hablar de certezas con demasiadas garantías: la crónica crisis de la cristiandad, el redescubrimiento de “lo oriental”, la emergencia de nuevas clases sociales en el contexto urbano, el agotamiento progresivo de la escolástica para indagar la estructura del mundo... Todo ello va encaminando al mundo occidental a ir dibujando con más claridad los contornos de una razón autónoma, pero que aparentemente parece incapaz de afrontar exitosamente el reto de la felicidad. Así, la ciencia moderna surge en un contexto en el que diversas actividades racionales (teología, matemáticas, astronomía) se cultivaban al mismo tiempo –y muchas veces por los mismos individuos– que otras más alejadas, como la magia, la astrología o el esoterismo. Todas ellas tienen en común el interés por volver nuestra curiosidad hacia la naturaleza, intentando leer en ella sus más recónditos secretos.

Es precisamente en este esfuerzo lector en que la ciencia comienza a abrirse un espacio propio en este extraño concierto. Campanella, contemporáneo de Galileo Galilei, consolidó una idea que había ido fortaleciéndose de manera paulatina durante todo el Renacimiento: la del libro de la naturaleza. Dios, que ha inspirado un libro, la Biblia, ha escrito directamente otro: la naturaleza, por lo que si somos capaces de leer adecuadamente este último, podremos adentrarnos con más claridad y certeza en la voluntad divina. Galileo da un paso adelante y afirma que ese libro está escrito en un lenguaje matemático, de modo que estarían ante nosotros las claves para cimentar la exitosa marcha de la ciencia en la Modernidad: ante la crisis del fin de la Baja Edad Media, entre un heterogéneo grupo de prácticas sapienciales se muestra la vía de la ciencia, con su método y su potencial capacidad para permitir la lectura del libro de la naturaleza como la más adecuada para mostrar verdades objetivas y universales.

Ahora bien –y ahí nos topamos con el gran límite de la ciencia–, esa vía es excelente para explicar lo que pasa en el mundo, pero ¿cómo servirnos de ella para comprenderlo, para comprendernos a nosotros mismos?; es más ¿para qué nos sirve lo primero si no podemos hacer lo segundo? Así, surgirá una relación dual entre el hombre y la ciencia en nuestra época, pues parece que el precio a pagar por conocerlo todo es renunciar a lo humano. Cuando Pascal se pregunta de qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma, está expresando magistralmente esta tensión que, insisto, nos viene acompañando a lo largo de toda la modernidad, y que se refleja en un continuado distanciamiento entre la actividad científica y tecnológica y la máxima humanista de que el desarrollo de la razón nos ha de permitir el conocimiento del bien y la práctica de la justicia.

Así, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII se fue consolidando la certeza de que el universo estaba a los pies y al servicio de la humanidad, lo que ratificaba la seguridad de que la razón, efectivamente, estaba ganando el mundo. Seguramente el cénit de esta seguridad es la publicación, en 1687, del Philosophiae naturalis principia mathematica (Principios matemáticos de la filosofía natural), de Isaac Newton; en este texto se ofrece el modelo moderno del ordenamiento del cosmos, el primero matemático, predecible y, por ende, sujeto a la racionalidad. Ahora bien, ¿qué estaba pasando con el cuidado del alma? En lo concerniente al espíritu humano, éste seguía siendo tan misterioso para un escudriñamiento racional como antes de la llegada del Discours de la méthode (Discurso del método), lo que no solo evidenciaba las carencias de la racionalidad para enfrentarse a los grandes problemas del hombre, sino que también apuntaba a la creciente influencia social de la ciencia a costa de la merma de la sabiduría, principalmente porque la eficacia de la matematización de las relaciones entre fenómenos parecía mostrarse inoperante para tratar esa realidad paradójica, contradictoria y libre que es el hombre. En suma, el esfuerzo moderno que trae consigo el desarrollo y consolidación de la ciencia abre en el hombre una fisura entre racionalidad y vida, que se irá agrandando de manera paralela a cómo la ciencia triunfa.

El círculo cerrado de la modernidad

“El sueño de la razón produce monstruos” es el título de una obra de Goya. El resultado perverso de lo expresado es la idea de una (tecno)ciencia moderna enajenada del hombre, con orientación propia e inasible por nuestro limitado intelecto. La ciencia y la tecnología tienen vida propia, en una “esfera” distinta a la cultura, que queda como el reducto inmarcesible en que lo humano sigue siendo humano, en el que se preserva lo cualitativo, lo creativo, lo orientado por la libertad y sobre el que tenemos que centrar nuestras energías y esperanzas para que la ciencia no nos devore. Así, la modernidad va creando paulatinamente la certeza de que el ser humano no está tan sólo enfrentado problemáticamente a la realidad del mundo, sino que también lo está ante un nuevo tipo de realidad, que es la de la tecnología. Esta certeza creciente se puede constatar ya instalada en los lectores marginales de la Ilustración, quienes migran desde el optimismo militante de los enciclopedistas hacia un pesimismo generado por los desmanes que, en nombre de la razón, se comienzan a extender por toda Europa.

Por consiguiente, si la razón había permitido soñar con un mundo mejor, más habitable para el hombre, esa ensoñación se torna pesadilla y da paso a la generación de monstruos de los que el ser humano parece ser el creador y el esclavo a la vez.

Pero no es el siglo XVIII, el de la Ilustración, el que confirma la llegada de la pesadilla del monstruo, sino el XIX, el de la Revolución Industrial. Los ilustrados creyeron poder construir un nuevo orden del presente a través de la Revolución Francesa, los economistas y tecnólogos del XIX lo hicieron a través de las máquinas. En efecto, la Revolución Industrial aparece en el imaginario colectivo como un antiguo dios pagano, caprichoso, terrible y sanguinario, pero que trata bien a sus seguidores incondicionales; a cambio de enormes sacrificios (proletariado, colonialismo capitalista, devastación de la naturaleza) promete un mundo mejor, la felicidad y el éxito a sus seguidores.

Uno de los textos que mejor expresan la cara oscura de este potencial de la ciencia aplicada es la conocida novela de Mary Shelley El monstruo del doctor Frankenstein, de la que el subtítulo es sumamente esclarecedor: o el nuevo Prometeo, que acrecienta una idea fuertemente instalada en la mentalidad occidental. Y es que la inteligencia es, por una parte, nuestro más preciado don y nuestra fuente de perdición; en la tradición griega es el robo del fuego –metáfora de la técnica y de una racionalidad transformadora del mundo– el hecho que trae consigo el castigo a Prometeo; en la tradición bíblica, Adán y Eva caen en desgracia ante Dios por probar del fruto de la sabiduría, que permite discernir entre el bien y el mal; en ambos casos, el mal de fondo es lo que los estudiosos llaman la hybris, la soberbia (querer ser como los dioses), y da la sensación de que la modernidad, época de un pensamiento fuertemente secularizado, arropa un nuevo tipo de soberbia, que no es otra que una tecnociencia sin límites éticos. Lo monstruoso del doctor Frankenstein es su proyecto, lleno de hybris, de dotar de vida a los muertos, pero no a través de la nigromancia (pensamiento mágico), sino desde la ciencia y la tecnología (pensamiento racional).

La racionalidad científica nos llevó a soñar, y a soñar con un mundo mejor y más justo, pero en ese sueño ha engendrado un monstruo que aunque nace entre los siglos XVIII y XIX, es en el XX cuando muestra todo su horror: el poder de la (tecno)ciencia es tal que sin ella es imposible el crecimiento económico o la autonomía política, pero a cambio exige holocaustos tremendos, como guerras mundiales, la aparición del llamado “tercer mundo”, desastres ecológicos e individuos sin esperanza en un mundo enigmáticamente globalizado. El proceso de la modernidad, nutrido por el humanismo y la búsqueda de un mundo justo construido desde el ejercicio de la racionalidad, se nos muestra en buena medida fracasado: la tecnociencia parece estar más allá del hombre o, más bien, sobre el hombre.

La reconstrucción de nuestro modelo de la tecnociencia

En definitiva ¿qué le falta a la ciencia –para nosotros ya tecnociencia– para rescatar la unidad original entre ella y lo humano, de suerte que la conjunción “y” se transforme en reincorporación, y no sea una mera relación cuando nos preguntamos por “la ciencia y el hombre”? Parece que la respuesta a esta pregunta se encuentra en el ámbito de lo moral (es decir, la axiología, la ética y la política). El principal motivo por el que la ciencia aparece “deshumanizada” es porque en muchas ocasiones se ha planteado su objetividad y universalidad como una suerte de conocimiento sin problematicidad moral. Y sin moral nada es humano.

Se ha construido, de este modo, un falso problema a partir de una argumentación que en general sigue este esquema: (i) el mundo natural, lo real, está regido por leyes físicas que no dependen de nosotros, guiadas por la necesidad, (ii) el mundo moral, humano, está regido por reglas éticas, guiadas por la libertad y la responsabilidad, (iii) la racionalidad permite descubrir las primeras y establecer acuerdos entre las segundas. De todo ello se puede afirmar que a) la tecnología, en tanto que ciencia aplicada, es una actividad racional que queda fuera del campo de la ética; b) tenemos que descubrir los mecanismos que permitan aplicar los hallazgos de la tecnociencia al mundo moral, y c) la ciencia y la tecnología son actividades hechas por el hombre, pero como su objeto de estudio está en el mundo natural, están eximidas de un cuestionamiento ético. En definitiva, y dicho con otras palabras, el problema ético no está en la ciencia y la tecnología, sino en las decisiones y aplicaciones que tomemos sobre ellas.

Este planteamiento, empero, se basa en una concepción muy estrecha de la racionalidad y de la inteligencia humana en su conjunto. El error no está seguramente en la propuesta cultural de la modernidad (la idea humanista de que el hombre puede conocer el bien y practicar la justicia desde el despliegue de la razón), sino en el modo en que se ha ido construyendo: en los siglos XVIII y XIX hubo una tendencia a realizar este despliegue desde una idea de racionalidad instrumental, o sea, desde la idea de que la razón sirve para manipular ideas, objetos, teorías, de suerte que todo –incluyendo al ser humano– queda instrumentalizado.

Ya Platón nos ofrece una opción para salir de este círculo vicioso al afirmar que la marcha de la filosofía (que podemos hacer extensiva a la racionalidad en su conjunto) se basa en el despliegue del logos, pero no solo, sino junto al eros. La razón es lógica, pero también erótica, esto es, apasionada o, mejor dicho, enamorada. Cualquier actividad racional que pretenda quedarse solamente en la racionalidad es estéril, pues carece de una finalidad (o de un sentido) a mediano o largo plazo que la anime, de suerte que la racionalidad va de la mano de la irracionalidad en el mundo moral. Pero, £ojo!, cuando se habla de racionalidad no hay que leer “antirracionalidad”, sino sencillamente “no racionalidad”. La afirmación de una tecnociencia sobre el hombre está ligada a la idea de que, frente a la racionalidad está la antirracionalidad; la afirmación de una tecnociencia para el hombre es coherente con la idea de que, en la inteligencia, hay una armonía entre razón, sentimiento y voluntad.

Esta articulación entre razón, sentimiento y voluntad queda expresada en la propuesta de sabiduría como prudencia. El hombre prudente es aquel que toma decisiones adecuadas en un tiempo razonable, por lo que tiene en sus manos la posibilidad de unir inteligencia teórica y práctica en su propia vida. En el caso de la modernidad, queda reflejado en el humanista, que se preocupa por el desarrollo de su formación racional (ciencia), sentimental (arte) y volitiva (política, religión). De este modo, el humanista tiene una concepción erótica, apasionada y necesitada de la ciencia y la técnica, pues sabe claramente que están insertas en su cosmovisión y su mundo.

Nada más distante de la época en que nos encontramos, en la que la formación en las humanidades niega cualquier acercamiento básico a la ciencia, y la formación científica despoja de cualquier esquirla humanista a quienes la procuran. En ambos casos nos encontramos con disciplinas e individuos perdidos, incapaces de comprender el sentido de la tecnociencia de nuestro presente, ya por la negación de su carácter moral (los primeros), ya por la de su inserción en la cultura (los segundos).

La solución a este problema parece clara, aunque quizás no sea fácil de llevar a la práctica: rescatar una concepción integral de la tecnociencia en lo humano, para que de este modo no sea una esfera extraña a nosotros, sino que forme parte de nuestra constelación de conceptos, valores y anhelos, y así quede reintegrada a nuestro mundo moral. En definitiva, de lo que se trata es de volver a pensar la tecnociencia eróticamente, no sólo desde el logos frío y desapasionado, de suerte que no sea “frente al hombre” ni “del hombre”, sino genuinamente “para el hombre”.