Revista La Ciencia y el Hombre
Mayo•Agosto
de 2009
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXII
Número 2
Editorial
A la búsqueda del eros en la tecnociencia: bases de una ciencia para el hombre
Psicología, salud, pasión y vida
La cronoterapia: cáncer al compás del reloj
El virus del papiloma humano
Cuidado con el índice glucémico de alimentos!
Tanatología: el proceso de morir
Microacelerómetros para la industria automotriz
La interacción entre abetos y hongos
Enlazando especies exóticas invasoras y educación ambienta
Áreas naturales protegidas: ¿realidad o antiguo paradigma?
Murciélagos en el México de ayer y hoy
RESEÑA
Culturas del Golfo de Fernando Winfield Capitaine
TRADUCCIÓN
“Invasión hiperoceánica” de Carl Zimmer
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
Isabel de Bohemia: luces y sombras de la ciencia cartesiana
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
Tochukaso, el curandero que mata a unos para sanar a otros
 

La interacción entre abetos y hongos

Antonio Andrade Torres, Iván Oros Ortega, Rubén Fernando Guzmán Olmos, Víctor Hugo Rodríguez Morelos, Lázaro Rafael Sánchez Velásquez y Laura Yesenia Solís Ramos

Conocido comúnmente como abeto, oyamel o pinabete, Abies religiosa es el invitado especial en muchos hogares durante la época de Navidad, pues debido a su hermosa figura y agradable aroma es su símbolo por excelencia. De acuerdo con la Comisión Nacional Forestal, en los últimos años, en nuestro país se ha registrado un déficit de aproximadamente 600 mil árboles de navidad, por lo que se han tenido que importar arbolitos de especies similares producidos en Estados Unidos y Canadá.

Los abetos se utilizan también para la fabricación de muebles, barnices y pulpa para papel, por lo que es claro que la especie tiene gran importancia económica en nuestro país y el resto de Norteamérica. En México, quizá el principal problema con que se enfrentan quienes producen especies forestales como la citada es la falta de conocimiento sobre aspectos clave para el adecuado desarrollo de las plantas en sus etapas iniciales, por lo que es importante llevar a cabo estudios encaminados a mejorar la calidad y la supervivencia de las plantas que se producen en los viveros con fines forestales o de conservación.

Los abetos

Conocidos también como acoyatl en lengua náhuatl, los abetos son árboles siempre verdes durante todas las épocas del año. Pertenecen al género Abies, llegan a alcanzar sesenta metros de altura y un diámetro de hasta metro y medio; su corteza es oscura o café grisácea y en sus ramas producen conos que crecen orientados hacia arriba, lo que los distingue de otras coníferas; tienen además pequeñas hojas tipo espina, llamadas acículas, que se arreglan en dos filas a lo largo de las ramillas.

En México se conocen nueve diferentes especies de abetos, seis de las cuales son endémicas de nuestro país, lo que significa que no las hay en ninguna otra parte del mundo. El oyamel es la especie de abeto más frecuente en el centro de México, y aunque está ampliamente distribuida, se considera una especie amenazada porque tiene relativamente pocas poblaciones que, además, se encuentran separadas geográficamente, como islas. El motivo principal de su aislamiento es que se distribuye principalmente cerca de los 2 mil metros sobre el nivel del mar a lo largo del eje volcánico transversal en los estados de Guerrero, Jalisco, Michoacán, Estado de México, Morelos, Hidalgo, Tlaxcala, Puebla, Veracruz y el Distrito Federal, por lo que tenemos la fortuna de contar con poblaciones de abetos en el Parque Nacional Cofre de Perote y el Pico de Orizaba.

En 1991 se estimó que el bosque de oyameles del Cofre de Perote sumaba un total de 1,145 hectáreas distribuidas en forma discontinua y en alturas de entre 2,800 y 3,600 metros sobre el nivel del mar, principalmente en lugares con pendientes muy pronunciadas.

Por otro lado, se considera que esta especie se asocia con unas cincuenta diferentes especies de hongos ectomicorrícicos, lo que no ha sido comprobado, y se conoce poco de la importancia fisiológica o ecológica que la interacción micorrícica tiene en las poblaciones de oyamel o en los árboles individuales.

Pero, ¿qué es la micorriza?

La micorriza es una estructura que se forma por la interacción entre plantas y hongos y el resultado de un proceso ecológico en el que las pequeñas raicillas secundarias de una o más plantas interactúan con los pequeños filamentos de ciertos hongos. A estos filamentos se les llama hifas y son la unidad estructural básica de los hongos. En tal interacción pueden participar una o más especies de hongos simultáneamente, y a la estructura que se forma en la raíz de la planta, que puede ser reconocida y clasificada, se le llama morfotipo micorrízico. La micorriza se considera, pues, una asociación obligada en muchas plantas terrestres y en la mayoría de las especies forestales, incluidas todas las pináceas, como es el caso de los abetos.

La formación de micorriza es importante para el funcionamiento de los ecosistemas ya que modifica los recursos básicos de algunos organismos y los convierte en recursos fácilmente adquiribles para otros, favoreciendo así el establecimiento de diferentes especies de plantas e influyendo en la estructura de estas comunidades vegetales. Por otro lado, no debemos olvidar que, al igual que en muchas otras interacciones entre especies, la micorriza es resultado de una larga historia evolutiva.

Es también importante reconocer que la micorriza no es solo el hongo, como generalmente se cree, y mucho menos algo estático; es un proceso interesante en el que se conforma una estructura que permite el mutuo intercambio de agua y nutrimentos mediante la interacción de ciertas partes especializadas de al menos dos individuos: planta y hongo. Durante este proceso puede haber toda una gama de niveles de “beneficio” para cada una de las partes involucradas, dependiendo de las condiciones en que se establezca la interacción. Podemos considerar, entonces, que bajo ciertas condiciones (ambientales, fisiológicas o genéticas) ambas partes se “benefician” por igual (+/+), pero si las condiciones son diferentes, puede beneficiarse más sólo una de las partes involucradas (+/-), por lo que para el hongo o para la planta su interacción puede representar más un costo que un beneficio, lo que eventualmente puede provocar que rompan su interacción.

Actualmente se reconocen siete tipos de asociaciones micorrícicas; tal clasificación se basa en los grupos o tipos de hongos y de plantas involucrados, así como en las características de la estructura que forman. Esta clasificación distingue entre 1) micorriza arbuscular o endomicorriza, 2) ectomicorriza, 3) ectendomicorriza, 4) micorriza de orquídeas, 5) micorriza ericoide, 6) micorriza arbutoide y 7) micorriza monotropoide. De estas, sólo hablaremos aquí de la segunda, la ectomicorriza.

La ectomicorriza

Desde el punto de vista forestal, la ectomicorriza es el tipo de micorriza más importante. Se caracteriza por presentar una capa de filamentos o hifas llamada manto, el cual rodea a las raicillas secundarias en las cuales interactúan el hongo y la planta; en el interior de la raíz de la planta los filamentos o hifas del hongo se desarrollan entre los espacios que hay entre las células, formando una red (la llamada “red de Hartig”); por su parte, los filamentos del hongo no penetran dichas células, sino que solamente crecen entre ellas.

La ectomicorriza aparece en varias familias de plantas. La importancia global de este tipo de asociación se incrementa si consideramos la extensión de la superficie continental que cubren las plantas que forman ectomicorriza, así como su valor económico, ya que las principales plantas productoras de madera –que además son componentes importantes de los bosques del planeta– son las que desarrollan ectomicorrizas en sus raíces.

La diversidad de los hongos formadores de ectomicorriza es poco conocida en las regiones tropicales y subtropicales, así como en el hemisferio sur; sin embargo, los escasos reportes que hay sugieren que la mayoría de estos hongos tiene una amplia distribución y una gran variedad de hospederos, es decir se asocian con muchas especies de árboles.

Es importante destacar que las estructuras reproductivas de algunos de estos hongos son una buena fuente alimenticia para muchas especies de insectos, animales del bosque e incluso para el hombre. Además, dado su alto contenido nutricional y valor económico, estos hongos son un buen recurso para los pobladores de las zonas forestales, quienes han encontrado usos medicinales y estéticos en algunas de estas especies.

Hongos asociados con abetos

A pesar de que los hongos ectomicorrícicos son muy importantes para el desarrollo inicial de las especies forestales como el abeto, aún hay pocos estudios sobre este tipo de hongos, y en nuestro país estamos comenzando a estudiarlos.

Algunos hongos son capaces de formar un tipo de micorriza (ectendomicorriza) cuando se asocian con plantas jóvenes de pinos y de alerce en el campo; sin embargo, estos mismos hongos cuando crecen asociados con abetos en el invernadero forman un tipo de micorriza diferente (ectomicorriza), lo que indica que hay mecanismos que regulan o dirigen el desarrollo del hongo dependiendo de la planta con la que se asocia.

En un estudio desarrollado en el Estado de México se comparó el número de especies de hongos presentes en tres sitios de bosque de abeto, los que diferían en su grado de deterioro (mayor, regular y menor) sobre la base de la forma y la masa de la corona de los árboles y la mortalidad en cada sitio. Entre los resultados destaca que encontraron una mayor diversidad de especies de hongos ectomicorrícicos en los sitios más conservados. Esto se atribuye a una mayor diversidad en la edad de los árboles en sitios conservados, señal de un bosque saludable con regeneración natural. Los investigadores reportaron un total de cincuenta especies de hongos que potencialmente forman ectomicorriza con el oyamel, y es importante mencionar que muchos de los hongos que reportaron también crecen en los bosques del Cofre de Perote, por lo que son candidatos de estudio para su posible uso en la producción de planta en viveros veracruzanos.

En otro estudio, se compararon las comunidades de hongos formadores de ectomicorriza en un bosque subalpino con regeneración natural y dos sitios de bosque donde las especies de árboles dominantes eran abetos y los llamados tsugas mertensianos. Se obtuvieron 145 colectas de hongos ectomicorrícicos y se registraron 68 diferentes especies en total, de las que solamente diez se encontraron en todos los sitios estudia- dos. Las especies de hongos más encontradas fueron Boletus edulis, un hongo comestible, y Russula silvícola, que es venenoso; ambas especies también han sido registradas en la región del Cofre de Perote. En el sitio de bosque se registraron trece especies de hongos ectomi- corrícicos, mientras que en los sitios con plantas de abeto se registró un total de 28 especies for- madoras de ectomicorriza.

La investigación en el Inbioteca-UV

De manera tradicional, y a gran escala en los viveros forestales, se induce la formación de micorriza, ya sea aplicando sustancias comerciales (inóculo) o tierra de bosque, esperando conseguir con ello un mejor desarrollo de la planta en el vivero y una alta sobrevivencia cuando se le transfiere al campo. Esto provoca que anualmente se compre el inóculo comercial o se realice la extracción de toneladas de suelo de los bosques de la zona del Cofre de Perote. Sin embargo, en el caso de algunas especies, como el oyamel, no se había evaluado la capacidad del suelo como inóculo, y tampoco se habían realizado estudios sobre la formación de ectomicorriza en plántulas en fase de invernadero.

De las 5 mil especies de hongos que forman ectomicorriza con diferentes especies de plantas en el mundo, únicamente se ha conseguido el cultivo in vitro y la caracterización fisiológica de una pequeña fracción. La mayoría de los inóculos comerciales se basan principalmente en la especie de hongo Pisolithus tinctorius, que es común en los bosques de pino de Norteamérica, por lo que el verdadero potencial de este grupo funcional de organismos no ha sido suficientemente valorado. El inoculante comercial puede persistir solo, coexistir o competir con hongos ectomicorrízicos nativos en la fase de vivero o en el campo; no obstante, los estudios sobre estos aspectos son muy incipientes en México, y en la mayoría de los casos las especies nativas no han sido evaluadas para estos propósitos. Por lo tanto, es importante generar y divulgar el conocimiento que permita adecuar la tecnología de producción de hongos ectomicorrícicos nativos para inducir la asociación micorrícica en vivero. Desde el año 2003, un grupo de investigadores del Instituto de Biotecnología y Ecología Aplicada de la Universidad Veracruzana (INBIOTECA-UV), con el apoyo financiero de la Comisión Nacional Forestal y la Fundación Produce de Veracruz, ha investigado aspectos ecológicos y biotecnológicos del oyamel, y en lo que respecta a la interacción micorrícica se han estudiado los diferentes hongos ectomicorrícicos que se asocian de manera natural con plantas de oyamel en la zona del Cofre de Perote; se han descrito morfológicamente las ectomicorrizas que se forman en el oyamel, y se ha evaluado la capacidad del suelo de bosque de oyamel como inóculo para inducir la formación de ectomicorriza en plántulas producidas en invernadero.

Dichos estudios se han desarrollado en la comunidad de El Conejo, municipio de Perote, donde existe bosque de oyamel y además hay parches o claros dominados por un pequeño arbusto llamado escobillo, en donde crecen plántulas de oyamel que son producto de la regeneración natural.

Los morfotipos ectomicorrícicos

El morfotipo ectomicorrícico es una descripción de la estructura micorrícica que forma una planta con uno o más hongos asociados, es decir, el morfotipo incluye una caracterización completa de la forma, el color, el tamaño, el tipo de células, etc., y si es posible se incluye la identificación de la especie o especies de hongo que están formando la estructura con la planta. Esto es útil porque una vez que se tiene la descripción de morfotipos entonces se puede saber qué hongo se asocia a nuestra planta y podemos cultivarlo para producir la micorriza en plántulas cultivadas en invernadero.

Entre los principales resultados hemos estudiado las estructuras ectomicorrícicas formadas en plántulas de oyamel en el campo bajo dos condiciones ambientales contrastantes: la zona de claro donde crecen plántulas de oyamel protegidas por el arbusto llamado escobillo; esta zona alcanza mayores temperaturas durante el día debido a que hay más exposición al sol pues la vegetación es de menor altura. La segunda condición ambiental es la zona de bosque de oyamel, donde debido a la altura del dosel y la acumulación de hojas y restos vegetales se pierde menos humedad en el suelo y hay menor exposición a la radiación solar, por lo que los hongos y las plántulas que aquí se desarrollan tienen mayor humedad disponible. Se analizaron en campo un total de 160 plántulas de menos de cinco años de edad, 80 en zona de escobillo y 80 bajo dosel; de éstas, 123 mostraban una o más estructuras ectomicorrícicas, no así 37. Como resultado, se colectó y caracterizó un total de trece diferentes morfotipos ectomicorrícicos, los cuales constituyen las primeras descripciones de ectomicorriza realizadas para el oyamel. Dos morfotipos se hallaron exclusivamente en plántulas colectadas en sitios de escobillo, lo que puede indicar que hay hongos especializados en crecer asociados a plantas de oyamel en condiciones de mayor exposición al sol y menor humedad. También se colectaron tres diferentes morfotipos ectomicorrícicos exclusivamente en sitios bajo el dosel de oyamel, nuevamente indicando la posibilidad de que haya hongos que sólo son capaces de asociarse a plantas de oyamel en la condición de mayor humedad. Los ocho morfotipos restantes se hallaron en ambos ambientes, por lo que se puede pensar que los hongos asociados en estos morfotipos soportan mayor amplitud de condiciones del ambiente y por eso se presentan indistintamente en las dos zonas. Estos trece morfotipos involucran al menos un igual número de especies de hongos ectomicorrícicos asociados con el oyamel en sus etapas tempranas de desarrollo, por lo que deben estudiarse para poder ser utilizados como parte de la producción de planta para reforestar.

Los hongos asociados con el oyamel

También hemos estudiado los hongos ectomicorrícicos que se asocian con plántulas de oyamel que crecen tanto en la zona dominada por el escobillo como en zona de bosque. Encontramos un total de 25 diferentes tipos de hongos asociados con el oyamel, de los cuales veinte se lograron determinar taxonómicamente como especies, entre las cuales algunas son comestibles y los pobladores locales las colectan. Sin embargo, las especies más colectadas en el estudio fueron Lycoperdon perlatum y Amanita muscaria, ninguna de las cuales es comestible. Del total de especies encontradas, quince se consideraron raras porque se colectaron escasamente durante el periodo de muestreo.

Con respecto al número de especies de hongos encontradas en cada zona, se obtuvo que en el sitio dominado por el escobillo se colectaron catorce, que son exclusivas, mientras que en la zona de oyameles hubo nueve especies de hongos exclusivas, y sólo Amanita muscaria y Russula olivacea se colectaron en ambas zonas. Estos resultados nos permitirán seleccionar algunos hongos para utilizarlos como inductores de la formación de micorriza en plántulas de oyamel producidas en vivero.

El suelo: inóculo micorrícico

La inoculación con tierra de campo es uno de los métodos utilizados para inducir la formación de estructuras ectomicorrícicas en plántulas en invernadero. La técnica consiste en agregar al sustrato donde crecen las plantas un porcentaje de suelo colectado en el bosque, esperando que este suelo propague hongos micorrícicos y se obtenga la formación de micorriza en las plántulas.

Este método es económico, práctico y de uso muy extendido, pero tiene ciertas desventajas: puede contener partes o semillas de hierbas nocivas o inútiles, o bien organismos patógenos potenciales, y el suelo es muy voluminoso. Hay también problemas con la inconsistencia debida a la variación en la calidad del inóculo del suelo colectado en diferentes tiempos o localidades. La principal ventaja de este método es que es simple y barato.

En el laboratorio evaluamos el desarrollo de plántulas de oyamel aplicando cuatro tratamientos de inducción de ectomicorriza con suelo de bosque como inóculo, hallando que las plantas tratadas con suelo de bosque de oyamel mostraron el mejor desarrollo. Sin embargo, tras siete meses de estudio, ese suelo mostró ser un inóculo ineficaz para inducir la formación de ectomicorriza.

El análisis de los nutrimentos del suelo en los diferentes tratamientos permite explicar que las diferencias en el crecimiento de las plantas en este experimento son atribuibles a los mayores contenidos de materia orgánica presentes en el suelo de bosque, por lo que, de acuerdo con estos resultados, el suelo de bosque de oyamel no parece ser un inóculo eficiente para inducir ectomicorriza en las plántulas, lo que indica que probablemente no se justifica la enorme extracción que se hace del suelo de bosque para producir plantas de oyamel en vivero, pues esta actividad, además de ser cara por la escala en que se requiere, genera erosión y problemas a los árboles ya establecidos en el bosque. Es importante continuar realizando estudios sobre los requerimientos de las plántulas y de sus hongos asociados para determinar condiciones adecuadas de producción, de manera que esta actividad sea económicamente redituable, pero también ecológicamente amigable.

En conclusión…

El abeto es una especie forestal económica y ecológicamente importante para nuestro país. Desde tiempo atrás se le han dado múltiples usos y actualmente se reconoce su alto valor estético y ecológico. A la fecha, todavía no se cuenta con un programa para el manejo adecuado y completo de esta especie, principalmente por la falta de conocimiento sobre sus requerimientos ecológicos y las principales interacciones ecológicas que establecen estos árboles durante su ciclo de vida, como es el caso de la micorriza. Por lo tanto, en el INBIOTECA es importante continuar generando el conocimiento que eventualmente permitirá plantear un mejor manejo de las poblaciones de oyamel, esperando que dicho esquema llegue a ser sostenible tanto en términos económicos como ecológicos.