Célula: ¿“pequeños animálculos” o unidades de vida?
María del Socorro Fernández, Beatriz Palmeros Sánchez, María del Carmen Ramírez
Benítez, Rebeca García Romano y José Armando Lozada Rodríguez
Sin duda, la investigación de la estructura celular está ligada
al desarrollo del microscopio. A pesar de que el
origen de este instrumento aún se debate, la introducción
del microscopio compuesto (con dos lentes) por Zacharias y
Hans Janssen hacia 1590 marcó el inicio del conocimiento en
detalle de la célula. Alrededor de cincuenta años después, Robert
Hooke (1635-1703), un microscopista clásico, observó múltiples
espacios cercados por una pared gruesa cuando examinó al
microscopio la estructura de una corteza; dada la simetría que
mostraban esas pequeñas celdas, se refirió a ellas como “células”;
desde entonces, tanto en la biología como en las demás disciplinas
relacionadas, este término se sigue utilizando para designar la
unidad estructural y funcional que comparten todos los organismos
que conforman la diversidad biológica.
Al holandés Anton van Leeuwenhoek (1632-1723) es a
quien se reconoce como el iniciador del estudio de la célula.
Describió las diferencias morfológicas entre los eritrocitos de los
peces y anfibios y los del hombre y de varios mamíferos. En 1677,
en una carta, comunicó a la Real Sociedad inglesa: “Vi una multitud
de animálculos vivos, más de mil, moviéndose en un volumen de un
grano de arena”. El descubrimiento de los animalculus (espermatozoides)
repercutió de manera significativa en las teorías embriológicas.
Durante un largo periodo, la observación de la célula con el
microscopio no dio lugar a interpretaciones teóricas importantes,
sino hasta después de 1800, cuando surgió la idea de que las células
podrían representar algo fundamental en la organización de la
vida. Esta idea llevó a René J. H. Dutrochet (1824) a la conclusión de que la célula es realmente la pieza fundamental
del organismo vivo.
El desarrollo de mejores técnicas
microscópicas hizo posible observar las estructuras
subcelulares, como el núcleo de las células
vegetales por Robert Brown en 1833 y el nucleolo
por Mattias Schleiden y Theodor Schwann en
1839, lo que llevó a Virchow a proponer en 1855
el famoso concepto de que “las células surgen
por división de células preexistentes”.
Las lentes de inmersión en aceite dieron
al microscopio óptico una resolución de 1,400
aumentos (1,400 X), y las lentes acromáticas permitieron
a Walther Flemming y otros investigadores
descubrir los cromosomas (1880) y
describir la mitosis y la meiosis. Gracias a los
métodos de tinción, Camillo Golgi y Santiago
Ramón y Cajal pudieron identificar organelos dentro
de la célula, y los microbiólogos Robert Koch,
Edwin Klebs y Louis Pasteur, observando preparaciones
teñidas, hallaron las bacterias del cólera
y la tuberculosis y muchos organismos patógenos
más, así como otros que tuvieron una gran
repercusión en la industria de los alimentos, la
fermentación y otros.
El desarrollo del microscopio de interferencia
y de contraste de fases, así como los cultivos
celulares y el marcaje con colorantes
fluorescentes y radiactivos, mejoraron las observaciones
de la célula y sus componentes moleculares.
Sin embargo, durante los años cincuenta
del pasado siglo, el estudio y comprensión de la
estructura y función de las células experimentaron
un avance extraordinario con la invención del
microscopio electrónico, los métodos de centrifugación
diferencial y las nuevas técnicas de análisis
bioquímico y electrofisiológico, estableciendo
así las bases de la biología celular, la fisiología
celular y la citogenética.
Las investigaciones en estas ramas
empezaron a describir la estructura y las rutas
moleculares de diferentes partes de la célula,
como la membrana celular, el sistema membranal
interno (retículo endoplásmico y aparato
de Golgi), los ribosomas, cloroplastos, mitocondrias
y otros numerosos componentes. En
los años sesenta se empezó a conocer la
comunicación intercelular, proceso mediante el
cual la célula intercambia iones, moléculas
pequeñas y nutrientes con su entorno, y la
manera como esto regula y coordina los procesos
funcionales en los diversos niveles de
organización celular, desde el molecular al
de organismo pluricelular.
Por otro lado, la teoría cromosómica de
la herencia propuesta por Walter Sutton (1877-
1916) y Theodor Boveri (1862-1915), fue desarrollada
por Thomas Hunt Morgan (1928-1968) y
su grupo en la mosca de la fruta (Drosophila
melanogaster) y fortalecida por Oswald Avery,
Colin MacLeod y Maclyn McCarty en 1944,
quienes demostraron que el material genético
contenido en los cromosomas de la célula
estaba constituido por ácido desoxirribonucléico
(ADN), el cual está formado por una doble hebra
de muchos nucleótidos constituidos de una
base nitrogenada (adenina = A, guanina = G, citosina = C y timina = T), una pentosa (desoxirribosa) y un fosfato.
La descripción de la estructura de la doble hélice hecha
por el biólogo James D. Watson y el físico Francis Crick, basada
en los estudios de rayos X y cristalografía de Maurice Wilkins,
Rosalind Franklin y Linus Pauling, así como en los datos del grupo
de Erwin Chargaff sobre el apareamiento de las bases A con T y G
con C, sentó las bases para el surgimiento de la disciplina conocida
como biología molecular.
La citogenética se centra en el estudio del núcleo y los
cambios estructurales que pueden observarse en la mitosis
durante la metafase, etapa en la que los cromosomas tienen su
máxima compactación y pueden ser perfectamente observados en
el microscopio óptico cuando se contrastan con métodos especiales
de tinción. Los cultivos de células –en especial de linfocitos
de sangre circulante de diversas especies animales, incluidos los
humanos– son una herramienta muy útil en la genética humana y
han dado información sobre la morfología y el número de los cromosomas.
En la especie humana (Homo sapiens), las células somáticas de un individuo normal tienen en el núcleo 46 cromosomas,
arreglados en 23 pares, y desde los acuerdos internacionales
de la Conferencia de París (1967), estos cromosomas son ordenados
por tamaño y localización en el centrómero y se caracterizan
con la tinción de bandas G (colorante Giemsa), específica de cada
uno de ellos en el llamado cariotipo. De los 23 pares, 22 son
comunes al hombre y la mujer, y son llamados autosomas; el par
restante recibe el nombre de “par sexual”, que está formado por
dos cromosomas X en la mujer y un cromosoma X y uno Y en el
hombre. Las alteraciones cromosómicas numéricas y estructurales
detectadas por el cariotipo han sido la herramienta que ha hecho
posible describir más de 4 mil enfermedades provocadas por ciertos
cambios localizados en los genes de los cromosomas
autosómicos o sexuales.
Los cromosomas son estructuras celulares relativamente
grandes, visibles al microscopio compuesto, que contienen la información
genética de una célula; además, llevan la información que
permite prender o apagar –por así decirlo– un gen de manera regulada
y controlar su propia duplicación, reparación y empaquetamiento.
Los cromosomas no están constituidos únicamente de
ADN, sino que están compuestos de cromatina, la cual está formada
por ADN, un grupo de proteínas estructurales conocidas
como histonas y diversas proteínas no histónicas. La microscopía
electrónica ha mostrado que la cromatina es una fibra formada por
los nucleosomas, que son estructuras producto de la asociación
del ADN con las histonas. Algunos estudios bioquímicos explican
cómo la mayor parte de la cromatina permanece descompactada
en el núcleo interfásico y se compacta para ser visible durante la
mitosis.
El conocimiento de la estructura y funcionamiento de la
célula y sus cromosomas ha permitido el surgimiento de nuevas
disciplinas, como la genética toxicológica, que estudia las
alteraciones provocadas en los cromosomas por diversos factores
conocidos como agentes genotóxicos. Éstos pueden ser de tipo
químico o físico y a veces biológico; los químicos pueden ser de
origen natural (es decir, los sintetizados por los organismos) o
inorgánico, que se encuentran en la naturaleza, o bien los cientos
de miles que han sido sintetizados en los laboratorios (xenobióticos).
Debido a que la interacción de los genotóxicos con el material
hereditario provoca su alteración, se han desarrollado diversos biomarcadores
que permiten caracterizar los cambios provocados,
como las aberraciones cromosómicas, que son alteraciones que afectan fragmentos grandes de los cromosomas
o incluso cromosomas completos, y que pueden
ser observadas y cuantificadas mediante el
microscopio óptico.
Los protocolos de investigación para el
análisis de las aberraciones cromosómicas que
han sido aceptados por organismos tales como la
Environmental Protection Agency (Agencia para la
Protección del Ambiente, o EPA), la International
Agency for Research on Cancer (Agencia
Internacional para el Estudio del Cáncer, o IARC), la World Health Organization (Organización
Mundial de la Salud, o WHO) y otras, utilizan células
eucariontes de diversos grupos biológicos,
como las de cebolla y haba, o células humanas
de los epitelios de la mucosa bucal, células en
cultivo como los linfocitos y otras más. Los protocolos
más utilizados analizan los cromosomas en
la metafase y anafase, etapas en la que los cromosomas
se separan hacia los polos del huso
acromático, lo que permite evaluar el rompimiento
de cromosomas, translocaciones, duplicaciones,
puentes, cromosomas que no se
incorporan al huso acromático, isocromosomas,
intercambio de cromátidas hermanas y varios
procesos más.
En la metafase también se pueden
analizar las aneuploidías, que son la pérdida o
ganancia de cromosomas, como ocurre en el síndrome
de Down, donde las personas con esta
alteración tienen 47 cromosomas en lugar de los
46 normales debido a que hay tres cromosomas
21, o en las mujeres que padecen el síndrome de
Turner, quienes tienen 45 cromosomas debido a
que les falta un cromosoma X del par de cromosomas
sexuales.
La introducción de las técnicas de
biología molecular, como la electroforesis
alcalina en células individuales (ensayo
cometa) o el ensayo del ADN en escalera,
apoyan de forma significativa los estudios
de biomonitoreo tanto en humanos como de
carácter ambiental. Estas metodologías, por
las ventajas técnicas que conllevan, permiten
detectar diferentes tipos de daño al ADN, como
los rompimientos en una de las cadenas, los
sitios lábiles a álcalis, e incluso la necrosis y
muerte celular programada. Este último es un
proceso sumamente importante durante el
desarrollo embrionario, que también ocurre en
el organismo adulto, para controlar la masa
celular de órganos como el hígado. La inhibición
o desregulación de la muerte celular programada por diferentes vías puede ser decisiva en el
surgimiento del cáncer.
Ahora se sabe con certeza que las células embrionarias y
cualquier otra célula de un organismo diferenciado deben mantener
el mismo contenido y organización de ADN en los cromosomas;
es decir, que una célula especializada de un organismo
maduro contiene los mismos genes presentes al inicio de su
desarrollo embrionario, aunque algunos estarán encendidos mientras
que otros estarán apagados. Por lo anterior, todas las
metodologías que hacen posible detectar los cambios provocados
en el ADN por agentes externos son de suma utilidad en cualquier
estudio toxicológico.