EDITORIAL
Algo tendrán los múltiplos del diez cuando les damos tanta importancia. Como es el caso de hoy, en que esta revista
cumple veinte años de publicación ininterrumpida. Esta primera
meta ha sido, pues, cumplida, aunque restan muchas más que
requerirán un esfuerzo similar.
Para celebrar esta ocasión, hemos querido que el número que
el lector tiene en sus manos contuviera la perspectiva de muchos
de los colaboradores más entrañables, así como la de quien fue su
iniciador, de modo que dicho número reflejara fielmente el contento
que nos embarga.
En consecuencia, el lector podrá leer en sus páginas la colaboración
del doctor José Velasco Toro, Director General de Investigaciones
en 1988, quien gracias a sus auspicios hizo posible
esta publicación, y participa también su primer director, el maestro
Marco Tulio Aguilera Garramuño, que la condujo inteligentemente
a lo largo de sus primeros once años de vida. Uno y otro nos
hablan, porque los conocieron de primera mano, de los dolores
del parto que hizo posible La Ciencia y el Hombre.
No solo ellos, por supuesto. El doctor Manuel Martínez Morales,
testigo y a la vez participante privilegiado de la historia de
nuestra publicación, hace un breve recuento personal de esa
trayectoria, ofrece pelos y señales de la misma y se congratula por
este aniversario. El doctor Mario Miguel Ojeda Ramírez rememora
igualmente este ya largo camino e insiste en que la divulgación
científica es una vía por la que vale la pena transitar si queremos
tener los logros científicos que nos merecemos. La doctora Irma
Aída Torres Fermán insiste en que leer es fundamental para el
hombre, y que leer ciencia es importante para vivir porque se trata
de una actividad en la que todos podemos participar y que implica
sucesos, acontecimientos y situaciones que ocurren todo el
tiempo a nuestro alrededor. A su vez, el doctor Gilberto Silva
López nos brinda algunas reglas para cumplir con la tarea del
divulgador; hacerlo con propiedad, de manera atractiva e interesante
y buscando llegar a una audiencia amplia es, desde su
punto de vista, la tarea última de quien se interesa por llevar la
ciencia a todos los que se pueda. La divulgación entraña preguntarse
el por qué y el para qué de algo –señala en estas páginas el
doctor Mario Caba–; este proceso de preguntar
retroalimenta directamente al proceso científico, y
de hecho es su base; así, nos narra el resultado
de esa tarea, que ha sido para él de aprendizaje
constante y crecimiento personal. Por su parte, el
doctor Mario Vázquez Torres apunta que nuestra
revista ha cumplido –y cada vez lo hará mejor–
con el encomiable propósito de difundir, divulgar
y expandir el conocimiento científico para hacerlo
comprensible para una población mayor que la
académica, ejecutándose al mismo tiempo la
adicción filantrópica de enseñar y educar.
Aída Pozos Villanueva, una de nuestras
editoras adjuntas y la responsable de la atinada
formación de cada número, nos dice que “La
Ciencia y el Hombre está hecha con sentido, con
planeación, con cariño de universitarios que a
veinte años de trabajo incesante buscan cumplir,
satisfacer, desempeñar el papel asignado,
esmerándose para mantenernos, ejercer nuestro oficio, descargar
la conciencia y mantener nuestra palabra”.
La doctora Alma Cruz Juárez señala que divulgar la ciencia
es una meta que hemos compartido todos lo que colaboramos en
la revista, de una manera multidisciplinaria, en la que proliferan también
las reflexiones históricas, sociológicas y filosóficas sobre aquélla,
las que toman en cuenta sus fuertes interacciones y estrecha
relación con la sociedad.
Liliana Calatayud Duhalt, editora adjunta y miembro fundadora
del equipo editorial en activo hace un recuento pormenorizado
de los contenidos de la sección de entrevista; nos habla
asimismo de los propósitos de aquella, pues enterarse del anecdotario
existencial y profesional de los destacados científicos entrevistados
debe alentar a la juventud en formación para comprender las
ciencias, uno de los objetivos primordiales de la revista. En otra
colaboración, la misma Liliana, testigo privilegiado del surgimiento
de La Ciencia y el Hombre, nos ofrece sus autorizadas impresiones
sobre su desarrollo.
Los responsables de nuestras otras dos secciones también
colaboran en estas páginas. La maestra María Angélica Salmerón,
encargada de “Distintas y distantes: las mujeres en la ciencia”,
apunta los objetivos de su interesantísima sección y nos habla de
todas aquellas mujeres que quieren permanecer en nuestra memoria
cotidiana del mismo modo que presentes están en ella Newton o
Einstein; La Ciencia y el Hombre –señala– ha permitido que lo que
parecía un mero sueño empiece a ser realidad en nuestro entorno,
lo que no habría sido posible si no contáramos con colaboradoras
de tanto talante como ella misma. Los maestros Heriberto
Contreras Garibay y Leticia Garibay Pardo, cuyas colaboraciones
en la sección que les corresponde, “Curiosidades científicas”, son
ya de larga data, nos hablan del reto que se impusieron de compartir
en cada número, a manera de materia prima, la curiosidad como
generadora de grandes temas, temas que han abordado acuciosamente
en la búsqueda por motivar el interés por la ciencia y la tecnología
entre la comunidad universitaria, pero sobre todo en la
sociedad de hoy.
En fin, que aun si no fuera por estos veinte años, habríamos
de echar las campanas al vuelo, de cualquier modo, para festejar
nuestro invariable compromiso, visible en cada número, por hacer
de La Ciencia y el Hombre una publicación digna, hecha por una
comunidad académica responsable y trabajadora.