EDITORIAL
Hace ya cien años que tres grandes científicos obtuvieron el Premio Nobel: Gabriel Lippman (Física), Ernest Rutherford
(Química) y Paul Ehrlich (Medicina), este último compartido con el
bacteriólogo ruso Ylia Mechnikov.
Irredento indisciplinado, Gabriel Lippman, nacido en Luxemburgo
en 1845, no fue un alumno brillante, interesado como estaba
solamente en algunas asignaturas. Pero la oportunidad de
trabajar al lado de dos notables científicos durante una misión oficial,
Gustav Kirchhoff y Hermann von Helmholtz, le abre las posibilidades
para hacer una brillante carrera, de modo que es nombrado
sucesivamente profesor en la Facultad de Ciencias de París
en 1878, profesor de física matemática en la Sorbona en 1883, y
profesor de física general en 1886. Después, se le nombra miembro
de la Academia de Ciencias, de la que años más tarde será su
presidente.
Fascinado por la fotografía, encabezará igualmente la Sociedad
Francesa de Fotografía al finalizar el siglo XIX, y creará al lado de
otros célebres científicos el Instituto de Óptica Teórica y Aplicada
francés. Ahí, trabajando en los campos de la fotoquímica, óptica,
electricidad y la termodinámica, entre otros, inventará el electrómetro
capilar y el coelostato, instrumento que, al igualar la
rotación de la Tierra, hace posible fotografiar una región del cielo
como si estuviera fija. En la cima de sus descubrimientos, se halla
sin embargo la fotografía en color, que más adelante dará lugar al
descubrimiento de los hologramas. Trece años después de la
obtención del Nobel, al regresar de una visita a Estados Unidos,
Lippman murió en 1921, durante la travesía en barco, a los 76 años.
En cuanto al neozelandés Ernest Rutherford (barón Rutherford
de Nelson y de Cambridge) nacido el 1871, pocos físicos ha
habido en la historia de la ciencia tan importantes como él.
Descubridor de las radiaciones que emitía el uranio, a las que
denominó alfa y beta, Rutherford publicó en 1899 un documento
esencial sobre el poder de penetración de esas radiaciones. Sus
trabajos con el torio, otro elemento radiactivo, lo llevaron a descubrir
en 1900 el periodo de los elementos radiactivos. No obstante,
su descubrimiento fundamental es el de que la radioactividad
se acompaña de la desintegración de los elementos, lo que contraviene
el principio de la indestructibilidad de la materia. En 1904
cristalizó estas ideas en su famosa obra Radioactividad, en la que
explicaba que la radioactividad “no es influida por las condiciones
externas de presión y temperatura, ni por las reacciones químicas,
pero comporta un desprendimiento de calor superior al de una
reacción química”. Rutherford es asimismo famoso por ofrecer el
primer esquema de un átomo, en el que representa los electrones,
que tienen una carga negativa, como planetas que giran alrededor
de un núcleo, constituido por la carga positiva de los protones.
Hace, pues, cien años que ganó merecidamente el Premio Nobel
de Química por sus trabajos, lo que no le satisfizo en modo alguno
al considerarse a sí mismo como un físico, y es célebre su afirmación
de que ”la ciencia, o es física, o es filatelia”. Rutherford murió
en Cambridge, Inglaterra, en 1937, a los 66 años de edad.
El polaco Paul Ehrlich compartió con Lippman y Rutherford la
misma ceremonia de entrega de los premios Nobel de 1908.
Nacido en Polonia en 1854, recibió el doctorado en la Universidad
de Leipzig con una tesis sobre la tinción de tejidos, fue profesor de
la Universidad de Berlín en 1889 y al año siguiente catedrático
de medicina interna. En el Hospital de la Caridad de Berlín, como
su director, trabajó en el campo de la hematología, elaborando el
diagnóstico de las distintas enfermedades de la sangre. Pese a
ello, su área principal de investigación, continuando así sus intereses
estudiantiles, fue la de la de las tinciones, gracias a lo cual
pudo estudiar las reacciones microquímicas de las toxinas. Una de
sus mayores innovaciones consistió en el uso de diferentes tintes
para detectar diferentes tipos de células. Un autor señala que
Ehrlich “fue el primero en investigar las vías del sistema nervioso,
inyectando azul de metileno en las venas de conejos vivos, obteniendo
extraordinarios resultados experimentales al tratar con un
derivado azoico a animales que sufrían la enfermedad del sueño”.
A principios del siglo XX curó la tripanosomiasis mediante el colorante
conocido como rojo de trípano.
Desarrolló la teoría de la inmunidad de cadena lateral y, con
ella, los principios de la inmunidad celular.
Uno de sus mayores descubrimientos fue el salvarsán (arsfenamina),
al que denominó bala mágica, para el tratamiento antibiótico
de diversas enfermedades infecciosas causadas por protozoarios y
otros animales unicelulares, como la sífilis, y más tarde el neosalvarsán,
también llamado “Ehrlich 914”. La razón de este número fue
que, después de haber preparado 913 compuestos, fue este con el
que tuvo éxito para curar dichas enfermedades.
Paul Ehrlich murió en Hamburgo a los 61 años, en 1915.