E D I T O R I A L
¿Difusión o divulgación? Los términos, según el diccionario, son prácticamente sinónimos, y la diferencia entre ambos términos es tan solo de grado, pues ambos aluden a la acción de
poner al alcance de los más lo escrito o hablado. Ya en el terreno
de la actividad académica y científica, las distinciones entre estos
vocablos son ligeramente más definidas, y muchos autores han
bordado fino en tales distinciones, pero, a la postre, son siempre
completamente arbitrarias.
Así, se sobreentiende que la difusión es el acto de poner al
alcance de los pares lo hecho o alcanzado en un área particular.
Las revistas especializadas de medicina, física o matemáticas, por
ejemplo, sirven para difundir los hallazgos experimentales, los
nuevos desarrollos teóricos o las aplicaciones prácticas que han
hecho los autores, cuyo principal interés es que otros médicos,
físicos o matemáticos lean sus trabajos para que, al hacerlo, no
partan de cero y así la disciplina o ciencia progrese. Pero lo dicho
aquí para estos profesionales, vale para todos los demás: antropólogos,
historiadores, psicólogos o ingenieros, quienes están, por
ende, obligados a leer los llamados journals o revistas especializadas
para que su actividad se base en las últimas aportaciones
de sus pares y su trabajo no se repita inútil e indefinidamente; al
hacerlo así, el conocimiento se va acumulando de manera paulatina
y siempre novedosa. Gracias a la difusión –tomada en este
sentido–, la ciencia, en efecto, se desarrolla cotidianamente. Por
ello, la aparición del número más reciente de una revista especializada
(una revista de difusión, pues) es esperada con gran gusto
por sus lectores.
Es por eso también que las revistas especializadas –las destinadas
a difundir el conocimiento de los especialistas entre sus
pares– son y deben ser homogéneas, esto es, corresponder a un
campo perfectamente delimitado, pues si no lo son su utilidad es
escasa o nula al no tener el número de lectores deseado. No es
prudente, por decir lo menos, que una revista tenga entre sus heterogéneos
contenidos un abstruso artículo de física teórica,
seguido por otro igualmente complejo de biología molecular, al
que precede uno más de altas matemáticas, pues los especialistas
de un área harán caso del que les interesa, y pasarán por alto
todos los demás. Si son homogéneas –esto es, si sus contenidos
corresponden al mismo campo–, estas revistas son el fundamento,
la base misma, del avance científico.
Las revistas de divulgación tienen otro propósito, que es el de
poner al alcance de todos los lectores, independientemente de su
especialidad, los conocimientos generados en las diversas disciplinas.
Por supuesto, al hacerlo así deben omitir los términos a
veces farragosos, las complicadas fórmulas, los planteamientos
incomprensibles, de modo que tales conocimientos sean presentados
a los lectores de una forma amena, inteligible e interesante.
El público lector de las revistas de divulgación es así mucho más
amplio, porque un artículo de zoología, por ejemplo, puede ser
valorado y comprendido por un especialista de la arqueología,
pero también por un estudiante de preparatoria o por quien
aguarda en la consulta de un médico.
Este papel no disminuye el valor de una publicación. Nature y
Science son buenos ejemplos de lo anterior y destacan entre las
grandes revistas en el mundo, superando en ventas, por mucho,
las de cualquier revista de difusión.
Y es que pareciera que el que una revista tenga como
propósito la divulgación la coloca, según muchos, en un nivel inferior,
secundario, disminuido. A algunos provoca franco sonrojo la
simple posibilidad de publicar su trabajo en una revista de este
corte. Ya en un editorial anterior citamos la frase de un renombrado
investigador, quien al ser invitado a colaborar en esta
revista, respondió ofendido: “¡Yo no publico para muchachos de
secundaria!”.
Es mal asunto, pues, cuando se confunde el papel vital que
cumplen las publicaciones destinadas a la difusión del conocimiento
entre los pares, y el que las que llevan ese conocimiento a
los demás lectores. Sus propósitos son distintos pero están
estrechamente entreverados y ambos son indispensables: si aquellas
promueven el desarrollo de las disciplinas, estas inducen vocaciones,
ilustran, educan y, al hacerlo, vuelven más democrática a
una sociedad.