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En un librito aún inédito, un fino amigo
describe lo que debió hacer para explicar a su pequeña
hija lo que era un cómplice: “— Qué pregunta
tan rara hija, déjame ver –dije vacilante. Y comenzó el
reloj a avanzar, tic tac, tic tac, mientras yo esperaba que se me prendiera
el foco. Pero nada... tic tac, tic tac… ¡Qué pregunta
tan complicada! Pero algo tenía que decir ya que con sus ojitos
me exigía una respuesta, y ¡zas!, de pronto se me ocurrió algo. —¿ Te
acuerdas cuando fuiste con tu mamá a comprar mi regalo de mi cumpleaños
y ella te pidió que no me lo dijeras? — Ajá, me acuerdo. —¿ Y
te acuerdas que yo quería que me dijeras lo que era antes de que
me lo dieran, y tú me dijiste que no lo harías porque era
algo que te había confiado tu mamá y no podías decírmelo? — Si,
porque mi mamá me dijo que no te dijera. — Ah, pues, eso
es ser un cómplice, es decir, hacer algo con alguien comprometiéndote
a no decirlo a los demás”. Y así continúa
el diálogo. En El quinto día, de Frank Schätzing,
otro libro caído en mis manos casi por accidente, leo un diálogo
entre un sabio y una reportera: “— En mis publicaciones… — Ya
he leído sus publicaciones, y no he entendido más de la
mitad a pesar de que tengo formación científica.
Los artículos de divulgación tienen
que entretener y estar redactados con un lenguaje que todo el mundo entienda.
Bauer la miró ofendido. — A mí mis artículos
me parecen perfectamente comprensibles. — Sí, a usted. Y
a dos docenas de colegas suyos en todo el mundo. — Qué va.
Si estudia el texto con atención… — No, doctor. Explíquemelo. — No
puedo en este momento. Tengo que… — Hágame su cómplice. — Está bien.
Trataré de mejorar”. En efecto, en el campo de la divulgación
de la ciencia necesitamos cómplices. Si en el caso del primer
libro se implica el silencio, en el segundo se habla de la necesidad
de la comunicación. Como ya hemos dicho en muchos editoriales
anteriores, el autor que quiere verdaderamente comunicar a todo el mundo
los resultados de su trabajo, y no sólo a quienes comparten con él
sus abstrusos conocimientos técnicos y científicos, debe
hacer a todo el mundo cómplice de esos conocimientos, es decir,
aclarar lo que significan de un modo tal que no haya duda de lo que quiere
decir. Pero para hacerlo requiere descentrarse, o sea, dejar de pensar
que todo el mundo sabe lo que él sabe, como acepta renuentemente
el científico que Schätzing describe, y comenzar a ponerse
en los zapatos de los lectores a los que quiere llegar.
Si estos son sus pares, otros científicos o
especialistas como él, hará bien en olvidarse de la divulgación
para siempre. Ya hemos contado en estas páginas el rechazo de
un distinguido investigador cuando le propusimos escribir artículos
de divulgación y no los especializados que acostumbraba: “Yo
no escribo para escuincles de secundaria”, dijo terminantemente.
Pero quizá lo decía porque era incapaz de poner “en
cristiano” sus evidentes y muy reconocidos conocimientos especializados.
Porque no es tarea fácil dejar de lado el lenguaje que nos exigen
nuestros colegas a fin de comprendernos, para comenzar a utilizar otro,
muy distinto y más extendido, que todos los demás manejamos
con mayor o menos fluidez. Einstein pudo hacerlo en el ámbito
de las altas matemáticas, pero también en el otro, el de
todos los días. Por eso fue un gran científico. Pero no
se necesita ser un Einstein para traducir los complejos términos
científicos en otros más terrenales. Basta ese “ ponerse
en los zapatos del otro” para que llevemos la ciencia a donde más
se necesita en un país como el nuestro: al de los legos, esto
es, al de que carecen de esos conocimientos. Sólo así podremos
interesar a los estudiantes en la ciencia que tanto requerimos, y, de
paso, eliminar los innumerables anaqueles repletos de pseudociencia que
saturan nuestras librerías
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