Bases biológicas
del suicidio
Carlos M. Contreras y Ana G. Gutiérrez García
El término suicidio proviene de sui, a sí mismo,
y caedes, muerte, es decir, el acto de matarse a sí mismo.
Aquí nos enfocaremos en las bases neurobiológicas
del suicidio a fin de ilustrar al lector sobre el hecho de que
el suicida bien pudo haber estado atravesando una enfermedad
sin haber recibido la atención necesaria. Evitaremos caer
en la vana discusión de si el suicidio representa valentía
o cobardía.
Las estadísticas de la Organización Mundial de
la Salud (OMS) indican que alrededor de un millón de personas
consuman el suicidio anualmente, y que una cifra diez veces superior
tiene ideación suicida, por lo que alcanza un notable
treceavo lugar como causa de muerte; la cuarta parte de quienes
intentan suicidarse repiten su intento dentro de los siguientes
doce meses, y una décima parte de ellos logra su propósito
en un plazo de diez años.
Los factores de riesgo de suicidio pueden ser fijos o modificables.
Evidentemente, ningún tratamiento modificará los
riesgos fijos, tales como el intento previo de suicidio, los
factores genéticos o los de género, la edad, etnia,
estado civil o situación económica; en cambio,
los factores de riesgo modificables son, principalmente, la ansiedad
y la depresión. En efecto, la mayoría de los suicidas
tiene una historia reciente de pérdida afectiva real o
imaginaria que funciona como desencadenante. En México,
un factor de riesgo relevante entre los hombres es un ambiente
familiar disfuncional; entre las mujeres, además de ello,
concurren una baja autoestima, la impulsividad y el aislamiento.
El suicidio es más frecuente entre los viudos aislados
y solitarios en comparación con los casados con hijos.
Son también importantes el acceso a los medios para cometer
suicidio, el aislamiento social y las enfermedades crónicas.
Es de destacar la discapacidad asociada a los desórdenes
psiquiátricos que conduce a pérdida del empleo,
pobreza, ruptura de las relaciones personales y aislamiento
social.
Se han diseñado dos modelos para explicar el suicidio.
El modelo de estrés-diátesis se basa en rasgos
peculiares de algunos individuos que los llevan a reaccionar
de manera catastrófica ante las contingencias del medio
ambiente. El modelo de proceso se apoya en la observación
de que en numerosos casos hay una secuencia que va desde la ideación
a la consumación del suicidio.
Diátesis. La diátesis es una disposición
hacia la enfermedad que tiene como origen ciertos aspectos genéticos,
experiencias, enfermedades previas y hábitos de vida.
En este modelo, el riesgo de suicidio no tiene relación
con la presencia o la gravedad de algún trastorno psiquiátrico,
ya que, por ejemplo, afortunadamente sólo uno de seis
deprimidos intentará suicidarse; sin embargo, el modelo
considera que los aspectos genéticos, psicológicos,
ecológicos y sociales concurren con síntomas
depresivos.
Proceso. En ciertos casos, la interacción del rasgo-estado
de personalidad de algunos individuos con las contingencias del
entorno les lleva a una ideación suicida que evoluciona
hacia la realización de los primeros intentos de quitarse
la vida, con un incremento gradual de la letalidad hasta que
esta se logra. En este modelo, las primeras manifestaciones corresponden
a la diátesis, representada por ejemplo en el juego patológico,
el descuido de la persona y la automutilación.
Entre ambos enfoques se encuentran puntos de convergencia.
Sufrir depresión mayor con un trastorno bipolar, la esquizofrenia,
el alcoholismo, el abuso de sustancias, la ansiedad, la anorexia
nerviosa y los trastornos de la personalidad representan la diátesis
que lleva a intentos suicidas cada vez más definitivos.
La depresión es un trastorno afectivo que característicamente
conlleva el riesgo de suicidio. En esta psicopatología
es característica la desesperanza, un término que
se refiere a la presencia de expectativas negativas sobre el
futuro y la sensación de dificultad extrema e incapacidad
para alcanzar las metas propuestas, asociada a un abatimiento
motor y emocional acompañado de ansiedad. Es típica
la sensación de incapacidad para controlar y responder
a situaciones estresantes cotidianas. Se establece un círculo
vicioso en el que la desesperanza y la anhedonia (incapacidad
para experimentar placer) se suman a la incapacidad para desarrollar
nuevas pautas de aprendizaje que permitan afrontar los problemas
con eficiencia.
El trastorno bipolar tiene como componentes fundamentales episodios
prolongados de depresión que se ven reemplazados por periodos
de manía. Es frecuente observar ansiedad, abuso de diversas
sustancias o alcohol y trastornos alimenticios en estos pacientes,
es decir, otros aspectos considerados como diátesis. Por
ello, cerca de un tercio de estos pacientes en la fase depresiva
de la enfermedad tienen un alto riesgo de suicidio. Una proporción
semejante de pacientes con esquizofrenia intentan suicidarse
a lo largo de todo el curso de la enfermedad, principalmente
los del subtipo esquizoafectivo, cuando hay comorbilidad con
depresión mayor, si bien en algunos pacientes esquizofrénicos
el intento suicida ocurre aun en ausencia de depresión.
Aunque durante mucho tiempo se supuso erróneamente que
no ocurren suicidios entre niños y adolescentes, en todo
el mundo ha ocurrido un aumento alarmante de suicidios juveniles.
En los adolescentes, la depresión ocurre de manera enmascarada,
con alteraciones diversas y síntomas vagos, al parecer
sin relación con el padecimiento; quizá por ello
sólo reciben la atención adecuada en contadas
ocasiones.
En el otro extremo de la vida ocurre la depresión de la
tercera edad. Según cifras de la OMS, las personas de
75 años o más consuman el suicidio tres veces más
frecuentemente que la población joven. Entre los ancianos,
es frecuente que se rehúsen a adherirse a los tratamientos
e incluso a alimentarse, lo que es una forma especial de suicidio
llamado “silencioso”. En estos pacientes a menudo
hay comorbilidad de la depresión con muchas otras enfermedades,
y si la primera no es diagnosticada, el tratamiento fracasa.
Los factores psicosociales y medioambientales asociados con
el suicidio se han abordado abundantemente, pero se ha prestado
poca atención a los mecanismos neurobiológicos
implicados en el suicidio. Una dificultad importante para su
estudio es la carencia de un modelo experimental. La mayor parte
de las conclusiones sobre la biología del suicidio provienen
de observaciones realizadas en estudios post mortem de las víctimas;
sin embargo, el desconocimiento del tiempo transcurrido entre
el deceso y la necropsia, la forma en que se llevó a cabo
el suicidio y la historia previa diagnóstica y terapéutica
del suicida, son obstáculos importantes para la interpretación
de los resultados.
En las tres décadas pasadas, un buen número de
evidencias indican que el suicida sufrió de alteraciones
en la neurotransmisión serotonérgica, particularmente
en la función de dos subtipos de receptores serotonérgicos:
el 5-HT1A y el 5-HT2A. Se han buscado alteraciones en otros sistemas
de neurotransmisión, como el dopaminérgico y el
noradrenérgico. No obstante, al comparar los niveles de
los metabolitos de la serotonina, la dopamina y la noradrenalina
en el líquido cefalorraquídeo de quienes intentaron
o lograron suicidarse con métodos violentos, sólo
se encontraron niveles bajos del metabolito de la serotonina.
En síntesis, en el suicida ocurren anomalías en
la neurotransmisión serotonérgica de la corteza
prefrontal, hipocampo, hipotálamo y tallo cerebral. Estos
hallazgos adquieren relevancia dado que una de las funciones
de la corteza prefrontal es el control cognoscitivo y conductual.
El daño de esta área produce desinhibición
conductual e incremento de la impulsividad; por lo tanto, esta
disfunción podría dar lugar a la propensión
al acto suicida, pero se asemeja más a un antecedente
suicida o diátesis, pues tal ocurre en la depresión
mayor, la esquizofrenia y diversos trastornos de la personalidad.
La corteza prefrontal y el hipocampo están relacionados
funcionalmente con la emoción, el estrés y las
funciones cognoscitivas, aspectos involucrados en la conducta
suicida. Las lesiones de la corteza prefrontal conllevan una
cierta pérdida de la capacidad de decisión, especialmente
cuando está involucrado el tiempo, y las lesiones del
hipocampo alteran la capacidad de recordar hechos recientes;
entonces, es posible que las alteraciones de estas dos regiones
conduzcan a la incapacidad para tomar decisiones adecuadas
en un contexto basado en la experiencia.
Desde hace tiempo se acepta que los núcleos septales forman
parte de las estructuras relacionadas con el hedonismo, por un
lado, y la desesperanza, por el otro. Se trata de una estructura,
blanco para la acción de diversos fármacos antidepresivos,
pues las neuronas de este núcleo aumentan su tasa de disparo
bajo la acción de diversos antidepresivos. De igual manera,
la actividad de estas neuronas disminuye ante la presentación
de un estímulo aversivo condicionado o un proceso de desesperanza,
pero aumenta cuando los animales anticipan la entrega de recompensas.
Así, los núcleos septales, junto con el hipocampo
y la corteza prefrontal, pueden considerarse como participantes
de la fisiopatología del suicidio. En tal caso, una disfunción
septal hacia la baja haría al sujeto más propenso
a desarrollar desesperanza.
Entre 45 y 70% de quienes intentan el suicidio sufren de depresión
y tienen rasgos de impulsividad y agresividad. Además,
quien intentó o logró suicidarse atravesaba por
un estado de ansiedad en el momento del acto. Por lo tanto, los
trastornos de ansiedad moderadamente severos, junto con las reacciones
transitorias de ajuste, la ansiedad como rasgo de personalidad
y los rasgos obsesivos, también se consideran como factores
de riesgo suicida.
La agresión se concibe como un estado interno y la violencia
como la expresión de la agresión. El suicidio en
sí es un acto agresivo y violento, y ya que la disfunción
del sistema serotonérgico se asocia con alteraciones en
el control de la ansiedad, la impulsividad y la agresión,
podría existir una neurobiología común para
el suicidio y la conducta violenta, es decir, un nivel bajo de
serotonina en el sistema nervioso central. En efecto, el llamado
rasgo serotonérgico incluye alteraciones metabólicas
en el eje hipotálamo-hipófisissuprarrenal, además
de cambios del patrón de sueño, impulsividad, desinhibición,
cefalea, volubilidad anímica y problemas de socialización
y conducta suicida.
Por otro lado, la participación del ácido g-amino
butírico (GABA) y su receptor de membrana (GABAA) en la
regulación de la ansiedad está ampliamente documentada.
Se trata del neurotransmisor más abundante del sistema
nervioso y su función es inhibitoria. Este neurotransmisor,
entre otros, se encuentra de manera abundante en el complejo
amigdalino del lóbulo temporal, una estructura cerebral
relacionada con la agresividad y la territorialidad. Su participación
en situaciones en las que se combinan un estado depresivo con
agitación e impulsividad requiere ser explorada, ya que
estos son factores importantes que confluyen en el suicida. Entonces,
al esquema anterior de hipocampo, corteza prefrontal y núcleos
septales habría que añadir el complejo amigdalino.
El hipocampo por su relación con la memoria, la corteza
prefrontal en la toma de decisiones, los núcleos septales
en la regulación de desesperanza-hedonismo y la amígdala
en la regulación de la agresión y ansiedad. En
su conjunto, tenemos un esquema relacionado con el control de
la impulsividad asociada al estado de ánimo.
La depresión, la ansiedad y el suicidio como una de sus
posibles consecuencias son entidades que se manifiestan de modo
distinto entre hombres y mujeres (dimorfismo sexual). En todos
los países del mundo, los intentos de suicidio son más
frecuentes entre las mujeres que entre los hombres; en cambio,
de cada seis suicidios intentados, cinco son logrados por hombres
con notable eficiencia, pues suelen emplear el ahorcamiento o
las armas de fuego, mientras que las mujeres tienen preferencia
por el envenenamiento o el corte de las venas superficiales.
En contraste, la depresión y la ansiedad afectan principalmente
a las mujeres. Estas diferencias sugieren fuertemente la participación
de las hormonas gonadales en ambos procesos.
Las hormonas esteroidales, estradiol y progesterona, tienen
un claro papel. Los niveles plasmáticos altos de estas hormonas –por
ejemplo, después del segundo tercio del embarazo o después
de la ovulación– actúan como protectores
de la depresión y la ansiedad, pero durante el periodo
premenstrual durante el climaterio o el posparto –cuando
descienden los niveles plasmáticos de estas hormonas– es
frecuente observar períodos de depresión ansiosa;
de hecho, en mujeres que padecen síndrome premenstrual
el tratamiento de reducción gradual con progesterona reduce
la sintomatología depresiva y ansiosa; en contraste, es
posible que en el caso de los varones los andrógenos participen
en la conducta impulsiva que caracteriza al acto suicida. Esta
observación puede ser contrastada con estudios hechos
con animales; en efecto, utilizando como sujeto experimental
a la rata, se ha notado que la desesperanza es sexualmente dimórfica
y que depende del desarrollo gonadal de la rata.
Los receptores cerebrales de las hormonas esferoidales no sólo
se encuentran en los sitios relacionados con la conducta reproductiva;
se les encuentra también en estructuras relacionadas con
la motivación y la emoción. El cerebro tiene la
capacidad de sintetizar neuroesteroides, y el núcleo septal
lateral, además de contener receptores serotonérgicos,
adrenérgicos y GABAérgicos, también posee
receptores a hormonas esteroidales. La progesterona, al ser una
sustancia agonista del receptor GABAA, ejerce acciones semejantes
a los antidepresivos y los ansiolíticos; incluso la progesterona
puede potenciar la acción de los antidepresivos en las
ratas hembras, lo que podría explicar la mejor respuesta
que tienen las mujeres al tratamiento antidepresivo, en contraste
con los hombres. Así, la progesterona ejerce una acción
protectora contra la desesperanza.
Quienes intentan o logran suicidarse tienen una historia familiar
de actos suicidas; además, la tasa de concordancia entre
el suicidio y los intentos suicidas son mayores entre los gemelos
que provienen de un solo óvulo que en los llamados “cuates”.
Y es frecuente el suicidio entre los niños adoptados provenientes
de padres biológicos que cometieron suicidio, a pesar
de la diferencia en el ambiente familiar en que crecieron.
En sujetos vulnerables (diátesis), la pérdida afectiva,
el descenso del estatus socioeconómico e incluso los cambios
sociopolíticos suelen actuar como sucesos desencadenantes
del suicidio, especialmente cuando coexisten con abuso de alcohol
y de drogas, abusos físicos o sexuales en la infancia,
aislamiento social o enfermedades somáticas dolorosas
o incapacitantes.
En respuesta al estrés, se activan procesos neuroquímicos
y fisiológicos que contrarrestan los efectos producidos
mediante un proceso homeostático. En este proceso, el
hipotálamo produce el factor liberador de corticotrofina,
y el locus coeruleus, noradrenalina. Ambos actúan directamente
en otras estructuras cerebrales priorizando la atención,
la vigilia y la defensa por sobre la alimentación y la
conducta sexual. Es de esperarse que en el proceso suicida las
alteraciones en estos procesos hayan venido ocurriendo desde
mucho tiempo atrás.
Tratamiento
Parece claro que el sistema de neurotransmisión serotonérgico
se encuentra alterado tanto en el deprimido como en el suicida.
Conviene destacar que todos los antidepresivos conocidos terminan
por establecer sus acciones sobre el sistema serotonérgico.
Adicionalmente, los antidepresivos activan el factor BNDF, cuya
administración en el hipocampo ejerce una acción
antidepresiva en ciertos animales. Sin embargo, es necesario
hacer hincapié en que cualquier tratamiento antidepresivo
requiere por lo menos de dos a cuatro semanas para alcanzar sus
efectos terapéuticos, por lo que en las etapas tempranas
del tratamiento el efecto clínico puede ser indetectable.
Por ello, todo deprimido con ideación suicida debe ser
internado, vigilado continuamente y recibir tratamiento farmacológico
apoyado con terapia cognitivo-conductual.
Ya se mencionó que el trastorno bipolar se asocia a una
elevada tasa de suicidio. El carbonato de litio ha demostrado
ser muy efectivo para reducir la conducta suicida, independientemente
de sus efectos para estabilizar el estado de ánimo en
pacientes con desorden bipolar y en pacientes con desorden unipolar
que han padecido depresiones recurrentes. El litio y algunos
antipsicóticos atípicos, como la clozapina o la
risperidona, regulan la función serotonérgica
y ejercen un efecto de antisuicidio y antiagresividad.
Un neurotransmisor involucrado en el proceso ansioso es el
GABA y sus receptores, los cuales participan en acciones anticonvulsivas,
ansiolíticas y sedantes. En este sentido, se han ensayado
diversos fármacos anticonvulsivantes –como la carbamazepina
y el ácido valproico– en el manejo de la depresión,
y en algunos casos de suicidio potencial, de modo que su acción
puede ser benéfica en aquellos casos en los que la sintomatología
predominante sea la ansiosa. Es recomendable una palabra de alerta
sobre el uso de las benzodiacepinas y sus derivados, ya que su
uso constante en pacientes deprimidos tiende a aumentar la sintomatología
depresiva, además de que pertenecen al grupo de fármacos
que más se utilizan para lograr el suicidio.
En conclusión, cada vez se conoce más acerca de
la biología del suicidio, la ansiedad y la depresión.
Se trata de procesos que pueden ser detectados y tratados a tiempo.
Es importante destacar la necesidad de sensibilizar a padres,
maestros y médicos familiares sobre la vital importancia
de detectar tempranamente la presencia de factores de riesgo
del suicidio para poder establecer un diagnóstico y un
tratamiento correcto y oportuno. Finalmente, es fundamental formar
oficinas interdisciplinarias de ayuda en las que participen trabajadores
sociales, psicoterapeutas, personal de enfermería y médicos
duchos en el manejo de los psicofármacos.