Manuel Martínez:
necesario socializar el conocimiento
Liliana Calatayud Duhalt y Aída Pozos Villanueva
El Cronopio, nombre inspirado en Historias de famas y cronopios
de Julio Cortázar (Alfaguara, 1997), fue una pequeña
revista científica en la que se “divulgaban” parte
de las cuitas científicas y políticas de un inquieto
grupo de estudiantes potosinos al que pertenecía Manuel
Martínez Morales, flamante académico de la Universidad
Veracruzana y producto del 68, como él mismo se califica.
Fruto del amor y la pasión con que publicaban el pequeño
impreso, sale a la luz El hijo de Cronopio, boletín electrónico
que es continuación de lo surgido treinta años
atrás y motivo de satisfacción y orgullo de quien
no ha dejado de divulgar, difundir o socializar el conocimiento
científico a lo largo de su acertada trayectoria. Como
El Cronopio y su descendencia,
Martínez Morales, crítico, inteligente, iconoclasta,
no ceja en su empeño de distribuir el conocimiento, pero
no mercantilmente ya que no es una mercancía, sino con
el compromiso de llegar a las personas para entender y mejorar
su calidad de vida. De esto y del indispensable fomento a la
creatividad de los jóvenes estudiantes nos habla adelante
abundantemente.
La revisión de un currículum que reporta más
de setenta artículos en revistas locales, nacionales e
internacionales, publicaciones que muestran al hombre de ciencia,
así como apariciones en público dictando ponencias
y conferencias dentro y fuera de México, además
de más de cuatrocientos artículos sobre divulgación
de la ciencia publicados en las páginas editoriales de
Diario de Xalapa y Diario AZ de 1983 a la fecha, es el tema obligado
en el comienzo de esta charla.
Háblenos de la divulgación científica.
Yo prefiero hablar de la socialización del conocimiento
científico más que de divulgación. Con la
socialización se trata de que la población haga
suyo el conocimiento científico y que no sea mera información;
es decir, que sea posible apropiarse de las formas de pensar
científicas, que es algo de lo que carecemos. No está muy
extendido el pensamiento científico, que es algo que nos
permitiría entender mejor muchos aspectos de la vida cotidiana
y social y de nuestra vida biológica.
Doctorado en Matemáticas por la Texas Tech University,
con maestrías en Estadística y en Ciencias de la
Computación, licenciado en Física
y diplomado en Estadística Aplicada, hallamos en usted
al hombre que ha dedicado gran parte de su vida a su preparación.
Doctor, ¿tenemos todos un científico interior?
Más que eso, necesitamos tener elementos del pensamiento
científico y que los hagamos propios. Sí es posible
que eso suceda. A mí me sorprende mucho la experiencia
cubana, sobre todo. Desde 1981 he viajado con frecuencia a Cuba,
y es sorprendente entablar una conversación con un joven
de secundaria que tiene una capacidad increíble de pensamiento
analítico. Y así es la población en general,
pero particularmente los jóvenes, que ya pertenecen a
una generación muy posterior a la de la Revolución.
Eso me hace convencerme todavía más. Hablamos los
jóvenes y yo de la situación social y política
de México y América Latina, de la ciencia; es gente
que no sólo está informada, sino que hace uso de
ese pensamiento para entender su realidad. Es verdaderamente
sorprendente.
Ahí he caído en la cuenta de que el quehacer científico
está inmerso en la arena de la lucha de clases; esto es,
si no hacemos uso de la categoría de la lucha de clases,
no podemos entender muchas cosas que ocurren socialmente, como
es el caso de la educación, de la preparación de
los jóvenes y de toda la población. En una sociedad
dividida en clases sociales como la nuestra, como ocurre bajo
el sistema capitalista, la clase dominante impone sus propios
patrones en la educación, patrones culturales o patrones
políticos para asegurar y reproducir su dominación.
En el caso de la educación, esta está orientada
a mantener una población dócil sin pensamiento
crítico, precisamente para que no cuestione el estado
de cosas vigente. De ahí que el sistema educativo en México
no haya fracasado; por el contrario, ha cumplido con creces su
objetivo, porque ese objetivo –que no se hace explícito– es
el de asegurar la primacía de la clase dominante; por
tal motivo, nuestros jóvenes egresan y, en su mayoría,
no tienen la capacidad analítica para entender su realidad
social, y el interés de la clase dominante es que esa
situación persista, y por eso también la práctica
científica ocurre aislada, limitadamente; no penetra en
la sociedad ni promueve el pensamiento científico. Definitivamente,
hay un elemento muy importante en la forma en que se desarrolla
el quehacer científico, que es el de la lucha de clases.
Desde hace casi veinticinco años –para ser exactos
desde 1981– se suma a las filas de la Universidad Veracruzana.
Ha sido Director General de Investigaciones, director del Instituto
de Ciencias Básicas, director de las facultades de Estadística
e Informática y de Física e Inteligencia Artificial,
además de ser profesor de diversos cursos dentro de la
institución. ¿Qué sucede ahora con el nuevo
Modelo Educativo Integral y Flexible que plantea la libertad
de enseñanza y aprendizaje?
No, no hay tal, porque nada más se habla de desarrollar
competencias y habilidades, por lo que el sujeto se ve reducido
a ser sólo un instrumento. En ningún momento se
habla de promover la conciencia del individuo o su pensamiento
crítico; no se ha visto que eso sea un objetivo en este
modelo. No hay nada de qué asustarnos, simplemente así es
la realidad. El pensamiento científico nos ayuda a aceptar
y a ver de frente la realidad tal como es, aunque sea terrible.
Desde luego que esta realidad es contradictoria. El proyecto
de dominación de la clase dominante no es sin embargo
monolítico, de una sola pieza; entonces, hay muchos espacios
sociales en los que es posible desarrollar un pensamiento crítico,
por ejemplo, las universidades. En la Universidad Veracruzana
(UV) tal cosa ocurre, aunque quizá con algunos vaivenes.
No obstante, yo creo que todas las universidades siempre han
sido asiento del pensamiento crítico en muchas disciplinas;
basta ver lo que se ha logrado en la UV en el caso de la antropología,
la historia o la literatura, en donde hay matices críticos
de la realidad.
Al tener usted la experiencia de otras culturas al haber
desarrollado un diplomado en el Departamento de Estadística en la Universidad
de Edimburgo, así como la maestría y el doctorado
en el Departamento de Matemáticas de la Universidad Tecnológica
de Texas (Texas Tech University), ¿le parece que la suerte
de nuestro actual sistema educativo tiene que ver con el proceso
histórico de la nación mexicana, desde los antepasados
prehispánicos?
No exactamente. También en la sociedad prehispánica
existía una división de clases sociales, una clase
dominante y todo lo que se ha dicho. Lo que hoy predomina es
consecuencia de nuestro pasado colonial; el fenómeno colonial
es una cultura: una sociedad aplasta a otra e impone todos sus
patrones de dominación. A la prehispánica no la
podemos calificar de mejor o peor, pero tenía sus propias
formas de entender y de acercarse al mundo, y ahí hay
muchas cosas rescatables. Por ejemplo, durante la Conquista hubo
transferencia de conocimiento de América hacia Europa
durante casi un siglo: la medicina prehispánica, el conocimiento
de la naturaleza, la matemática misma; en cuanto a la
astronomía, la medición de los tiempos astronómicos
era más avanzada que la que tenían los europeos
en ese tiempo, y hay evidencias de esa transferencia. Pero después
se impone el modelo colonial, el cual persiste hasta nuestros
días, aunque ha cambiado un poco su forma. Hay especialistas,
sociólogos y pensadores latinoamericanos que en los ámbitos
de la ciencia y del pensamiento científico llaman a este
fenómeno la colonialidad del saber. Todavía tenemos
una colonización intelectual y una colonización
económica. Aún las vemos en el terreno intelectual.
Dicen algunos pensadores, como Hugo Zemelman, que esto se puede
caracterizar como un bloqueo intelectual; es decir, recibimos
productos intelectuales del extranjero, nos los imponen, gustosamente
los consumimos y no pensamos por nosotros mismos nuestra propia
realidad. Habrá que romper con ese bloqueo intelectual.
¿Hay células de ruptura por algún lado?
Por supuesto que sí. Hay una corriente en América
Latina y en todo el mundo, pero sobre todo en América
Latina. Hay pensadores como Enrique Dussel en México,
Atilio Borón en Argentina, Edgardo Lander y Walter Mignolo
en Venezuela, por citar algunos, que están en contra del
neoliberalismo y la colonización del saber. Yo me inscribo
en esa corriente.
¿Y en el ámbito institucional?
En el ámbito institucional existe CLACSO, siglas del Centro
Latinoamericano de Ciencias Sociales, que promueve esta línea
de pensamiento; aquí en México está la FLACSO,
es decir, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, donde
se cultivan estas formas de pensar el mundo. En la UNAM se halla
el doctor Pablo González Casanova y muchos otros. Aquí,
por ejemplo, estamos el doctor Feliciano García Aguirre,
del Instituto de Investigaciones Históricas, y yo, que
hemos caminado en esa dirección.
Podemos aterrizar en los esfuerzos individuales, y ahí encontramos
recientemente informes acerca del desarrollo de una nueva técnica
didáctica. Háblenos del protométodo, un
método diseñado por usted que, según entendemos,
tiene el objetivo de alejar a los jóvenes estudiantes
que se inician en la investigación de la apatía
y la tirantez formal burocrática e intenta hacerlos seres
más creativos.
Nada surge de la nada. Todas las grandes revoluciones del pensamiento
que nacen en los siglos XIX y XX, cuando se consolida y fundamenta
el pensamiento científico moderno y contemporáneo,
tienen que ver no sólo con la física sino también
con la biología, como es el caso de la revolución
darwiniana que cambió nuestros paradigmas. En las ciencias
sociales, aunque lo sigan negando, se funda el materialismo histórico
con Carlos Marx y Federico Engels. El materialismo histórico,
que es la ciencia de la historia, que tiene como filosofía
el materialismo dialéctico, y el protométodo, mi
propuesta, brota de esas fuentes. Y también hay que mencionar
que hubo una revolución del pensamiento matemático
muy profunda que cimbró todo el pensamiento lógicomatemático
de fines del siglo XIX y principios del XX, cuando se fundan
nuevas ramas de la matemática. Todo eso nos da elementos
para pensar nuestra realidad; nada más que, tal como ha
dicho mi maestro Zemelman, hay que resignificar todo ese conocimiento
en ese contexto de oponernos a la colonización del saber.
Desde hace dos años yo no estaba conforme con lo que se
hace en la práctica docente y criticaba lo que hacíamos
en la ciencia y en la educación. Pero tal crítica
no se debía quedar en sólo eso y con los esquemas
establecidos. ¿Cómo romper con esta tendencia dominante
en el ámbito de mi propia practica docente? Unos compañeros
decían que había que cambiar todo el sistema y
derrocar a la clase dominante. Y sí, hay que hacerlo,
pero mientras tanto ¿no podemos hacer nada? Sí se
puede; en muchos ámbitos de la vida se hace. Ahí están
los zapatistas en Chiapas ensayando nuevas forma de convivencia
social, por ejemplo. ¿Romper con el esquema de la UV?
Hay que hacerlo; va a tardar, pero en alguna parte hay que comenzar.
Entonces, después de cavilar sobre esto, fue un poeta
el que me inspiró a construir el protométodo. Paul
Valèry, un poeta francés que me gusta mucho, en
uno de sus ensayos filosóficos habla sobre un hombre que
va por la playa, encuentra una conchita y empieza a hacer una
reflexión sobre ella, y en su pensamiento hace una reconstrucción
de la historia natural, de la Tierra y de todo a partir de esa
conchita y de las formas matemáticas1. Lo cito a continuación:
Si hubiera existido una poesía de las maravillas y de
las emociones del intelecto (algo con lo que he soñado
toda mi vida), no habría tema más deliciosamente
excitante para elegir que la pintura de una mente solicitada
por alguna de estas notables formaciones naturales que es posible
observar aquí y allá (o mejor, que se hacen observar),
entre tantas cosas de figura indiferente y accidental que nos
rodean.
Esta concha que sostengo y giro entre mis dedos me introduce
en un asombro y una atención que producen lo que pueden:
observaciones y precisiones exteriores, ingenuas preguntas, comparaciones “poéticas”,
imprudentes teorías en estado naciente... Y siento a mi
mente presentir con vaguedad todos los tesoros infusos y respuestas
que se esbozan en mí ante una cosa que me inmoviliza y
me interroga.
Esto me sorprendió mucho pues se puede poner en práctica.
Y así lo he hecho con estudiantes de posgrado que están
iniciándose en la investigación. Le llamé “protométodo” porque
antes de aplicar un método en la investigación, ¿cómo
es que surge un problema de investigación? El texto
de Valèry me dio la clave. Traté de hacer eso
en mi práctica pedagógica, y le llamo el protométodo, “lo
que viene antes del método”, porque se aproxima
uno al objeto del conocimiento no a partir de un paradigma
establecido sino libremente, porque también el sujeto,
con toda su carga afectiva y sus prejuicios, está presente
en el conocimiento. En el protométodo tratamos de recuperar
al sujeto, sin olvidar que el producto final del pensamiento
científico es la reconstrucción teórica
de algún aspecto de la realidad, la que tiene que ser
objetiva, despojada de cosas subjetivas, pero en ese camino
el sujeto está presente.
¿
Estamos con el protométodo ante una nueva alternativa,
pues con él se considera el análisis de la experiencia,
a diferencia del método científico tradicional,
en donde el planteamiento de la hipótesis es enmarcado
en un problema muy específico?
La investigación científica siempre es una aventura;
se lanza uno al agua sin saber qué le va a pasar. El
protométodo no es un método: es una propuesta
pedagógica, una propuesta práctica. No tengo
elaborado un método ni un sistema para desarrollarlo.
¿Se trata entonces de despojarse de atavismos, liberarse
y atreverse a inventar, crear? En muchos de sus escritos, como
los recopilados
para sus lectores en su libro La Ciencia desde el Macuiltépetl,
se reitera este aspecto. Háblenos de la creatividad,
pensando que va muy de la mano de la libertad: crear libremente.
Si aceptamos que la investigación científica
tiene como uno de sus objetivos la reproducción teórica
de la realidad, forzosamente debe tener un aspecto creativo.
El artista también pretende, con sus medios y sus materiales,
una reproducción de la realidad. Esta realidad puede
ser un árbol o sus sueños; puede ser una idea
que el artista plasma, un músico, un poeta... Así,
el científico trata de reproducir la realidad con sus
propias herramientas, instrumentos, lenguaje, método,
pensamiento formal…; hay creatividad ahí, pero
si despojamos de creatividad al pensamiento científico,
se vuelve como una receta para hacer chilaquiles, un ámbito
donde no hay ciencia.
El protométodo es una práctica que he hecho con
mis alumnos; funciona mejor colectivamente. Se construye todo
el objeto del conocimiento con un coordinador del proceso.
Ya hay varias tesis desarrolladas con este paradigma.
¿Se ha planteado difundir esta propuesta pedagógica?
No, no me lo he planteado. Se confronta uno en cierta manera
con los esquemas burocráticos de la educación,
por ejemplo con estudiantes de posgrado. Como parte de los
requisitos para la tesis, les piden un protocolo, y con el
protométodo habría que romper con eso. Entonces,
el alumno, al hacer una tesis y proponérsele el protométodo,
tiene que ceñirse de todas maneras a lo que le pide
la burocracia, lo que lo limita. De ahí que yo haya
desarrollado el protométodo al margen de la estructura
burocrática.
Con los esfuerzos que actualmente hace la UV para tratar
de cambiar las técnicas de aprendizaje, ¿no cabría
dentro de la asignatura de Habilidades del Pensamiento, por
ejemplo? Puede estar haciendo falta una guía del protométodo
para poder desarrollarlo por parte de otros maestros en sus
materias.
Se han hecho talleres y cursos con el protométodo dentro
y fuera de la Universidad. Pero tengo una posición ante
la docencia. Pienso que si lo sistematizo se traiciona, y eso
no puede ser. Implica un posicionamiento crítico ante
la burocracia. El Modelo Educativo Integral y Flexible (MEIF)
y las formas burocráticas de la ciencia, como las políticas
del CONACYT o las del Sistema Nacional de Investigadores, son
proyectos imperialistas. Se pusieron en práctica por
primera vez en América
Latina durante las dictaduras militares en Chile y en Argentina
como parte de un proyecto de dominación que tiene ya
muchos años en marcha. El propósito principal
de estos modelos y de la burocracia científica es el
mayor control de la población, de los académicos
científicos, de los estudiantes; así fue en los
años 80. En los 60 y 70, aquéllos –estudiantes
y académicos- eran muy críticos del sistema de
dominación en las universidades de América Latina,
y fueron las universidades los puntos a los que los militares
iban primero, y en ellas encarcelaron y asesinaron a maestros
y estudiantes. En México también lo vivimos en
1968 y en los años posteriores. Se decía: “Los
profesores, los estudiantes y científicos están
cobrando mucho poder y relevancia social, por lo que hay que
controlarlos; pero no sólo con garrote: hay que introducir
mecanismos de control y en la educación hay que quitarles
lo crítico y meterlos a una disciplina distinta”.
Y así se empezó a experimentar y se introdujeron
estos modelos en toda América Latina. Más recientemente
se publicó en La Jornada que el Banco Mundial define
esos modelos para las universidades.
¿Así se condicionan los apoyos financieros?
Así es. En la ciencia es igual: te condicionan el apoyo
como investigador a que estés en el SNI, y para estar
ahí tienes que practicar la ciencia “ordenadita”:
que publiques así, que hagas asá. Pero el objetivo último
es un objetivo de control. Te apoyan siempre y cuando sigas
los modelos educativos impuestos
por el Banco Mundial. Hay un libro de un científico,
La ciencia mexicana en la crisis, Ed. Nuestro Tiempo, 1991, –lo
recomiendo enfáticamente–, su autor es Mauricio
Schoijet, de la Universidad Autónoma Metropolitana. Éll
ha sido muy cuestionado y perseguido. Lo sacaron del SNI y
lo tuvieron que integrar nuevamente; lo sacaron también
de la UAM, pero lo recolocaron; sigue ahí, por cierto.
Por ese texto me enteré que en Chile se ensayaron esos
modelos durante la dictadura militar.
¿Esto quiere decir que el protométodo, como forma
de investigación, puede sufrir un rechazo y no ser apoyado
consecuentemente dentro del MEIF, aunque promueva la creatividad
del estudiante, siendo que es una parte muy importante ahora
que el alumno manifiesta una apatía preocupante?
Creo que el protométodo tiene puntos de contacto con
la propuesta del Dr. Ariel Campirán, docente de la facultad
de Filosofía, sobre el Taller de Desarrollo de las Habilidades
del Pensamiento, incorporado al MEIF. Debemos confiar en que
el pensamiento científico es crítico por definición,
antiautoritario; no cree lo que le dice la autoridad, sino
que el pensamiento puede reconstruirse por sí mismo.
Yo era director de la Facultad de Física cuando se instituyó el
Nuevo Modelo Educativo (NME). En la primera lectura leí “flexible” y
pensé “muy bien”. Cuando lo propuse a la
Junta Académica de la Facultad, algunos compañeros
se opusieron y me hicieron ver no sólo sus fallas pedagógicas
sino técnicas. ¿Por qué ese modelo no
se podía adecuar a una carrera como la de Física?
Dos compañeros en particular estuvieron analizando las
razones de que ese modelo no sirviera para formar a un físico.
En aquel entonces, tal vez en 1998, yo llevé a las autoridades
la resolución de la Junta Académica de no aceptar
el NME en la Facultad de Física, y estas me dijeron: “Bueno,
entonces no habrá apoyos”. Les llevé esa
respuesta a mis compañeros y ellos dijeron: “No
importa que no haya apoyos. Nunca los ha habido”. Insisto:
técnicamente el NME no se adecuaba para formar físicos;
era mejor el modelo tradicional. No sé cómo se
esté trabajando actualmente.
Retomando el protométodo, ¿quiere usted que
se establezca?
Trato de presentar una alternativa pedagógica para la
formación de investigadores y estudiantes que se inicien
en la investigación; cómo los introducimos a
ella, de manera que fomentemos su creatividad y no los encajonemos.
Si se presentara la alternativa en este momento a la UV, tal
como percibo las cosas, sería difícil que se
extendiera a las regiones, sobre todo por cuestiones burocráticas.
Por otra parte, estamos adoctrinados; nos da miedo enseñar
cosas nuevas, aunque no nos amenacen. Durante treinta años
enseñé mi cátedra de la misma forma, y
de pronto yo solito quiero ya cambiarla, pero no es tan fácil.
Sin embargo, es necesario presentar alternativas; hay que decir
que hay otras maneras de hacer las cosas, con la conciencia
de que es una posición ideológica y política
y que pone en cuestión la estructura autoritaria de
la UV, de la educación toda.
Pero ya se ha puesto en práctica de manera aislada. ¿Hay
algún caso específico de tesis elaborada con
el protométodo?
Hay varias tesis elaboradas bajo este modelo, dos por estudiantes
de la Maestría en Investigación en Psicología
Aplicada a la Educación, de la UV, y una tesis de una
estudiante de la Universidad Pedagógica Veracruzana,
en donde he sido docente del posgrado en Investigación
Educativa. Esta última tesis es sobre estudiantes de
una escuela normal particular. La tesista percibía que
los estudiantes que venían de fuera a estudiar en Xalapa
exhibían ciertos cambios en sus conductas alimenticias,
por ejemplo, que se reflejaba en su desempeño escolar. ¿Cómo
lograr resolver el problema con el protométodo? En vez
de realizar encuestas, que sería la forma tradicional,
partimos primero de la observación, de lo que ella percibía
fenomenológicamente, y luego viendo qué es lo
que quería. Y se acabó presentando el problema
en un marco un tanto “ecológico”: el cambio
de nicho del estudiante a un nuevo ambiente considerado como
una “migración”, que implica un traslado
geográfico. De ahí que ella lo conceptúa
como una migración. Se trataba de la plasticidad conductual
de estos estudiantes foráneos si lograban adaptar su
conducta a esta y otras circunstancias.
Y ya no se hicieron las encuestas tradicionales…
No, el método se lleva a cabo como una consecuencia
de la elaboración protometodológica previa. Protométodo,
antes del método. La observación previa al método.
El que investiga se pregunta y observa cosas de la realidad.
Proto es lo que no alcanza a ser método, lo que precede
al método. Se habla de protociencia en la historia de
la ciencia; la alquimia es una protociencia, lo que viene antes
de la ciencia. El alumno pregunta libremente en el protométodo
y el guía conduce la serie de preguntas y teje e indaga
sobre lo que puede incluso resultar imposible a simple vista.
Richard Feynman, físico notable –uno de mis héroes–,
Premio Nobel de Física hace treinta o cuarenta años,
a quien le gustaba asistir a los carnavales de Río de
Janeiro en donde tocaba el bongó (era de mi banda),
se preguntó en los 70, entre muchas otras genialidades,
si la Biblia se podría escribir en la cabeza de un alfiler.
Imagínese si alguien presentara un proyecto de investigación
al CONACYT sobre eso. Feynman se puso a pensar e hizo un artículo
de divulgación que intituló Hay mucho espacio
allá abajo. Primero utilizó el protométodo
preguntándose de qué tamaño es la cabeza
de un alfiler; luego, de qué dimensión serían
las letras, y así… Es uno de los artículos
precursores fundamentales de la nanotecnología y de
la nanofísica, que comienzan con algo tan inocente como
la pregunta de si se podría escribir la Biblia en un
alfiler. De ahí que tratemos que el estudiante se haga
esas preguntas. ¿Qué es lo que pasa cuando quieres
hacer un algoritmo de inteligencia artificial con ciertos fines? ¿Por
qué lo quieres hacer? ¿Qué pretendes resolver? ¿Qué te
impulsó a hacerlo? Van saliendo así esas cosas
creativas. Así es más o menos como funciona el
protométodo.
Usted ha trabajado y dictado conferencias sobre modelos
matemáticos,
inducción de patrones, robótica e inteligencia
artificial. ¿Entramos ahora al campo de los sistemas
complejos?
Se abusa del término “sistemas complejos” y
a veces se cae en una impostura al hablar de ellos. Me da la
impresión que cuando algo no se entiende se le clasifica
de inmediato como un sistema complejo. En la historia de la
ciencia y de la filosofía ya existe una tradición
de pensamiento que aborda la complejidad, y no es otro que
el pensamiento dialéctico; he leído algo de Edgar
Morin, el promotor del pensamiento complejo, y caí en
cuenta que ya lo había leído antes en Hegel,
Engels, Marx, Lenin, Kosik y otros. En todos ellos, de una
manera más consistente y sólida y sin tanto rollo.
Cuando empecé a leer lo del pensamiento complejo, en
ninguna parte vi que aterrizara bien, que me dijera: “a
ver, tengo este problema de física, ¿cómo
lo abordo?”. A veces lo complejo se convierte sólo
en mucho rollo. Es un juego de palabras, pero es el pensamiento
dialéctico, incluso en su origen, tal como Hegel lo
formuló. Revisé a Hegel y ahí está. ¡Para
qué le busca uno mangas al chaleco! Ahí está Hegel,
luego Marx y más tarde Lenin. Desde el punto de vista
filosófico, realmente están en ellos los elementos
que me permiten entender un sistema complejo, como que el todo
no puede reducirse al comportamiento de sus partes individuales,
y que a lo mejor la parte obedece a la estructura del todo.
Pero eso está en la dialéctica. Edgar Morin lo
barniza y lo hace aparecer como algo muy novedoso, pero ni
siquiera se vuelve algo práctico; no al menos como lo
tiene en sus libros. Eso ya está en la práctica
del pensamiento dialéctico.
Para mí hay una categoría filosófica y
a la vez epistémica del pensamiento dialéctico
que ha sido retomada por muchos epistemólogos: la categoría
de totalidad; es decir, que no podemos entender nada si no
nos remitimos a esa totalidad, que no quiere decir estudiar
todo sino entender la articulación de la física
atómica con la sociedad o en la práctica social.
Pero esas categorías ya existían y son pocos
los epistemólogos o científicos que las usan.
Hay mucha impostura intelectual. Por cierto, Imposturas intelectuales
es un libro encantador escrito por un matemático, Alan
Sokal. Habla de cómo él escribió unos
artículos sobre las reverberaciones cuánticas
en el inconsciente colectivo y no sé qué más,
y una de las revistas posmodernistas más prestigiadas
de Francia los publicó. Todo era puro cuento. Y luego
les mandó una carta a los editores diciendo que era
pura jalada, que era sólo para demostrar que todo lo
que la revista publicaba era pura basura, sin consistencia
y no hablaba de la realidad. Entonces lo tildaron de deshonesto
y les dijo: “Los deshonestos son ustedes; son unos impostores”.
Lo querían linchar. En su libro, Sokal hace una crítica
demoledora de todos esos rollos sobre los sistemas complejos,
etcétera. Los sistemas complejos sí existen,
son una parte de la física matemática; existe
toda una metodología rigurosa de naturaleza matemática
para estudiarlos y entenderlos, y pueden ser sistemas complejos
ecológicos, sociales y demás.
¿Pareciera entonces que la socialización del conocimiento
de la que hablamos al principio es opuesta a la distribución
social del conocimiento?
La distribución social del conocimiento implica reducir
el conocimiento a la calidad de un objeto, como una mercancía
que alguien produce en un lado y luego la distribuye en otro.
En la socialización del conocimiento, éste no
sería una mercancía sino una práctica,
es decir, la gente se apropia y resignifica ese conocimiento.
No es un producto mercantil sino que te apropias de él
para tus propios objetivos y fines; esa es la socialización.
No son tomates. El término “distribución
social del conocimiento” tiene una carga ideológica
asociada a la visión mercantilista de la educación.
En la Universidad Veracruzana no se socializa el conocimiento.
Existen dos niveles: la difusión y la divulgación.
Se supone, según los entendidos, que en la difusión
se propaga el conocimiento para que se use con fines específicos,
como lo que hacen las Brigadas Universitarias. En la divulgación
se pretende que llegue a un público más extenso
al que no le interesa aplicar la física si no tiene
el propósito de resolver un problema, sino tener idea
de cuáles son las ideas que rigen la física contemporánea;
esa es la divulgación.
¿Está llegando a la gente lo que se escribe? Usted, ¿por
qué escribe?
Lo hago con la ilusión de que llegue a la gente; por
eso escribo en los periódicos. Pero no se llega a socializar
el conocimiento con lo que se publica.
¿Siente que hace divulgación?
Lo he pretendido, sobre todo he pretendido hacer divulgación
que no se limite a una transmisión de información,
sino en la que se adopte una posición crítica
ante la ciencia y su práctica.
¿Difusión?
Menos.
¿Hacen falta foros en la Universidad Veracruzana
para que la gente difunda?
El nuevo director de Televisión Universitaria pretende
orientar su programación a la divulgación de
la ciencia, hacer comunicación social de la ciencia
propiamente dicha.
¿Qué sugiere para que la UV socialice el
conocimiento?
Un pequeño germen sería que la UV se acercara
más a los otros niveles educativos a través de
los profesores. En la Facultad de Matemáticas se abrió una
maestría de Matemática Educativa; la primera
generación se compone de maestros de nivel básico.
Esto va a contribuir a socializar el conocimiento llevando
la matemática a las aulas de otra manera. También
la Facultad de Física ofrecerá proximamente la
Especialidad en Didáctica de la Ciencia. Los foros también
servirían, pero tambien hay que hacer divulgación
en los mercados y en las cantinas, como los hacen en San Luis
Potosí. Hay un programa de la Universidad Autónoma
de San Luis Potosí que se llama “La ciencia en
el bar”. Parecería una idea loca, pero en los
países civilizados se permite a la gente tomar parte
en los debates científicos de las universidades.
Así, destacando la socialización del conocimiento
ejercida por Alfonso Vargas, maestro jubilado de la Facultad
de Física, cuando llevaba experimentos a las aulas de
las secundarias y preparatorias, Manuel y las entrevistadoras
afianzan la posibilidad de socializar la ciencia en los mercados
y en los bares, y se imaginan disertando sobre si Morin “blofea” en
cuanto a los sistemas complejos de los que ya trataba Hegel
y el pensamiento dialéctico, o acerca de la destilación
del ron, en un cálido ambiente bohemio que proporcionan
algunos bares citadinos, o bien aprovechando la estructura
institucional mediante programas establecidos, como “La
ciencia para todos”, “Sábados en la ciencia”, “Miércoles
en la ciencia” y otros. Muy entusiasmadas, terminan de
socializar con el doctor Morales para poner su grano de arena
publicando esta interesante plática en las páginas
de La Ciencia y el Hombre.
Causas y azares es el libro más reciente de Martínez
Morales y está en prensa; su título está inspirado
en una canción de Silvio Rodríguez. Lo esperamos.
1 Véase Paul Valèry: “El hombre y la concha”.
En Estudios filosóficos. México: Visor, 1993
(N. de las Eds.).