EDITORIAL
Adiós, hermano
Coincidentemente con la aparición de nuestro anterior número,
en el que en la sección de “Curiosidades científicas” se
abundó sobre
las circunstancias de su nombre, a finales del pasado agosto
la Unión Astronómica Internacional,
en democrática votación y tras echarse al coleto
sus distinguidos miembros más de una taza de café,
decidió expulsar
a Plutón de la familia planetaria. Siendo el más
pequeño de todos los
hasta entonces incluidos en ella, algo pavoroso debió haber
hecho para recibir tan cruel castigo.
Descubierto en enero de 1930 por el astrónomo estadounidense
Clyde Thombaugh gracias a un juego de fotografías superpuestas,
ya la posible existencia de Plutón había dado mucho
qué pensar a los astrónomos de esa época
y les había
arrancado tres o cuatro pelos de la cabeza. Desde años
atrás,
los movimientos del hasta entonces más lejano planeta,
Neptuno, habían
hecho suponer la presencia en los confines del sistema solar
de un enorme planeta; incluso el renombrado Percival Lowell lo
había buscado incansablemente en el firmamento, sin haberlo
logrado jamás. Pero no fue así, y en el referido
año
se descubrió ese extraño y pequeño cuerpo
de metano congelado, que circundaba al Sol en una extrañísima órbita
y a una distancia tan enorme que, desde su descubrimiento, no
ha recorrido más que una escasa porción de su órbita.
Plutón se le llamó;
algunos dicen –tal como dimos cuenta en nuestro anterior
número– que el
nombre fue sugerido por una niña, Venetia Phair, aunque
otros afirman que se tomaron las iniciales del citado Percival
Lowell (la P y la L) para formar las dos primeras letras del
apelativo.
Su densidad no explicaba las oscilaciones gravitatorias de Neptuno,
uno de los gigantes planetas gaseosos, bautizado así en
rememoración
del dios romano de los mares. Pese a ello, en espera de nuevas
observaciones que aclararan el problema, Plutón fue acogido
en la familia solar y tratado al igual que el resto: como un
hermano más.
Había en su comportamiento algunas rarezas, sin embargo.
De pronto, penetraba en la órbita de Neptuno y se acercaba
más al Sol, de modo que, hasta hace poco, el planeta más
alejado era, en efecto, el coloso, y no su pequeño hermano.
Más
aún, se desviaba con mucho del plano de los demás
planetas –hasta
en 17o–, por lo que fue considerado uno de los
más
extravagantes miembros de la familia.
Si tales condiciones (y muchas otras que no abordaremos aquí)
eran evidentes –se preguntaron los astrónomos–, ¿no
sería que Plutón era en realidad un advenedizo,
un cuerpo llegado por casualidad al lugar que ocupaba en el confín
del sistema solar y que reclamaba impropiamente un apellido que
no le correspondía? En otras palabras, ¿se había
formado por ventura en muy remotos cielos y algún suceso
lo aproximó al Sol, de manera
que fue capturado por la formidable fuerza gravitacional de nuestra
estrella?
Todo parece indicar que así fue, por lo que, más
que ser un hermano, resultó ser un vagabundo que encontró alojamiento
en nuestros cielos, pese a lo cual ostentaba un título
del que se había apoderado a la mala. Los científicos,
precisos como son, le negaron por ende la categoría que
había usurpado
tan arteramente, y sin decir más, por votación
mayoritaria, lo execraron como un pariente de nuestra Tierra
y, por consiguiente, de sus demás –estos sí– hermanos
de sangre, sin pensar mayormente en protegerlo por sus reducidas
dimensiones y su conducta estrambótica, que hubiera requerido
una especie de psiquiatra celestial para conducirlo por el camino
correcto.
Seguirá girando Plutón alrededor del Astro Rey
por los siglos de los siglos, aunque despojado ya del nombre
de “planeta”. Adiós, pues, hermano… o,
mejor dicho, ex hermano, le dicen los verdaderos ocho planetas.