Divulgar la ciencia: compromiso con la sociedad:
HGCG
Liliana Calatayud Duhalt y Juan Corral Aguirre
Suma Cum Laude por su trabajo y defensa de
tesis de licenciatura en la Escuela Nacional de Periodismo
Carlos Septién García, Heriberto Contreras Garibay
forma parte de las filas de los becarios de la Universidad
Veracruzana desde agosto de 2002. Para fortuna de nuestra casa
de estudios, antes adquirió una sólida experiencia
trabajando para publicaciones como El Economista, Pilotos y
Motores, Notimex, El Sol de México de Medio Día,
El Sol de México
y Primero y Gol. Igualmente, compartió su entusiasmo
y profesionalismo en Radio Universidad como productor, redactor
y conductor del programa radiofónico de divulgación
científica
Las manzanas de Newton, que se transmite todos los lunes desde
octubre de 2001, sin dejar de lado la divulgación a
través
de la televisión
en programas como Univerciencia y Revista Universitaria.
Recientemente, en el Certamen Estatal de Periodismo Rubén
Pabello Acosta se le otorgó Mención Honorífica
en la categoría de
Artículo de Divulgación Científica por
una de sus publicaciones en La Ciencia y el Hombre. Es el más
reciente y a la vez más joven (1977)
miembro del Comité Editorial de nuestra revista, además
de asiduo colaborador. Aquí da muestra de su talento,
sobresaliente empeño y trayectoria:
Antes de que surgiera tu interés por
la divulgación de la ciencia, ya lo tenías por
la investigación científica
propiamente dicha, ¿no es así?
En un principio, sí; sin embargo, nunca
logré involucrarme con disciplinas científicas
como la física o las matemáticas,
a las cuales, como muchos otros, les temía, sobre todo
en la preparatoria. Pero, hablando, por ejemplo, de las aplicaciones
tecnológicas, siempre he estado interesado en los porqués
de las cosas: cómo son y cómo funcionan, o cuál
es su origen. Además, una de mis grandes pasiones y
preocupaciones son los animales de cualquier especie, y ello
lleva implícito el deseo de conservar sus hábitats,
es decir, el planeta en sí, por lo que gracias a este
afán es
que me fui involucrando en la divulgación científica;
en la necesidad de conocer, como dije, muchos porqués;
en tratar de aportar algo, por mínimo que fuera, para
despertar ese interés que de niños tenemos por
las cosas, pero que con el paso del tiempo perdemos por la influencia
de la familia, por los maestros en la escuela, por los medios
de comunicación –sobre todo los de masas–,
por los gobiernos...
¿Cómo te ha servido tu formación
de periodista para tu actual actividad como divulgador?
Ha sido una herramienta fundamental. Cuando
se entra por primera vez al aula (en mi caso, en la Escuela
Nacional de Periodismo), lo primero que dice el profesor de
asignatura es que en esta profesión se trata de “hablar,
entender y conocer a la gente”. La labor depende de la
gente y de lo que ésta quiera o no decir, y aunque hay
otras clases de noticias que se tienen que dar a conocer –como
algunos fenómenos naturales o determinadas circunstancias–,
siempre se vale uno de la opinión de alguien más
para validar lo que se está reportando.
Así que, en ese sentido, me ha servido mucho mi formación
como periodista, porque tuve que aprender a tratar con ese
tipo de personas a las que muy poca gente conoce: los científicos.
He tenido la fortuna de conocer a autoridades gubernamentales,
artistas, deportistas y hasta delincuentes famosos; para mi
buena suerte, he logrado obtener de ellos una opinión
que se refleja y trasciende en las notas que se envían
a los medios; sin embargo, con los científicos ha sido
mucho más difícil porque es muy complicado obtener
de ellos respuestas como los medios de comunicación
actuales las exigen: breves, muy precisas y de gran trascendencia.
Por ello, haberme formado como periodista me ha ayudado a entender
a los científicos como personas, a comprender su personalidad
y a obtener opiniones de ellos que resulten interesantes, y
plasmarlas en el papel o transmitirlas en la radio, por ejemplo.
¿Qué es la divulgación
científica? En 1976 –un año antes de que
tú nacieras, por cierto–,
la UNESCO afirmaba que "la difusión de la ciencia
y de la tecnología no es un fenómeno neutro sino
que tiene, en realidad, un alcance político, ideológico
y cultural”. Divulgar significa coloquialmente “para
el vulgo”, es decir, para el común de la población,
pero no desde un punto de vista despectivo sino colectivo e
incluyente. Yo diría que es dar a conocer
a la gente algo que desconoce. Ahora bien, yo entiendo a la
divulgación de la ciencia en dos niveles; el primero
es aquél en
el cual los que hacen ciencia pretenden hacer llegar los resultados
de sus investigaciones a sitios en los que verdaderamente trasciendan
y les reditúen prestigio y credibilidad. Este tipo de
divulgación va dirigida hacia sus pares y, por lo general,
se queda sólo
entre las comunidades de expertos. Dentro de ese mismo nivel
encontramos la divulgación para gente especializada
en ello, que mayoritariamente son científicos o gente
muy relacionada con la ciencia, que al final terminan por emplear
lenguajes demasiado complicados para el común de la
sociedad.
El otro nivel, el que debería preocuparnos más,
es cuando esa información no está llegando a
la sociedad, esa que sí necesita saber muchos porqués,
pero que no tiene la menor idea del mundo en el que vive ni
de lo que le rodea. A ese nivel, la ciencia no ha llegado.
Podemos salir a la calle en este momento y preguntarle a la
primera persona que veamos usar un teléfono celular
si tiene idea de cómo funciona,
si entiende algo sobre los circuitos que componen el aparato,
si sabe algo de GPS, rastreo u ondas electromagnéticas
satelitales, y entonces podemos darnos cuenta de que utiliza
el teléfono con
mucha frecuencia, pero no tiene la menor idea de cómo
funciona o incluso quién lo creó.
Pero entonces la divulgación sí tiene
un alcance político, social y cultural.
Por supuesto que tiene alcances políticos,
ideológicos y culturales, pero no se han sabido aprovechar
en países como el nuestro.
Te voy a poner un caso particular. Después de los atentados
del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas, el Congreso
de los Estados Unidos recortó los presupuestos en infinidad
de áreas; una de éstas fue la de las investigaciones
espaciales, que históricamente se han visto en medio
de la polémica en cuanto al destino de los recursos
que, en un buen porcentaje, provienen de los impuestos de los
ciudadanos de aquel país. Entre las
investigaciones que se llevaban a cabo en 2001 había
una que estudiaba el comportamiento de la microcirculación
cerebral de los astronautas bajo gravedad cero en el espacio,
la que de la noche a la mañana
se quedó sin fondos. Sin embargo, a través de las
páginas de un periódico, el Houston Chronicle,
se difundió la
noticia, y la sociedad tejana comenzó a ver que esa investigación
tenía
implicaciones
directas en su salud, sobre todo en el caso de las personas que
sufren derrames cerebrales, apoplejías y parálisis.
Gracias a que se divulgó esa investigación y se
le explicó a
la gente con detalle de lo que se trataba, se generó una
opinión pública,
hubo presión, y el gobierno estadounidense, al año
siguiente, tuvo que regresar esos fondos e incluso incrementarlos. ¡Dime
si la divulgación
no va a tener alcances políticos, sociales y culturales!
Volviendo a la afirmación de la UNESCO, ¿crees
que nunca saldremos del subdesarrollo, dado que somos consumidores
de patrones de ciencia y tecnología extranjera?
Te contestaré de la siguiente forma.
Hablando de nuestro país, México, tomaré como
referencia un ejemplo que puede ser burdo, pero que es una
radiografía
de cómo estamos.
Cuando llegan los Juegos Olímpicos o el Campeonato Mundial
de Futbol, por ejemplo, nos hacemos miles de ilusiones sobre
las posibilidades de nuestros atletas: cuántas medallas
van a conseguir o hasta qué ronda de finales llegará la
selección nacional.
De un día para otro nos damos cuenta de que sólo
eran precisamente eso: ilusiones, sin sustento alguno como
para pensar que podríamos llegar
más allá y trascender. Nos percatamos de que
aún
somos un país subdesarrollado, y la pregunta es: ¿por
qué? Porque como nación solemos tomar decisiones
espontáneas que resuelvan el
apuro del momento, pero jamás planeamos –no tenemos
esa cultura–, y entonces obtenemos muy pocas medallas
porque los deportistas que las ganan son garbanzos de a libra –como
se les conoce a los que destacan saliendo de la nada–;
o la selección
de futbol gana un partido y pierde el importante porque no
sabe manejar las situaciones ni sabe competir porque nadie
previó nada
sino hasta que estaba ya en el certamen.
Con la ciencia pasa lo mismo: no ha habido nadie que en realidad
haya previsto que esto tiene que crecer, pero no de la noche
a la mañana sino con el paso del tiempo. ¿Cuántas
escuelas o universidades hay en el país que ofrezcan
una carrera de divulgación de la ciencia como tal, no
sólo como
una materia opcional o adicional de un plan de estudios?; ¿cuántos
gobiernos le destinan recursos, no discursos, a esta tarea,
pero recursos verdaderos y una infraestructura sólida
para que se lleve a cabo esa labor? No hay planeación
alguna, y entonces nos preguntamos por qué la ciencia
no trasciende en nuestro país. Y es que nadie la conoce,
pero no la conoce porque no se divulga entre los ciudadanos
comunes; es casi impensable que por ejemplo un obrero lea alguna
nota sobre ciencia en el periódico, la escuche en la
radio o la vea en la televisión, y que después
sea capaz de emitir un juicio de valor, un comentario que genere
opinión pública.
¿Hay, puede o debe haber un compromiso
social en la divulgación científica?
Por supuesto. De hecho, la divulgación
debe de ser eso: un compromiso con la sociedad. ¿Para
qué vas
a divulgar algo?, ¿para ganar prestigio?, ¿
para obtener dinero?, ¿por simple pasatiempo? Claro
que no. La divulgación de la ciencia es un compromiso
con la sociedad para que esté enterada de en qué se
gastan sus impuestos y sobre los beneficios que puede obtener
de ese quehacer; sirve además para tener pueblos más
cultos, pero sobre todo más libres. Y digo esto porque
obtenemos la libertad gracias a lo que sabemos y conocemos,
y entonces no tenemos que depender de nadie más para
poder tomar nuestras propias decisiones, ni tenemos la necesidad
de comprar a alguien más una determinada tecnología
o algún medicamento para solucionar nuestros propios
problemas, si aquí mismo tenemos las respuestas a todo
eso.
Desde tu punto de vista, ¿qué se
requiere para una buena divulgación de la ciencia en
México?
La divulgación debe dejar de ser arrogante;
el que hace o intenta hacer divulgación debe de eliminar
el término “arrogancia” de su vocabulario
y dejar de creer que es infalible. También debe de ser
genuina y tener un enfoque social, de servicio, que no significa
servicial.
Desde la perspectiva de un estudio , ¿para
qué “sirve” la divulgación científica?
Es una pregunta en extremo amplia. Si se es
un investigador y divulga su propio quehacer, eso le servirá para
colocarlo en el mapa, para decir “aquí estoy y
hago esto”, para lograr que la gente lo conozca y destaque
sobre los demás pares, para generar opinión en
torno a lo que hace e, incluso, para obtener recursos. Ahora
bien, desde otro enfoque, la divulgación sirve para
educar un país, para contribuir socialmente a la formación
de sus habitantes, para entender de otra forma la realidad
nacional, así como los alcances que tiene y el futuro
que le espera.
¿Puede la divulgación de la
ciencia ayudar a formar mujeres y hombres plenos, no empleados
explotados alejados de sí mismos y de los demás,
y por ello acríticos de lo que sucede
en su entorno?
Claro que puede. Es más, ese debería
ser uno de sus principales objetivos: formar actores críticos
que, con base en el conocimiento, puedan ponderar y tomar mejores
decisiones y entender la propia valía. Cito a Françoise-Marie
Arouet, mejor conocido como Voltaire, pensador ilustrado francés,
uno de los promotores de las ideas que dieron lugar, años
más tarde, a la Revolución Francesa. Él
decía que el mayor tesoro que una persona puede tener
es lo que sabe, “su conocimiento”. Una persona
puede tener muchos bienes materiales, como dinero o joyas,
pero las puede perder en un instante. Pero quien no tiene nada
de esto y sí conocimiento, puede, a través de éste,
acceder a esos bienes materiales, e incluso a despojar, gracias
a todo lo que sabe, a aquel que sólo tiene bienes. Y
todavía más: alguien que sabe o que posee conocimiento
puede en cierto momento perderlo todo, pero gracias a su saber
es capaz de recuperarlo porque sabe cómo
hacerlo. Por eso, el conocimiento es un bien
más preciado que cualquier bien material. Así,
la divulgación es un bien que debería ser muy preciado
porque nos permite saber y conocer las cosas que desconocemos,
y por lo tanto nos lleva a generar una crítica constructiva
que benefician no sólo
a nuestro desarrollo personal sino colectivo.
¿Tiene algo qué hacer la divulgación
científica en la búsqueda de utopías sociales?
Mira, te voy a citar un fragmento de un pequeño
poema de Eduardo Galeano: “La utopía está en
el horizonte. / Camino dos pasos y el horizonte se corre diez
pasos más allá. / Entonces, ¿para
qué sirve la utopía? / Para eso, sirve para caminar”.
Ahora bien, el diccionario de la Real Academia de la Lengua
Española define una utopía como plan,
idea o concepción que se muestra como irrealizable en
el momento de ser concebido o formulado. En ese sentido, la
divulgación científica,
como muchas cosas en esta vida, si no es una utopía
sí se
enfrenta a varias utopías, como la igualdad social o
la distribución
social del conocimiento; la divulgación científica
es una ventana que nos abre un panorama universal, que, como
decía anteriormente,
nos permite opinar, entender nuestro entorno, acercarnos a
la libertad a través del conocimiento, crecer como individuos
y como nación, y eso es parte de una gran utopía
social.
¿Se aprende a divulgar? ¿Cómo?
Más bien me parece que es un don que
con el paso del tiempo se va acentuando y que se puede perfeccionar
o descomponerse. Por ejemplo, un día un compañero
de tu clase o tu hermano más pequeño te pide
que le ayudes con una tarea sobre algo que tú entiendes.
Para tu buena fortuna, le dices paso a paso cómo resolver
eso para lo que te pidió que le ayudaras, y
al final reconoce que le fuiste de gran utilidad, que le “aclaraste
las cosas” y que eso era lo que le hacía falta
para poder comprender lo que tenía enfrente.
¿Consideras que actualmente la divulgación
tiene el apoyo institucional suficiente?
No, no hay apoyo; al menos no en México,
y me atrevo a decir que es nulo en casi todas las instituciones.
Las autoridades emplean sin miramiento alguno el término “divulgación
científica”.
Lo incluyen en sus discursos, lo involucran en sus definiciones,
pero no apoyan la divulgación. Creen que con organizar
un congreso sobre algo, pegar muchos carteles y convocar a
una conferencia de prensa que implique el término “ciencia”,
ya están haciendo divulgación, pero no es así.
Lo primero que recortan en sus presupuestos son los proyectos
de divulgación; si tienen que eliminar algo para dar
prioridad a asuntos políticos, oficiales o de cualquier
otra índole, cortan los apoyos para divulgación,
que además son por lo general magros, escuetos. Sólo
te pregunto una cosa: en este país, ¿quién
vive decorosamente haciendo divulgación científica?
En las estructuras académicas de investigación,
incluso en la Universidad Veracruzana, ¿sabes si hay
en los currículos contenidos que estén dirigidos
a la divulgación científica profesional?
Si no, ¿qué se puede hacer?
La UNAM tiene una maestría en Divulgación
de la Ciencia. La universidad de Guadalajara también
tiene una maestría más o menos semejante. En
la Universidad Veracruzana no hay nada así. Hasta hace
un año aproximadamente, dentro de la carrera de Biología
había una asignatura llamada Taller de Divulgación
de la Biología, o algo
así. Desafortunadamente desapareció y desconozco
la causa. Actualmente hay en el doctorado en Filosofía
una línea dedicada al estudio de la filosofía
social, dentro de la cual aparece la investigación dedicada
a la divulgación científica.
¿Qué hacer? Pues tomar como ejemplo a las instituciones
que cuentan con programas específicos, reunir a gente
de gran nivel académico que labora en la Universidad
y estructurar un programa a la altura de nuestra institución,
pero dejando de lado, banalidades, pugnas académicas,
arrogancias de ciertos grupos, desgano laboral y simulación.
Es necesario estructurar un grupo verdaderamente comprometido
con la divulgación que esté interesado en hacer
participar y llegue a los estudiantes universitarios, a quienes
se debe la Universidad, y comenzar a establecer las bases de
un verdadero programa académico de divulgación
científica que reditúe
frutos a mediano plazo.
¿Tiene algo que ver la divulgación
científica con la educación para la libertad
y para la vida, en el sentido que le da Paulo Freire, en la
que el ciudadano no debe dejar de aprender siempre?
Sí, y coincido con ello. Te repito,
alguien que tiene conocimiento no depende de nadie más
para tomar sus propias decisiones, porque tiene argumentos
de los cuales valerse y utilizar su libre albedrío para
comprender y afrontar su entorno. Es por ello que el ciudadano
nunca debe dejar de aprender, y a través de la divulgación
científica
tiene esa herramienta que le ayudará en ese camino.
Ahora que inauguraremos un nuevo periodo presidencial, ¿crees
que la divulgación científica puede proponer
formas de hacer más y mejor en esta lúdica e
importante actividad, y cuáles
serían algunas que podrían echar a andar ya las
autoridades correspondientes en nuestro país y estado?
No nada más puede, sino que debe proponer
la forma en cómo fomentar y hacer crecer esta disciplina.
Los actores involucrados en la divulgación científica
deberán ser protagonistas de ese cambio que tanto necesitamos
para que la sociedad acceda al conocimiento científico
y permee los diferentes estratos, precisamente en búsqueda
de la equidad. Me parece que lo más indicado que puede
hacer el nuevo Presidente es valerse de un equipo de verdaderos
divulgadores, conocedores de la actividad, pero sobre todo
comprometidos, dispuestos al trabajo, alejados de cualquier
ideología política
y estructurar algo así como el Sistema Nacional de Divulgadores,
que sea incluyente, fuera de cualquier centralismo absurdo del
que vivimos en México, y que sea sobre todo ejecutivo
más que operativo, que no sólo se dedique a tomar
decisiones y realizar programas y congresos, sino que ponga en
práctica todo
lo que promueva
Por último, aunque ya lo has mencionado
anteriormente, como un estímulo a los lectores que no
se circunscr iben al medio académico, ¿tienes
recomendaciones, consejos, propuestas acerca de cómo
acrecentar nuestra cultura científica
en estos tiempos en que la pseudociencia lucha por un lugar
en la mente y el espíritu de la gente?.
La ociosidad es la madre de todos los vicios.
La curiosidad es la madre de los mayores descubrimientos. Yo
invito a la gente a que no dejen que se apague ese niño
curioso que llevan dentro, ese ser que busca respuestas y que
aún es capaz de asombrarse. Ojalá que siempre
tengan abierto un espacio para el asombro y para preguntarse
sobre los porqués de todo
lo que les interese; que siempre intenten conocer de dónde
viene o cómo se hace la píldora que se van a
tomar, los tenis que calzan, la manera en que se envasa la
bebida que les quita la sed o la razón de que los barcos
no se volteen en el mar o de que no podamos erradicar las moscas
de nuestra casa. En fin, existen miles de preguntas que no
podríamos
contestar en una sola vida y que están ahí para
nuestro beneplácito,
para que intentemos responderlas y llenar así nuestra
cabeza de cosas inimaginables. En lo personal, soy un creyente
de que la realidad supera a la ficción, y en la medida
en que a nuestra mente le contemos historias como las que alguna
vez Carl Sagan contó, y que hoy sabemos que son una
realidad, en esa medida encontraremos que la divulgación
científica, tanto al practicarla
como al recibirla, es apasionante por sí misma.
De esa pasión con la que Heriberto
vive su profesión debería impregnarse el mundo
de los jóvenes para que dieran
muchos pasos adelante, y que, al tratar de alcanzar el horizonte,
allane caminos pedregosos en su búsqueda de utopías
alentadoras.