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La relación hombre/naturaleza como entorno construido1

José Antonio Hernanz M.1

La inserción de la naturaleza en la cultura

Seguramente uno de los problemas más interesantes para los seres humanos es el de su propia definición. Es bastante común que nos entendamos a nosotros mismos a partir de la contraposición con las cosas que ocurren a nuestro alrededor; según nos dice la psicología evolutiva, uno de los mayores logros del bebé, a los pocos meses de haber nacido, es darse cuenta de que la realidad no es una prolongación natural de su propia mano, sino que es “algo distinto”, “totalmente diferente”.
Esa experiencia, por la que todos hemos tenido que pasar, configura uno de los principales mecanismos de clasificación de la realidad para el ser humano: lo “mío”, que está dentro de mí (de alguna manera), y lo “no mío”, que es externo a mí, y con lo que interactúo. En esta relación bipolar elemental parece excluirse una cosa que no es “mía” pero que se comporta “como yo”: el resto de los seres humanos. Aunque pueda parecer muy elemental, tal mecanismo de inclusión-exclusión funciona no sólo en tanto que individuos, sino en cuanto especie, con el resultado de que, con mayor o menor grado de comunión con la naturaleza, el ser humano en todas las culturas se ve como una singularidad en la realidad, y una singularidad que se integra de algún modo en el todo de su cosmovisión. Precisamente ese “de algún modo” es lo que configura la relación simbólica hombre-naturaleza.
En efecto, el ser humano, que de manera constante se pregunta por sí y por la relación con las demás cosas, articula la realidad en torno a lo que se viene llamando “cul-cohetura”. Bajo este término se conjuntan modos de vida, costumbres, arte, tecnología, relaciones políticas y demás de los diversos grupos humanos y en diversos momentos de la historia. Ahora bien, en muchas ocasiones, al entenderse que la cultura tiene que ver con el “espíritu” –y, por lo tanto, con el ámbito en que cada quién adquiere conciencia de sí y le da sentido a la realidad–, parece dejarse de lado a la naturaleza, determinándola nada más como ese sustrato material en que se desarrolla. Es más, la reflexión sobre la cultura de buena parte del siglo XX –eurocéntrica en sus raíces– se cebó en la idea de que sólo las culturas más primitivas conceden a la naturaleza un valor preponderante en el discurso antropológico, mientras que las más desarrolladas o evolucionadas la ven tan sólo como un sustrato. De este modo, a medida que una cultura va madurando y se va haciendo más compleja, parece querer abandonar paulatinamente su dependencia de la naturaleza, esto es, del orden de lo “físico”.
Así, de manera general podemos afirmar que el ser humano se sabe unido a la naturaleza, mas al mismo tiempo poseedor de algún rasgo cualitativo que lo distingue de ella; esa relación paradójica se expresa en la cultura de múltiples maneras, como pueden ser las manifestaciones artísticas (naturaleza como expresión de los estados de ánimo), religiosas (la vuelta a la simplicidad natural taoísta o el acceso a lo divino a través de la unión mística con la naturaleza) o científicas (todos los procesos de explicación del universo a partir de conjuntos de leyes). Sin comprender esa tensión cultural, es imposible plantear escenarios sostenibles realistas, pues la voluntad de sobrevivir de nuestra especie, en este momento histórico, no parece ser suficiente si va ligada tan sólo al desarrollo científico-tecnológico. Para que el sistema tecnocientífico sea realmente una herramienta de desarrollo humano, debe insertarse en el universo simbólico de las diversas culturas (en la medida en que éstas lo demanden), y hacerlo de forma propositiva e integradora de lo humano en el orden natural.

La cosmovisión occidental

En toda cultura aparece una idea general de la realidad, una composición de lugar que permite ordenar simbólicamente todo lo que acontece y da sentido, en definitiva, a cuanto sucede, al tiempo que dinamiza los proyectos personales y colectivos en la
certeza de que lo real tiene una solución de continuidad coherente con ese “universo simbólico”. A todo ello lo denominamos cosmovisión, y en buena medida podemos comprender los avatares de cualquier cultura si somos capaces de entender la lógica
interna de su cosmovisión particular. Por lo tanto, para intentar dar respuesta a los retos de la sustentabilidad, no hemos de fijarnos sólo en nuestro horizonte temporal, por el que somos “hombres del siglo XXI”, sino que debemos hacerlo también en el horizonte de nuestra cosmovisión, por el que somos “hombres del siglo XXI con una cosmovisión occidental”. Estos dos parámetros –el histórico y el de la idea de mundo– son los que nos permiten ubicarnos en el modo de afrontar cualquier problema cultural, y el caso de la sustentabilidad no es una excepción; desde los hallazgos que hagamos desde nuestro tiempo y nuestra cultura, podremos hacer propuestas sobre ella, de modo que sean factibles, coherentes con nuestra mentalidad y compartibles con otras culturas.
Dicho esto, pasemos a revisar, al menos en sus características básicas, cómo ha venido acaeciendo la relación hombre-naturaleza en la cosmovisión occidental, para así ver de qué manera estamos incluyendo la naturaleza en nuestro actual universo simbólico. Para ello, vamos a fijarnos en el devenir de uno de sus productos culturales más característicos: la filosofía.
El discurso filosófico occidental, como en el resto de las culturas, pretende ser una búsqueda genuina de la sabiduría, entendida ésta como un saber práctico que hace posible, a quien hace buen uso de él, saber vivir. En este sentido, la filosofía occidental busca arrojar luz sobre la paradoja misma en que consiste la existencia humana en su relación con el mundo. El modo en que por lo común lo resuelve es mediante la exaltación de lo humano con respecto al resto de la realidad, y muy especialmente con relación a la naturaleza.
En efecto, a pesar de que los primeros filósofos afirmaron que el principio explicativo de lo real era un elemento natural (agua, aire, fuego, lo indeterminado, etc.), podemos afirmar que el Occidente encuentra la clave de su comprensión del mundo a partir de dos autores: Pitágoras y Protágoras. El primero da un salto teórico espectacular en la propia tradición occidental al afirmar que el principio de lo real son los números (y, por ende, unos conceptos racionales), mientras que el segundo acuña para nuestra cultura la lapidaria frase “el hombre es la medida de todas las cosas”. A partir de la interpretación que se hace de ambos –fundamentalmente del segundo–, se consolida en la mentalidad occidental la idea de que la naturaleza es un bien que está al servicio del hombre, y que puede ser explotado adecuadamente para hacer que el ser humano tenga una vida más plena y digna. Como puede verse, no sólo hay una escisión tajante entre hombre y naturaleza, sino que además es una escisión que subordina uno de los elementos al otro.
En los siglos posteriores, diversos fueron los factores que sirvieron para apuntalar esta escisión, aunque entre ellos debemos tener en cuenta al derecho romano, que cimienta nuestra moderna concepción del derecho a la propiedad, y el cristianismo, que asume literalmente el mandato “creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla”. Estas ideas, lentamente acrisoladas en la mentalidad occidental, ayudan a entender el éxito de la distinción sujeto-objeto que, desde el comienzo de la Modernidad y hasta bien entrado el siglo XX, sirvió para ratificar la separación entre el hombre y la naturaleza, que aparece como el “escenario” en que se da lo humano, como algo objetivado (se entiende básicamente como “recursos naturales”), supeditado a la racionalidad humana (pues el principio de lo real es algo de tipo conceptual, al alcance de la inteligencia humana y manipulable a través de las teorías científicas y las prácticas tecnológicas), y fundamento material para el progreso de la humanidad.
Por supuesto, esta constelación de ideas entra en agudo conflicto con la realidad de estas últimas décadas: graves problemas ecológicos, ineficacia en el uso de esos recursos naturales, y brechas cada vez más grandes entre sociedades ricas y pobres que evidencian el fracaso del modelo moderno de progreso. Es este conflicto entre el modelo de la cosmovisión y el resultado real de su praxis uno de los factores –si no el más importante– que obligan a replantear el modo en que estamos concibiendo y aplicando culturalmente nuestra relación con la naturaleza.

Un puente entre la biosfera y la noosfera

Llegados a este punto, se hace preciso reconsiderar el papel que la técnica tiene en nuestro presente, a partir de la doble relación con la racionalidad (es decir, la ciencia en sentido moderno) y la naturaleza. Si, como decía líneas atrás, el hombre se presenta a sí mismo desgajado de la naturaleza en la cosmovisión occidental, aunque de alguna manera inmerso en ella (en tanto que orgánicamente sigue siendo
una “realidad natural”) , esta situaciónparadójica se expresa sobresalientemente en la
técnica: la técnica es el modo en que el universo mental del hombre (alma, pensamiento, yo, o como queramos llamarlo) se aplica al entorno físico y lo transforma.
El reto, desde el punto de vista simbólico, consiste en buscar la manera de establecer el equilibrio entre lo natural (externo a nosotros, regido por leyes, material) y lo mental (interno, regulado por la libertad, no material). Parece que sólo de esta manera se pueden hacer compatibles el carácter progresivo e ilimitado de la ciencia y el carácter evolutivo y finito de la naturaleza que podemos transformar a través de las tecnologías. Podemos resumir la relación hombre-naturaleza, y el papel que desempeña la técnica en esa relación, mediante el siguiente esquema:

Desde esta perspectiva, el ser humano forma parte de dos ámbitos de realidad (esferas), separados entre sí, aunque en continua interacción, lo que podemos denominar biosfera (conjunto de medios en que se desarrollan los seres vivos) y noosfera (conjunto de medios en que ocurren las ideas y estados mentales). No es que el hombre esté a veces en una biosfera y en otros momentos en una noosfera, sino que –y ahí la radical paradoja de nuestra situación en el cosmos– podemos distinguir entre “nuestro cuerpo” y “nuestro espíritu” como dos elementos integrados, interdependientes, pero estrictamente autónomos.
Como integrante de la biosfera, el ser humano se sabe identificado con las demás cosas reales; de forma genérica, podríamos decir que, como integrante de biosfera, el hombre está inserto en la naturaleza, con todas las posibilidades y limitaciones que ello trae consigo. De todas ellas, la que más ha interesado es, en términos recientes, su interacción en y con ecosistemas: vivimos “en” un entorno natural, del cual obtenemos los recursos que nos resultan indispensables para seguir siendo organismos vivos, y se espera que la inteligencia humana, mediante la técnica, sea capaz de maximizar la cantidad y calidad de beneficios del ecosistema en que se halla (tecnologías agropecuarias, modelos sociales de explotación de recursos, etc.), y minimizar los resultados adversos que supone encontrarse en ese ecosistema (como frío o calor extremos, hambrunas o exposición a desastres naturales, por ejemplo).
Frente a la biosfera, la noosfera define la dimensión propia de lo humano: la interacción no es de ecosistemas, sino de sistemas conceptuales a través del lenguaje. El entramado simbólico resultante nos eleva y separa del resto de la naturaleza, y por lo mismo nos distingue de las demás realidades que hay a nuestro alrededor, idea que se reafirma en el sometimiento de la biosfera a nuestro pensamiento –fundamentalmente el científico–, que es capaz de conocer las leyes que rigen al mundo físico para así transformarlo según nuestras necesidades.
En esta concepción del mundo, el problema de la sustentabilidad se construye desde una mirada temerosa ante la naturaleza, que pasa de ser ese gran almacén del que podemos extraer a nuestro antojo la materia prima para alcanzar el bienestar, a un monstruo con la paciencia agotada que parece haber hallado el momento de vengarse de nuestra especie humana. La tecnología, por su parte, es la herramienta física y conceptual que permite crear un “nuevo mundo”, el artificial, de suerte que la distinción natural-artificial es una extensión de la contraposición biosfera-noosfera.

El mundo como tecnosfera

La relación bipolar entre biosfera y noosfera, en la que la técnica aparece como el puente que liga a ambas –en tanto que modo en que la inteligencia humana da respuesta a las necesidades que le plantea su supervivencia–, se ha ido transformando de manera acelerada en los últimos dos siglos (podemos marcar como hito la consolidación de la Revolución Industrial en Europa) en una nueva esfera que depende de la noosfera, pero que ha cobrado autonomía respecto a ella. La tecnosfera se identifica con el sistema tecnológico en un primer momento (siglo XIX y
primera mitad del siglo XX) y con el sistema tecnocientífico posteriormente (última mitad del siglo XX); esta transformación se expresa en la emergencia de conceptos tales como “inteligencia artificial”, “biotecnología”; “entornos virtuales” o “mundos artificiales”, todo ello en un esquema que podría representarse de esta manera:

El ciclo es pernicioso porque, tal como se muestra en el esquema, de la biosfera surgen necesidades específicas que deseamos cubrir (de inmediato o a futuro), al tiempo que aporta los elementos materiales con que se puede hacerlo; estas necesidades son procesadas en la noosfera de manera simbólica e intersubjetiva, de modo que se plantean modelos de comportamiento de la biosfera y de maximización de sus recursos –de manera coherente con la cosmovisión de quienes se plantean esos modelos–, y los modelos se plasman en artefactos2 , que a su vez recrean la biosfera y hacen que se comporte según se espera que resuelva mejor las necesidades de quienes dominan los procesos tecnológicos de la tecnosfera. Sin embargo –y éste parece ser el núcleo problemático–, tecnosfera y biosfera parecen incompatibles, pues el desarrollo de la tecnosfera se está haciendo a costa de la merma de la biosfera, lo que nos sigue situando en la senda del desarrollo insustentable.
Pese a ello, hay una concepción alternativa de la relación entre biosfera, noosfera y tecnosfera que rescataría la idea de unidad de lo real a la que, como se decía al comienzo de este artículo, apela toda cosmovisión en cualquier cultura. Esa concepción es aquella que entiende que todo lo real –al menos para el ser humano– es una tecnosfera, es decir, un todo construido en la interacción co-activa (una interacción en que no hay un elemento activo y otro pasivo) entre naturaleza e inteligencia, entre biosfera y noosfera, y que se expresa en acciones, en el conjunto de prácticas de un hombre y de un grupo humano. Así, el modelo que permite conjuntar coherentemente medio ambiente y desarrollo científico-tecnológico es del siguiente tipo:

En una reconstrucción del problema hombre-naturaleza de este tipo, parece claro que esa relación en una construcción continua de realidad, con la doble caracterización de “física” y “mental”, que consta al menos de los siguientes atributos:

  • La realidad es un todo unitario y complejo que no puede ser comprendido exhaustiva ni profundamente a través del modelo moderno sujeto-objeto. Además de sus límites epistemológicos, este modelo muestra sus limitaciones prácticas, especialmente a la hora de plantear un futuro sustentable.
  • El modo más apropiado de revisar esta relación es planteando un acercamiento a lo real como un sistema complejo, en que efectivamente podemos distinguir una diferencia entre hombre y naturaleza, pero como momentos de ese todo y no como ámbitos distintos y meramente relacionados.
  • La inteligencia es un fenómeno emergente en este sistema complejo que de manera no lineal (y por lo tanto, no viéndola como la “cúspide” de un proceso) es coherente con la comprensión de otros fenómenos emergentes en la realidad: cuando la energía-materia se complejiza, surge la materia organizada (moléculas y grupos de moléculas), con propiedades novedosas respecto de la energía-materia; cuando la materia organizada se complejiza, surge la vida, con propiedades novedosas respecto a ellas; cuando la vida se complejiza, aparecen los organismos con un sistema nervioso central, con propiedades novedosas respecto a ella; cuando un sistema nervioso se complejiza, surge la inteligencia humana, con propiedades novedosas.
  • Todas las novedades que el fenómeno de la inteligencia genera se condensan en lo que venimos denominando tecnosfera, de suerte que ésta no es el ámbito de lo artificial sino el modo de ser real del hombre, que conforma la realidad “física” a su realidad “simbólica” y actúa construyendo su mundo.

De este modo, tecnosfera y mundo, en última instancia, se identifican. La tecnosfera es nuestro oikos, el hogar que habitamos, y que por lo tanto reviste el doble carácter de económico y ecológico. Nuevamente, como aconteció desde el origen de la racionalidad griega, el gran reto para el hombre es resolver afortunadamente esa tensión entre logos (naturaleza) y nomos (razón), en tanto que el logos es la ley dada de manera fáctica, sin que la razón pueda imponerse, mientras que el nomos es la ley conquistada por convención a través de la interacción entre los individuos y los grupos sociales. Pero en nuestros días –y si estamos atentos a las oportunidades que nos brindan las nuevas propuestas epistemológicas–, logos y nomos no aparecen escindidos, sino en un juego dialogante que permite habitar una tecnosfera equilibrada entre ambos momentos del mundo que construimos.

1 En el volumen 17, número 3 (septiembre-diciembre de 2004), se publicó en esta sección el artículo “La sustentabilidad en el sistema científico-tecnológico”, como el primero de una serie de tres en que se hablaría del problema del desarrollo sostenible desde varios aspectos distintos, pero ligados entre sí: la relación entre sustentabilidad y despliegue de la modernidad, la integración de la idea de naturaleza
en la cultura, y las consecuencias ético-políticas globales de los retos del desarrollo sostenible. Desafortunadamente, y por causas tan sólo atribuibles al autor, la continuidad de la serie (y la de la sección en su conjunto) quedó rota hasta ahora, momento en que se presenta el segundo de estos artículos, centrado en la aparente contraposición entre lo natural y lo artificial en nuestra cultura y el impacto que tiene en la construcción de la idea de sustentabilidad.

2 En este término incluimos tanto los objetos como los procedimientos para crearlos o transformarlos.