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      Oliva Sabuco: una científica del Renacimiento español
     
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Oliva Sabuco:
una científica del Renacimiento español

Angélica Salmerón Jiménez

El Renacimiento español, tan poco reconocido y mal valorado, representa uno de los momentos cumbre del pensamiento hispano en la medida en que, asumiendo en lo general los ideales propios de todo el espectro renacentista, manifiesta en ellos su propia peculiaridad y novedad. Ambas –peculiaridad y novedad– sirven ahora de telón de fondo para rescatar del olvido a una figura filosófica y científica en cuya obra aparecen ya las semillas de los nuevos tiempos. Nos referimos a Oliva Sabuco de Nantes y a un texto que lleva el significativo título de Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, ni conocida ni alcanzada por los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y la salud humanas.
Intentar seguir las huellas de esta científica, lo mismo que las de tantas otras, es tarea harto difícil porque por lo común las figuras femeninas parecen simplemente haber sido borradas o, en el mejor de los casos, relegadas de tal modo al sótano de la memoria que la historia termina por no registrarlas. Estas dificultades se multiplican todavía más en el caso de Oliva porque, además de su condición femenina, le tocó en suerte aparecer en un lugar y en una época en que, también por ciertos prejuicios, el registro histórico parece no tener nada interesante que ofrecernos. Y es que Oliva es mujer, y encima española; y por si esto no fuera suficiente, está instalada en un espectro temporal que se sigue considerando inexistente: el Renacimiento español.
El Renacimiento –según se dice– ocurrió en Italia, Francia, Alemania y algunos otros países europeos, pero no en España, que respondió a la Reforma con la Contrarreforma, señalando con ello que se cerraba a la modernidad, cuestión esta que ha llevado a afirmar, sin matices de ninguna especie, que permaneció viviendo en el espíritu oscuro y medieval, y que lo único que con ello ganó fue el aislamiento total y el retraso absoluto. Tal falta de matices puede llevar a conclusiones equivocadas, y por ello consideramos que es necesario hacerse cargo de las luces y las sombras de un periodo cualquiera para no acabar deformando nuestra visión acerca de él. Esto es justamente lo que sucede cuando hablamos del Renacimiento español, pues se tiende a ver en él no ese periodo luminoso con que se caracteriza al restante Renacimiento europeo, que arremete contra las penumbras medievales y a través de cuyas críticas se va delineando el perfil de la modernidad en todos sus aspectos, sean estos artísticos, científicos, filosóficos, políticos o sociales, pero sobre todo, y reuniendo todo lo anterior, su perfil antropocéntrico. Y resulta que en este inmenso espectro de luz, España no queda sino como el representante de la más densa oscuridad, que no hace sino menguar con su triste sombra la alegría y el regocijo que provocan los nuevos tiempos. Pero esto no es del todo cierto, porque cuando nos introducimos en la España de la época encontramos un juego de luces y sombras que nos hacen posible recuperar a la par las peculiaridades y novedades del pensamiento español, y con ellas traer a la palestra a nuestra médica Oliva Sabuco, que tan bien supo proyectar y proyectarse en este horizonte epocal con sus finas y agudas observaciones. Cerrando casi el periodo renacentista y abriendo el periodo moderno, hallamos a Oliva dando una heroica batalla al viejo oscurantismo para establecer una nueva manera de acercarse a los problemas científicos y humanos.
El humanismo y la nueva ciencia son, en todo el arcoiris renacentista, los pilares que sostienen la nueva concepción del mundo moderno, y humanismo y espíritu científico descubriremos también en la España de esos siglos. Baste recordar la figura de Juan Luis Vives, en quien se ha visto un precursor de la psicología empírica moderna; ya en la segunda mitad del siglo aparece Francisco Sánchez de las Brozas, quien ataca el escolasticismo; proclama que una de las causas del retraso de las ciencias es aprender sin espíritu crítico, señala que lo más preciado –la verdad– no es propiedad de ninguna filosofía, y critica asimismo a la imaginería religiosa y al ritualismo clerical. Uno más es Francisco Sánchez, llamado “El escéptico”, el cual avanza también en esta línea crítica ante el dogmatismo de su tiempo, y apelando a los nuevos tiempos exige métodos más realistas para el progreso de las ciencias. A la propia propuesta metodológica de Sánchez se le ha visto como una anticipación del método cartesiano. También en este espectro asoma Gómez Pereira, quien, con mentalidad occamiana, mantiene una clara distinción entre el campo de la ciencia y el de la fe, y propone que el ámbito científico se rija por la experiencia y la observación; por ello, toma distancia de lo abstracto y universal y se apega a lo singular e individual. Entre algunas de sus teorías sobresalen el “automatismo” de los animales, que preludia a Descartes, y su convicción de que siendo el alma diferente del cuerpo, sólo es conocida indirectamente a través de sus actos; en tal doctrina se ha visto incluso un avance sobre el mismo Descartes, pues el médico Gómez Pereira es más husserliano por anteponer el paso por el “pensar algo” para afirmar el “yo soy”.
Por todo ello, para acercarnos a lo que con todo derecho podemos denominar el Renacimiento español –es decir, al pensamiento que se desarrolla en el siglo XVI–, debemos sumergirnos en las aguas de la historia de España y hacernos cargo de sus aventuras y experiencias, peripecias que constituyen su propia correría en un mundo que empieza a cambiar todos sus derroteros intelectuales, pues el pensamiento que en dicha época se desarrolla toma las características propias de la vida y situación por la que España atraviesa. Todo lo anterior exigiría un estudio concienzudo y profundo que no es posible emprender aquí; bástenos señalar que el hecho de ser España la potencia que resguarda bajo su égida a la cristiandad toda, implica casi de entrada asumir que el oscurantismo que se le imputa está básicamente garantizado. Pero es justo desde aquí donde hay que empezar por determinar que, si bien es cierto que ésta puede ser la sombra que opaca casi toda su construcción intelectual, es también la luz gracias a la cual podemos ver la originalidad con que propone y asegura su propia convicción renacentista.
Siendo así las cosas, un rasgo propio del Renacimiento español –como lo ha hecho notar Menéndez y Pelayo– es que no tuvo la marcada tendencia paganizante del europeo y, en todo caso, si por eso sus inquietudes intelectuales son diferentes, ya Manuel Maceiras afirma que “esto en nada merma originalidad y modernidad a la mentalidad renacentista y barroca española. Si Europa fue más artístico y científico, en España tuvo un carácter más ético y, con Hegel, más espiritual, esto es, más motivado por los hechos, asuntos y problemas relacionados con todas las ambigüedades de la convivencia. Por este motivo, en el fondo, el español fue un renacimiento más humanista”. Así que después de todo el cristianismo y su espíritu no puede ser visto simple y llanamente como obstáculo, sino más bien como estímulo para un pensamiento original y propio del renacimiento generado en España.
Ciertamente, la instancia última para reconocer el perfil del Renacimiento español en lo que, por un lado, lo vincula a las preocupaciones renacentistas y, por otro, marca y determina sus peculiaridades propias, habrá de ser precisamente el recorrido intelectual del siglo XVI, que para los fines de este trabajo podemos determinar sucintamente en dos aspectos determinantes: la crítica al escolasticismo, a través de la cual se busca una nueva manera de acercamiento filosófico y científico con la realidad, y la afirmación del ser humano como eje rector para todo el espectro anterior. Estos dos aspectos son los nudos que amarran por igual a todos los pensadores renacentistas, inclusive los españoles. Las diferencias vienen dadas por las peculiaridades propias con que los intelectuales españoles enfrentan todas estas cuestiones dentro del cristianismo, desde donde, sin intentar violentar la fe, ha de abrirse paso la idea del hombre como sujeto natural, individual y social cuyo naciente racionalismo será compatible con las creencias básicas del cristianismo.Por consiguiente, resulta no tanto que el Renacimiento español se mantenga cerrado a las nuevas ideas, sino que permeado también por ellas busca desde una perspectiva diferente integrarlas a su horizonte intelectual y vital. No es, por tanto, que España se niegue a la modernidad; antes bien, busca los derroteros para configurar una modernidad diferente de la europea, como ha de verse con mayor precisión en su siglo barroco.
Para acercarnos ya a nuestra científica Oliva, hay que hacer notar que dentro de estos marcos el Renacimiento español fue a su modo tan científico como el resto del europeo, y sobre todo fue cabalmente humanista, siendo tales los ejes en los cuales se mueven justamente su preocupación y sus inquietudes. Trataremos, pues, de asediar a Oliva desde el ángulo estratégico de su obra, en la que se muestran de manera precisa todos los aspectos característicos de un pensamiento que se compromete con lo humano desde una perspectiva natural y científica, lo que ha hecho afirmar a
alguien que “es una de las personalidades científicas españolas de mayor influjo en la renovación crítica de la filosofía, que dio origen al progreso científico”. Estas son las huellas que aquí queremos seguir; sin embargo, y como decíamos anteriormente, la empresa no es sencilla ya que los pasos de Oliva por la ciencia y la filosofía española han sido prácticamente borrados en grado tal que aún hoy día sigue causando controversia la autoría de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre: aunque para algunos está más que probado que Oliva es su autora, para otros, en cambio, el autor del texto fue su padre, Miguel Sabuco.
Pero antes de entrar en este problema, digamos algo sobre los Sabuco. Miguel Sabuco, natural de Alcaraz, casado con Francisca Cózar, nació en 1525 y murió en 1588 o un poco después. Fue médico, farmacéutico y filósofo. Catedrático de medicina en Alcalá, fue elegido procurador síndico y nombrado letrado. En los pocos libros en que se menciona la ciencia y la filosofía española del Renacimiento español, de Miguel Sabuco se dice tan sólo que fue autor de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, y algún autor llega a apuntar que fue padre de Oliva, con cuyo nombre firmó la obra. Vistas así las cosas, todo parece indicar que don Miguel sólo ingresó a la historia del pensamiento por ser el autor de este interesante estudio.
También es poco lo que sabemos de su hija, Oliva Sabuco de Nantes y Barrera. Nació en Alcaraz, provincia de Albacete, el 2 de diciembre de 1562, fecha en la que coinciden todos los estudiosos.Pero no sucede lo mismo con la fecha de su muerte, pues para algunos es el año de 1588–más o menos en la misma fecha de la muerte de su padre–, y mientras unos apuntan que murió en el mismo lugar donde nació, otros en cambio señalan el año 1622 y dan como lugar Madrid. De su vida poco se sabe, fuera de que se desposó en 1580 con Acacio Buedo y que pasa por ser también la autora del texto antes mencionado. Así que ambos, padre e hija, son prácticamente unos personajes desconocidos que sólo adquieren presencia y relieve por considerárseles los autores del famoso libro. De ahí que la cuestión sobre a cuál de ellos corresponde realmente dicha autoría sea de primordial importancia en razón de que de ello depende su presencia en la historia de la
ciencia. Aquí hemos asumido desde el comienzo que la autora de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre fue Oliva Sabuco, y que por ende es preciso rescatarla del olvido y darle el sitio que le corresponde en esa historia. Y aunque existen algunas opiniones en contra, en general las investigaciones actuales apuntan a que la autoría le pertenece a la hija y no al padre. Obviamente, esa conclusión se basa en análisis y argumentos que no es posible detallar aquí del todo; no obstante, podemos señalar en su favor algunas cuestiones.
Una primera se refiere a las ediciones que se han hecho de la obra, que al parecer fueron tres en vida de Oliva: la primera en 1587 en Madrid, la segunda en 1588 en Portugal, y una tercera en 1622, que probablemente supervisó todavía la propia Oliva. Algunos críticos indican que desde entonces el texto se ha editado cuando menos dos veces por siglo: en 1728, 1734, 1847, 1873, 1888 y 1981, y todas esas ediciones han considerado a Oliva como la autora. En fin, todo apunta a que ha sido sólo en tiempos recientes que se ha intentado arrebatarle la autoría a Oliva para abonársela a su padre “con el peregrino argumento de que tanto talento resulta inconcebible en una mujer”. También se ha señalado que ni Feijoo ni Menéndez Pelayo dudaron de la autenticidad de la firma de Oliva. Por estas y otras razones, se ha dicho entonces que la obra se ha adjudicado al padre porque en esa época, como en tantas otras, no se ha querido reconocer la autoría de mujer ninguna, y ya sabemos que incluso en tiempos no muy lejanos, cuando las mujeres escribían textos científicos, estos aparecían con la firma de un hombre: el del padre, esposo o hermano, o bien utilizaban seudónimos masculinos. En contra de todo ello, se ha dicho que Miguel Sabuco, autor de la obra, queriendo hacer honor a su hija, puso el nombre de ésta en la obra, tal vez porque colaboró con él para realizarla. Sea como fuere , actualmente los estudios reivindican a Oliva, por lo que para ellos la polémica se encuentra dirimida ya que, según concluyen, se ha demostrado plenamente que la autora de la Nueva filosofía... fue Oliva Sabuco. Podemos por nuestra parte no ser tan radicales en este sentido, pero si hemos seguido la línea de quienes afirman y apuntalan con razones que el libro pertenece a Oliva, es porque esas razones parecen ser hasta ahora las más sólidas y fundamentadas. Por todo lo señalado con anterioridad, nos atrevemos a decir que es Oliva Sabuco quien se hace presente en el horizonte histórico del Renacimiento español de finales del siglo XVI y marca con su obra un hito importante en él, toda vez que “las ideas expuestas [en su obra] sobre medicina, higiene y filosofía demuestran una suma de conocimientos poco comunes, especialmente la teoría sobre la manera de atajar las epidemias, las observaciones sobre la circulación de la sangre, la localización del alma en el cerebro, la distinta acción de la sangre y la sustancia nerviosa y su original estudio de las pasiones, todo con total independencia de criterio y posición lógica”. Es, pues, la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre una obra que por sus características participa en buena medida del pensamiento y de la renovación que se instaura con el Renacimiento en general, y de manera peculiar y original en el mundo hispano. Es un tratado clásico escrito en español y latín que participa de la recuperación de los clásicos griegos y latinos y que da cuenta asimismo de las nuevas teorías que en cierta medida preludian muchos de los hallazgos de la modernidad. Además, hay que decir que recurre también –como hicieron casi todos los renacentistas– a reivindicar las lenguas vernáculas, empezando a dejar atrás los tratados en latín para escribir en su propio idioma. No es por tanto extraño que Feijoo quedara impresionado por esta mujer y que la incluyera en su Teatro crítico universal, al lado de muchas otras, en un apartado sintomáticamente llamado “Defensa de las mujeres”, texto que, aparte la exageración o sobrevaloración que alguno ha señalado, deja en claro el talante y la altura de esta científica hispana. Vale pues la pena recuperarlo sin modificación alguna:

Doña Oliva Sabuco de Nantes, natural de Alcaráz, fue de sublime penetración, y elevado numen en materias Physicas, Medicas, Morales, y Políticas, como se conoce en sus escritos.
Pero lo que mas la ilustro fue su nuevo sistema Physiologico, y Medico, donde contra todos los Antiguos estableció, que no es la sangre la que nutre nuestros cuerpos, sino el jugo blanco derr amado de el cerebro por todos los nervios, y atribuyó á los vicios de este vital rocío casi todas las enfermedades. A este systéma, que desatendió la incuriosidad de España, abrazó con amor la curiosidad de Inglaterra, y ahora yá lo recibimos de mano de los Extrangeros, como invencion suya, siendolo nuestra. Fatal genio de los Españoles! Que para que les agrade lo que nace en su tierra, es menester que se lo manipulen, y vendan los Extrangeros. También parece que esta gran mujer fue delante de Renato Descartes, en la opinión de constituir el cerebro por único domicilio de la Alma racional, aunque extendiéndola á toda substancia, y no estrechándola precisamente á la glándula pineal, como Descartes. La confianza que tuvo Doña Oliva en el propio ingenio para defender sus singulares opiniones, fue tal, que en la Carta Dedicatoria, escrita al Conde de Barajas, Presidente de Castilla, le suplicó empleasse su autoridad para juntar los mas sabios Physicos, y Médicos de España, ofreciéndose ella á convencerlos de que la Physica, y Medicina, que se enseñaba en las Escuelas, toda iba errada. Floreció en tiempo de Phelipe II.

He aquí la figura de nuestra Oliva vista en el siglo XVIII y reconocida por el buen Feijoo, quien no sólo se admira de su sapiencia sino que se admira más aún de que, siendo ésta una sabiduría netamente española, sea prácticamente su autora una desconocida en su propia patria. Y no sólo entonces, sino todavía hoy, esa figura femenina se nos aparece aún desdibujada cuando no totalmente ignorada. Y lo peor es que siendo nuestra, porque pertenece a nuestros parámetros culturales y lingüísticos, sigamos siendo indiferentes a ella. Por eso y porque su obra aporta teorías y posiciones originales, es que intentamos la reconstrucción de un pensamiento
filosófico y científico que se pierde entre las brumas del tiempo, y también por desgracia en el esquema general de nuestras historias canónicas de la ciencia y la filosofía.
Reconstruyamos ahora el pensamiento filosófico-científico de Oliva Sabuco señalando los logros fundamentales de su ambiciosa y original obra, pues será a partir de su Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, ni conocida ni alcanzada por los grandes filósofos antiguos, la cual mejora la vida y la salud h u m a n a, que habremos de acercarnos también a ella y a su mundo, al tiempo y al espacio que le tocaron vivir, en los cuales sembró la semilla que hoy, si cuidamos de ella, todavía puede rendirnos buenos frutos.
Hay que recordar que la obra fue dedicada al rey Felipe II en una carta en la que se presenta como su humilde sierva y le ruega que, como caballero de elevada posición, “favorezca a las mujeres en sus aventuras”, porque ciertamente una enorme y peligrosa aventura era dedicarse a cuestiones que –por lo menos en apariencia– eran tan propias de los hombres, ya que en distintas épocas el conocimiento ha parecido ser patrimonio masculino en muchos sentidos. Por ello, haciéndonos eco de la súplica de Oliva, nos disponemos no sólo a favorecerla con nuestra atención, sino también a seguirla en su quehacer de mujer estudiosa y letrada porque, como ella, creemos que efectivamente debemos ser espíritus audaces y arriesgarnos en esta apasionante aventura del saber.
Audaz fue Oliva desde un principio, y el título que puso a su obra nos lo muestra a las claras; una nueva filosofía no alcanzada por los antiguos será ahora determinada por ella. Desde aquí se ve la osadía de Oliva: transgrede los patrones de su época (¡una mujer metida a sabia!) y además se apropia de un espacio propio y lo dice abiertamente cuando declara que su obra viene a cubrir un hueco que ha sido desatendido por los filósofos y médicos antiguos. Eso es, por decir lo menos, “tomar al toro por los cuernos” y “no andarse por las ramas” con pequeñeces y falsas modestias. En efecto, Oliva apunta que su intención es tratar sobre “la verdad del mundo y para que los venideros gocen de la filosofía y de la alegría y contento que consigo trae”. Nuestra autora asume desde el principio que busca estudiar la naturaleza humana para ayudar a los hombres a vivir más y mejor, para lo cual busca combinar conocimientos de medicina, astrología, dietética y filosofía natural para interpretar la plenitud de la realidad humana. Tal combinación apela a los autores clásicos –Hipócrates, Plinio, Galeno, Platón y Aristóteles–, pero también a la patrística y a la sabiduría bíblica en su pretensión de armonizarlos coherentemente. La posición de Oliva se ubica en una idea que es propia de todo el Renacimiento: el hombre es un microcosmos y como tal hay que verlo, idea que remite precisamente a la de la visión integral del ser
humano por la que no es posible divorciarlo del mundo natural en el que aparece. Y esto, si ha de ser válido y seguro, debe hacerse siguiendo principalmente un punto de vista empírico y racional, con lo que Oliva adopta un criterio “moderno”.
La tesis de su texto es que los desórdenes de la salud dependen en su mayoría de la mente puesto que existe una estrecha relación entre el cuerpo y aquélla, de donde su orden o desorden afectivo puede producir efectos beneficiosos o, por el contrario, enfermedades. Así que no basta con que la medicina se acerque al cuerpo, sino que debe extenderse al alma. Lo anterior implica por consiguiente un conocimiento de la naturaleza humana que por lo común ha sido ignorado por los médicos y sus escuelas. Por eso es que Oliva recurre más a la sapiencia que a las drogas, ya que es a través del conocimiento de uno mismo y del manejo de las propias emociones como realmente podemos curar muchas de nuestras dolencias. Lo anter ior nos remite a otro ideal básico del Renacimiento: el humanismo, con sus ideas de dignidad y libertad humanas, el ideal de armonía y la consideración de la educación como formación integral. Las tres cuestiones que marcan por su centro a todo el humanismo renacentista son expuestas en el texto de Sabuco buscando interpretar el microcosmos que es toda persona, y que Oliva muestra en la imagen novedosa de un “árbol al revés”, en el que el cerebro es la raíz, que tiene la función de gobernar al cuerpo; el tronco es el cuerpo, y los miembros las ramas. Hay, pues, que prestar especial atención a la relación mente-cuerpo.
Por ello es que han visto los estudiosos de su obra que la autora antecede en este tópico a Descartes e incluso lo supera, pues su explicación de dicha relación es más avanzada que la el francés. Veámoslo. Según Oliva, dado que el alma racional actúa a través del cerebro, afecta su función e influye en los procesos anatómicos; luego entonces, las diversas condiciones psicológicas –es decir, el orden afectivo de la mente– pueden producir consecuencias físicas benéficas o negativas; la salud o la enfermedad dependen de las de la raíz (el cerebro), que es causa y principio del buen jugo y asimismo del malo. Oliva explica así la interdependencia entre mente y cuerpo:

El jugo o quilo blanco de la raíz del cerebro, que nutre o vivifica por su recta acción a todo el árbol invertido, por una vía va blanco, por otra va rojo; va por la piel, los nervios y telas y por las películas o membranas de las venas y arterias, y vuelve rojo el de las tres oficinas (hígado, corazón y bazo) para la irrigación del árbol a través de las cavidades o alvéolos de las venas y arterias. Mas viciado, esto es, corrompida su acción, penetra todas las vías y no guarda orden de la naturaleza.

Esto lleva a afirmar a Guillermo Henao que “sin conocer o sin tener en cuenta estos aportes, Descartes recurre de nuevo a los viejos espíritus animales para explicar cómo actúa el cerebro sobre el resto del organismo y cómo establecer una explicación de las pasiones del alma”. Así, anticipándose a su tiempo –dicen los entendidos–, Oliva Sabuco opta por una explicación empírica de la relación mente-cuerpo completando el círculo de sus mutuas influencias. Y lo mismo cabe decir en relación con la medicina psicosomática, en que también se adelanta a los médicos ingleses Francis Glisson y Thomas
Willis1.
Por otra parte, en términos generales, se puede decir que su filosofía de la medicina se basa en la psicología, la metafísica, la cosmología, los valores éticos, la formación educativa y el simple sentido común. De ahí que para la hija del boticario las condiciones pisicológicas y morales tengan un lugar preponderante en la vida humana; pero ello no la hace perder de vista que la vida biológica sigue un desarrollo natural: nacer, crecer, madurar, declinar y morir, que es propio de todas las formas de vida; por ende, no se trata de violentar la naturaleza sino de seguirla lo mejor posible, para lo que hay que conocerla. Y en esto Oliva Sabuco pone especial cuidado tratándose de los seres humanos (y ella entiende por tales a hombres y mujeres, pues dice que el ser humano, no el varón, es el modelo para la norma médica). En efecto, toda la terapéutica médica está diseñada no para evitar la vejez ni conservar la vida más allá de su ciclo natural, sino solamente para ayudar a los seres humanos a evitar lo que ella llama una “muerte violenta y súbita” producida por los trastornos de la salud. Por ello, más que a recetas de fármacos o drogas, apela a la sapiencia: es el conocimiento de uno mismo lo que nos permite una vida más sana y alegre. En realidad, Oliva, más que medicinas en sentido estricto, lo que ofrece son consejos para mantener el equilibrio y una cierta armonía entre mente y cuerpo.
Escuchemos algunos de estos consejos en la voz de José Biedma: Primeramente, no menospreciar al enemigo (el enojo), conocer su poder y no descuidarse, pues hiere con más dificultad el dardo que se ve venir. Segundo, emplear “palabras de buen entendimiento y razones del alma”, lo que actualmente llamaríamos con tecnológica pedantería “racionalización psicoterapéutica de los problemas afectivos”. En tercer lugar, aceptar las adversidades de la vida con buen ánimo y saber sacar bien del mal. En cuarto término, utilizar las “palabras de un buen amigo”, pues, según escribe, la mejor medicina de todas está olvidada: la de comunicarse con palabras. A la buena conversación le da Oliva una considerable importancia para buscar la felicidad, y asimismo al ejercicio al aire libre, donde se oiga el movimiento de los árboles y el murmullo del agua, puesto que “vemos a los ejercitados en el campo vivir más tiempo, y más sanos que los encharcados en las plazas”. Da otros sabios consejos: Para recuperar la alegría, nada tan indicado como la música (la cosa más amable y que más excita el amor en el hombre); más la imaginación de contentos posibles y el disfrute de placeres razonables; mejor el dormir bien en cama dura, que mal en blanda, y mejor también el poco regalo que el mucho, y el trabajo que el holgar. También nos previene que nos guardemos de los desesperados porque son un peligro para sí y para los demás. Otros afectos que conviene limitar son la congoja y el cuidado excesivo, que apresuran la vejez.
En fin, tres son las columnas que sostienen la vida del hombre: la esperanza y la alegría, que son afectos sensibles del cerebro, y “el calor concertado de la armonía”, que Oliva parece entender como una propiedad física del estómago. Tanto como la melancolía, hacen daño al hombre los falsos temores, la ira, la tristeza que seca el cerebro poco a poco, como la envidia, o los deseos desordenados; porque gozar lo amado da salud, pero también mata el perder lo que se ama o la ambición de las cosas imposibles.
En síntesis, las ideas fundamentales de Oliva con respecto a la naturaleza humana y su filosofía de la medicina derivan y se hacen eco de los ideales propios del espíritu renacentista. En efecto, ideas renacentistas son las de que el hombre se hace y se perfecciona a sí mismo y a su mundo haciendo uso de sus facultades intelectivas; conocerse y conocer el mundo, que llevan de la mano a las ideas del “macrocosmos” y el “microcosmos” como imágenes y símbolos de la naturaleza y de lo humano, convicción que se enmarca además en el ideal de unidad y armonización del cosmos; el ideal de moral estoico-epicúrea, basado en la convicción de una vida austera que sin demasiado apego a los bienes materiales busca la felicidad en el conocimiento, y que Oliva preconiza a lo largo de su obra.
Así, nuestra filósofa y científica española es digna representante del Renacimiento y marca una pauta dentro del ámbito hispano apuntando a una “ciencia humanista” centrada en la idea de la libertad como capacidad de acción que permite al hombre construir su propio destino, y que entraña la convicción de que precisamente en ella reside la dignidad humana. Junto a la libertad, la racionalidad como centro y base para dirimir conflictos y entrar en comunicación y entendimiento con las diferentes propuestas filosóficas y de los maestros paganos y cristianos, la razón permitió a Sabuco integrar diferentes doctrinas y pensamientos en un modelo del mundo que, aunque tenía como telón de fondo la religión cristiana, logró armonizar en una visión integral de la naturaleza humana.
Por otro lado, tenemos asimismo la consideración típicamente humanista de que la educación aspira a la formación integral de la persona, en la que Oliva hace especial hincapié, pues sabemos que criticó la educación universitaria de la España de su época en virtud de que en ella se sobrecargaba ineficazmente a los estudiantes con teorías que habrían de memorizar; por ende, propuso una reformulación de los estudios en la que se tuviera en cuenta, más que la memorización de teorías inútiles, la comprensión de las teorías relevantes a los problemas que habían de resolverse y que propiciaran hombres que pensaran, es decir, que fueran capaces de analizar y discernir. La educación, según ella, debía tener como prioridad el “dar énfasis al desarrollo de las habilidades intelectuales para comprender la naturaleza –y así hacer avanzar la ciencia–, en el mejor interés de la gente común”.
Y para todos nosotros ésta puede ser ahora la enseñanza fundamental que nos deja nuestra científica, y que es, con todo, el ideal de aquella lejana y ya no tan opaca época de nuestro hispano Renacimiento: atrevernos a pensar y, haciendo uso de esta facultad, buscar mejores remedios para el género humano y el mundo en el que habita.

 

Para el lector interesado
Biedma, J. (1999). “Doña Oliva Sabuco”. Cuaderno de Bitácora del Club Amigos Kronos, 2151, Jueves 25 de noviembre. Disponible en línea: josebiedma@interbook.net.
Biedma, J. (s/f). Doña Oliva Sabuco de Nantes (Estudio y antología de Florentino M. Torner), vol. 1.Madrid: Aguilar (Col. Biblioteca de la Cultura Española), p. 139. Disponible en línea: http://www.cibernous.com/autores/biedma/teoria/filrenac/sabuco.html.
Maceiras F., M. (2000). “Pensamiento español en el siglo XVI”. En M. Maceiras F., J. L. Abellán, A. Fernández S., A. Jiménez G., L. Jiménez M., R. Mandado G. y A. C. Sánchez C. (Eds.): Pensamiento filosófico español, vol. I (pp. 239- 255). Madrid: Síntesis.

 

1 Francis Glisson determinó los fundamentos para el conocimiento moderno de la anatomía del hígado, describió el raquitismo y fue el primero en demostrar la contracción muscular ocasionada por el ejercicio. Thomas Willis investigó la anatomía del cerebro y del sistema nervioso.