EDITORIAL
Hace algunas semanas, por no tener nada mejor que hacer, quien escribe estos renglones se dio a la tarea de llevar a
cabo una brevísima y nada ambiciosa encuesta entre estudiantes
de nivel preparatorio sobre sus conocimientos científicos. Sólo tres
preguntas contenía ese cuestionario pergeñado sobre las rodillas: “¿Qué es una molécula?”, “¿A qué distancia está la Tierra del
Sol?” y “¿Qué es un cromosoma?”. Sólo formulamos esas preguntas
a doce jóvenes, de los cuales sólo dos pudieron responder
aproximadamente la segunda y ninguno las otras.
Y es que vivimos hoy en un mundo en el que impera la incultura
científica. Las librerías se llenan de cientos o miles de
volúmenes de toda laya cuyo contenido es una perspectiva tergiversada
de lo que la ciencia es, y los anaqueles se cubren de
títulos de la llamada “pseudociencia”, cuando no de verdaderas
falsificaciones, los que son devorados por una masa creciente de
lectores, que no encuentran en la preparación escolar los elementos
que les permitan juzgarlos. En efecto, el escaso conocimiento
de la ciencia, incluso en personas inteligentes y con una cultura
aceptable, es uno de los problemas más críticos e irritantes que
enfrenta nuestra sociedad.
En el prefacio de un viejo y ya inaccesible libro, su autora se
lamentaba de la creciente brecha entre lo pasmoso de los logros
de la ciencia actual y la absoluta dificultad para comprenderla o
percibir sus implicaciones en nuestra vida cotidiana por la mayor
parte de la población. Y este es, como decimos antes, un problema
cada vez más agudo, de modo que nuestra concepción del
mundo que vivimos está absolutamente divorciada de la realidad.
Porque, ¿cómo entender el mundo sobre bases falsas?
Es ya lamentable la preparación de nuestros estudiantes en
este fundamental campo de la actividad humana, razón por la cual
no debe extrañar que en las olimpíadas culturales y científicas ocupen
los últimos lugares. Hace unos meses se proporcionaron
datos que hablaban de la paupérrima preparación matemática de
los jóvenes del nivel secundario; pero esa deficiencia no se aprecia
solamente ahí sino en prácticamente todas las demás disciplinas
que tienen que ver con el quehacer científico.
Afirma Louise B. Young: “Es un hecho interesante que […] que
la mayor parte de los hombres cultos de hoy sepan menos sobre
las tres leyes newtonianas del movimiento que sus contrapartes de
hace dos siglos, no obstante que dichos principios son el fundamento
de la era espacial”. Y es que en el siglo XVIII la mayoría de
los hombres educados sabían bastante de la ciencia de sus días.
“La mecánica newtoniana –prosigue la autora– era discutida por
los poetas, artistas y filósofos, así como por los propios científicos”.
En efecto, los grandes maestros escribían buenos libros para
los legos; se ofrecían cursos y demostraciones, y el interés por la
ciencia absorbía incluso a las damas de la corte. “Pero hoy –concluye–,
desalentados por el tamaño y la dificultad con la que se
presentan [los resultados de la actividad científica], muchos ciudadanos
inteligentes han perdido todo interés. Después de
esforzarse sin medida en cualquier curso universitario, se sienten
felices de cerrar el libro y alejar estos asuntos de sus mentes”.
No podemos dejar de citar en extenso, por interesante, lo que
la citada autora señala: “Nuestra preocupación es una preocupación
por la democracia misma porque la falta de comprensión
de la ciencia hace surgir de manera dramática numerosas y perturbadoras
cuestiones. Implica el asunto de la relación apropiada
entre legos y expertos; nos impele a considerar lo adecuado del
proceso de toma de decisiones en una sociedad libre; nos coloca
ante el reto de justificar, en términos de las demandas del mundo
moderno, el derecho básico de los ciudadanos a gobernarse a sí
mismos. En el pasado, este derecho operaba por la convicción de
que los hombres bien informados y capaces podían obtenerlo;
que los ciudadanos pueden comprender los problemas, evaluar
las opiniones en conflicto y tomar decisiones inteligentes en
cuestión de políticas públicas”. Hoy, cuando las políticas públicas
se han entremezclado con la ciencia cada vez más (petróleo,
comunicaciones, etc.), a menos que los legos tengan una apropiada
comprensión de la naturaleza de la ciencia y de los límites
de la especialización científica, no podrán entender tales políticas,
y no podrán tampoco hacer juicios sólidos sobre ellas.
Si la difusión del conocimiento logra evidentemente el avance
de la ciencia, su divulgación –esto es, su dispersión a todas las
capas sociales y no sólo la de los especialistas– creará una mejor
conciencia de su importancia y fortalecerá la cultura. Desde estas
páginas hacemos la tarea para ese propósito.