Editorial
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      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      La velocidad de la vida
   
       
       
       
       
       
       
     
       
     
       
 
     

La velocidad de la vida

Heriberto G. Contreras Garibay

Vivimos en un mundo cada vez más apresurado, en el que la lucha contra el reloj es constante. Nos rodeamos de una serie de dispositivos encargados de medir nuestro andar, y pretendemos ganar minutos y segundos a través del aumento de la velocidad.
Cuando el hombre desarrolló la rueda, el mundo se transformó; se erigió como la invención capital en la historia técnica de la humanidad; sin embargo, ha resultado imposible para los historiadores determinar cuál fue la idea que sentó las bases para su invención. Muy probablemente sus orígenes partan de la observación directa y el mimetismo de la naturaleza. La rueda, sin duda, aceleró la vida de los seres humanos hasta llegar a los niveles que hoy conocemos, al menos sobre la superficie terrestre.
El hombre ha sido capaz de alcanzar velocidades difíciles de imaginar, pero de forma artificial, o sea, gracias al uso de máquinas e implementos tecnológicos.
Hasta este momento, la máxima velocidad que hemos alcanzado es la de la nave X-43A, que alcanza una velocidad match 7, que significa siete veces la velocidad del sonido (331 metros por segundo); así que esta nave vuela a 2,317 metros por segundo; en otras palabras, avanza más de dos kilómetros en solamente un segundo.
Un ser humano normal camina a una velocidad promedio de tres kilómetros por hora. Hasta el momento de pergeñar este artículo, el hombre más veloz sobre la faz de la tierra era el jamaiquino Asafa Powell, quien batió el récord del mundo de los 100 metros planos con un tiempo de 9.77 segundos; tal hazaña la logró durante una reunión atlética en el estadio olímpico de Atenas, la capital griega. Dicho de otra manera, Powell corre a unos 97 kilómetros por hora, pero, claro, sólo durante un trayecto de cien metros.

El hombre, viéndolo como una de las especies animales de este planeta, no es el más veloz. Hasta el momento, el animal que alcanza la mayor de las velocidades en tierra firme es el guepardo o chita, que es capaz de correr a 120 kilómetros por hora; pese a ello, sólo puede mantener esa velocidad en distancias cortas. Si hablamos entonces de mantener una velocidad constante por lapsos mayores, encontramos a la gacela de Mongolia, animal que puede mantenerse corriendo a 100 kilómetros por hora durante mucho tiempo. El berrendo es un fuerte aspirante al podium de los ganadores en materia de velocidad, ya que despliega una velocidad de 97 kilómetros por hora.
A partir de este punto, encontramos un grupo de destacados corredores terrestres que no podríamos dejar de nombrar. La liebre de las planicies americanas, en las que se incluye a las zonas semidesérticas de Chihuahua y Coahuila, surca esas extensiones de tierra a 72 kilómetros por hora.
Un caballo pura sangre de carreras alcanza 70 kilómetros por hora en el punto culminante de la contienda, que se ubica precisamente unos cuantos metros antes de la meta.
En las planicies africanas, las cebras preservan su vida gracias a su velocidad, ya que huyen de sus depredadores a 64 kilómetros por hora. Estos mamíferos son emulados en cuanto a velocidad se refiere por el ave más grande de la tierra: el avestruz, que corre también a 64 kilómetros. En el
mismo rango de los 64 kilómetros por hora hallamos en diferentes latitudes al zorro de los desiertos americanos; por su parte, en Australia, el canguro alcanza esa misma velocidad entre salto y salto.
El león africano corre a 58 kilómetros por hora; un gato doméstico puede desplazarse a 48, y un elefante alcanza los 40. Si estas marcas parecen difíciles de batir, hay que explorar otros ecosistemas o ambientes, como el agua o el aire. En el agua, el animal más veloz es el pez aguja, capaz de nadar a 100 kilómetros por hora;no obstante, enfrenta una situación parecida a la del guepardo en tierra firme, toda vez que únicamente puede mantener esa velocidad por poco tiempo. En el mismo rango se encuentra el atún, especie que regularmente nada en los océanos a 70 kilómetros por hora, pero cuando un depredador lo persigue puede alcanzar los 110 kilómetros, superando así al pez aguja.
Destaca un pez en particular por su dualidad en materia de velocidad: el pez volador. El género Exocoetus de esta especie nada a unos 80 kilómetros por hora, aunque sale del agua para capturar insectos y otros organismos que flotan en el aire. Se han registrado al momento de su despegue del agua velocidades de hasta 600 kilómetros, por increíble que parezca, aunque, claro, la oposición de las moléculas del aire comparadas con las del agua es mucho menor.
El aire es, sin duda, el ambiente en donde se registran las velocidades más altas. Hasta el momento, se cuenta con registros de dos aves cuyos vuelos son los más veloces: el halcón peregrino y el vencejo. Ambos cruzan los cielos a velocidades de 160 kilómetros por hora, por lo que se les considera como los animales más veloces del planeta, además que pueden cubrir grandes distancias. El rabitojo mongol, un ave emparentada con las golondrinas, supera por su parte los 170 kilómetros por hora durante los periodos en los que busca alimento.
Aun así, la mayor de las velocidades desplegadas está en poder del propio halcón peregrino, pues alcanza los 300 kilómetros por hora en el vuelo en picada que emprende para cazar a sus presas.
Pero entre los voladores también debemos considerar a algunos insectos. No obstante, habrá que tomar en cuenta que, en virtud de su tamaño, estos seres vuelan de manera proporcional a sus requerimientos. El insecto que vuela más rápido es el tábano, que alcanza la velocidad de 145 kilómetros por hora, seguido de la libélula australiana, que llega a los 90 kilómetros.
Es indudable que los seres vivos que mencionamos antes se mueven a grandes velocidades sobre la superficie de un planeta de suyo muy veloz que recorre unos dos mil kilómetros por hora diariamente cuando rota, dando así origen al día y la noche. Por supuesto, esta velocidad se registra en el ecuador, o paralelo cero, que es el de mayor longitud. Por si fuera poco, la Tierra realiza su movimiento de traslación a una velocidad promedio de ¡108 mil kilómetros por hora! Y aunque existen infinidad de datos que podríamos citar en materia de velocidad, como la de determinadas reacciones químicas,
ciertos fenómenos físicos o algunas funciones biológicas, este panorama nos ofrece un pequeño atisbo de la velocidad con la que la vida en el planeta se desarrolla.