Editorial
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Un breve análisis del método científico

José Repiso Moyano

Francis Bacon y el comienzo del método científico

Durante la Edad Media todo tipo de conocimiento y de creación artística había estado sometido a la educación escolástica, promovida principalmente desde los monasterios, hasta la creación de las primeras universidades en el Renacimiento por la sociedad burguesa ante el fortalecimiento de las ciudades; sin embargo, éstas surgieron con la protección y el control estatal y con una supervisión constante y fuerte censura de las autoridades eclesiásticas. Por ello, la cultura renacentista supuso un verdadero reto humanístico para emancipar a la ciencia de lo estrictamente teológico, de lo establecido con atavismos de la manera geocéntrica, incontestable o irracional.
Aunque fue difícil instaurarle a la cultura el carácter antropocéntrico que pretendía el Renacimiento, algunos factores posteriores -entre los siglos XV y XVI- lo favorecieron: el mecenazgo intelectual de una burguesía enriquecida, cada vez más sólida e independiente, la crisis religiosa provocada por el protestantismo y el cambio de un poder político desde una monarquía sumisa al clero e inestable hacia otro estabilizador de naciones que simpatizaba más con la clase enriquecida de la burguesía que con la decadente clase religiosa, no poco reacia al progreso del pueblo. Con la monarquía absoluta se establece una burocracia que sí presiona, porque tal monarquía en ese momento se interesa más por organizar lo externo, pues ha dejado de tener una conexión directa sólo con la divinidad y con el Papa, y, además, la burguesía recibe protección mediante el sistema económico implantado del "mercantilismo "; por lo menos estas diversas vías de representar al pueblo le favorecieron para que, luego, en el siglo XVIII, se enfrentase   directamente, mediante la Ilustración y el racionalismo científico, a este modelo político en el cual ocurrieron, sin embargo, casi todas las revoluciones industriales.
Francis Bacon (Londres, 1561-1626) fue, como político, miembro del Parlamento y consejero de Isabel I, y después canciller de Jaime I; como filósofo, presentó un plan de reformas para las ciencias en el que primordialmente sustituyó el método de conocimiento escolástico por uno más racional y experimental con el fin de que fuera útil o pragmático para el progreso de la sociedad. Este método lo desarrolla   en su obra Novum Organum (1620), segunda parte de su Instauratio Magna, y ello significó un preámbulo -e inevitablemente una influencia- al Discurso del método (1637) de Descartes.
Bacon fue sin duda el primero en distinguir entre investigación científica y razonamiento lógico. Para él, no basta con generalizar   una probabilidad o un hecho probable como verdad (inductivamente), sino que es necesaria la formulación de las hipótesis básicas, de todas las posibles, para posteriormente deducir a partir de ellas unos resultados que se contrastarán con la experiencia: un método hipotético deductivo por eliminación de lo que no es válido al contrastarlo con la experiencia. Así, en efecto, como separando el grano de la paja, se llega a los datos relevantes para resolver un problema; pero siempre ha de ser por el sistema de que, para ser verdadera una hipótesis X ante unas circunstancias determinadas, deben producirse ciertos sucesos observables.
Este método se utiliza hoy en día en la ciencia experimental, pero entraña la desventaja o el inconveniente de que el enunciado podría ser demasiado ambicioso o alejado de la realidad para ser contrastado, y eso hace que algunas hipótesis se queden instaladas durante un largo tiempo como conocimientos provisionales que, si se tienen en exceso en cuenta, pueden confundir o invalidar otras hipótesis. Ahora bien, aun así, tal obstáculo no puede evitarse en cualquier investigación, e incluso es ya característico o propio del mismo proceso investigador.
Bacon también hizo una sugerente clasificación de los conocimientos según tres facultades: memoria (conocimientos históricos), imaginación (arte y poesía) y razón (ciencia y filosofía). Pero enfrente de estos conocimientos, para él los seres humanos se encuentran condicionados por cuatro factores: ambiente, naturaleza humana, lenguaje y escuela. Ante esto, claro, si cualquiera piensa un poco, se dará cuenta de que es o aporta lo mismo a lo que, siglos más tarde, hiciera Ortega y Gasset con ese "Yo soy yo y mis circunstancias" (donde la naturaleza humana y el lenguaje corresponderían al "yo" y el ambiente y la escuela a las "circunstancias"); por ende, la originalidad de tal pensamiento o aportación pertenece, con justicia, a Bacon.
Por último, sus Ensayos forjaron una prosa concisa, incisiva e impersonal sobre unos aspectos muy diferentes de la sociedad de su época, lo que contribuyó a vivificar este género, ahora con una posición más crítica u objetiva que, conforme iba pasando el tiempo, influyó en los racionalistas y los enciclopedistas.

Los métodos inductivo y deductivo

Si una persona observa, esa acción le "induce" a sacar una conclusión con el fin de determinar que tal hecho está condicionado por una causa (principio de causalidad), siempre y cuando se observen varios hechos para contrastar y "deducir" aquélla. Pero supongamos, por el contrario, que a esa persona le bastara la inducción; entonces, tras la observación de sólo un grupo aislado de niños y de cerciorarse de que todos tienen fiebre, afirmaría: "Padecen la misma enfermedad por habérseles verificado una alteración de sus mecanismos reguladores del calor dadas sus temperaturas corporales en aumento". Así, si esa persona observara sólo la aceleración gravitatoria terrestre, se confundiría de igual forma pues sólo cuenta con un resultado o una "ley" para achacárselo todo a ella. Es la inducción directa sin más el obtener por la fuerza de un hecho -por la vía tendenciosa del pensamiento con su conocimiento atávico- la "ley" que lo rige1.
Ahora bien, el método deductivo incorpora a la ciencia algo muy importante: «Si esta "ley" que tengo "entre las manos" es así, debe cumplirse siempre en otros casos en las mismas circunstancias o condiciones que se le determinaron», por lo que esa "ley" ya no es considerada como tal -como algo definitivo- sino como una "hipótesis" de la cual partir, con lo que la deducción le hace una trampa al pensamiento o le da una existencia estricta: «No va a ser concluyente -"ley"- lo primero que tú digas, sino que será concluyente eso a lo que la realidad te lleve. Tu hipótesis -que ahora no es "ley"-, para ser característica de la realidad, tendrá que demostrarse». De aquí, el argumento válido no es el librado ex conceso por un hecho en concreto; no, el válido será el per impossibile que le puedan imponer otros o todos los posibles. Y también de aquí que el axioma no será la primera observación o la primera deliberación sobre lo que aparece -o es aparente- del pensamiento; es decir, no será veraz la inducción que provoque un hecho, sino más bien que lo inducido es un dato sólo relevante conforme se vaya contrastando con y ante la realidad.
Según este preliminar, en el método deductivo cualquier resultado de un reducido número de hechos parte como hipótesis2, como dato o conocimiento que ha de ser coherente en un proceso de cotejo y análisis para conseguir un resultado amplio y constante desde la realidad: "Toda persona ha de alimentarse", por ejemplo. Sí, eso está claro, pero, ¿a qué principios debe ceñirse el método deductivo?
Hasta hoy han sido válidos los que propugnó Leibniz: el principio de no contradicción en todos los casos, y, además, el principio de razón suficiente si se trata de lo actual, de lo de ahora, de lo evidente.
El principio-base, el de no contradicción, es en el fondo una tautología -una expresión recurrente- que estructura fórmulas lógicas (el silogismo, por ejemplo), pero que se sustenta siempre en el principio de identidad.
El principio de identidad ya fue implícitamente utilizado por Tales de Mileto -padre de la ciencia- y reafirmado en la lógica aristotélica; no obstante, sufrió críticas por parte de Heráclito y más tarde de Hegel (según éste, la realidad es "sucesión", no negación), pues, habiendo permanecido como "principio estático", ¿cómo salva su contradicción en una realidad que se renueva, que fluye como la mayoría entiende? Con eso: A es igual a A porque simbólicamente es así; sin embargo "Yo" no puedo ser igual a "Yo" porque, al margen de lo simbólico, debería de existir una realidad -en lo "actual"- que represente a ambos. "Yo" es igual a "Yo" siempre y cuando el "Yo referenciado" sea igual al "Yo igualado", lo que es algo imposible. Pero el símbolo es repetitivo y lo hace posible (es el único que puede igualar "así"); pero no en cualquier realidad puesto que, aunque nunca se niega ella misma -por el principio de conservación de la energía o de continuidad- ni nosotros podemos negar que exista, progrese, evolucione. Luego entonces, no le sirven los símbolos, a no ser que hubiera alguien que demostrase lo contrario. Pues bien, será algo que yo, para finalizar este ensayo, intentaré a continuación:
El principio de identidad es una estructura lingüística (de símbolos lingüísticos) mal construida que, siendo tal como es, no logrará unos principios reales, sino sólo simbólicos, si es que hay uno u otro sucedáneo que lo permita, que supere eficazmente el obstáculo predicho. Sustituyamos así la finalidad de la acción del principio por otra que trate siempre de la realidad, que no trate sino de ser real: "Todo símbolo corresponde a todo lo que sea propio de él" (principio de propiedad).
En símbolos matemáticos: A = Ap, en donde Ap es propio de A, es decir, A corresponde a todo lo que sea "propio de A", y A es igual a lo que le sea propio. Entonces, "Yo" es igual a su misma propiedad; "Yo" es siempre igual a lo que sea "propio de Y o" ("Yop"). Por que coherentemente las cosas no se rigen por la igualdad, no son iguales a principios, sino que actúan por principios, y éstos no les transfieren igualdad; sino directa y esencialmente propiedades, modos por los cuales actúan: son "acción"; por lo que el principio de identidad nunca podrá existir más allá de lo simbólico o de lo imaginativo.
Ahora bien, con el aportado principio de propiedad sí existe una realidad en lo que se dice y que no contraviene al principio de no contradicción ni a ningún otro principio: Algo es capaz de ser propio de otro algo al estar instalado no en lo estático sino en cualquier momento presente desde que va progresando. Un ser humano hoy es igual a lo que le es propio, y mañana será también igual a lo que le sea propio.
La ciencia no iguala, lo que hace es dar o reconocer los elementos propios a algo: los que le pertenecen, una vez halladas o encontradas sus características y capacidades de acción.
Por supuesto, si se quiere, puede ser trasladado tal principio a una fórmula física:
Energía de A = mA . (c2) + mp . (c2), siendo A un cuerpo cualquiera y mA su masa -de una media-constante durante un intervalo de tiempo o "inicial"- y mp su masa potencialmente variable, siempre y cuando sus propiedades no sean totalmente variadas o transformadas.

Una precisión

La inducción es una evidencia de la experiencia y se asume más o menos según una conciencia; en cambio, la deducción ya es una aplicación plenamente racional, una aplicación intelectiva "con total voluntad" ante los elementos inductivos que se han reunido para deducir algo.
Si se entiende, dados unos elementos inductivos, se deduce una cosa; dados otros elementos inductivos, otra cosa.
Estas variadas o diferentes deducciones son hipótesis que se realizan hasta agotar todos los elementos inductivos posibles (de ahí que se hable del método "hipotético-deductivo"); por lo tanto, son los elementos inductivos en su calidad y en su cantidad los que garantizan la demostración científica.
Por ejemplo: la música en una discoteca induce a bailar y, luego, a deducir que es una causa de los estados anímicos del ser humano; en otro ámbito, el leer poesía, o sea, el sentir su música o su ritmo, induce a visualizar   armonía y belleza, por lo que se deduce que es causante de la creación de belleza. Pues bien, todos los diferentes elementos inductivos brindarán una deducción general o una coherente deducción general que no ha podido prescindir de los elementos inductivos que, cuanto más sean, más será el nivel de veracidad que dará la deducción general.
En resumen, no existe una veracidad científica (aunque se afirme que sí) si se censuran aportaciones o si las deducciones se cierran ante una contra argumentación o ante una complementariedad.

 

1 Interesantes fueron las aportaciones al respecto de Jules Lachelier (1832-1918), en su Fundamento de la inducción, o de Stuart Mill (1806-1873) en Lógica deductiva e inductiva.
2 Fue Francis Bacon quien clarificó el método hipotético-deductivo.