EDITORIAL
Siempre he considerado que, si queremos comprender un suceso, debemos empezar por conocer dónde y cuándo
ocurrió. Por ejemplo, si desconocemos la geografía de nuestro
país, y, peor aún, si ignoramos la fecha en que sucedió, no
podremos jamás tener una idea mínima de lo que fue la Revolución
Mexicana.
De igual modo, para entender el mundo en que vivimos hoy es
necesario tener alguna idea, por remota que sea, de lo que son la
ciencia y la tecnología. Vivimos inmersos en un mundo que nos
será incomprensible si desconocemos cómo funcionan las cosas,
la forma en que se inventaron o descubrieron, las personas que lo
hicieron, las condiciones imperantes entonces y demás. Van
algunos ejemplos.
El gato de mi vecino comenzó a padecer una inflamación en la
pata posterior. Era una inflamación considerable, y en el centro de
esa zona había una especie de furúnculo. Su suegra dictaminó sin
más: “Es un nervio que se jaló con los colmillos y que se le enredó.
Eso es”. Inútil fue hacerle ver que tal cosa era imposible –hasta
donde sé– y que seguramente todo se debía a una simple infección
dérmica.
Mi tía Concha, por su parte, me coloca un gran vaso de agua
cada vez que me invita a comer, y me indica sabihonda que debo
tomar mucha agua “para que se me laven los riñones”. O Donaciano
el conserje, que supone que los alambres están llenos de luz
en su interior, y que el apagador obra simplemente de llave que, al
abrirse, permite que los focos la reciban y así alumbren.
Si se hiciera una somera encuesta entre los ciudadanos en la
que se les preguntara cómo funciona un horno de microondas,
por qué vuelan los aviones sin importar su tamaño, cuándo se
descubrió la penicilina o cómo es que la televisión se prende o se
apaga mediante el control remoto, casi con seguridad reprobaríamos
todos, quizá con la honrosa excepción del lector que
tiene en su manos esta revista. Y es que poco o nada sabemos de
ciencia y tecnología –a no ser quienes están específicamente consagrados
a ellas–, y consecuentemente tenemos una visión del
mundo bastante extraña, tan extraña como la de quien todo lo
ignora sobre la historia y la geografía.
¿Qué sabe Esther, la ayudante de mi cuñado, respecto de las
razones de que se mueva el auto que a veces conduce? ¿Sabrá
algo de distribuidores, cigüeñales o amortiguadores? Si nada sabe
nada de eso, o al menos lo intuye, ¿no tendrá una perspectiva
mágica de lo que es un coche?
No es posible –y ni siquiera deseable– que todo el mundo sea
un científico, pero la revolución en este campo que se ve hoy día
es la mayor influencia que tenemos en nuestras vidas, y debiéramos
al menos estar conscientes de la extensión en que las
moldea. Véase el itinerario de algún posible lector:
Después de ver un rato los programas televisivos matutinos –los que ha cambiado una y otra vez gracias a su control remoto–,
se levanta a prepararse un café calentando agua en el horno de
microondas; se baña utilizando el champú con ingrediente FHP que
evita que el pelo se le caiga más de la cuenta; se pone un desodorante
que altera el pH de tal modo que no olerá mal durante
todo el día; se pone una camisa o un vestido que utiliza velcro en
lugar de botones; se dirige al trabajo utilizando el auto que para
arrancar emplea una computadora; al llegar, enciende otra más y
contesta algunas llamadas telefónicas; lee los mensajes que
recibió por el correo electrónico; prende algún aparato de discos
compactos para que la música le alegre el día, así como el ventilador
eléctrico de ochenta velocidades; le habla a un proveedor
por el teléfono celular, y un largo etcétera.
Hasta hace veinte años escasos –según dijimos en algún editorial
pasado–, nada había en nuestra vida cotidiana de hornos de
microondas, teléfonos celulares, aparatos de discos compactos,
DVD, walkman, televisores de color (los que había eran pésimos),
controles remotos, computadoras personales y toda su parafernalia,
entre muchísimas cosas más, por no hablar de los inventos y
descubrimientos que surgen día a día en las áreas especializadas
de las ciencias. La revolución de estos últimos decenios nos ha
dejado atrás en la comprensión de tales milagros.
Pues bien, este número de La Ciencia y el Hombre, como
todos los anteriores, nos proporciona una panorámica de tales
avances, así como de hallazgos recientes en las áreas del
conocimiento tradicionales. Ojalá que el lector ojee sus páginas
con interés.