Sobre el impacto
energético: reflexiones
para la sostenibilidad
Fernando N. Winfield Reyes
Después de las catástrofes sucedidas a finales de 2004 en
Asia y África, hay motivos suficientes de alarma: se trata
de señales que habían sido anticipadas de algún modo
aunque no previstas en toda la magnitud de sus devastadores
efectos, sobre todo cuando se trata de zonas con asentamientos
humanos. En esta ocasión hemos sido partícipes de una tragedia
gracias a la inmediatez propia de los medios masivos de comunicación
en los inicios de este siglo XXI. No sabemos si la próxima
vez nos tocará a nosotros ni dónde estaremos en este mundo,
donde los eventos son cada vez más difundidos y por ende menos
ajenos. El futuro, con su carga de inseguridad e incertidumbre,
habrá que ser interiorizado a partir de planteamientos cada vez
menos lejanos a una actitud de extrañeza. Aunque mucho es lo
que se ha avanzado en la investigación, las fronteras de lo
desconocido siguen siendo inconmensurables. Puede que no sea
remoto el día en que caiga nieve en Coatzacoalcos, ni tampoco sea
exótica la consideración de que, debido al calentamiento global y a
la elevación del niveles de los mares, las costas de algunos de los
países ubicados en el norte de Europa acaben por sumarse a la
región mediterránea por la recomposición de climas y geografías.
Como nos lo informan innumerables reportes y estudios
científicos –cuya difusión parece urgente ahora y son motivo del
interés de la opinión pública y de los medios–, se trata sin lugar a
dudas de la combinación de ciertos efectos naturales cíclicos cuyo
creciente potencial destructivo se relaciona con el crecimiento
urbano y el poblamiento de áreas que se hallan en condiciones de
riesgo y vulnerabilidad. Al tratarse de un fenómeno de variadas dimensiones, es probable que uno de los efectos
positivos de esa catástrofe anime a individuos,
sociedad, gobiernos y organizaciones internacionales
a plantear las necesarias consideraciones
sobre las tendencias de desarrollo,
organización espacial, producción y consumo
desde un nuevo paradigma o conciencia existencial.
Aunque nos alarmemos, los desastres son
ahora parte de nuestra cotidianeidad y de nuestra
crisis permanente. Si bien estas mismas líneas
discursivas ya se han venido planteando en las últimas décadas con otros términos y con otra
agenda, se hace necesario replantear su urgencia;
a pesar de los pronunciamientos unánimes,
implican tiempos y compromisos diferenciales.
La mercadotecnia ambiental ha encontrado
un modo en la reinvención. Es probable
que el capitalismo logre reinventarse o hacerse
más atractivo, por lo menos para seguir siendo
exitoso en sus propios términos. En efecto, se
tiene que reinventar a fondo, est ructural y
estratégicamente, y no sólo como un ingenioso
aparato que redirecciona sus procesos e ingeniería
a través de la mercadotecnia o la propaganda.
En tal contexto, puede preverse el desarrollo
de renovadas tradiciones ideológicas o
de un consumo informado sobre la base de viejas
ideas cuya sabiduría está a la espera de ser
redescubierta. Podemos leer en los periódicos
del nuevo orden global mensajes como el
siguiente: “El clima cambia. Creer que puede
conducir al desastre es el primer paso para asegurarnos
de que no suceda”. Observamos la
dureza de los números e indicadores, y en ocasiones
es difícil ligarlos a nuestra vida cotidiana. Seguimos con interés y hasta cierto punto
incredulidad o escepticismo los esfuerzos gubernamentales
emprendidos con más urgencia que
convencimiento o determinación, sólo para concluir –así sea de un modo confuso– que son también
nuestro problema y no sólo el de ellos.
Por fin mucha gente está de acuerdo. Lo
creamos o no en sus detalladas explicaciones,
una de las principales causas asociadas a la crisis
ambiental y su radical incremento son las emisiones
de gases a la atmósfera. Sin embargo,
aunque se dispone de la tecnología para reducir
las emisiones de carbono, dicha tecnología no
está al alcance de todas las industrias ni su uso
puede incorporarse con la misma velocidad en
todas las naciones, sean clasificadas como
desarrolladas o en vías de desarrollo por los
organismos internacionales.
Esto plantea la urgencia de disponer de
políticas de desarrollo ambiental y de incentivos
para que las empresas e industrias que en varios
países altamente industrializados producen alrededor de la mitad de las emisiones de carbono a la atmósfera,
obtengan beneficios al aplicar las nuevas tecnologías que las eliminen,
pues son emisiones que, a final de cuentas –ya sea que se
encuentre su relación directa con el ambiente o que no se acepten
sus riesgos–, acaban por afectarlo todo.
Desde luego que la inversión energética tiene que ser
rentable, aunque en su desarrollo histórico reciente no necesariamente
se han reconocido con claridad conceptos nacionales tales
como la soberanía o el derecho. La inversión energética no sólo
debe traducirse en su rendimiento operativo, en las ganancias generadas
o en su viabilidad financiera en el corto plazo, sino, ante
todo, en su sostenibilidad en el mediano y largo plazo. Y aquí es
donde algo parece despertar sospechas, sin importar qué tanto
nuestras concepciones pueden ser excesivamente simplistas o
abrumadoramente optimistas.
Participamos con los ojos abiertos o con los ojos cerrados
en un complejo sistema de intercambios, voluntades y actos,
como uno de los rasgos que definen la vida. Más allá de que se
sepa el modo en el que opera la producción en un sistema capitalista,
cuyos valores temporales y cuya visión del mundo tienden a
constituirse en una visión hegemónica, probablemente sea una
buena idea y un deber de supervivencia indagar nuestra relación
con la complejidad del mundo y sus instituciones, procesos y
dinámica. Esto no implica el conformismo, ni mucho menos el
respaldo a ultranza, en el ejercicio de la esfera política a todas las
escalas, y especialmente, en aquella que constantemente consideramos
como la que menos nos afecta por su lejanía, aparente
inaccesibilidad o distanciamiento en la jerarquía de las decisiones,
sobre la que en un libro reciente, The New Imperialism, David
Harvey abunda aportando importantes conceptos acerca del
nuevo orden global.
Las imágenes de los desastres tienden a ser elocuentes y
a movilizar nuestros argumentos más efusivos en direcciones de
acción más o menos específicas. Es difícil permanecer indiferente
o simular que a uno no le toca un problema que se expresa en
nuestra condición contemporánea de una manera tan global como
inevitable. La fuerza destructora de tales desastres naturales se
manifiesta ante nuestras percepciones con una crueldad inédita,
como una condición histórica que nos aterra reconocer y que está
asociada a la existencia de una mayor densidad poblacional y al
crecimiento de los núcleos urbanos, aspectos cuya combinación en la desgracia se multiplica en ocasiones por la escasa cultura
sobre el manejo inmediato ante las catástrofes.
El problema con las imágenes es que pueden generar una
confianza excesiva y evitarnos la necesaria lectura y la reflexión
sobre la información; que acabemos por aceptar sin meditar un
poco todo lo que se nos dice; que la información sea un bien de
consumo más, asistida por los intereses de la ignorancia, y que
aceptemos dejar de lado la eficacia de la duda sistemática o el
análisis crítico basados por lo menos en el sentido común, la experiencia
empírica o las coordenadas de la razón. El problema de la
velocidad con la que accedemos a la información y la prontitud de
sus detalles puede no hacer relevante lo que constituye el sentido
básico, esencial para el entendimiento.
La catástrofe es también oportunidad. Una de las respuestas
a esta nueva condición planetaria plantea la reducción del consumo
energético, mientras que otras exploran las fuentes
alternativas de generación de energía, y otras más la movilización
de las compañías y de las industrias en torno a una conversión de
sus procesos productivos para que logren hacerse más
sostenibles sin comprometer sus ganancias.
Ante la negligencia de algunas de las grandes corporaciones
por reducir sus modos de operación y el rechazo de la ciudadanía
de los países más desarrollados para limitar y modificar
sustancialmente sus modos de vida y de consumo, la economía se
ha vuelto hacia la ciencia y la tecnología como instrumentos que
aseguren que el círculo de inversión y acumulación del capital no
decaiga y, en segundo lugar, que se amplíe la actuación ambiental.
Un modo de lograrlo –o más bien, un segmento que se ha considerado
como crucial antes que reducir la demanda y la oferta– es
el aseguramiento estratégico de fuentes energéticas para los próximos
años. Esta perspectiva ha sido reforzada a partir del supuesto
de las últimas dos guerras en el Oriente Medio emprendidas por
una coalición de países industrializados encabezados por Estados
Unidos.
Otra perspectiva ha sido la de animar un compromiso
mundial para alcanzar un orden global más equilibrado en términos
de la relación entre sociedad, economía y medio ambiente bajo la
noción de la sostenibilidad, donde, a través de diferentes estrategias
y agendas signadas por la mayoría de los países del mundo,
se busca alcanzar determinadas metas estratégicas a plazos diferenciados.
Desde esta perspectiva, un instrumento de observancia
(casi mundial) parece aportar las claves para regular los intentos de una sociedad global o planetaria para determinar
la condición de sostenibilidad: el Protocolo de
Kyoto, que, para la tranquilidad de las grandes
empresas, se ha mantenido en los medios y en la
información gubernamental e implica una transformación
progresiva de sus procesos sin que se
afecten sus ganancias de la noche a la mañana.
El Protocolo de Kioto
En virtud del Protocolo de Kioto, los gobiernos
suscritos se comprometen al acopio y suministro
de información sobre las emisiones de
gases de efecto invernadero, las políticas
nacionales específicas y la observancia de las
prácticas consideradas como óptimas. Deben
poner en marcha estrategias nacionales para
abordar el problema de las emisiones de gases
de efecto invernadero y adaptarse a los efectos
previstos, incluyendo la aceptación de mecanismos
de apoyo financiero y tecnológico, la
ampliación de la cooperación para prepararse,
la adaptación a los efectos del cambio climático
y el logro de las metas de reducción de las emisiones
previstas. El 16 de febrero de 2005 se llevó a cabo en
Japón un simposio y una transmisión global a
través del sistema de videoconferencia para
celebrar la obligatoriedad del inicio del
Protocolo de Kyoto, firmado en 1997. Este simposio
comenzó a las 19:30 horas en Japón, a
las 10:30 en Londres y a las 5:30 en Nueva
York. La videoconferencia, denominada “The
Relay of Messages”, comenzó dos y media
horas más tarde. Entre los conferencistas estuvieron
el Secretario General de las Naciones
Unidas, Kofi Annan, el Secretario Ejecutivo de la
Convención Marco de las Naciones Unidas
sobre el Cambio Climático (C M N U C C) , J o k e
Waller-Hunter, y la ganadora del Premio Nobel
Wangari Maathai. |
El impacto energético es central, como lo es la
solución que cada país o cada región instrumente
en el corto plazo para asegurar la generación de
energías que cumplan con las normas internacionales
de sostenibilidad y contribuyan a lograr los
parámetros establecidos en los compromisos
mundiales a largo plazo. Adicionalmente al estudio
de variadas alternativas para la generación y uso de
energía, es esencial un replanteamiento de los
hábitos de consumo y de los procesos de producción
para aproximarnos a la condición de sostenibilidad
planteada en estos días, en que se analizan
las implicaciones energéticas para mantener el ciclo
de la sociedad y de la economía en condiciones
estables, sin que se vean afectados la maquinaria
productiva ni el incremento que se pondera como
aceptable en la inversión y reproducción del capital.
Se revisan los acuerdos por cumplir, la disminución
en la generación de energía a través de procesos
con alto índice de emisiones, la puesta en marcha
de nuevas políticas de fomento al sector
energético, y la revaloración de energías que
parecían fuera de uso y que ya declinaban como
opciones viables por el riesgo de su manejo.
Se ha estudiado también el problema de la
generación de energía desde distintas e interesantes
escalas que nos invitan a revisar y pensar en este fenómeno desde perspectivas que constantemente parecen
modificarse y que nos introducen en la complejidad: de lo local a lo
global, de las aportaciones de lo individual a lo comunitario, y de lo
comunitario a la sociedad global. Es una conciencia cuya determinación
no debe limitarnos ni arredrarnos. Las áreas de bosque de
niebla en México son propiedad de toda la humanidad –por citar un
ejemplo–, y las catástrofes en cualquier punto del planeta forman ya
parte cotidiana de nuestra realidad intelectualmente más insular,
regionalmente global ante la desaparición de fronteras efectivas. El
tiempo y los procesos humanos están llamados al flujo, y las fronteras –sean sólidamente construidas o virtualmente dispuestas– están llamadas
a desaparecer. Este último enunciado puede incitar en
nosotros ansiedad, temor y desconfianza, pero entraña también
esperanza y fe en la herencia común de todos los pueblos y todas las
sociedades en la historia, en los avances del pensamiento, la creatividad,
la invención y la imaginación.
Una nueva conducta sobre el uso de la energía obliga a un
pensamiento más responsable y a redoblar esfuerzos. Desde luego,
esto no garantiza la recurrencia de eventos como el de las catástrofes
naturales y su incidencia en áreas pobladas o asociadas a la producción,
pero anima la posibilidad de que una actuación concertada
pueda limitar sus devastadores resultados.
Y es que, al parecer, nada ni nadie se salva. Eso es lo que
ahora está en el centro del debate. Es lo que se ha insistido con
urgencia cada vez más. Aunque insospechables son por cierto
nuestros límites humanos a la tolerancia, y grande siempre nuestra
resistencia al cambio.
Facultad de Arquitectura de la Universidad Veracruzana
Zona Universitaria s/n, 91000 Xalapa, Ver.
correo electrónico: carpediem33mx@yahoo.com.mx.
Para el lector interesado
Carbon Trust (2005). “Climate change. Believing it could lead to disaster is
the first step to making sure that it doesn´t”. Anuncio publicado en
la página 4 de la sección de negocios del periódico The
Independent on Sunday, domingo 13 de febrero.
Harvey, D (2005). The New Imperialism. Oxford: Oxford University Press.
Secretaría de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el
Cambio Cl imático (CMNUCC)/United Nat ions Framework
Convention on Climate Change (UNFCCC) (2004). Protocolo de
K y o t o. Disponible en línea: http://unfccc.int/portal_espanol/-
items/3094.php. (página consultada el 17 de febrero de 2005).