Alucinaciones de laboratorio
Heriberto G. Contreras Garibay
En estos tiempos en los que las vidas de
los seres humanos se encuentran
sumergidas en lo que las culturas occidentales
llaman “modernidad”, hay una gran cantidad
de elementos a los que recurrimos para
enfrentar este mundo. Con el paso de los años,
las civilizaciones han experimentado múltiples formas
de hacer llegar a la mente a otros lugares y
lograr separarla del cuerpo con el objetivo de “trascender”.
Meditación, cámaras aromáticas, aceites,
líquidos… son sólo algunos de los intentos por
conseguir estados de catarsis que hagan posible
experimentar nuevas sensaciones. Sin embargo,
desde el siglo pasado, gracias a la ciencia química –más concretamente la farmacéutica– se desarrollaron
sustancias que permitieron acceder de
forma sintética a nuevos estados mentales, pese
a lo cual los fines no fueron precisamente los originalmente
planteados.
Durante la Segunda Guerra Mundial, que
se desarrolló entre 1939 y 1945, los nazis, por
orden de Adolfo Hitler, desarrollaron uno de los
más refinados laboratorios farmacéuticos de la época, donde se probaron antibióticos, analgésicos
y un sinfín de drogas con distintos fines: sanar rápidamente
los padecimientos de los soldados alemanes,
evitar contagios de virus y bacterias propias
de los lugares que invadían, y obtener los más
poderosos analgésicos que calmaran los dolores.
Uno de estos fármacos que los nazis perfeccionaron
en sus laboratorios fue la escopolamina,
conocida como “suero de la verdad”, cuyos
orígenes se pueden ubicar no obstante en otras
latitudes.
En América del Sur (en Colombia, para ser
exactos), una leyenda narra que las tribus indígenas usaban la escopolamina para enterrar en vida
a sus esposas y a los esclavos de los caciques
difuntos para que los acompañaran en el más
allá. Además, a principios del siglo XX, las madres
empleaban esta droga, de propiedades sedantes
y amnésicas, cuando iban a dar a luz.
La escopolamina se obtiene de un árbol
nativo de Centroamérica denominado brugmansia
o belladona. Es tan famoso en el campo que
a menudo las madres advierten a sus hijos de no
quedarse dormidos bajo su follaje. En Colombia
se le conoce como cacao sabanero o borrachero.
De él se extrae una droga llamada
atropina, que tiene varios usos en la medicina
clásica. No hay una sustancia específica considerada
como burundanga; se ha denominado así
a cualquier hipnógeno capaz de controlar a las
posibles víctimas de delitos.
La escopolamina es un medicamento de
uso delicado y se emplea bajo prescripción
médica. Una vez que se introduce en el cuerpo,
provoca su máximo efecto entre una o dos horas
después, para después eliminarse lentamente. En
dosis muy altas causa convulsiones, depresión
severa, coma y aun la muerte.
Sin embargo, las juventudes de mediados
de los años sesenta comenzaron a utilizar la
escopolamina como una de las principales sustancias
alucinógenas, toda vez que se sabe que el
polen de sus flores blancas y amarillas puede invocar
sueños extraños y, sobre todo, alucinaciones.
La escopolamina y la atropina (hioscina)
son los alcaloides más abundantes en un grupo
de plantas llamadas como solanáceas, cuyas
especies comestibles más conocidas son el
tomate, la papa y el pimiento. Sin embargo, el
tomate no es la variedad que contiene mayor
número de alcaloides sino las del género Datura,
como el estramonio (Datura estramonium), el
beleño (Hyoscyamus niger), la belladona (Atropa
belladona) y otras plantas exóticas, como el
floripondio, el tabaco, la dulcamara o el toloache.
Se trata de un grupo farmacológico que ha rendido
enormes beneficios a la medicina con plantas que obran como
sedantes, midriáticos, antivertiginosos y antiespasmódicos y que
hoy en día prácticamente han desaparecido de la farmacopea. En
dosis pequeñas, los extractos secos de este grupo de plantas han
sido consumidos durante ceremonias o rituales mágicos por todas
las culturas del Mediterráneo, en donde estas plantas son endémicas,
considerándose que algunas mujeres utilizaban la belladona
para provocarse midriasis.
En ciertas culturas estuvo de moda intoxicarse hace algún
tiempo con agentes anticolinérgicos, aunque hoy prácticamente tal
moda parece haber desaparecido sin dejar rastro.
En busca de nuevas experiencias
A mediados del siglo XX, con el desarrollo en pleno de las investigaciones
farmacéuticas, surgieron gran cantidad de elementos que
rápidamente gozaron de gran popularidad entre los jóvenes,
quienes dejaban de lado sus funciones terapéuticas para tomarlas
como “diversión”.
Fue así como apareció el ácido lisérgico, que fue descubierto
por casualidad por el doctor Albert Hofmann el 2 de mayo
de 1938. El ácido lisérgico es un componente más entre muchos
del cornezuelo del centeno, pero ese día Hofmann le añadió un
grupo, la dietilamida, logrando de este modo, por semisíntesis, un
producto al que denominó en alemán lyserg-saure-Diethylamid, de
cuyas iniciales surgió el famoso LSD, al que se añadió el número 25
porque era el número del orden correspondiente a otros tantos
experimentos previos.
La droga fue utilizada por científicos y psiquiatras para sus
experimentos con enfermos esquizofrénicos, pero pasó al dominio
público rápidamente. Tres fueron las razones de este éxito: la
primera, su alta actividad, ya reseñada; la segunda, la facilidad
para disimular un líquido incoloro, inodoro e insípido, como son los
preparados de LSD, lo que hacía posible depositar algunas gotas
en terrones de azúcar, agua o papel secante, siendo prácticamente
indetectable; la tercera razón es la facilidad relativa de su
síntesis clandestina a partir del ácido lisérgico en laboratorios farmacéuticos.
La dietilamida del ácido lisérgico se comercializó
como especialidad farmacéutica a partir de
1947 bajo el nombre comercial de Delysid (LSD-2 5), en grajeas de 0.025 mg y ampolletas
bebibles de un centímetro cúbico, equivalente
a 0.1 mg, junto con un prospecto que aconsejaba
su uso básicamente en dos circunstancias:
para la relajación psíquica en la
psicoterapia analítica –en particular en las neurosis
de angustia y obsesivas–, y en experimentos
sobre la naturaleza de la psicosis.
Generalmente, las personas que toman
LSD ingieren otras drogas. Muy frecuentemente
el abuso de LSD está asociado con el uso de
anfetaminas, cocaína, marihuana y otros alucinógenos.
El abuso de LSD-2 5 se descubrió
por primera vez en Estados Unidos en 1959, cuando la policía comprobó que dicha droga
era utilizada por los miembros de una secta
religiosa de la ciudad de Seattle.
La acción del LSD comienza treinta minutos
después de la toma, alcanza su máximo al
cabo de una hora, llegando a durar unas cinco
horas; disminuye gradualmente en las ocho
horas siguientes, y sus efectos persisten
durante un periodo variable de tiempo.
Como todos los alucinógenos, el LSD
tiene diversas acciones. Entre los síntomas vegetativos,
se halla una simpaticotonía que
origina midriasis (dilatación de las pupilas), respiración
lenta, corazón palpitante o lento, hipo
o hipertensión, lagrimeo, sensación de calor o
frío, sudoración, opresión en la cabeza y en el
abdomen, náuseas, vómitos y piloerección (piel
de gallina).
La mayoría de las veces esos síntomas
ocurren antes de que aparezcan los síntomas
psíquicos propiamente dichos. Entre las alucinaciones
destacan las ópticas, que se ven influidas
por la emocionabilidad. Éstas van desde
las alucinaciones elementales simples (llamaradas,
chisporroteos, resplandores o torbellinos,
entre otros), una visión del mundo exterior
con variados y multicolores contornos y formas
sencillas que flotan libremente, hasta las composiciones
tremendamente ricas, delicadamente
distribuidas, con ornamentos de vistosos
color idos de naturaleza caleidoscópica.
Además de tales elementos formales, más o
menos abstractos, también puede haber escenas
figuradas con cuadros concretos (objetos,
animales, personas, seres de fábula, todos ellos
muy parecidos a los habituales del mundo de
los ensueños).
El LSD afecta generalmente al sistema
nervioso autónomo provocando una dilatación
de las pupilas, un aumento de la frecuencia cardiaca,
la elevación de la presión sistólica y
diastólica de la sangre de 10 a 20 ml de mercurio y un aumento de la concentración de glucosa en la sangre de
entre 10 y 20%. Todos estos fenómenos se deben a una estimulación
del sistema simpático. También puede exacerbar los
reflejos espinales.
Los efectos posteriores que se observan en algunas personas
incluso durante días son una conducta calmosa e introspección.
También se produce una resaca similar a la que causa
el alcohol, acompañada de cefaleas.
Contacto con “El ángel cósmico”
En 1959 se sintetizó en un laboratorio la fenciclidina (PCP), que
originalmente se empleó como anestésico en humanos y animales
a principios de la década de los sesenta, pero se abandonó
su uso en 1965 por la alta frecuencia de delirios,
comportamiento violento y alucinaciones que provocaba. No
obstante, en la medicina veterinaria continuó utilizándose hasta
1978, cuando por el abuso se retiró del mercado. En la década
de los setenta comenzó su uso como droga de abuso, inicialmente
en forma oral y posteriormente fumada o inyectada. Se le
conoce en las calles con el nombre de “polvo de ángel” o “polvo
cósmico”.
La PCP es un polvo cristalino, soluble en agua o en
alcohol, y también se le presenta como un líquido amarillento que puede solidificarse para preparar pastillas o cápsulas.
Tiene un sabor químico amargo muy distintivo. Esta droga se
fija a las neuronas de la corteza cerebral, y de ahí su efecto
alucinógeno.
Al llegar al cerebro, inhibe la captación de dopamina y
noradrenalina, produciendo un tipo de anestesia que deprime
los centros nerviosos responsables de que el organismo exper
imente dolor y “desconectando” el cerebro del resto del
cuerpo.
De hecho, bajo los efectos de la PCP una persona puede
observar una parte de su cuerpo sin darse cuenta que es suya.
Ello la lleva a provocarse daño, inclusive severo, sin percatarse
porque no percibe dolor. En los adolescentes puede alterar la
producción hormonal, entorpecer el crecimiento normal y perturbar
el proceso de aprendizaje. Hoy por hoy, se considera con
mucho la droga más peligrosa.
Esta droga suele utilizarse para adulterar otras drogas,
principalmente las que tienen efectos alucinógenos; puede ser
espolvoreada dentro de los cigarros de marihuana (killer joint).
En Estados Unidos la PCP es la segunda causa, seguida del
alcohol, de los ingresos a los servicios de urgencias hospitalarios
por intoxicación, seguramente porque al mezclársele con varias
otras sustancias ni siquiera sospechan los usuarios que la están
consumiendo.
La fenciclidina es muy adictiva, pero no se sabe si produce
dependencia física y tolerancia. Los usuarios “olvidan” que
han consumido la droga cuando ésta comienza a hacer efecto,
pero hay quienes la han empleado algunas veces y no vuelven a
hacerlo. Pese a ello, la adicción psicológica es muy alta entre
personas que padecen desórdenes mentales asociados a violencia,
quienes buscan sensaciones de fortaleza, poder e invulnerabilidad
durante sus ataques de enojo y furia.
Los primeros efectos ocurren entre dos y cinco minutos
después de fumar o inyectarse el fármaco y duran entre cuatro y
seis horas, aunque una persona no se siente normal sino hasta
uno o dos días después debido a que se elimina lentamente. Las
dosis bajas producen euforia acompañada de sedación, y los
síntomas físicos incluyen disminución de la presión arterial,
aumento de la frecuencia cardiaca y respi rator ia, entumecimiento,
fal ta de coordinación muscular y vér tigo.
Desafortunadamente, no existe un antídoto para contrarrestar
los efectos de esta droga.
El sueño de los setenta:
el “Special Calvin Klein”
En los años setenta apareció la ketamina, un
agente anestésico no volátil que se introdujo en
la práctica clínica. Hoy se utiliza frecuentemente
como agente de inducción en pacientes pediátricos.
La ketamina es un derivado liposoluble de la
fenciclidina y un potente agente hipnótico y analgésico
que produce un estado de inconsciencia
llamado “anestesia disociativa”, caracterizada
por el mantenimiento de los reflejos (por ejemplo,
los de la tos y el corneal) y movimientos coordinados
pero no conscientes.
Los pacientes anestesiados con ketamina
se quedan frecuentemente con los ojos abiertos y
parecen estar en un estado cataléptico. La analgesia
que induce es profunda, pero la amnesia
puede ser incompleta. Además, produce un
aumento importante de la presión intracraneal, el
flujo sanguíneo cerebral, el metabolismo cerebral
del oxígeno y la presión intraocular.
El efecto de la ketamina sobre el sistema
cardiovascular se manifiesta por un aumento de
la presión arterial sistólica de entre 20 a 40 mm
Hg, el aumento de la frecuencia cardiaca y un
mayor gasto cardiaco y consumo de oxígeno.
También se elevan las resistencias vasculares
pulmonares.
Estos efectos son secundar ios a un
aumento de la actividad simpática. La ketamina
t iene paradójicamente un efecto depresor
miocárdico directo que puede llegar a ser clínicamente
evidente en pacientes en estado crítico
(como en los pacientes hipovolémicos traumatizados
o con permanencia prolongada en las
unidades de cuidados intensivos). La repetición
de las dosis produce progresivamente una menor
estimulación hemodinámica con cada dosis.
La ketamina tiene un efecto mímimo
sobre la función respiratoria, aunque puede ocurrir una apnea transitoria (con duración de
menos de cinco minutos) después de administrar
dosis de intubación. La ketamina es un
relajante del músculo liso bronquial que mejora
la compliancia pulmonar en pacientes anestesiados.
En su presentación sólida en forma de
polvo, se utiliza directamente en forma de “línea”
para inhalar, como la cocaína; la absorción nasal
se realiza mediante un tubito o canutillo estrecho
y más o menos largo, confeccionado para tal fin
con un bil lete de banco o alguna cartulina
pequeña.
En su presentación líquida, se inyecta
con jeringa, normalmente por vía intravenosa,
muy lentamente y por una sola vez; esta presentación
la emplean consumidores con fuerte
adicción o que han generado alta tolerancia al
principio activo. La droga se combina con
cocaína en polvo y se inhalan juntas. Dicha
combinación recibe el nombre de “Special
Calvin Klein” entre los que gustan de sus
efectos.
A los diez o veinte minutos de haberse
consumido, dependiendo de la dosis, comienzan
a presentarse sus efectos, con tiempos distintos
para cada uno de ellos. El primero es el de sensación
de disociación; aparece luego un estado
de inconsciencia, y después una amnesia muy
intensa acompañada de ausencia o falta de percepción
del dolor.
El tiempo de duración total de los efectos
del consumo es de alrededor de dos horas. Hay
alucinaciones, flashbacks, alteración de la atención
y la memoria; además, bradicardia, hipertensión,
ar ri tmia, depresión respiratoria leve,
laringoespasmo, estridor en niños y reacciones
distónicas.
Una sobredosis puede ocasionar un
aumento de la presión intracraneal e intraocular,
convulsiones, insuficiencia cardiorrespiratoria,
polineuropatía, trismus e hipertonía muscular.
Para tomarse en cuenta
Existen alrededor de tres mil sitios en la Internet de grupos que
emplean todo este tipo de sustancias y que comparten sus
experiencias entre sus comunidades cibernéticas en todo el
mundo. Muchos de los detalles y tecnicismos fueron tomados
de estos sitios; en algunos casos establecí contactos con integrantes
de las comunidades, quienes accedieron a proporcionar
información, siempre y cuando no se revelaran sus nombres,
nacionalidades ni otros datos que pudiesen poner en riesgo su
privacidad.