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El suelo agrícola antes fue forestal

Juan Corral Aguirre*

La mayor parte de la tierra agrícola del mundo estuvo originalmente cubierta de bosques, con excepción de las estepas de Asia, las pampas sudamericanas y las praderas centrales de Norteamérica, dado que los ecosistemas de estepas, en los que crecen pastos en un clima más seco, forman suelos más profundos.

El suelo que ha sido usado para la agricultura se ha formado a través de cientos de millones de años bajo los bosques, y el proceso implicado en la formación de esos suelos es el meollo del trabajo desarrollado en los últimos quince años por Gilles Lemieux y sus colegas en Québec, Canadá, quienes estudian el papel de las astillas de ramillas de especies forestales en dicho proceso. Esto es muy importante en zonas templadas como las que encontramos en México, pero aún más para aquellas áreas de clima tropical, donde hay un recambio extraordinariamente rápido de residuos de tejido vegetal y ciclado de nutrientes.

Los tejidos de las plantas, conocidos hasta ahora como “materia orgánica”, son transformados rápidamente en nutrientes por los microorganismos del suelo (por ejemplo, los hongos, proceso también llamado “putrefacción blanca”). Dichos nutrientes se unen biológicamente a las macromoléculas orgánicas o a parte de la biomasa microbial dentro del complejo viviente del humus, volviéndose parcialmente mineral y parcialmente orgánico. Este complejo órgano-mineral, estable en el bosque caducifolio, es frágil en las condiciones del trópico.

El complejo órgano-mineral formado desempeña varios papeles y merece un escrutinio más acucioso. Desde hace más de dos décadas, investigadores canadienses han buscado nuevos productos forestales en los aceites esenciales, extraídos a base de vapor, de las ramas astilladas de las coníferas. Los análisis químicos de los residuos producidos, luego de la extracción de tales aceites, mostraron un contenido de proteínas relativamente alto y todos los aminoácidos y azúcares, celulosas, pectinas y almidón, con una proporción entre carbono y nitrógeno que varía desde 30 a 1 hasta 150 a 1.

“Las primeras pruebas en que se usó este material sobre la superficie del suelo como una capa de composta dieron resultados interesantes en los cultivos de cereales —declara el investigador Lemieux—. Pero cuando se emplearon astillas de árboles deciduos, los resultados fueron aún mejores”. El siguiente paso del estudio realizado fue contestar la pregunta acerca de qué mecanismos estaban involucrados. En ese punto, no obstante, Lemieux se dio cuenta que había poca investigación sobre el contenido de nutrientes en los componentes leñosos de los árboles, así como acerca de sus beneficios potenciales para los suelos agrícolas, aunque existe un considerable interés en las contribuciones que los materiales foliares hacen al suelo.

Desde entonces, este investigador ha continuado trabajando con ramas astilladas de alrededor de siete centímetros de diámetro, y hallado que las provenientes de coníferas son mucho menos efectivas que las de las plantas de hoja ancha, esto a causa de la diferente estructura de la lignina.

A través de los años, Lemieux ha desarrollado la hipótesis de que las astillas no sólo proveen al suelo con nutrientes, sino que actúan como soporte para un gran número de procesos biológicos que regulan la síntesis y liberación de nutrientes, minerales y biomoléculas. “La madera astillada soporta las actividades microbianas del suelo –señala Lemieux–, especialmente a través
de la actividad de los basidiomicetos, ya que consideramos a la lignina reciente como el principal factor estable, y usamos esos oligómeros para separarlos. De este proceso de despolimerización, los monómeros se usan entonces para construir ácidos húmicos y fúlvicos, constituyendo así la base del proceso pedogenético a través de actividades enzimáticas complejas, de las cuales surgen aún más transformaciones”.

Esta hipótesis, según Lemieux, se ve apoyada por la idea de que los procesos biológicos básicos responsables de la fertilidad y productividad del suelo se han desarrollado bajo una cubierta forestal. Así, si los bosques se destruyen, la fertilidad y productividad del suelo podrían desaparecer más tarde o más temprano. Y si químicos como los fertilizantes se utilizan en grandes cantidades, la estructura del suelo puede verse sumamente afectada y las deficiencias minerales y las enfermedades y parásitos podrían aumentar.
De acuerdo a Lemieux, los suelos se han deteriorado en todo el mundo en las zonas en que los bosques de maderas duras se han talado para hacerle lugar a la agricultura. Una forma eficiente de restaurar algo de la productividad y fertilidad originales de esos suelos es incorporar astillas de madera para ayudar a mantener los procesos biológicos del suelo, el ciclado de nutrientes y la estructura de aquél. Tales aproximaciones deben probarse en áreas donde tales maderas y astillas se encuentran como desecho y se queman.

Por otro lado, Lemieux cree que los árboles cultivados localmente podrían proporcionar el material leñoso necesario para alcanzar una productividad adecuada y reconstruir así los bosques destruidos por las actividades humanas, pero esto requiere de más investigación. Desde 1992, Lemieux y sus colaboradores han efectuado pruebas en República Dominicana, Senegal y Costa de Marfil; en ellas, las astillas que se han incorporado han producido rendimientos crecientes (de 300 a 1000%) en tomate rojo y verde, berenjena y maíz.

De acuerdo a Chin Ong, un fisiólogo de plantas, el uso de pequeñas astillas ha permitido restaurar tierras de secano degradadas en el bosque Guesselbodi de Níger. Las tasas de infiltración del suelo fueron mejoradas grandemente al estimular las actividades de las termitas y promover así una nueva vegetación natural. Asimismo, la utilización de pequeñas astillas para restaurar secanos degradados fue probada exitosamente en Australia central. Esto abre, pues, una posibilidad de mejorar el estado de los ecosistemas no sólo en Veracruz, sino en todo el mundo.

(Basado en http://forestgeomat.for.ulaval.ca/brf.1.)

*. Laboratorio de Ecología de la Facultad de Biología,
Universidad Veracruzana, Zona Universitaria,
91000 Xalapa, Ver., correo electrónico:
jcorral.uv.mx.