Editorial
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      El bosque está vivo
     
      ENTREVISTA
     
      Víctor M. Alcaraz Romero
La globalidad nos convierte en hombres unidimensionales
     
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El bosque está vivo


Juan Corral Aguirre1
Giovanna Rico Prince

Sería posible explicar todo científicamente y no tendría sentido alguno..
ALBERT EINSTEIN

 

¡Extra, extra: el bosque está vivo! ¡El bosque está vivo! ¡Entérese aquí!..., parece que escucháramos gritar al pequeño voceador en las céntricas calles de una ciudad provinciana. Y en verdad es una noticia que debería hacer vibrar las fibras más íntimas de nuestro ser como humanos, no pensados como separados de la naturaleza, sino sentidos como integrantes de ella y, por ello, convencidos de que debemos dejar de perjudicarla, ya que es como perjudicarnos nosotros también.
Los investigadores llevan decenas de años estudiando el bosque y, sin embargo, se reconoce que recién se comienza a saber cómo funciona. Esto se debe a la complejidad que lo caracteriza, y eso no es de extrañar: la naturaleza se constituye de procesos que a su vez incluyen a otros procesos, los cuales asimismo abarcan series de “pasos” ligados entre sí con una lógica —podría decirse— intrínseca, “natural” y por supuesto fractal (como las muñecas rusas, que vienen unas dentro de otras).
Eso ya resulta en sí mismo un fenómeno que para la mente de los humanos aparece como misterioso (por lo que no sabemos y aspiramos a descubrir) y maravilloso (por lo que observamos más que por lo que sabemos). Un claro ejemplo de lo anterior lo encontramos en el estudio y seguimiento de la dispersión de semillas como factor crucial para comprender los patrones de la diversidad de árboles y su distribución.
Actualmente, algunos estudios realizados por diversos investigadores han tratado de demostrar las relaciones existentes entre la dispersión de las semillas y la estructura de la vegetación adulta, lo que ha sido todo un reto pues implica el constante seguimiento de las semillas, desde que son desprendidas por dispersores primarios, hasta su germinación cabal.
Esta entrega versa, por consiguiente, acerca de la misteriosa y maravillosa relación que hay entre la dispersión de semillas y la estructura de la vegetación, es decir, del bosque.
La dispersión ocurre cuando un agente (que puede ser el viento, el agua, la gravedad o los animales) transporta la diáspora (la semilla que lleva un nuevo ser) y la deposita finalmente en algún sitio que, si reúne las condiciones apropiadas para que germine, entonces contribuye a que se forme una plántula, y al crecer ésta, se estará “reclutando” una planta adulta para la población y la comunidad vegetal. Por ende, la dispersión de semillas es un proceso que liga la etapa final del ciclo reproductivo de las plantas adultas con la estructura de la vegetación, y por ello se cree que tiene influencia tanto en la colonización de nuevos hábitats como en mantener la diversidad, lo que tiene importantes implicaciones para la sucesión, la regeneración y la conservación.


De este modo, los biólogos, sin perder el sentido de la admiración por la forma en que se comporta el mundo natural, invierten sus impulsos lúdicos —el gusto por aprender— enfrentándose a algunos problemas relacionados: por un lado, la complejidad del ciclo de dispersión de semillas por los muchos pasos que lo forman, y por otro, la corta duración de los estudios, pues la producción de frutos y la abundancia de dispersores pueden ser diferentes estacional o anualmente, y resulta sumamente difícil para los investigadores determinar el destino de las semillas individuales, desde que se hallan en las plantas de origen, hasta el sitio donde quedarán en espera de poder germinar.
Se piensa que las semillas que quedan depositadas lejos de las plantas que las producen tienen una probabilidad diferente de sobrevivir y germinar que las que quedan cerca, debido principalmente a un fenómeno llamado “mortalidad densodependiente”, que significa que entre más juntas queden las semillas, una enfermedad o un depredador podrá matar más, y con eso influir en mayor medida sobre la vegetación resultante. El problema radica en la dificultad para detectar y rastrear estos eventos, por lo que durante mucho tiempo han quedado sin cuantificar y no se ha podido conocer su influencia con mayor precisión.
En este sentido, novedosas técnicas modernas —tales como la de isótopos químicos estables y la de marcadores genéticos moleculares— pueden ayudar en esta labor de hacer corresponder las semillas dispersadas con las plantas que las producen, haciendo posible asimismo detectar los eventos de dispersión incluso a grandes distancias. Por su parte, desde el campo de la demografía de plántulas (estudio de la dinámica de las poblaciones), se producen también resultados importantes que señalan que la dispersión de semillas tiene un papel crucial en la creación y mantenimiento de la diversidad de plantas.
Aunque Darwin ya había reconocido la importancia de la dispersión de semillas, no es sino hasta la década de 1980 que el estudio científico de este tema cobra un impulso considerable. A partir de entonces, se ha subrayado el papel de los animales en esa dispersión y se trata activamente de responder algunas preguntas; por ejemplo: ¿Cómo y por qué los frutos son removidos de las plantas y dónde son colocados? ¿Cuáles son las tasas de visitación de árboles? ¿Cuál es la dieta de los animales (los llamados frugívoros) que se alimentan de frutos? ¿Cuántas y cuáles especies remueven semillas? Éstas y otras interrogantes están siendo investigadas con gran acuciosidad.
A través de múltiples estudios, se ha conocido que algunos animales vertebrados —tales como aves, monos, roedores, marsupiales y reptiles— realizan la dispersión en varias etapas (como cuando almacenan semillas en un sitio y, a partir de éste, en otras reservas, y subsecuentemente en otras, etc.).
Pero ellos no son los únicos dispersores; también insectos como las hormigas y los escarabajos peloteros tienen un papel importante en la dispersión secundaria “fina” al transportar semillas todavía más lejos de las plantas de origen. Esta dispersión secundaria es entonces importantísima, pues es muy probable que el sitio donde las semillas se tiraron primero no sea en el que permanecerán.


Estudios como los de Janzen-Conell han demostrado que la dispersión es un factor fundamental para que la germinación de la semilla sea exitosa, ya que su alejamiento de la planta madre otorga a la semilla una mayor posibilidad de sobrevivir en cuanto que “huye” de condiciones adversas tales como la predación o la llegada de agentes patógenos propios de dicha planta madre.
Resumiendo un poco, consideremos que para afirmar que la estructura de la vegetación corresponde a cierta forma de dispersión, se tendría que estudiar toda la serie de procesos que ocurren entre la remoción de frutos y la distribución de plántulas: la dispersión de semillas, la predación de semillas, la dispersión secundaria, la germinación de las semillas y el reclutamiento de las plántulas. Para conocer mejor esta dinámica, es necesario abordar los estudios con un enfoque de largo plazo (varios años preferentemente), pues se obtendría mayor información y además sería contrastable, a diferencia de los estudios de corto plazo (un año, por ejemplo). El problema es —y posiblemente siempre lo sea— la falta de recursos para estudiar grandes cohortes (generaciones) de semillas y a sus dispersores por largos periodos de tiempo y a grandes distancias.
Tratando de resolver este problema, tan común en México, se han generado estrategias que hacen uso de, por ejemplo, técnicas emergentes, como el análisis de isótopos químicos estables (variedades del mismo tipo de elemento pero que no son radioactivos), que son elementos naturales que se incorporan a los tejidos de las plantas y luego pasan a los animales que las consumen. De este modo, puede hacerse corresponder una semilla con la planta que la produjo; además, es posible obtener la secuencia de movimientos de los frugívoros a grandes distancias.
Los factores que influyen en las proporciones de isótopos estables de distintos elementos varían en diferentes escalas; así, las proporciones de isótopos de carbono y nitrógeno de las plantas son influidas por la geología superficial y la cantidad de cobertura, por lo que varían en una escala muy local, mientras que las tasas de isótopos de hidrógeno tienden a variar sobre escalas altitudinales regionales o continentales. Ello permite diferentes resoluciones de análisis. Cuando se hacen corresponder las semillas con sus poblaciones de origen, el análisis de isótopos de hidrógeno puede ser suficiente; no obstante, cuando se busca hacer corresponder a las semillas con microhábitats específicos, los análisis de carbono y nitrógeno pueden ser más apropiados.
El empleo de marcadores genéticos moleculares, también con diferente grado de resolución, ha venido en auxilio de los investigadores.
En este caso, se sabe que tanto el polen (con su aportación de ADN paternal) como las semillas (con su aportación de ADN tanto maternal como paternal) intervienen en el flujo de genes entre las plantas. Por ende, los análisis de ADN nuclear de las semillas o de las plántulas pueden tender a sobreestimar la influencia de la dispersión de las semillas sobre el flujo de genes, ya que el ADN refleja la dispersión de las semillas y la del polen. Sin embargo, el ADN citoplásmico de los cloroplastos contiene sólo contribuciones maternales, y así refleja únicamente la dispersión de semillas. Al comparar la diferenciación en los marcadores citoplásmicos contra los nucleares, los investigadores pueden separar el flujo de genes mediado por semillas y el flujo de genes mediado por el polen. Si todos los padres potenciales en una población de plantas pueden muestrearse, su análisis puede llevarse a cabo y los padres de semillas individuales o de plántulas pueden ser determinados. Esta poderosa técnica proporciona un método directo para medir eventos de dispersión individual y a grandes distancias. En contraste, la demografía de plantas examina las consecuencias últimas de la dispersión, la distribución y la diversidad de plantas juveniles y adultas.
En fin, parece ser que los ciclos forman espirales, tanto de estructura como de función, permitiendo que los ecosistemas funcionen. Así, encontramos de nuevo que el estudio de la naturaleza se hace apasionante y retador, en el sentido más pacifista posible: podemos ver que avanzamos un poco en su conocimiento científico, sí, pero que avanzamos a pasos agigantados en la percepción de lo misteriosa y maravillosa que es.

 


Para el lector interesado:
Wang, B. C. and T. B. Smith. 2002. Closing the seed
dispersal loop. TRENDS in Ecology &
Evolution. Vol. 17. Núm. 8 (august), pp. 379-
385.

 

Ilustran este artículo los dibujos de Víctor Gatell

1 Laboratorio de Ecología y Conservación,
Facultad de Biología de la Universidad Veracruzana,
Circuito Gonzalo Aguirre Beltrán s/n, Zona Universitaria,
91000 Xalapa, Ver., correo electrónico: jcorral@uv.mx.
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