El
bosque está vivo
Juan Corral Aguirre1
Giovanna Rico Prince
Sería
posible explicar todo científicamente
y no tendría sentido alguno..
ALBERT EINSTEIN
¡Extra, extra:
el bosque está vivo! ¡El
bosque está vivo! ¡Entérese aquí!..., parece que escucháramos
gritar al pequeño voceador en las
céntricas calles de una ciudad provinciana. Y en verdad
es una
noticia que debería hacer vibrar las fibras más íntimas
de nuestro
ser como humanos, no pensados como separados de la naturaleza,
sino sentidos como integrantes de ella y, por ello, convencidos
de que debemos dejar de perjudicarla, ya que es como
perjudicarnos nosotros también.
Los investigadores llevan decenas de años estudiando el
bosque y, sin embargo, se reconoce que recién se comienza
a
saber cómo funciona. Esto se debe a la complejidad que lo
caracteriza,
y eso no es de extrañar: la naturaleza se constituye de
procesos que a su vez incluyen a otros procesos, los cuales
asimismo abarcan series de “pasos” ligados entre sí con
una lógica
—podría decirse— intrínseca, “natural” y por supuesto
fractal
(como las muñecas rusas, que vienen unas dentro de otras).
Eso ya resulta en sí mismo un fenómeno que para la
mente de los humanos aparece como misterioso (por lo que no
sabemos y aspiramos a descubrir) y maravilloso (por lo que
observamos más que por lo que sabemos). Un claro ejemplo
de
lo anterior lo encontramos en el estudio y seguimiento de la dispersión
de semillas como factor crucial para comprender los
patrones de la diversidad de árboles y su distribución.
Actualmente, algunos estudios realizados por diversos investigadores
han tratado de demostrar las relaciones existentes entre
la dispersión de las semillas y la estructura de la vegetación
adulta, lo que ha sido todo un reto pues implica
el constante seguimiento de las semillas, desde
que son desprendidas por dispersores primarios,
hasta su germinación cabal.
Esta entrega versa, por consiguiente,
acerca de la misteriosa y maravillosa relación
que hay entre la dispersión de semillas y la
estructura de la vegetación, es decir, del
bosque.
La dispersión ocurre cuando un agente
(que puede ser el viento, el agua, la gravedad o
los animales) transporta la diáspora (la semilla
que lleva un nuevo ser) y la deposita finalmente
en algún sitio que, si reúne las condiciones
apropiadas para que germine, entonces contribuye
a que se forme una plántula, y al crecer ésta,
se estará “reclutando” una planta adulta
para la población y la comunidad vegetal. Por
ende, la dispersión de semillas es un proceso que liga la
etapa final del ciclo reproductivo de
las plantas adultas con la estructura de la vegetación,
y por ello se cree que tiene influencia
tanto en la colonización de nuevos hábitats
como en mantener la diversidad, lo que tiene
importantes implicaciones para la sucesión, la
regeneración y la conservación.

De este modo, los biólogos, sin perder
el sentido de la admiración por la forma en que
se comporta el mundo natural, invierten sus
impulsos lúdicos —el gusto por aprender—
enfrentándose a algunos problemas relacionados:
por un lado, la complejidad del ciclo de
dispersión de semillas por los muchos pasos
que lo forman, y por otro, la corta duración de
los estudios, pues la producción de frutos y la
abundancia de dispersores pueden ser diferentes
estacional o anualmente, y resulta sumamente
difícil para los investigadores determinar
el destino de las semillas individuales, desde
que se hallan en las plantas de origen, hasta el
sitio donde quedarán en espera de poder germinar.
Se piensa que las semillas que quedan
depositadas lejos de las plantas que las producen
tienen una probabilidad diferente de
sobrevivir y germinar que las que quedan cerca,
debido principalmente a un fenómeno llamado
“mortalidad densodependiente”, que significa
que entre más juntas queden las semillas, una
enfermedad o un depredador podrá matar más,
y con eso influir en mayor medida sobre la vegetación resultante.
El problema radica en la dificultad para detectar
y rastrear estos eventos, por lo que durante mucho tiempo han
quedado sin cuantificar y no se ha podido conocer su influencia
con mayor precisión.
En este sentido, novedosas técnicas modernas —tales
como la de isótopos químicos estables y la de marcadores
genéticos moleculares— pueden ayudar en esta labor de hacer
corresponder las semillas dispersadas con las plantas que las
producen, haciendo posible asimismo detectar los eventos de
dispersión incluso a grandes distancias. Por su parte, desde
el
campo de la demografía de plántulas (estudio de la
dinámica de
las poblaciones), se producen también resultados importantes
que señalan que la dispersión de semillas tiene un
papel crucial
en la creación y mantenimiento de la diversidad de plantas.
Aunque Darwin ya había reconocido la importancia de la dispersión
de semillas, no es sino hasta la década
de 1980 que
el estudio científico de este tema cobra un impulso considerable.
A partir de entonces, se ha subrayado el papel de los animales
en esa dispersión y se trata activamente de responder algunas
preguntas; por ejemplo: ¿Cómo y por qué los
frutos son removidos
de las plantas y dónde son colocados? ¿Cuáles
son las
tasas de visitación de árboles? ¿Cuál
es la dieta de los animales
(los llamados frugívoros) que se alimentan de frutos? ¿Cuántas
y
cuáles especies remueven semillas? Éstas y otras
interrogantes
están siendo investigadas con gran acuciosidad.
A través de múltiples estudios, se ha conocido que
algunos animales vertebrados —tales como aves, monos, roedores,
marsupiales y reptiles— realizan la dispersión en varias
etapas (como cuando almacenan semillas en un sitio y, a partir
de éste, en otras reservas, y subsecuentemente en otras,
etc.).
Pero ellos no son los únicos dispersores; también
insectos como
las hormigas y los escarabajos peloteros tienen un papel importante
en la dispersión secundaria “fina” al transportar semillas
todavía más lejos de las plantas de origen. Esta
dispersión
secundaria es entonces importantísima, pues es muy probable
que el sitio donde las semillas se tiraron primero no sea en el
que
permanecerán.

Estudios como los de Janzen-Conell han demostrado que
la dispersión es un factor fundamental para que la germinación
de la semilla sea exitosa, ya que su alejamiento de la planta
madre otorga a la semilla una mayor posibilidad de sobrevivir en
cuanto que “huye” de condiciones adversas tales como la
predación o la llegada de agentes patógenos
propios de dicha
planta madre.
Resumiendo un poco, consideremos que para afirmar
que la estructura de la vegetación corresponde a cierta
forma de
dispersión, se tendría que estudiar toda la serie
de procesos que
ocurren entre la remoción de frutos y la distribución
de plántulas:
la dispersión de semillas, la predación de semillas,
la dispersión
secundaria, la germinación de las semillas y el reclutamiento
de
las plántulas. Para conocer mejor esta dinámica,
es necesario
abordar los estudios con un enfoque de largo plazo (varios años
preferentemente), pues se obtendría mayor información
y además
sería contrastable, a diferencia de los estudios de corto
plazo (un
año, por ejemplo). El problema es —y posiblemente
siempre lo
sea— la falta de recursos para estudiar grandes cohortes
(generaciones) de semillas y a sus dispersores por largos
periodos de
tiempo y a grandes distancias.
Tratando de resolver este problema, tan común en
México, se han generado estrategias que hacen uso de, por
ejemplo, técnicas emergentes, como el análisis
de isótopos químicos estables (variedades del
mismo tipo de elemento pero que no son
radioactivos), que son elementos naturales que
se incorporan a los tejidos de las plantas y luego
pasan a los animales que las consumen. De este
modo, puede hacerse corresponder una semilla
con la planta que la produjo; además, es posible
obtener la secuencia de movimientos de los
frugívoros a grandes distancias.
Los factores que influyen en las proporciones
de isótopos estables de distintos elementos
varían en diferentes escalas; así, las
proporciones de isótopos de carbono y
nitrógeno de las plantas son influidas por la
geología superficial y la cantidad de cobertura,
por lo que varían en una escala muy local, mientras
que las tasas de isótopos de hidrógeno tienden
a variar sobre escalas altitudinales
regionales o continentales. Ello permite diferentes
resoluciones de análisis. Cuando se hacen
corresponder las semillas con sus poblaciones
de origen, el análisis de isótopos de hidrógeno
puede ser suficiente; no obstante, cuando se
busca hacer corresponder a las semillas con
microhábitats específicos, los análisis de
carbono
y nitrógeno pueden ser más apropiados.
El empleo de marcadores genéticos moleculares,
también con diferente grado de resolución,
ha venido en auxilio de los investigadores.
En este caso, se sabe que tanto el polen (con su
aportación de ADN paternal) como las semillas (con su aportación
de ADN tanto maternal como
paternal) intervienen en el flujo de genes entre
las plantas. Por ende, los análisis de ADN nuclear
de las semillas o de las plántulas pueden tender
a sobreestimar la influencia de la dispersión de
las semillas sobre el flujo de genes, ya que el
ADN refleja la dispersión de las semillas y la del
polen. Sin embargo, el ADN citoplásmico de los
cloroplastos contiene sólo contribuciones maternales,
y así refleja únicamente la dispersión de
semillas. Al comparar la diferenciación en los
marcadores citoplásmicos contra los nucleares,
los investigadores pueden separar el flujo de
genes mediado por semillas y el flujo de genes
mediado por el polen. Si todos los padres
potenciales en una población de plantas pueden
muestrearse, su análisis puede llevarse a cabo y
los padres de semillas individuales o de plántulas
pueden ser determinados. Esta poderosa
técnica proporciona un método directo para
medir eventos de dispersión individual y a
grandes distancias. En contraste, la demografía de
plantas examina las consecuencias últimas de la
dispersión, la distribución y la diversidad
de plantas juveniles y adultas.
En fin, parece ser que los ciclos forman
espirales, tanto de estructura como de función,
permitiendo que los ecosistemas funcionen. Así,
encontramos de nuevo que el estudio de la
naturaleza se hace apasionante y retador, en el
sentido más pacifista posible: podemos ver que
avanzamos un poco en su conocimiento científico,
sí, pero que avanzamos a pasos agigantados
en la percepción de lo misteriosa y
maravillosa que es.

Para el lector interesado:
Wang, B. C. and T. B. Smith. 2002. Closing the seed
dispersal loop. TRENDS in Ecology &
Evolution. Vol. 17. Núm. 8 (august), pp. 379-
385.
Ilustran este
artículo
los dibujos de Víctor Gatell
1
Laboratorio de Ecología
y Conservación,
Facultad de Biología de la Universidad Veracruzana,
Circuito Gonzalo Aguirre Beltrán s/n, Zona Universitaria,
91000 Xalapa, Ver., correo electrónico: jcorral@uv.mx..