EDITORIAL
Hace escasamente
veinte años el mundo era completamente diferente. Véase.
En la universidad donde trabajaba en ese
entonces solamente había una computadora, la que era utilizada
por un genio de la cibernética dedicado a la administración
escolar.
Cuando lo visitábamos en su cubículo lo veíamos
empeñado
en su tarea, y nos preguntábamos qué diablos sería
el aparato que
empleaba: ¿una máquina de escribir adosada a un televisor?, ¿un
televisor que requería una máquina de escribir para
funcionar? La
segunda vez que vi una computadora fue ahí mismo, en el
laboratorio
de psicología. El jefe de la instalación había
adquirido una y
se pasaba las horas programándola mediante códigos
que estaban
tan lejos de nuestra comprensión como la conjetura Takayama-
Shimura en el campo de la teoría de números.
Por esos días tuve las primeras noticias sobre los discos
compactos.
Un profesor visitante de la Universidad de Arizona me dijo
que acababa de comprar un aparato que tocaba discos que, en
lugar de la conocida aguja magnetofónica, ¡utilizaba
un rayo láser!,
lo que para mí era el colmo de la tecnología de frontera.
Ya antes, quizá unos dos años atrás, el mimeógrafo,
tan
socorrido para todo lo que tuviera que ver con impresiones de
tiraje regular, había cedido su lugar a la fotocopia. Era
impresionante
ver que un documento se replicaba en docenas de facsímiles
que conservaban exactamente la misma apariencia que el original.
No habían transcurrido cuatro años cuando hizo su
entrada triunfal
al nuevo mundo de la información un nuevo adelanto: el teléfono
portátil, al que bautizamos en México simplemente
como “celular”. ¡Era
cosa de ver a los primeros propietarios de estos adminículos
hablando
en público, para envidia de todos los que carecíamos
de uno, a
quienes no podíamos dejar de mirarlos con asombro! Después,
se
vinieron en una oleada tecnológica los hornos de microondas,
los Atari,
los Nintendo, las videos, los DVD, los Play Station y, sobre todo,
la
Internet, todo lo cual ha conformado una nueva visión del
mundo.
En las noches de insomnio (que cada día son más frecuentes),
me pongo a reflexionar cómo eran los tiempos idos hace mucho
de los sesenta, y me pregunto cómo sobrevivió mi
generación a
ese vacío tecnológico en que lo más avanzado
eran las lavadoras
de rodillos, los discos de acetato, los radios de bulbos o los
teléfonos
de manivela. Muchos de los que emplearon estos últimos
recordarán todavía que había que girar la
dichosa manija, descolgar
el auricular y disponerse a escuchar la voz de una señorita
(a la
que además conocíamos porque vivía a dos cuadras)
que decía:
“¿Central?”, tras de lo cual uno le pedía correctamente
el número
del teléfono al que deseaba comunicarse. Hablar a la casa
para
avisar que llegaría uno tarde era impensable, pues tampoco
había
teléfonos públicos, de modo que había que
pedir permiso en
alguna oficina o casa particular para lograr el propósito.
La televisión no llegó a mi tierra sino hasta 1965
—cuando ya
estábamos concluyendo la adolescencia—, por lo que sólo
había tres
posibles diversiones, a saber: las tardeadas de cuando en cuando
para
bailar rock and roll, el cine o los libros. Quizá por eso
mi generación
aprendió a leer más o menos bien y a acceder a un
universo cultural
tan olvidado hoy como las medias con costuras de Marlene Dietrich.
Hoy tenemos una vida mucho más cómoda, es cierto.
Los alimentos
vienen ya preparados y debidamente empacados para que
duren un tiempo prolongado; los moles, las salsas o los hot-cakes
que preparaba la abuela se encuentran en el súper, y sólo
basta
meterlos en el horno de microondas para darnos un atracón
sin
mayor problema. Ya no tenemos que levantarnos de la poltrona o
de la cama para cambiar el canal del televisor, pues para eso tenemos
el control remoto. Cada quien tiene una computadora personal
—o la tendrá en los próximos años—, con lo
que evitará que la
página que salió mal tenga que reescribirse completa.
Adiós libros,
porque para eso tenemos la Internet, que nos permite “bajar” una
cantidad ingente de información y, en ocasiones, hasta plagiar
artículos para presentarlos como trabajos originales.
Pero atrás de cada uno de estos adelantos tecnológicos
están
quienes hacen la ciencia que les sirve de base y que no es tan
veloz. De hecho, un avance científico conlleva años
de trabajo
intenso y dedicación absoluta. Véase, por ejemplo,
el descubrimiento
del genoma humano o, muchos años atrás, el del ADN;
véanse también los esfuerzos incansables para desentrañar
el
enredo que significa curar el cáncer o el sida; pálpense
los denuedos
para saber si hay o hubo vida en Marte. En fin…
Queremos lo inmediato y nos olvidamos lo que hay detrás
de
cada adelanto tecnológico. ¿A quién le importa,
verbigracia, cómo
funciona una computadora o un celular? Lo importante es que sirvan,
lo que nos ha traído como secuela una visión mágica
sobre el
mundo de hoy, como dice Humberto Eco, cuyas reflexiones
habrán de servirnos para un próximo editorial.