Editorial
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y Mamíferos Acuáticos de Veracruz
     
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      ENTREVISTA
     
      Adalberto Tejeda
La mayor amenaza: el cambio climático
     
      CIENCIA TECNOLOGÍA Y SOCIEDAD
     
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      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
       
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      Un planeta de peso
       
      La importancia de fijarse dónde pisamos
       
 
     

EDITORIAL

Hace escasamente veinte años el mundo era completamente diferente. Véase. En la universidad donde trabajaba en ese entonces solamente había una computadora, la que era utilizada por un genio de la cibernética dedicado a la administración escolar. Cuando lo visitábamos en su cubículo lo veíamos empeñado en su tarea, y nos preguntábamos qué diablos sería el aparato que empleaba: ¿una máquina de escribir adosada a un televisor?, ¿un televisor que requería una máquina de escribir para funcionar? La segunda vez que vi una computadora fue ahí mismo, en el laboratorio de psicología. El jefe de la instalación había adquirido una y se pasaba las horas programándola mediante códigos que estaban tan lejos de nuestra comprensión como la conjetura Takayama- Shimura en el campo de la teoría de números.
Por esos días tuve las primeras noticias sobre los discos compactos. Un profesor visitante de la Universidad de Arizona me dijo que acababa de comprar un aparato que tocaba discos que, en lugar de la conocida aguja magnetofónica, ¡utilizaba un rayo láser!, lo que para mí era el colmo de la tecnología de frontera.
Ya antes, quizá unos dos años atrás, el mimeógrafo, tan socorrido para todo lo que tuviera que ver con impresiones de tiraje regular, había cedido su lugar a la fotocopia. Era impresionante ver que un documento se replicaba en docenas de facsímiles que conservaban exactamente la misma apariencia que el original.
No habían transcurrido cuatro años cuando hizo su entrada triunfal al nuevo mundo de la información un nuevo adelanto: el teléfono portátil, al que bautizamos en México simplemente como “celular”. ¡Era cosa de ver a los primeros propietarios de estos adminículos hablando en público, para envidia de todos los que carecíamos de uno, a quienes no podíamos dejar de mirarlos con asombro! Después, se vinieron en una oleada tecnológica los hornos de microondas, los Atari, los Nintendo, las videos, los DVD, los Play Station y, sobre todo, la Internet, todo lo cual ha conformado una nueva visión del mundo.
En las noches de insomnio (que cada día son más frecuentes), me pongo a reflexionar cómo eran los tiempos idos hace mucho de los sesenta, y me pregunto cómo sobrevivió mi generación a ese vacío tecnológico en que lo más avanzado eran las lavadoras de rodillos, los discos de acetato, los radios de bulbos o los teléfonos de manivela. Muchos de los que emplearon estos últimos recordarán todavía que había que girar la dichosa manija, descolgar el auricular y disponerse a escuchar la voz de una señorita (a la que además conocíamos porque vivía a dos cuadras) que decía: “¿Central?”, tras de lo cual uno le pedía correctamente el número del teléfono al que deseaba comunicarse. Hablar a la casa para avisar que llegaría uno tarde era impensable, pues tampoco había teléfonos públicos, de modo que había que pedir permiso en alguna oficina o casa particular para lograr el propósito.
La televisión no llegó a mi tierra sino hasta 1965 —cuando ya estábamos concluyendo la adolescencia—, por lo que sólo había tres posibles diversiones, a saber: las tardeadas de cuando en cuando para bailar rock and roll, el cine o los libros. Quizá por eso mi generación aprendió a leer más o menos bien y a acceder a un universo cultural tan olvidado hoy como las medias con costuras de Marlene Dietrich.
Hoy tenemos una vida mucho más cómoda, es cierto. Los alimentos vienen ya preparados y debidamente empacados para que duren un tiempo prolongado; los moles, las salsas o los hot-cakes que preparaba la abuela se encuentran en el súper, y sólo basta meterlos en el horno de microondas para darnos un atracón sin mayor problema. Ya no tenemos que levantarnos de la poltrona o de la cama para cambiar el canal del televisor, pues para eso tenemos el control remoto. Cada quien tiene una computadora personal —o la tendrá en los próximos años—, con lo que evitará que la página que salió mal tenga que reescribirse completa. Adiós libros, porque para eso tenemos la Internet, que nos permite “bajar” una cantidad ingente de información y, en ocasiones, hasta plagiar artículos para presentarlos como trabajos originales.
Pero atrás de cada uno de estos adelantos tecnológicos están quienes hacen la ciencia que les sirve de base y que no es tan veloz. De hecho, un avance científico conlleva años de trabajo intenso y dedicación absoluta. Véase, por ejemplo, el descubrimiento del genoma humano o, muchos años atrás, el del ADN; véanse también los esfuerzos incansables para desentrañar el enredo que significa curar el cáncer o el sida; pálpense los denuedos para saber si hay o hubo vida en Marte. En fin…
Queremos lo inmediato y nos olvidamos lo que hay detrás de cada adelanto tecnológico. ¿A quién le importa, verbigracia, cómo funciona una computadora o un celular? Lo importante es que sirvan, lo que nos ha traído como secuela una visión mágica sobre el mundo de hoy, como dice Humberto Eco, cuyas reflexiones habrán de servirnos para un próximo editorial.