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Las paradojas de la vida

Angel Rodríguez Kauth1

Desde que el ser humano está sobre la Tierra ha vivido envuelto entre diferentes paradojas, las que en algunos casos están lindantes con ser simples mentiras y las cuales terminan por parecerse a los hechos hipócritas de la cotidianidad, y esto no es porque las paradojas no existan, sino por la forma espuria en que se suelen usar.
Más, ¿qué es una paradoja? El término proviene del griego y hace referencia a la opinión, pero que, en este caso, se encuentra etimológicamente fuera del sentido común (para-doxa), sentido que se ubica más allá de los cinco que la fisiología nos dice que tiene el cuerpo humano, lo cual no significa que sea un sentido que vamos a encontrar en “el más allá”, y por el que se le adjudican cosas —virtudes o defectos— a los hechos que suceden alrededor nuestro y de los que en más de una oportunidad somos sus protagonistas. “Paradoja”, pues, es sinónimo de rareza, contradicción, extravagancia, exageración, absurdo, contrasentido, antinomia, incoherencia e incongruencia.
Fue la Escuela de Palo Alto la que destacó la relevancia de las paradojas en las ciencias sociales a partir de sus sesudos estudios sobre las patologías de la comunicación y, particularmente en lo referido al llamado “doble vínculo”, el que puede dar lugar a mensajes contradictorios. De esta suerte, con el descubrimiento de estas paradojas sociales (nunca pueden dejar de serlo, ya que son el producto de individuos que viven en sociedad), se descubrió una suerte de círculo vicioso en que se meten las personas al elaborar sistemas comunicativos que, paradójicamente, los arrastran a incomunicarse. Y hete aquí una paradoja de la contemporaneidad: el siglo XX ha sido definido, entre muchas otras formas, como el siglo de la comunicación y, pese a ello, los científicos sociales lo caracterizan como el periodo de mayor incomunicación entre las personas. Es que la mediatización de la información a través de los medios de comunicación masiva ha convertido al hombre en una suerte de lobo aislado del resto de sus congéneres, toda vez que se solaza con pasar el tiempo mirando las pantallas de televisión y menguando el contacto con sus semejantes.

De las paradojas se sabía ya en el mundo grecorromano desde el siglo V antes de nuestra paradójica cronología de leer el tiempo, y valga aquí una paradoja de lo que estoy señalando: según la mitología cristiana, fue Herodes el Grande (40-4 a. C.) quien ordenó la matanza de los Santos Inocentes —los niños de la región de Belén— para terminar con la vida de Jesús. Pero, como se ve, hay aquí una paradoja histórica que fue ocultada por la mitología cristiana. Según la historia, Herodes murió cuatro años antes del nacimiento de aquél, lo cual lleva a pensar o que Herodes no tuvo nada que ver con el episodio en cuestión, o que Jesús nació por lo menos cuatro años antes de lo que nos enseñaron. Si fue lo primero, entonces el festejo de los Santos Inocentes es injusto y, al fin de cuentas, Herodes no tuvo nada que ver con el tema. Si fue lo segundo, entonces toda la cronología se dispara hacia atrás y tiene cuatro años de menos, por lo que no estaríamos viviendo en 2003 sino en 2007. Esto sí que no es lo de menos. Piénsese solamente en los intereses financieros que deberíamos dejar de pagar por la abultada deuda externa latinoamericana (en realidad “deuda pública”) y en cómo la región crecería por encima de los empeños del FMI por mantenerla abotagada. Además, los mexicanos ya tendrían otro presidente —que seguramente cometería los mismos errores que Fox y sus antecesores—, mientras que los argentinos estaríamos peleándonos por una nueva sucesión presidencial, pero al menos nos salvaríamos de tener que seguir aguantando a Menem como candidato, ya que sus expectativas de vida lo pondrían fuera de la carrera. Como se ve, tal paradoja histórica no es lo de menos a tenerse en cuenta al momento de leer la historia y la actualidad.
Los que saben de estas cosas dicen que existen paradojas lógicas y matemáticas: las primeras menos fáciles de resolver por el hombre de a pie que pasa frente a ellas, y que inclusive las usa a diario sin darse cuenta de la contradicción en que ha caído. En cambio, las paradojas matemáticas no son difíciles de resolver por la persona común y corriente por la sencilla razón de que no llegan a su escaso conocimiento, el que no va más allá de hacer las cuatro operaciones básicas y conocer de memoria algún teorema del cual no sabe su significado, pero que en la escuela tuvo que aprenderse de memoria por esas paradójicas virtudes de la pedagogía que enseña a los párvulos cosas que jamás les servirán en la vida.


Asimismo, las paradojas lógicas —que son a las que dedicaremos este tiempo, ya que de las otras no conocemos más que la información que pueda darnos el teorema de Pitágoras, el cual tampoco recuerdo— pueden subdividirse en tantas categorías como existen actividades humanas. De tal suerte, veremos sólo algunas y comenzaremos con una paradoja económica, la cual fue enunciada por el célebre J. M. Keynes y que actualmente ha caído en el olvido de los trastos viejos ocultos en el desván. Se trata de la “paradoja de la frugalidad”. Keynes la utilizó para demostrar que mientras más se ahorra en una nación, más se reduce el consumo y, con él, la renta, por lo que al final de un periodo determinado se produce un empobrecimiento generalizado, y por ende un ahorro menor. Por el contrario, si una sociedad decide guardar menos, entonces se incrementa el consumo y la inversión para aumentar la producción con el objetivo de satisfacer la demanda. A partir de ahí crece la renta y las economías domésticas tienen la misma capacidad de economizar que antes, aunque consuman más y tengan un mayor nivel de vida. Como se ve, esta paradoja debieran entenderla los funcionarios del FMI, que pretenden ahogar las economías de los países “emergentes” (antes, sin eufemismo alguno, se les llamaba simplemente “países pobres”) haciendo que sus pueblos ahorren lo que no tienen para poder pagarles a ellos el dinero con que nos han endeudado.
Hay otra paradoja económica enunciada generalmente por la gente que tiene dinero ahorrado, la cual dice algo así como que “los pobres no tienen capacidad de ahorro”. Esta enunciación en sí misma no es tan paradójica como parece, ya que su enunciado es real, aunque parta de una premisa falsa. ¡Cómo van a ahorrar si lo que ganan se lo gastan en nimiedades tales como la comida y la salud!
Para finalizar con las paradojas económicas, vaya otra, que más que para-doxa es una para-joda para quienes habitan este mundo. Está referida a la Argentina, un país que ha sido descrito miles de veces como “rico” por lo ubérrimo de sus suelos y demás tonteras por el estilo —las que obviaré para no extenderme en demasía— y que produce alimentos que sirven para dar de comer a 300 millones de personas, pero que observa con indignación cómo algo más del 50% de su población (para ser precisos, 57.5%, para no caer en la paradoja de quitarle pobres a la pobreza) es pobre, mientras que 25% sobrevive en condiciones de indigencia, es decir, son menesterosos y literalmente se mueren de hambre. Para ello, valgan las imágenes que sobradamente han circulado por el mundo a través de la televisión acerca de los niños desnutridos, que es lo que más enternece a las cadenas televisivas.
Ésta es una paradoja que no tiene explicación lógica alguna, pues se ha partido de premisas que se han creído certeras y, pese a ello, la realidad les da una cachetada al corazón y a la racionalidad. Sin embargo existe una resolución lógica al problema, y la misma estriba en considerar a un territorio rico sólo por su potencial físico, dejando de lado el factor humano. Argentina, pese a ser el país con mayor número de premios Nobel de América Latina y con sobrados talentos intelectuales que recorren el orbe soberbios de su sabiduría, está habitado por individuos carentes del menor criterio de justicia, solidaridad y altruismo (téngase en cuenta que la inteligencia no se acumula de unos individuos a otros). He ahí la explicación de por qué hemos caído en un pozo aparentemente sin fin, ya que hemos elegido lo peor de lo peor para gobernarnos en los últimos ochenta años.
En el espacio de la justicia también se encuentran algunas paradojas que no por cómicas dejan de afectar a quienes les caben las generalidades de la ley. Una de ellas es lo que los juristas llaman la paradoja sexual y que se refiere de manera ramplona a considerar como contradictorias, raras o demás adjetivos similares a las conductas sexuales que van en “contra la naturaleza”, vale decir, para este caso, a las homosexuales. Los juristas, abogados y magistrados —que se supone debieran estar a la vanguardia del pensamiento para poder ajustar el derecho a la realidad contingente— mantienen, sin embargo, viejas y anquilosadas estructuras de pensamiento que no se ajustan a los tiempos que corren. Actualmente llamar “paradoja sexual” a la conducta de los que marchan en reversa creyéndose que lo natural es caminar hacia delante, es por demás paradójico. ¡La propia zoología comparada demuestra que la homosexualidad aparece en todas las especies animales, pero, eso sí, si la utilizan los humanos, entonces resulta ser una paradoja!
Otra paradoja jurídica es que se les llame ladrones a las personas pobres cuando roban en, por ejemplo, una tienda; pero cuando los que roban son ricos, entonces se les denomina cleptómanos, con lo cual la pena se disminuye debido a que son “enfermos”. ¡Ni con esa se salvan los pobres de la relación asimétrica que los separa de los que los explotan! Y ni qué decir del que se roba cien dólares de un banco: es sin duda un ladrón; pero el que vacía las arcas del Tesoro nacional y se lleva el producto de su delito a las islas Caimán es, a lo sumo, un simple estafador.


Ni hablar de las paradojas que se observan en la aplicación de las políticas nacionales e internacionales. Dejemos las primeras de lado, pues cada lector podrá ilustrar lo que ocurre en su propio país, y centremos la atención en las segundas, para ir a la más gorda de todas ellas:¡ se hace la guerra para conservar la paz! Con talargumento contradictorio, los dirigentes de las principales potencias —y de las que no lo son también— convocan a sus pueblos al combate en aras de la paz. Y no se piense solamente en el pobrecito de Bush y sus feroces empeños belicistas. Todos los que han llevado a sus pueblos a la guerra lo han hecho con idénticas argucias, las que a veces han estado maquilladas con la pintura cosmética de la salvaguardia de los valores nacionales o con la necesidad de conquistar nuevos espacios territoriales para ganar lugares destinados a los vernáculos que dejarán de serlo.
Y aquí vale recordar unas palabras del Padre de la Historia, Heródoto, quien dijo textualmente que “En la paz los hijos entierran a los padres, y en la guerra los padres entierran a los hijos”. Vaya paradoja de la vida —o de la muerte— que altera la evolución biológica “normal”.
Para finalizar, algo que ocurre con frecuencia en la consulta psicoanalítica, en la que suele suceder una paradoja por demás curiosa: beneficia al terapeuta y perjudica al cliente. Ella se presenta a la hora del pago de los honorarios mensuales; esto es, tiene bastante que ver con las paradojas económicas. Es entonces que los pacientes, que generalmente suelen sentirse muy “enamorados” de su terapeuta (por aquello de la dependencia terapéutica) no caen en la cuenta de cómo son engañados por aquél. La situación es la siguiente: si el paciente faltó a una sesión, la paga igual que si hubiera asistido. Hasta aquí, perfecto por aquello del lucro cesante, el tiempo perdido y demás. Mas, si el que no fue a la sesión es el terapeuta, entonces éste deja de cobrar la misma, pero el paciente no se da cuenta del engaño económico que ha sufrido: ¡en realidad debiera pagarle el costo de una sesión si se tienen en cuenta idénticos argumentos que en el primer caso! ¿ Acaso el paciente no ha sido defraudado en su demanda de atención a sus penas? Por supuesto que sí, y por ello el terapeuta no solamente deberá dejar de cobrar, sino pagar la misma multa que paga el cliente cuando no asiste a la sesión. En fin, esto de las paradojas tiene su encanto,¿o no?

 

 

1Facultad de Ciencias Humanas
de la Universidad Nacional de San Luis, Argentina

Ilustramos este artículo con imágenes de Escher tomadas de:
http://www.ex-cult.org/fwbo/fwbosection2.htm