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Oxitocina: la hormona del amor materno
Mario Caba1
El
concepto de conducta afiliativa se refiere a las conductas sociales
que fomentan
la
cercanía entre los individuos, El universo
de conceptos que incluye esta definición es enorme: desde
algunos fenómenos conductuales, como la conducta maternal,
susceptible de ser minuciosamente analizada desde el punto de vista
fisiológico, hasta conceptos complejos como el amor, prácticamente
exclusivos de nuestra especie. Pero, ¿existen bases biológicas
que unifiquen en general las conductas afiliativas? La respuesta
es sí, y la hormona oxitocina es una de ellas. Su importancia
es tal que ha sido llamada “la hormona del amor”.
Acciones
clásicas
de la oxitocina
La
oxitocina —a la que en lo sucesivo denominaré OT— es un
péptido, esto es, una cadena de nueve aminoácidos que
se sintetiza en el sistema nervioso y en otros tejidos del cuerpo.
Hace aproximadamente cincuenta años, se estableció que
en una región del cerebro de los mamíferos, llamada
hipotálamo, existen células nerviosas encargadas de
sintetizarla, y que la liberan después en la glándula
hipófisis hacia el torrente sanguíneo. Las células
que la producen se denominan neuronas oxitocinérgicas, y en
virtud de que su producto, la OT, alcanza el torrente sanguíneo,
se le considera como una hormona.
Es
a través del sistema circulatorio que alcanza dos de los
tejidos sobre los que ejerce principalmente su acción: el útero
y la glándula mamaria; en el útero la OT es necesaria
durante el parto, y en la glándula mamaria es esencial para
que libere leche durante el amamantamiento; esto es, la lactancia,
la característica más distintiva de los mamíferos,
sería imposible sin la OT. Estas son las acciones que se consideran
“clásicas” de esta hormona. Existe un enorme caudal de conocimientos
sobre ella, tanto desde el aspecto de investigación básica
como aplicada ya que, por ejemplo, se le utiliza comúnmente
en la práctica veterinaria.
El
objetivo de este manuscrito es enfocar la atención sobre
otras funciones “no clásicas” de esta hormona, particularmente
sobre el efecto que tiene en la madre y en su progenie para establecer
la relación afiliativa más característica de
los mamíferos: el vínculo entre la madre y su infante.
“Nuevas” funciones de la OT
La
idea de las acciones no clásicas de la OT comenzó a
gestarse en 1979, cuando se demostró que las neuronas oxitocinérgicas
no sólo secretaban este péptido al torrente sanguíneo,
sino que también lo contenían y liberaban en las terminales
sinápticas de las neuronas, lo que significaba que, además
de funcionar como una hormona, lo hacía como un neurotransmisor.
Neurotransmisores son la acetilcolina y la norepinefrina, entre otros,
pero nunca se pensó que un péptido como la OT se agregara
a la lista. Para que una hormona o un neurotransmisor ejerza su acción
en un tejido se necesita que posea lugares de reconocimiento específico
para dicha sustancia, los cuales se denominan receptores.
Tanto
el útero como la glándula mamaria los poseen
en abundancia, y la existencia de terminales nerviosas de OT implica
que también hay receptores dentro del cerebro. Efectivamente,
se demostró su existencia en muchas regiones de este órgano.
Y no sólo eso: se comenzó a demostrar su funcionalidad.
De nueva cuenta, como ocurre generalmente en la ciencia experimental,
las investigaciones hechas con animales aportaron las evidencias.
Conducta
maternal y OT Partiendo del razonamiento de que durante el parto
se produce
una
liberación masiva de OT, el doctor
Kurt Pedersen, de la Universidad de Carolina del Norte, en Estados
Unidos, propuso que probablemente la OT, además de liberarse
en el torrente sanguíneo, pudiera también secretarse
dentro del cerebro; basándose en la observación anatómica
ya señalada de que abundantes terminales nerviosas en su interior
contienen OT, Pedersen se preguntó qué función
desempeñaban. Propuso que probablemente se relacionaban con
el inicio de la conducta maternal.
Experimentos
hechos con ratas blancas de laboratorio confirmaron su teoría. Cuando las ratas no están embarazadas ni
lactando, evitan —aborrecen— a los críos, tanto que incluso
se los comen. La hembra tiene que pasar por el período de
embarazo para que esta conducta cambie, de tal manera que antes del
parto, si se le proveen críos, puede llegar a aceptarlos;
esto es, necesita aproximadamente veinte días para volverse
maternal.
La
OT provocó el mismo efecto en sólo una hora. Pedersen
inyectó OT en los ventrículos cerebrales e indujo conducta
maternal en ratas vírgenes. Lo sorprendente de este descubrimiento
fue que la conducta de rechazo de las ratas vírgenes hacia
los críos cambió drásticamente en corto tiempo
después de la administración de la OT. Las ratas, que
una hora antes eran caníbales, se transformaron en madres
amorosas por la acción de una hormona.
A
partir de ese momento, la OT quedó ligada a la conducta
maternal, no sólo en las ratas, sino probablemente en todos
los mamíferos, ya que numerosos experimentos realizados con
borregas, conejas, hembras del ratón y algunos marsupiales
han confirmado tal relación.
Y
no es que no haya estado ligada anteriormente, ya que no hay algo
más maternal que una madre amamantando a su progenie, sino
que ahora se piensa que la OT, además de participar en la
glándula mamaria para la salida de la leche, también
actúa en el cerebro de la madre para aceptar al crío.
Recientemente se ha descubierto que los efectos de la hormona van
mucho más allá de ejercer una acción en la madre,
pues parece que también ejerce efectos en el crío,
asociados también al aspecto afiliativo.
La
oxitocina en los críos
Durante
la década pasada, se descubrió que la aplicación
de masajes y la estimulación de algunas regiones —particularmente
el área genital— induce la liberación de OT en el plasma
sanguíneo. La evidencia experimental se obtuvo inicialmente
al analizar la conducta maternal de la rata, la cual ha sido el modelo
por excelencia para el estudio de tal conducta. La base de estos
estudios es el contacto físico que se establece entre la hembra
y sus crías.
La
madre frecuentemente lame los genitales de sus críos para
provocarles la micción, toda vez que las crías muy
pequeñas son incapaces de orinar por sí mismas. Pero
hay asimismo frecuente contacto físico durante el amamantamiento,
pues los críos, además de recibir los lamidos en sus
genitales, mantienen un estrecho contacto físico, particularmente
de su vientre con el de la madre. La doctora Kerstin Uvnas-Moberg,
del Instituto Karolinska de Suecia, ha encontrado que tales contactos
liberan OT en los críos, y que ésta funciona como un
agente que combate el estrés, disminuye la presión
sanguínea y la frecuencia cardiaca y promueve el crecimiento
de los infantes.
En
resumen, postula que ocurren beneficios tanto físicos
como mentales en el crío y en la madre, formándose
una interacción social positiva. Las consecuencias finales
son el establecimiento de un fuerte vínculo entre la madre
y su cría, cuyas repercusiones van más allá de
los efectos fisiológicos mencionados ya que estimulan un perdurable
lazo afiliativo entre dos organismos. Con base en estos experimentos
hechos en animales, surge la pregunta de si se han demostrado acciones
similares de la OT entre los humanos.
Oxitocina, la “hormona del amor”
Desde
la antigüedad el hombre ha utilizado el masaje corporal,
de tal manera que existen técnicas ancestrales de masaje en
las culturas asiáticas.
Estudios
de laboratorio llevados a cabo con seres humanos en la década pasada han demostrado que el masaje corporal reduce
la ansiedad y disminuye el nivel de las hormonas relacionadas con
el estrés. Claro está, también se encontró que
aumenta los niveles de OT en el plasma. Estos descubrimientos aportan
una base fisiológica a esos fenómenos que durante siglos
se sabe que tienen efectos benéficos sobre las personas y
nos hacen pensar en el papel central que desempeña la estimulación
mutua para establecer y reforzar las relaciones afectivas, sobre
todo si también tenemos en cuenta que se ha demostrado tanto
en los animales como en los humanos que las relaciones sexuales producen
una liberación masiva de OT.
De
manera general, se considera que la OT ejerce efectos positivos
sobre los organismos,
que participa en el establecimiento de los
vínculos afiliativos, y ha quedado plenamente demostrado,
tanto en los animales como en los seres humanos, que el contacto
físico provoca su liberación. Se cree que debe actuar
en el cerebro para ejercer su efecto; sin embargo, poco se sabe de
su mecanismo de acción o del sitio en el que actúa.
El
mayor avance que se ha alcanzado sobre ese mecanismo de acción
se ha logrado gracias a estudios realizados en diferentes especies
de ratones de campo del género Microtus. Las especies de este
género exhiben una amplia gama de organización social,
que va desde aquellas especies que tienen pocos cuidados hacia sus
crías y que son promiscuas —es decir, que tienen varias parejas
sexuales—, hasta especies en la que ambos padres cuidan a aquéllas,
que son monógamos —esto es, que mantienen una sola pareja
sexual— y que de hecho forman una familia estable. Algunos detallados
estudios de laboratorio han demostrado que dichas diferencias en
la organización social se correlacionan con pautas específicas
de distribución de los receptores de OT y de una hormona similar
llamada vasopresina, lo que proporciona una base morfológica
para estudiar el efecto de la OT en el cerebro. Por ejemplo, las
especies monógamas y altamente parentales tienen abundantes
receptores de OT en áreas cerebrales asociadas a las denominadas
“áreas de recompensa del cerebro”, involucradas en la reacción
hacia los estímulos placenteros.
En
estudios de laboratorio con conejos en la Universidad Veracruzana
hemos encontrado
que
los conejitos tienen una activación de
sus neuronas de OT durante el amamantamiento. Pero no sólo
eso: la estimulación mecánica de su área genital
con un pincel también provoca la activación de dichas
neuronas. La coneja no está por lo común en contacto
con sus críos, a quienes solamente se acerca durante un periodo
de alrededor de cuatro minutos cada día, y solamente para
amamantarlos. Descubrimos que justo antes del amamantamiento el sistema
oxitocinérgico no muestra activación, pero los cuatro
minutos de contacto con la madre son suficientes para provocar una
intensa activación del mismo. Encontramos también que
buena parte de la activación se debe a la ingestión
de leche en sí misma; no obstante, la sola manipulación
del área genital es suficiente para activar de la misma manera
el sistema.
Al
tratar de encontrar una explicación a este fenómeno,
descubrimos esta relación entre la OT, el masaje y, en general,
el contacto físico y los vínculos afiliativos. Es importante
puntualizar que si bien la OT es indispensable para los efectos mencionados,
no actúa sola, pues participan muchos otros neurotransmisores
y hormonas, como las endorfinas y las catecolaminas, además
de la ya mencionada vasopresina, entre otras sustancias químicas.
Estamos actualmente observando un rápido avance en la comprensión
de las bases fisiológicas de la afiliación. Hace veinte
años eso era impensable, ya que este tema se consideraba únicamente
desde el punto de vista de las ciencias sociales. Los experimentos
que realizamos con conejos aportan evidencias que, esperamos, contribuyan
para entender mejor esas bases fisiológicas de un fenómeno
que nos afecta tanto en lo individual como en nuestro desempeño
en la sociedad.
Para el lector interesado
Recomiendo
el siguiente libro, que contiene una revisión
exhaustiva de las bases biológicas de las conductas afiliativas
y sus trastornos: C.S. Carter, I.I. Lederhendler y B. Kirkpatrick
(eds.) (1997): “The integrative neurobiology of affiliation”. Annals
of the New York Academy of Sciences, vol. 807. Nueva York, NY.
1
Laboratorio Biología de la Reproducción, Instituto
de Investigaciones Biológicas, Universidad Veracruzana,
Km. 3.5, Carretera Xalapa-Las Trancas,
91120 Xalapa, Ver.,
correo electrónico: mcaba@uv.mx
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