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Un
efecto pernicioso
de la fuerza de gravedad
Rafael
Bullé Goyri-Minter
Que la fuerza de gravedad
se conocía desde la antigüedad
más remota, es un hecho que actualmente ni siquiera se discute.
El lector podrá verificar por sí mismo este aserto
contando las veces en que ha discutido el tema con sus amigos o
allegados, o yéndose al bar o al café y poniendo
oído atento a las conversaciones que se desarrollan en las
mesas circunvecinas. Se dará cuenta que, en efecto, es rarísimo
que alguien controvierta hoy día la idea de que la gravedad
se conocía desde los tiempos más remotos de nuestra
historia.
Más aún, es posible constatarlo a través
de una breve lectura de los autores clásicos, como lo ilustra
el célebre pasaje de la vida de Aristóteles, cuando,
paseando peripatéticamente del brazo de su discípulo
el gran Alejandro Magno, cayó aparatosamente levantando
las sandalias por todo lo alto y diciendo en el fluido griego que
lo caracterizaba: “Pero qué madrazo me he acomodado”. Pues
bien, quién sabe por qué será, pero cuando
la Tierra arrastra a alguno hacia abajo como efecto de esa que
Newton comprendió mejor que nadie llamadao “gravedad”, la
sonrisa simple o el honrado carcajeo desternillan hasta al más
pintado y más ecuánime de los que se hallan en sus
vecindades.
Eso le ocurrió a Vincenzo Albertini, quien nos ha relatado
con detalle la estrepitosa caída que le costó la
vida a su señora madre, la que será recordada por
muchos años en su natal provincia tarentina por haber sido
la primera habitante de la misma en ascender más de siete
metros tras resbalar en el húmedo piso del baño de
su casa, para después caer a plomo y de cabeza en el excusado,
donde se ahogó irremisiblemente.
A pesar del mortífero desenlace, Albertini nos hace gozar
de veras al relatar las diferentes posiciones que su progenitora
adoptó mientras subía por el espacio y durante el
alto total que precedió al desplome final: “Ora echaba una
mano hacia atrás, ora avanzaba el pie izquierdo, todo ello
acompañado de gestos faciales que me causaban una gran hilaridad”,
dice en uno de los párrafos de su magistral relato. Ante
el inevitable resultado de volar sin alas, como un Ícaro
moderno, a la dama no le quedó más remedio, al final,
que adoptar una postura que en mucho nos recuerda a Greg Louganis,
el excelso clavadista, antes de descender como flecha hacia el
sanitario, donde se incrustó para no volver a respirar más.

Como se deja entrever,
no obstante lo dramático del caso
—y más aún tratándose de su propia mamá—,
Albertini se solaza (y nos solaza) al describir un hecho que tiene
como motivo último a la ley de la gravedad. A lo largo del
relato, se adivina que su autor, con la pluma de ganso en ristre,
se descoyuntaba de la risa mientras escribía. Y no podrán
atribuírsele afanes matricidas, porque las caídas
tienen lo suyo en eso de provocar la carcajada general, incluso
en medio de una pena superlativa. A mí, en lo particular,
me es imposible mantener un gesto hierático cuando veo que
alguien se derrumba como el poder adquisitivo, sin importar lo
grave o sangriento de la caída. Puede ser una anciana, una
bella mujer o un niño de pocos años.
De inmediato
siento que algo me escuece por dentro, que las comisuras de los
labios ascienden y se me dilatan, que la boca se me abre
y que un feroz risoteo se me sube por el esófago desde el
diafragma, para explotar instantes después sin rubor alguno.
Debo decir, en rigor de verdad, que esa actitud me ha costado ya
pesares sinfín a lo largo de la vida, pero es un impulso
incontenible. Me basta ver que alguien trastabille para que ya
mis manos se dirijan automáticamente al estómago
(el mío, no el de la persona que comienza a descender hacia
el suelo) en espera de la obvia secuela. Y todo ocurre en milésimas
de segundo; durante ese abrir y cerrar de ojos, la cara de la víctima
gravitatoria se contrae; los ojos se abren al principio como una
cuenta bancaria, para cerrarse opresivamente después; las
manos se disparan a todos lados, como queriendo asirse del aire;
la oquedad de la boca se expande en un grito mudo… y el referido
ser humano muerde el polvo. No hay apelación posible porque
todo está dictado desde que se creó el Universo hace
ya algunos años.
El que comienza a descender
sigue descendiendo hasta no encontrar en su trayectoria un cuerpo
sólido que lo detenga, cuerpo
que normalmente es el suelo. Hay muchos que al ver a una nueva
víctima de la gravedad —la anciana con la cadera fracturada,
el pequeño con la frente estampada en el pavimento, la joven
con los glúteos hechos cisco—, corren hacia ella asustados
para izarla de inmediato. Yo no puedo. Y no puedo porque estoy
en esos momentos en una especie de parálisis histriónica
que da al traste con mi espíritu compasivo. Si hubiera vivido
cuando Dios hizo caer a Lucifer, la risa causada en mí por
la justicia divina me hubiera ganado el odio de este último
para toda la eternidad. Porque si Dios quería humillar al
más bello y soberbio de los ángeles, debe decirse
que lo consiguió a plenitud al volverlo objeto de la gravedad.
Nada menos que a él, que tan espiritual era. Pero una cosa
es la caída, de suyo siempre cómica, y otra es la
avergonzada facies del caído.
En el colmo de la carcajada,
esa cara no puede producir más
que la relajación explosiva del esfínter vesical.
La víctima queda tendida en el piso y, sin importarle el
dolor, mira sorprendido a todos lados poniendo un semblante de
cretinidad absoluta, de idiocia total; la boca se le tensa en una
sonrisa que reclama la exoneración sin trámites de
toda culpa; las mejillas enrojecen sin límite, y el cerebro
se dice a sí mismo: “¡Pero qué imbécil
soy!”, tras de lo cual se levanta velozmente, se sacude el polvo
y emprende cojeando una aún más rápida huida.
En fin, la fuerza de gravedad tiene lo suyo. No por menos Newton
señalaba que es inversamente proporcional al cuadrado de
la distancia entre dos cuerpos. Y si lo decía el mismísimo
Newton, él sabría por qué.
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