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EDITORIAL
“Divulgar”,
en su sentido más plano, significa hacer del
conocimiento popular un determinado hecho o conocimiento. La palabra
clave, aquí, parece ser “popular”. En efecto, muchos hechos
o conocimientos son propios —materia, se diría— de públicos
especializados, profesionales, y se difunden en los círculos
apropiados. A eso le llamaríamos “difusión”; es decir,
el conocimiento se difunde en el mismo plano de expertos, a la manera
de las ondas que la caída de un guijarro produce en un estanque.
Las revistas de numerosas ciencias y disciplinas (medicina, antropología,
química...) son ejemplos de cómo se realiza esa difusión
y de quiénes son sus destinatarios. Así, los físicos
o los ingenieros leen revistas propias de su campo de estudio que
difícilmente serían comprendidas por el hombre de la
calle, por el lector común y corriente. El especialista que
escribe para sus pares da por supuesto que estos comparten con él
conocimientos similares y una jerga común, esto es, raramente
tiene necesidad de explicar detalladamente una terminología
o el conjunto de conceptos que utiliza; si un químico escribe
sobre los halógenos en una revista, no tendrá necesidad
alguna de explicar a sus colegas lo que ese concepto implica, ni
tampoco lo hará el genetista que aborda los procedimientos
conocidos de clonación.
A su vez, la divulgación entraña llevar esos conocimientos
especializados a un nivel popular, de modo que un lector ayuno en
tales tópicos pueda entender aquello que de otro modo le estaría
vedado. Por ende, el divulgador encara, ciertamente, una tarea nada
fácil; además de poseer los conocimientos especializados
necesarios, debe también “ponerse en los zapatos” del lego,
y, por último, expresar esos conocimientos de un modo tal
que sean comprendidos fácilmente. En otras palabras, abandonar
su castillo de marfil y “bajar”, por decirlo así, a un nivel
inferior, como si fuera un nuevo Prometeo que lleva el fuego del
conocimiento a los hombres.
El divulgador científico, pues, no puede informar de lo que
no sabe, o de lo que conoce solamente a medias. Antes bien, debe
ser un experto en el campo de lo que desea divulgar. No basta con
que tenga un conocimiento somero de dicha área; por el contrario,
precisa de estar absolutamente empapado de los más recientes
avances en el mismo, pues las deficiencias y los errores de sus escritos
serán tomadas como verdades indiscutibles por sus lectores,
quienes carecen de los medios para detectarlos, lo que provocará lo
inverso de lo que pretende, o sea, contribuirá a perpetuar
la confusión.
Además, si el divulgador no penetra en las necesidades de
información que requieren los lectores ni en las formas de
comunicación que les son usuales, será punto menos
que inútil en la tarea que se ha propuesto. Los asuntos que
aborde habrán de ser actuales para que los conocimientos que
se generan cotidianamente en las áreas de la ciencia y la
tecnología lleguen a esos lectores con la prontitud necesaria.
En efecto, cuando el hombre de la calle oye sobre las alteraciones
de la capa de ozono o los viajes espaciales, quisiera que alguien
que sabe de ello se lo explicara comprensiblemente y con la celeridad
pertinente.
Por último, el divulgador debe ser ameno, claro y preciso
en los temas que desea divulgar. Nada hay que obre más en
contra de la divulgación que la oscuridad, el juego de palabras,
la densidad en la información que se brinda, todo lo cual
aleja al lector de una fuente potencial de conocimientos.
Pues bien, La Ciencia
y el Hombre tiene desde largo tiempo ha esa pretensión. Pese a ello, debemos todavía de ganar mil
y una batallas para lograr tal objetivo, y nuestros generosos colaboradores
habrán de olvidar las expresiones especializadas que les son
propias si desean ser leídos y gustados por nuestro público.
Paulatinamente, no obstante, hemos ido alcanzando esa meta. Son cada
vez más frecuentes las colaboraciones elaboradas con un lenguaje
fluido y jovial, en tanto que los tópicos cuyo análisis
se emprende son, asimismo, más apropiados al interés
general.
Nuestras páginas, consecuentemente, se han ido convirtiendo
en un vehículo idóneo para que los lectores que nos
honran abriéndolas encuentren la información que reclaman.
Y en este quehacer persistiremos, sin duda alguna.
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